sábado, 31 de agosto de 2013

En pie, por favor. Un respeto.

Hoy voy a utilizar esta pequeña ventana que yo mismo me he creado para expresar mi indignación por ciertos comportamientos que se observan en el seno del sevillismo. Afortunadamente, no es algo generalizado, pero es cierto que se producen. Y afectan a todos los demás porque, en ocasiones, los tienen personas con bastante predicamento, entre ellos una parte de la prensa.

Para entender lo que voy a querer decir, he de dejar claro de antemano que yo pienso que el Sevilla FC es un grande. Lo pienso así, lo creo a pies juntillas y sobre esa base se construye el resto de mi argumentario. Como en todo, la grandeza tiene niveles, y el del Sevilla no es tan alto como el de otros, eso es evidente. Pero sí más que el de la mayoría. En España, sólo dos claramente, y otros dos a corta distancia, nos pueden superar. Y en Europa, actualmente ocupamos el puesto 40 del ranking UEFA, elaborado en función de los resultados de los últimos cinco años. Hemos llegado a estar, como todos sabemos, entre los primeros de dicho ranking hace no tanto.

Dicho esto, a mí me molesta especialmente cierta dosis de victimismo que percibo últimamente en nuestra afición. Empezando por las comparaciones con el Betis, algo que a mi me saca de mis casillas. Señores, ¿qué hacemos comparándonos con ellos? ¿Acaso hay comparación? ¿No nos damos cuenta de que les damos lo que quieren, que nos ponemos a su nivel? No hablo del típico cachondeo que todos llevamos a cabo, yo el primero, sino, sobre todo, de las quejas sobre el diferente trato que nos dispensan los medios. O más bien, ciertos personajes con nombres y apellidos, da igual de los medios en los que trabajen. Personajes bufonescos que, no es que busquen eso, es que es de lo que viven: de crear polémicas absurdas, sabedores de que entramos al trapo como buenos toritos bravos y de que se creará un cristo por cualquier chorrada. Somos su alimento y nos entregamos inocentemente, haciéndoles más y más grandes. Cuando los grandes somos nosotros. Cuando nuestra grandeza les debería aplastar. Y eso que, efectivamente, les aplasta. La actitud que mantienen es su forma de sacudirse la frustración. Y vamos nosotros, los ingenuos de nosotros, y se la aplacamos. Para darnos de hostias.

Pero no es solo eso. Porque luego está el catastrofismo, que no es más que el victimismo, pero llevado un poco más allá. Una vez acabada la temporada, cuando se confirmó la venta de Jesús Navas, había alguno que se veía mirando al precipicio de la Segunda División, cuando lo que se hizo fue, simple y llanamente, vender un jugador. Sí, un jugador, no más que eso. Un jugador magnífico, al que se le tiene muchísimo cariño, que ha sido indiscutible en los últimos años y que a mí personalmente me molestó sobremanera que se vendiera. Pero es un jugador. No pasa absolutamente nada, el Sevilla está por encima de todo eso. Muy por encima. De los jugadores, de los entrenadores y de los directivos cuya su gestión fracasada obligó a vender para enjugar el déficit económico creado. Por aquí han pasado... ¿cuántos? ¿cientos, miles de jugadores? Unos van, otros vienen, algunos fueron buenos, otros malos, muchos regulares, los hubo que sin duda contribuyeron a la grandeza de la institución..., pero es que quien es grande de verdad es la institución. Todo lo demás está de paso.

Luego, a base de fichajes y gente (aparentemente) buena, la psicosis fue pasando a mejor vida. Incluso, la venta de Negredo no causó tanta consternación. Bueno, ni mucho menos. Hasta hay bastantes que se alegraron de ella. Pero, ahora, con el asunto de Kondogbia, ha vuelto la burra al trigo. Vamos a ver, señores, lo voy a decir claramente: ¿quién coño es Kondogbia para que a una afición como la del Sevilla le tiemblen las carnes porque haya un equipo que pague su cláusula y se lo lleve? Un tipo de veinte años, que lleva uno en Primera División, que no ha empatao con nadie y que, por mucho futuro que tenga, no se ha ganado para nada el estatus de imprescindible en la plantilla. Y encima se permite el lujo de flojear de la manera que lo hizo en los últimos días. Es cierto que el gran problema no era tanto él, sino que no queda tiempo para fichar a alguien y que se integre para rendir en condiciones. Pero, ¿para qué queremos a un jugador descentrado y que, a menudo, piensa más en su lucimiento personal que en el equipo? Sinceramente, yo me quedo con alguien que venga con ganas, aunque haya que darle tiempo para que se acople al resto. Y si opino esto de Kondogbia, ¿qué puedo decir de dos niñatos engreídos que nunca han querido jugar en nuestro equipo? A mí me hubiera encantado verlos a todos triunfar aquí, pero si no quieren, que les den. Estaría bueno. Que esto es el Sevilla, joder, ¿qué se han creído?

Y voy más allá. Los hubo incluso que se preocuparon seriamente por la eliminatoria contra el Podgorica porque caía justo en medio de la pretemporada. Que yo no digo que no sea un trastorno jugar en esas fechas, que lo es, pero, joder, con todos mis respetos, que es el Podgorica. ¿Cómo se va a acojonar el Sevilla por jugar contra el Podgorica, sea cual sea la fecha? Por supuesto, a todo el mundo hay que tenerle el respeto debido, pero de ahí a la incertidumbre. De hecho, ahí está el resultado. 9-1 en el global y a tomar por saco. Bien, genial, pero no conformes con eso, nos toca en la siguiente ronda el Slask de Breslavia, y van y nos dicen que ojo, que este equipo es otra cosa. Que es mucho mejor. Y para abrazar del todo el surrealismo, nos sueltan que ha eliminado al Brujas. Pero vamos a ver, ¿quién coño es el Slask de Breslavia? Es más, ¿quién coño es el Brujas? Joder, que parece que han eliminado a un doble campeón de la UEFA. Si para uno bueno que tenía el Brujas, nos lo llevamos nosotros. Pues ahí está, jugamos el partido de ida, nos dejamos llevar por el catastrofismo al principio y se nos ponen por delante. Y a partir de ahí, con todos los respetos que merece todo el mundo, el grande entró en acción y se ventiló la eliminatoria por un global de 9-1. Otra vez 9-1 y, otra vez, a tomar por saco. He de decir, de todas formas, que es cierto. Que el Slask es mejor que Podgorica. Durante los 15 primeros minutos de cada partido nos pusieron contra las cuerdas, cosa que no hicieron los otros. Pero al final..., pues eso. 

Y ahora llega el sorteo de la fase de grupos y nos toca el Friburgo, el Estoril (preciosa playa) y el Slovan Lieberec. Y ya están otra vez los catastrofistas advirtiendo de que esto sí que sí que es otra cosa. Un equipo alemán, uno portugues..., uno checo. Ante esto, tengo que decir de nuevo lo mismo: con TODOS los respetos, con todo el respeto que hay que tenerle a todo el mundo y teniendo en cuenta que en fútbol puede pasar cualquier cosa..., joder, vamos a ver, por Dios, ¿quienes coño son el Friburgo, el Estoril y el Slovan Lieberec? Es que me indigno, no lo puedo evitar. Que sí, que los partidos hay que jugarlos y que la grandeza va mucho más allá que las palabras. Pero, hostia, que nosotros somos el Sevilla y ellos son... ¿quiénes son ellos?

Estas cosas me molestan sobremanera. Y mucho más en años como este en el que la mayor parte de la plantilla es nueva y hay que explicarles lo que significa el lugar al que han venido. Que posiblemente no lo tengan del todo claro. Que somos grandes; que eso, como digo, no son solo palabras. Que hay que demostrarlo con hechos, con actitudes. Hay quien dice que ser grandes es eso, una actitud. Algo que va más allá de ganar o perder en momentos puntuales. Es que en el sevillismo hay gente que, por mucho que presuman de grandeza, no se creen para nada dicha grandeza. Y si ni ellos mismos se la creen, apaga y vámonos. Hay montones de ejemplos en nuestra historia que nos ilustran. Que nos pueden ayudar. Como aquella vez que Marcelo Campanal empuñó un banderín de corner para defender el honor herido del equipo y acabó en un calabozo. O como cuando Pablo Alfaro se inmoló para frenar el burreo que nos estaba dando el Betis en cierto partido, como tan bien explicaron en este post esos jodidos genios que escriben en PEX. O como cuando Antonio Puerta, después de darle el chungo definitivo, tuvo los huevos de levantarse y salir del campo andando. Con dos cojones, joder, que solo de recordarlo, se me ponen los pelos como para colgar pellizas mojadas. 

Si es que hasta nos quisieron acojonar con el supuesto infierno que iba a ser el campo del Slask para el partido de vuelta. Con un 4-1 a favor, joder, ¿será posible? ¿Cómo se va a acojonar el Sevilla por visitar un campo polaco con un 4-1 a favor? El Sevilla, hostia, que ha jugado en campos helados de Rusia o Ucrania, en verdaderos infiernos griegos y turcos. Que ha disputado y ganado finales nacionales y europeas, que se ha fajado con lo mejorcito del continente, que ha burreado a equipos mucho más grandes..., ¿que nos van a temblar las piernar por pisar un campo polaco, llevando tres goles de ventaja? Vamos, hombre, por Dios. A quienes les tienen que temblar es a ellos, temerosos de que les caiga la mundial, como efectivamente les cayó. Es que si nos creemos esas cosas, ni somos grandes, ni somos nada. Si no empezamos nosotros mismos, ¿quién lo va a hacer? ¿Un chavalito medio imberbe llegado de Santander? ¿Un colombiano que le da gracias a Dios por respirar dos veces seguidas, y luego una tercera y así sucesivamente? ¿Un francés que ha venido a ver qué pasa sólo por no tener que escuchar más al seguío de Monchi?

Que somos el Sevilla ¡venga ya! ¿Qué está pasando aquí? ¿Que no nos lo creemos? Y si no nos lo creemos nosotros que hemos vivido lo que hemos vivido y sabemos lo que somos, ¿quién se lo va a creer? ¿Unos recién llegados, muchos de los cuales no hablan ni nuestro idioma y que no tienen ni idea de lo que de verdad se cuece aquí dentro? Al menos serán testigos de cómo hasta en las retransmisiones televisivas de los partidos se quita el sonido para que suene el Himno del Centenario y a todos se nos puedan poner los pelos como escarpias. Al menos eso, no está mal, pero es que es mucho más que eso. 

Levanten la cabeza con orgullo, defiendan el honor que nos hemos ganado durante años, que no nos pise nadie: ni un jugador, ni un entrenador, ni una directiva... NADIE. Ni esa parte de la prensa local que nos utliliza para calmar su frustración; ni tampoco la nacional, que nos ningunea para defender su gallina de los huevos de oro, no sé bien si por miedo a que desarrollemos todo nuestro potencial, o por simple y puta ignorancia. Que también puede ser. Que somos el Sevilla, joder, que somos grandes y que eso lo sabemos nosotros, los aficionados, el sevillismo, los que estamos aquí ahora, estábamos antes y estaremos en el futuro pase lo que pase. Tenemos que ser nosotros los que les digamos a todos esos nuevos que han venido qué significa esto, qué importancia tiene ese escudo (el del pecho y el del brazalete, los dos) y lo que pesa esa camiseta. Que no será la del Barcelona, la del Bayern Munich o la del Manchester United. Pero pesa, vaya que si pesa. Y eso tiene que salir de nosotros. 

Porque hablamos del Sevilla, el eterno campeón de Andalucía, el doble campeón de la UEFA, el Supercampeón de España y de Europa, un equipo que fue dos años seguidos el mejor del mundo y TODOS los que estamos aquí lo vimos, no se trata de una batallita de abuelo. 

Hablamos del Sevilla, ya digo. Hablamos de un grande. En pie, por favor. Un respeto. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Magali

Honfleur

No es agosto el mejor momento para visitar Sevilla, pero a Magali eso le importaba bien poco con tal de poder hacerlo. Con tal de visitarla. Ella era de Honfleur, villa perteneciente al distrito de Lisieux, del departamento de Calvados, en la Baja Normandía francesa. Del norte de Francia, en resumen, de un pueblo que se encuentra en la orilla del estuario del Sena, muy cerca del Puente de Normandía que lo une con la ciudad de Le Havre. Un lugar complicado para pasar el invierno, pero adorable en la estación estival, durante la cual se llena de turistas atraídos por lo histórico y pintoresco del lugar. Ella, sin embargo, prefirió comprar un billete de avión y trasladarse a Sevilla a pasar unos días. Y, como todo en la vida, ello tenía su explicación. 


Magali (acentuado en la i final, aunque en francés dicho acento no se escriba) pasó en la capital de Andalucía un extraordinario año; o mejor, un curso académico. El que transcurrió entre finales de agosto de 2001 y principios de julio de 2002. Por entonces, era una estudiante universitaria de apenas 19 años, con toda la vida por delante y la personalidad lo bastante poco desarrollada como para que algo tan fuerte como lo que vivió aquí la marcase para siempre. Se enamoró de la ciudad, por supuesto. Conoció a buena gente y mantenía un contacto estrecho con ciertas personas. Y vivió momentos inolvidables, sin duda, eso no lo podía negar. Pero lo que de verdad la dejó tocada hasta la muerte, lo que le obligaba a visitar la ciudad de vez en cuando, era algo tan pueril, pero tan intenso, como el fútbol. Como la afición al fútbol. Porque Magali, durante aquella temporada que vivió en nuestra ciudad, se convirtió en una hincha acérrima del Sevilla FC. Y los sevillistas sabemos lo que significa eso. 

En el aeropuerto de San Pablo la esperaba, María, su amiga María, la mejor de las que tenía en España. Bueno, María es el nombre que pone en su DNI, porque, en verdad, nadie la llama así. En su familia es Mari, pero sus amigos, mucho más cabrones (dónde va a parar), se refieren a ella de otra manera. Al principio era Mari también, pero a base de repetir expresiones como "díselo a la Mari", "vete con la Mari", "habla con la Mari" y demás frases terminadas en "la Mari", acabaron por apodarla justamente así: Lamari. Así fue como se la presentaron a Magali en su momento, y así es como ella la nombra desde entonces. Incluso, a veces, bromea con ella poniéndole el acento en la i final, pues pronunciándolo de ese modo, sus nombres son casi idénticos. 

Lamari era una chica preciosa, aunque eso era algo que disimulaba bastante bien, ya que no era nada amiga de presunciones ni lucimientos. Si no fuera por su melena negra y esas curvas tan bien trazadas, igual podría pasar hasta por hombre. Vale, de acuerdo, eso es una exageración, pero no imaginen una clásica mujer lozana andaluza porque esa no es su imagen, de ninguna de las maneras. Sus amigos se metían con ella diciendo que era un poco poligonera, aunque Magali la veía más como a una hippie. Pero no de esas que se creen que lo son sólo por anudarse un pañuelo a la cabeza, ponerse un vestido con vuelo y sandalias planas, sino por su manera de mostrarse ante el mundo: desprendida, generosa, tolerante..., liberal. En su forma de ser, se podría decir que Magali se parecía a su amiga, aunque a todo lo descrito había que añadir, en su caso, un fuerte genio y un gusto casi sádico por humillar a quien la ofendía. Y respecto a su aspecto, igual que le ocurría a su amiga y por mucho que quisiera disimular, le era imposible ocultar su tremendo atractivo. Casi se podría decir que ambas se parecían físicamente, aunque la francesa podía presumir de una espectacular mirada, mucho más intensa que la de la otra, aparte de mantener ese gesto tan típico de las mujeres del país vecino, que parece como si pretendieran hablar a la vez que lanzar un beso.

Fue Lamari quien inoculó a Magali ese veneno que tantos y tantos tenemos en esta bendita ciudad. Al menos, la primera que la llevó al Templo, como ella misma llamaba al estadio Ramón Sánchez Pizjuán. Fue en septiembre de 2001. Quedó con ella, tomaron algo, se dirigieron al coliseo y se introdujeron en el fantástico mogollón de la grada baja de Gol Norte. Aquel Sevilla acababa de ascender a Primera División, después de una lamentable época en la que corrió el riesgo de hasta desaperecer. Era un equipo pobre, casi arruinado, pero con una férrea voluntad, con una afición inconmensurable (así lo percibió Magali) y con una plantilla de jugadores casi desconocidos, pero con un hambre espectacular: Notario, Alfaro, Navarro, David, Casquero, Olivera.... Ver el fútbol, ese fútbol, en ese lugar era algo mágico. Un enorme grupo de locos que no paraban de animar a un equipo que se mataba en el campo. Que se mataba. Que se ganó la fama de leñero porque era lo que se merecía, dada su actitud. Pero es que era dicha actitud la que hacía que su afición se matara a su vez por esos futbolistas. Jugarían mejor o peor, pero se lo dejaban todo en el campo. Y aquellos locos, a su vez, hacían lo propio en la grada. Lamari era una de ellos. Y Magali, absolutamente impresionada por el modo tan intenso con que aquella afición apoyaba a su equipo, pronto se convirtió en otra. Años después, desde el departamento de marketing del club, se lanzó aquella campaña encabezada por una pregunta muy sencilla: ¿se puede ser de otro equipo? Magali comprendió la respuesta mucho antes de que se formulara la pregunta. Por supuesto que no. Metida en aquella vorágine, por supuesto que no. 

No faltaron a ningún partido. Incluso, hicieron varios viajes a otras ciudades para ver al Sevilla de visitante. Y se sintieron orgullosas hasta el extremo con el octavo puesto conseguido al final de la temporada. Un equipo arruinado y recién ascendido, formado por descartes de otros equipos como Mérida, Elche y compañía, se metía entre los díez primeros..., de mamazo, como decía el loco más loco de todos los locos que había en el seno de aquel club. El entrenador: don Joaquín Caparrós Camino. 

Cuando Magali tuvo que hacer las maletas para volver a su Honfleur natal, ya era una sevillista más. Ella no nació sevillista, pero sabía de sobra que moriría siéndolo. A partir de entonces, no escatimaba esfuerzos para desplazarse a Sevilla todas las veces que podía, quedar con Lamari y meterse en ese bendito infierno de Gol Norte a morir por su equipo. En la medida en que le fue posible, fue testigo del espectacular ascenso de la entidad en los siguientes años. De los momentos tristes, como las marchas de Reyes, Baptista o Ramos, y también de los alegres, como las clasificaciones europeas de la mano de ese majara del fútbol nacido en Utrera. Y de la marcha de este. Y de lo que vino después. Por supuesto. De la inmensa gloria que vino después. 

En 2006, pasó la Feria en Sevilla, no porque le gustase la festividad (que en absoluto lo hacía), sino para ser testigo del posible pase del equipo a una final . Por tanto, vio en la grada el mítico gol de Antonio Puerta (tan llorado un año y poco después) y no pudo evitar que las lágrimas se le escapasen, lo mismo que le ocurrió a tanta gente a su alrededor. Un par de semanas después, se desplazó a Eindhoven, sin entrada, sólo para disfrutar del espectacular ambiente en un día tan memorable. Y a fe que lo hizo, junto a su amiga Lamari y tantos y tantos otros que fueron en el mismo plan que ellas y que disfrutaron hasta el éxtasis del primer título del equipo en casi 60 años. 


Memorable también fue la campaña siguiente, en la que Magali acudió a todos los partidos que pudo (y también a algunos que en verdad no podía, pero fue) para ser testigo de una temporada tan grande, que sólo los más viejos del lugar eran capaces de presumir de haber visto algo semejante. Igual que tantos otros en la grada, Magali observaba con la boca abierta y casi la baba cayendo cómo aquel equipo se comía a un rival sí y a otro también con un juego sideral, espectacular..., imperial. Con una defensa descomunal en la que rotaban monstruos como Javi Navarro, Escudé o Dragutinovic para acompañar al pequeño David, inamovible en la izquierda. Con Alves organizando el juego por la derecha; con el elegante de Poulsen cubriéndole las espaldas a la vez que estaba en todos sitios; con Renato como director de orquesta, con el frac y la pajarita, repartiendo juego y jugando él; con Navas por la derecha surcando su banda una y otra vez, pasando el balón al área mientras Luis Fabiano trazaba un desmarque hacia un lado, llevándose a la defensa con él en el desplazamiento y dejando la posición franca para Kanouté, la elegancia y el soberbio porte en persona. Kanouté, el compatriota africano de Magali que jugaba tan bien, a la vez que era tan caballero, que muchos rivales tendrían la tentación de felicitarle tras sus goles, a pesar de ser ellos quienes los encajaron. Aquella temporada en la que ganaron todo lo que los árbitros les dejaron. Aquella temporada, tan diferente a la primera que vivió Magali. Tan diferente. 

Cuando Magali se abrazó a Lamari en el aeropuerto, se estaba acordando precisamente de esa temporada. Aquello era irrepetible, pero el Sevilla volvía a Europa después de varios años fuera, o cayendo en las previas. Precisamente para eso se desplazó a Sevilla. Para ser testigo en la grada del primer partido europeo del equipo tras su retorno a la competición continental. El partido que le mediría al Mladost Podgorica y que todos consideraban fundamental, importantísimo. 

- Se está haciendo un magnífico equipo y sería una pena estropearlo tan pronto - Decía Lamari mientras se dirigían al estadio. 
- Pues si el equipo es tan bueno como dices, no hay por qué preocuparse. 

Efectivamente, antes del minuto 20, el Sevilla ya ganaba por 1-0 y el rival no parecía capacitado para inquietarle en lo más mínimo. El problema era la falta de rodaje del equipo, pero, una vez ganando, eso no era impedimento para controlar el resultado sin mayores problemas. Igual no habría goleada, pero estaba claro que tampoco iban a haber apuros, y esa relajación se trasladó a la grada. 

- Te he escuchado hablar. Veo que eres francesa - El vecino de asiento de Magali, un chaval varios años más joven, se dirigió a ella en un momento dado. 
- Sí, soy francesa, ¿y tú? - Magali contestó con insolencia porque no quería charlar con aquel chico y esperaba que se cortase y la dejara en paz, pero el muchacho no lo percibió de ese modo y continuó hablando. 
- No, yo no - Contestó con una sonrisa - Yo soy de aquí, de Sevilla. Y del Sevilla, el equipo más grande de Andaucía - Magali lo miró de nuevo, esta vez con más detenimiento y observó que era muy joven, que apenas tendría 20 años, diez menos que ella. Y lo siguiente que se le pasó por la mente es que tendría ocho o nueve cuando ella pisó por primera vez el Sánchez Pizjuán. 
- Muy bien. Me alegro por ti. 
- Estos últimos años no han sido demasiado buenos, pero el Sevilla es un grande. Ganamos dos UEFAs hace no mucho. Y varios títulos nacionales. ¿Se conoce al Sevilla en Francia? - Magali sonrió con cierto aire de mofa antes de contestar. Era evidente que aquel chaval la trataba como una extranjera recién llegada a quien hay que explicar lo que es el Sevilla FC, algo que, con ella, no era en absoluto necesario. 
- No demasiado. Ya sabes, los verdaderamente famosos son Real Madrid y Barcelona. 
- Ya. Es una mierda. ¿Y tú? ¿Cómo has acabado aquí, viendo este partido?
- Soy sevillista, igual que tú - Al chaval se le escapó una carcajada, pero la reprimió al momento. No quería ofender a la chica, pero le desconcertó su respuesta.
- ¿Cómo vas a ser sevillista igual que yo si eres francesa?
- ¿Los franceses no pueden ser sevillistas? ¿Dónde está escrito?
- No digo eso, pero no puede ser lo mismo ser de aquí que ser de Francia - Magali sonrió entonces con picardía y se giró un poco para mirar a aquel chaval a los ojos. La había ofendido, estaba claro, y ahora le tocaba el turno a ella. 
- ¿Quieres que te demuestre que igual sé más del Sevilla que tú?
- ¿Y cómo vas a hacer eso?
- ¿Cómo se llamaba aquel futbolista del Recre que jugó un par de años en el Sevilla y que la ponía en el área chica cuando sacaba de banda? - El muchacho se quedó a cuadros al escuchar la pregunta. No tenía ni idea de quién se trataba, algo que Magali supuso desde el principio, ya que fue uno de los fichajes del equipo en la temporada que ella vivió en Sevilla y él no tenía edad para acordarse. El chaval balbuceó algo ininteligible mientras ella mostraba una sonrisa triunfadora - La catapulta infernal, le llamaban algunos - Le remató - Pregunta por ahí y cuando sepas quién es, seguimos hablando de sevillismo. 

P.D. Si no recuerdan el nombre del jugador o quieren saber más de él, no duden en visitar este post de la web colussoscontrakukletas.blogspot.es. De ahí he extraído la foto que ven.

martes, 13 de agosto de 2013

El forofo, el conseguidor y los chicos de la redacción.

Edición de 1533 del Amadís de Gaula
Garci Rodríguez Montalvo fue un escritor castellano que vivió en la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI. No es famoso, no ha pasado a la historia de la forma en que lo hicieron otros. Pero es autor de uno de los libros más exitosos de la época. El Amadís de Gaula, cumbre de la llamada "Novela Caballeresca". Bueno, en verdad, eso de "autor" no es del todo cierto. Esa obra ya existía desde tiempo atrás, y lo que hizo Garci fue adaptarla, completarla y ampliarla. Lo que hoy en música o cine llamaríamos "versionarla". Y, como tantas veces ocurre, la versión tuvo mucho más éxito que el original. 

La Novela Caballeresca fue un género de prosa literaria muy extendido en lo que hoy es España (y también en otros países) durante finales del siglo XV, todo el siglo XVI, decayendo su espelendor a principios del s. XVII. No se trataba de escritura de calidad. Al menos, no era ese el fin último de los autores, sino que hablamos de un género que se vendía mucho entre quienes se podían permitir el lujo de leer en la época. Sus argumentos solían ser semejantes, los personajes (los caballeros) todos iguales. Personas que nacen en la humildad y que se convierten en héroes. Caballeros que llevan a gala la honra, la valentía. Aventureros que pasan por todo tipo de situaciones, que visitan lugares (inventados) muy lejanos, que luchan por obtener la dignidad de una dama. Torneos, duelos, lugares fantásticos, monstruos imaginarios, viajes interminables a sitios lejanísimos. Sexo, amores extramatrimoniales.... ¿Imaginan ustedes una telenovela venezolana ambientada en la Europa tardo-medieval? Pues algo semejante. Y fíjense si tenían éxito que, por ejemplo, el nombre del estado de California proviene precisamente de una obra de Garci Rodríguez: el las Sergas de Esplandián, uno de los lugares inventados es una isla llamada Ínsula de California. Y así llamó quien fuera a aquellas tierras cuando se llegó a ellas

Don Quijote y su locura
De la decadencia de este estilo literario tiene la culpa alguien que seguro que sí les suena. Un tal Miguel de Cervantes y Saavedra, escritor madrileño y autor, entre otros, del libro más editado y traducido de la historia, después de la Biblia: Don Quijote de la Mancha, publicado por primera vez en 1605. Esta obra es, ante todo, una sátira mordaz y contundente de las novelas de caballería. Don Quijote es un señor que, después de leerlas hasta la obsesión, pierde la cabeza y se cree que es uno de esos caballeros. El resto lo conocemos todos. O por leer el libro, o por haber visto los dibujitos animados o simplemente de oídas. Pero don Miguel superó su objetivo inicial y no sólo ridiculizó el género hasta el punto de acabar por hacerlo desaparecer, sino que escribió, probablemente, la mejor novela de la historia de la literatura. Si el Amadís de Gaula no era precisamente una obra de calidad, aunque sí de éxito, el Quijote lo fue de una calidad extrema y, a la larga, (que no a la corta) de un éxito infinitamente superior. No siempre lo comercial es de calidad, pero al final es la calidad lo que pasa a la historia. Lo otro, se olvida.  

Rick Astley
Cambiemos de tema, aunque no radicalmente, como veremos. ¿Conocen ustedes a un señor llamado Rick Astley? Depende de la edad que tengan, probablemente, muchos no tengan ni idea de quien es. Rick Astley es un cantante inglés que entre los años 1987 y 1988 tuvo un par de éxitos espectaculares. Con espectaculares me refiero a bestiales, pero no por la calidad de su música, sino por ser un muchacho que gustaba a las chicas y que interpretaba temas muy pegadizos y de fácil bailoteo (para quien bailotee, que a mi jamás me verían bailoteando nada, y menos eso). Por otro lado, 1987 fue también el año en el que la banda U2 (esta es más conocida ¿eh?) sacó al mercado su álbum "The Joshua Tree", con temas legendarios como "Where the streets have no name", "I still haven't found what I'm looking for" o "With or without you". No sé si, en 1987, U2 superó en éxito a Rick Astley, andarían de la mano, pero ¿quién ha pasado a la historia de la música moderna? La calidad. A la historia pasa la calidad, igual que cuando comparamos a Garci Rodríguez con Cervantes o a el Amadís de Gaula con El Quijote. A pesar de haber tenido un éxito similar en su momento. 

Portada del disco "The Joshua Tree" - U2 - 1987
Calidad o éxito. Calidad o ventas. Calidad o beneficios. Esto es una clásica diatriba que siempre ha estado de actualidad. A la larga, la calidad es más rentable que cualquier otra cosa, pero hay muchas personas que son incapaces de pensar de ese modo: a la larga. O que no les dejan, que también puede ser. Llámenme excéntrico si quieren (no andarán muy descaminados a la hora de describirme) pero son estas cosas, estos ejemplos, los que se me vienen a la cabeza cuando me indigno al ver la mierda de información que nos ofrecen los medios en la actualidad. Y si nos vamos a los deportivos, a menudo es casi como para vomitar. No generalizo, ni mucho menos, hay periodistas e informadores muy buenos a los que sigo y admiro. Como había buenos escritores en los siglos XVI y XVII (a pesar de las novelas caballerescas) y buenos músicos a finales de los ochenta (a pesar del coñazo del bailoteo). La clave está en saber distinguir. Y eso es lo que intento, así que distingamos. 

En la prensa deportiva actual tenemos a mucho forofo. Muchísimo. Y el problema no es que los haya, sino que se les siga. El forofismo vende. Y como vende, existe. No es periodismo de calidad. En verdad, no es ni periodismo, es bazofia, pero existe porque vende, y lo que vende tiene éxito. No pasarán a la historia. Manolete, Roncero, Roldán o Peris no serán recordados dentro de unos años como hoy pasa con, por ejemplo, José María García. No son calidad, son basura. Pero hoy, en la actualidad, venden. Por eso existen. 


Luego tenemos a los conseguidores. Los conseguidores de visitas, de lectores. Esto es otra cosa. No es que sea bueno, pero es otra cosa. El conseguidor es ese que se pone delante de un papel (o pantalla) en blanco y que tiene la obligación de escribir algo que asegure un número determinado de ventas (o de visitas, si se trata de una web). Y si lo que vende es meterse en tal o cual jardín para crear polémica, pues lo hace. Además, sabe que son esas ventas o visitas las que van a asegurar la pervivencia del medio en el que trabaja y, por ende, del sueldo del que sale el sustento diario de su familia. El conseguidor no es forofo (no necesariamente). Puede incluso ser un extraordinario periodista, pero eso no da de comer. Lo que da de comer son las visitas, las ventas. La publicidad que se contrata gracias a esas visitas o ventas. Y ese buen periodista se vende. ¿Cómo no lo va a hacer? ¿No nos vendemos todos a diario para llevar a casa un sueldo? ¿No nos tragamos lo intragable, no fingimos ser amables ante gente que aborrecemos para cerrar una venta, para asegurarnos el sustento? Eso sí, que luego no me hablen de credibilidad. Yo les comprendo, pero no les creo. 


Al menos, los conseguidores tienen un nombre, se están haciendo un hueco en la profesión y puede que en un tiempo, cuando adquieran prestigio, puedan imponer sus condiciones y ser un poco más libres a la hora de desarrollar su trabajo. Todos conocemos periodistas que han llegado a ese nivel. Pero, ¿y qué pasa con los chicos de la redacción? Es decir, los que firman sus artículos como eso, como "Redacción". ¿Quiénes son? ¿Donde están? ¿Qué opinan de lo que hacen? ¿Sus pensamientos coinciden con lo que escriben o se limitan a aporrear un teclado transcribiendo lo que les han dicho que transcriban? Al fin y al cabo, les pagan por ello. 

El periodismo es un negocio, del mismo modo que lo eran las editoriales que vendían novelas de caballería o los sellos discográficos que se forraron a costa de bluffs como Rick Astley. La empresas que explotan los medios de comunicación son eso, empresas, que buscan un beneficio. De ese beneficio depende su supervivencia y a ello se dedican. ¿Esperamos que nos ofrezcan un producto de calidad? Lo que nos ofrecen es lo que vende. Si un artículo recibe muchas visitas porque peca vergonzantemente de doble rasero en el trato a Sevilla y Betis, pues seguirán escribiendo artículos de ese estilo. Si, por contra, publican algo de una extraordinaria calidad, pero aburre al personal y no vende, pues al carajo la calidad. Se trata de dar de comer a los hijos, no de recibir el aplauso de cuatro o cinco. 

Es la sociedad que tenemos, la que mantenemos, la que permitimos que exista. Además, de una forma o de otra, siempre ha sido así. ¿De qué nos sorprendemos? Por supuesto, a la historia no pasarán estos de los que hablo. Aunque sean buenos padres de familia que hacen lo que sea para llevar el pan a sus casas (como haríamos cualquiera de nosotros). Pero no deberíamos escandalizarnos ni llevarnos las manos a la cabeza por el hecho de que las cosas sean como son, porque somos nosotros mismos los que permitimos que sean así. Y en nuestra mano está cambiarlo todo. Claro que, si ya desde los tiempos de las novelas de caballería nos comportábamos de un modo parecido, ¿qué esperanzas podemos tener ahora de cambiar nada?

viernes, 2 de agosto de 2013

La conciencia de los malvados

Dicen los naives que el ser humano es bueno por naturaleza y que son las circunstancias las que le hacen desviarse de su camino natural. Por otra parte, decían los curas del colegio al que iba de niño que los siete pecados capitales son la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la vanidad. Yo era muy naif en sus tiempos, pero la vida me ha endurecido. Ahora, he de reconocer que, en mayor o menor medida, soy asiduo a todos y cada uno de esos siete pecados, con lo que intuyo que el infierno tiene sus puertas abiertas de par en par para mí. Para cuando me llegue la hora.

El caso es que, generalizando, creo que difícilmente cabré en ese caluroso lugar, porque raro es el hombre (o mujer) que no frecuenta la mayoría de esos siete deslices que yo mismo me atribuyo. ¿Habrá sitio para todos? Porque ¿a quién no le place el sexo? ¿Y una buena comida (de las que reventar o salir rodando, me refiero)? ¿Y dormir hasta tarde (por la noche o en la siesta)? ¿Quién no tiene orgullo? ¿Quien renunciaría a una buena suma de dinero? ¿Y quien no mira con cierta dosis de pelusa a quien lo tiene, aunque solo sea por desear la tranquilidad que el mismo te reporta? ¿Quién no ha estallado alguna vez hasta el punto de perder los papeles? ¿De verdad el hombre es bueno por naturaleza? ¿O quizás se trata de todo lo contrario y lo que hacemos es luchar por serlo?

A menudo se dice sobre una persona malvada que no tiene conciencia. ¿Y si es la conciencia lo que nos hace luchar por ser buenas personas y quien no la tiene se queda en eso, en malvado?

La bondad del ser humano es uno de los mitos más estúpidos que circulan por nuestras vidas. Al menos esa es mi opinión. Se dice que en condiciones límite es cuando sale a la luz la verdadera personalidad de cada uno. En condiciones límite, las personas miran siempre por sí mismas, a costa incluso de pisar a los demás (salvo en ciertas películas de héroes, caballeros y demás milongas). Incluso, es un hecho exculpatorio. Atenuante. Si haces algo mal, pero convences a quien te juzga de que estabas en una situación límite, puede que la condena no sea para tanto. Pero, entonces, si es en situaciones límite cuando florece nuestra verdadera personalidad, el hecho de considerar atenuantes esas condiciones es un reconocimiento implícito de nuestra maldad. Es la conciencia lo que falla en esos casos. Se perdona que dejemos de lado a la conciencia, dejando paso a nuestra verdadera naturaleza, porque se trata de una situación límite. La conciencia es lo que nos impulsa a ser buenos. La que nos permite luchar contra nuestra condición natural. 

Dice alguien que conozco que nadie se hace rico trabajando. No es una persona a quien admire, más bien todo lo contrario, pero lo cortés no quita lo valiente. Y estoy de acuerdo con esa afirmación. Es más, yo la magnifico, la extrapolo: nadie se hace rico siendo buena persona. Por lo general, que excepciones hay para casi todo. Y entroncando esta máxima con lo que vengo escribiendo, nadie con conciencia se hace rico. O matizando, porque es una frase un tanto exagerada, a mayor conciencia, menor riqueza. Aunque solo sea porque una persona con mucho dinero y mucha conciencia acaba por repartirlo entre quienes no lo tienen y lo necesitan. (No sé por qué, pero me estoy acordando ahora de Frederic Kanouté. O sí lo sé)


Pero sigamos recorriendo este camino por el que me lleva la reflexión. Y tratemos de bajar un poco al suelo, de pasar de la teoría a los hechos. A las realidades. ¿Cómo imaginan ustedes a un ricachón? Yo me lo imagino gordo, con mal genio, tacaño, alguien que trabaja poco, pero que trata con la punta del pie a sus empleados; que está más preocupado por ser mejor que sus competidores que por disfrutar de lo que tiene; y, por supuesto, engreído, petulante..., insoportable. Gula, ira, avaricia, pereza, envidia, vanidad...; la lujuria la dejo a la imaginación del lector. No sean demasiado depravados, por favor, aunque reconozco que, viendo la pinta del personaje de la derecha, cuesta trabajo.


Curioso, ¿no? Cumple con milimétrica precisión con los siete pecados capitales. Esos que al principio decía que todos cometemos, yo el primero. Pero si todos los cometemos, ¿por qué él es ricachón y nosotros no? Pues lo vengo diciendo. Por la conciencia,  esa es mi opinión. Todos cometemos los pecados, pero la conciencia nos limita la intensidad con la que lo hacemos. Mientras mayor sea esa limitación, más livianas serán nuestras faltas. Nuestros deslices.

Observen esta nueva foto a la derecha. No es tan exagerado como la caricatura, pero ¿a que da el pego? ¿Dirían de él que es un hombre sin conciencia? ¿Y un ricachón? ¿Y cómo ha llegado a ser ricachón si no es utilizando su ventaja sobre los demás, es decir, su falta absoluta de conciencia? Su poca vergüenza, hablando en román paladino. Y presuntamente. Siempre presuntamente. De modo que el tío utiliza su cargo de tesorero de uno de los dos grandes partidos para repartir la tela entre todos y quedarse una parte para él. Además, conserva pruebas para incriminar a cualquiera que le pueda señalar. Aunque luego esas pruebas podrán ser válidas o no en un juicio, pero el tío las conserva. Y ahora que le han pillado y sus compañeros le dan la espalda, saca la artillería, tira de la manta, acciona el ventilador, llámenle como quieran. Saca sus pruebas. Esas que conserva desde hace incluso décadas. Con premeditación y alevosía. ¿Y este tío puede tener conciencia? ¿Qué conciencia? Sabe que obra mal, se cubre las espaldas, compra voluntades con dinero negro y cuando se ve con el agua al cuello, comienza  escupir. Se hace de oro..., pero lo pillan. De todos modos, está por ver el tiempo que pasará en la cárcel y lo que le quede de vida después para disfrutar de todo lo robado. Es un hombre rico. Y sus riquezas no las podría haber atesorado sólo trabajando. Podría ser una persona en posición desahogada y sin dilemas económicos, pero nunca un ricachón. 

¿Y qué les parece este otro? Observen a la derecha, observen. Este hombre NO es un delincuente. Presuntamente, siempre hablo respetando la presunción de inocencia. Pero, ¿a que da el pego también? Este hombre ha sido presidente del Huesca y dueño del desaparecido Badajoz. Además, aprovechando un resquicio de la legalidad, asesoró (entre otros) a clubes como el Betis, el Rayo o el Mallorca en sus concursos de acreedores. Y digo aprovechando un resquicio legal porque el espíritu de la Ley Concursal española es bien distinto al modo en que este señor utilizó dicha ley en defensa de los intereses de dichos clubes. Dicha ley trata de evitar cierres de empresas con problemas financieros. Si una empresa con 50 trabajadores cierra, esos 50 trabajadores se van al paro. Pero si, en vez de cerrar, entra en concurso de acreedores, la empresa sobrevive. Probablemente no podrá mantener a todos sus trabajadores, pero al paro se irán menos. Y si la empresa sobrevive, se reorienta su gestión y se reflota, en un futuro podrá volver a contratar a más gente, con lo que el mal sigue siendo mal, pero lo es mucho menos que si desapareciese. Pero lo que este señor hizo con esos clubes no fue exactamente eso, sino pervertir la norma para permitir a equipos competir sin pagar, llegándose a casos absurdos y hasta surrealistas como lo ocurrido con el Betis y el Elche. De modo que el Betis, estando en Segunda, ficha del Elche (de la misma categoría) a Jorge Molina, su mejor delantero. Pero no paga por él porque entra en concurso de acreedores. Un administrador concursal nombrado por el juez toma las riendas de la gestión, se acuerdan quitas y calendarios de pago diferidos con los acreedores y el Elche se queda sin su mejor jugador y sin dinero para poder sustituirlo. Para colmo, el Betis, con una notable aportación de dicho futbolista, asciende a primera a costa (entre otros) del Elche. Y esto es una perversión del espíritu de la ley, la cual busca la supervivencia de las empresas, no darles una ventaja competitiva respecto a su competidores (valga la redundancia). 

Lo que este hombre hizo no es ilegal, pero de moral tiene lo que yo de franciscano. Este hombre, de conciencia también anda con lo justito. Hoy día es el presidente de la LFP, y con sus actuaciones y declaraciones está demostrando, aparte de cinismo y ausencia de vergüenza a raudales, que lo único que le importa es el dinero, el negocio, pasando por encima, no ya de equipos y aficionados, sino del fútbol en general. Ha ido de flor en flor, como buen mercenario de la vida, embolsándose lo que sea que se haya embolsado, sin demostrar pudor ninguno. Ha ido ascendiendo, ocupando cargos hasta el que actualmente ostenta y no le ha importado nada ni nadie que no sea arrimarse al árbol que más sombra da y el negocio. El dinero. El asqueroso dinero. Este hombre ha trabajado mucho. Muchísimo, eso no se pone en duda. Pero no ha sido su trabajo, sino su falta de moral y de escrúpulos, lo que le ha llevado a donde está. Ese matiz es importante. Trabajando no se hace uno rico, pero eso no quiere decir que los ricos no hayan trabajado. Eso sí, la riqueza, la gran riqueza, no se consigue con el trabajo, sino con otra cosa. 

Ayer, estos dos hombres fueron los causantes del enfado de muchos de nosotros, aunque no de un modo directo. El primero, como causante de la lamentable comparecencia del presidente del gobierno, que con sus palabras hizo que muchos pensáramos que nos estaba tomando por tontos. Y el segundo por la primera en la frente con los horarios de los partidos en esta temporada. Un partido un domingo a las once de la noche es una aberración, pero a este tío se la sopla todo eso con tal de que los números sean los números. 

Gente sin conciencia que llega a cargos de relevancia y que perjudica a los demás por culpa de lo primero: de su falta de conciencia. Gente mala, o mala gente, que decimos por aquí. Mala gente, estos dos y muchos más, que, por desgracia, dirige nuestros destinos y nos tienen como nos tienen. Tenemos un sistema montado de manera que la mala gente pisa a la buena. Quien no tiene conciencia se impone a quien sí la tiene precisamente por eso: porque unos la tienen y otros no. 

Las cosas tienen que cambiar, pero a uno no se le ocurre como. Ojalá algún día gente buena y preparada asuma el poder, da igual el estamento de la vida, y comience a poner orden en este desastre que estamos sufriendo. 

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