lunes, 30 de septiembre de 2013

La locura de Doña Juana (IV)

CAPITULO IV

AÑOS DE DESESPERACIÓN

1500 - 1504

Capítulos anteriores: (I) - (II) - (III)

La muerte de Miguel de la Paz, hijo de Isabel (la primogénita de los Reyes Católicos) y de Manuel I de Portugal estuvo envuelta en polémica. Miguel, que nació en 1498 y en cuyo parto murió su madre, debía haber heredado Castilla, Aragón y Portugal. Era el heredero universal, habría tenido la oportunidad de conformar una nación colosal, un imperio jamás visto a lo largo de toda la Historia de la Humanidad. Los Reyes Católicos eran conscientes de ello y el bebé se comenzó a criar en la corte castellana, no en la portuguesa, donde vivía su padre. Esto ya de por si es raro, pero más aún lo fue la actitud de Felipe el Hermoso. O quizás, aquello fue consecuencia directa de esta última.

Palacio de Sintra - Residencia de los reyes de Portugal
Cuando el Príncipe don Juan, segundo hijo de los Reyes Católicos y primer heredero, falleció en 1497, Felipe reclamó el derecho de su esposa Juana al título de Princesa de Asturias, despreciando a Isabel, la hermana mayor de esta, que estaba por delante en la línea de sucesión. Fue ahí donde el Habsburgo comenzó a demostrar su verdadero carácter ambicioso y su falta absoluta de escrúpulos. Esa petición fue, obviamente, rechazada por los reyes, los cuales es de suponer que comenzaron a desconfiar del marido de su hija. Al año siguiente, la que falleció fue Isabel, la nueva heredera, en el parto de su primer hijo, como hemos comentado. Y esa desconfianza de los reyes debió ser el motivo por el que se hicieron cargo de este hijo, de Miguel, a pesar de que su padre era el rey de Portugal y vivía en Sintra, sede de la corte del país vecino. Lo querían proteger a toda costa. Pero el remate de las curiosidades en torno a este asunto es el hecho de que la noticia de la muerte del Príncipe don Miguel no llegó a Felipe y Juana de parte de los reyes, sino de un enviado que tenían en la corte castellana, cuya misión era vigilar lo que pasaba alrededor de aquel bebé. Se sabe (porque así lo hacen ver los cronistas de la época) que la muerte de este fue celebrada en Bruselas de tal forma que parecía como si la estuviesen esperando. Por supuesto, los reyes enviaron una misiva a Juana y Felipe informándoles de lo ocurrido y reclamándoles que viajaran a España para jurar como herederos en ambos reinos, Castilla y Aragón. Misiva que llegó en tiempo y forma convenientes. Lo sorprendente fue la velocidad a la que lo hizo la primera. La del enviado. Sorprende tanto que no hay más remedio que considerar la muerte como, al menos, sospechosa. No será la única, como veremos más adelante. Y estando de por medio Felipe el Hermoso y Fernando el Católico, dos personajes tan retorcidos (por no decir hijos de puta, que ese lenguaje en Historia queda poco elegante), cualquier intriga que imaginemos puede adquirir visos de real. Pero no adelantemos acontecimientos y centrémonos en lo que nos ocupa.

Después de que la señora Muerte hiciera su trabajo, Juana se encuentra con que, casi de golpe y porrazo, se ha convertido en Princesa de Asturias y heredera de todas las posesiones de sus padres. Sin embargo, no es ella la que lleva la batuta en este sentido, sino su marido: Felipe el Hermoso. Ella, en aquellos tiempos (año 1500), vivía presa de sus obsesiones alrededor de las infidelidades de su esposo. Eso era lo primero en su escala de prioridades. Y aunque sabemos que era consciente de la importancia del momento, no tenía la cabeza en condiciones para imponerse. Ella no pudo obrar como su madre, haciendo valer sus derechos y no dejando que su esposo la ningunease por el hecho de ser ella la mujer y él el hombre. Desde un principio, desde mucho antes de siquiera aspirar seriamente a la sucesión, Felipe la tenía sometida. O mejor, ella estaba sometida a él. Juana hacía todo lo que fuera necesario para mantener a su marido a su lado y evitar que se fuera con otras. Y lo hacía de un modo obsesivo, utilizando cualquier cosa, asunto o argumento que tuviera a su alcance. Esta perdidamente enamorada de él, lo cual la llevaba al sometimiento más absoluto. Y él, consciente de ello, no dudó en utilizar esa circunstancia en su propio beneficio.
Doña Juana con sus hijos, Carlos y Fernando
El deterioro de la Princesa es notorio y evidente

No obstante, una cosa es que Juana estuviese obsesionada con Felipe, y otra que ya hubiera abrazado la locura. En 1500, Juana no estaba loca. Probablemente no enloqueció de verdad hasta años después de ser encerrada en Tordesillas. Juana sufría una enorme depresión que la hacía estar como apartada del mundo durante largos periodos de tiempo. Y que la obligaba a centrar su atención en lo que la obsesionaba. Pero era perfectamente capaz de echar a sus fantasmas a un lado cuando la ocasión lo requería. Eso lo demostró en bastantes ocasiones, y este punto de nuestro relato, cuando son llamados por los reyes para jurar como herederos, es un ejemplo perfecto de ello. Felipe decidió posponer el viaje, a lo que ella accedió, a pesar del desplante que suponía para sus padres. Además, rehusó ir a Castilla con el príncipe Carlos (como querian los Reyes Católicos, ya que, al ser varón y de su sangre, era en él en quien pensaban como verdadero heredero a futuro), a lo que ella accedió, sobre todo porque el niño tenía meses de vida. Incluso, y dada la fascinación que tenía Felipe por todo lo francés, no puso pega a hacer el viaje por tierra, atravesando el país galo, y a hacer una prolongada parada en París en la que, literalmente, hacer la pelota al rey francés en busca de su favor. Pero lo que no permitió, bajo ningún concepto, fue prometer al príncipe Carlos con la hija del rey francés. Puede que como simple condesa de Flandes hubiera accedido. Pero ya siendo heredera de la corona de Castilla, sabiendo la enemistad que sus padres siempre tuvieron con los franceses, no lo consintió por nada del mundo. Que una cosa es no estar preparada para el gobierno de un reino y otra bien distinta no saber la importancia y la grandeza que el título de Princesa de Asturias tenía. Esa alianza matrimonial hubiera supuesto el sometimiento de Castilla a Francia. Y Juana demostró saber lo que se traía entre manos hasta el punto de vencer a sus obsesiones, enfrentarse a su marido (cuentan que dicho enfrentamiento fue de órdago) y mantenerse firme en esa decisión.

No obstante, ya fuera en periodos de lucidez o en otros más depresivos, sus obsesiones siempre estaban rondándole la cabeza. Y ahí se encontraban cuando cruzaron la frontera por Fuenterrabía el 26 de enero de 1502. Ya estaban en Castilla, por fin, pero lo que Juana se encontró en palacio cuando llegó al lado de su madre fue muy diferente a lo que dejó seis años atrás. El príncipe Juan había muerto. Sus hermanas pequeñas ya no estaban allí (María casó con Manuel I de Portugal, el viudo de su hermana mayor Isabel, y Catalina estaba en Londres, prometida a Arturo, heredero de la corona inglesa). Además, su madre era una persona diferente a la que la despidió en el interior de aquel barco, en el puerto de Laredo. Isabel la Católica, después de una vida intensísima y de tener que sufrir una muerte tras otra, entre hijos y nietos, en los últimos pocos años, había envejecido considerablemente y convertido en una persona triste y solitaria. Juana hubiera necesitado de alegría y buen humor para recuperar un poco su ánimo, pero se encontró con lo más parecido a un velatorio.

Leonor, Carlos e Isabel - Los tres hijos mayores de Juana
Anónimo - Museo Kunsthistorische de Viena
Durante ese año de 1502, Juana quedó embarazada de nuevo, pero eso no fue óbice para que Felipe mostrara en otoño su intención de volver a Flandes, aun sabiendo que eso significaba dejar en Castilla a su mujer en dicho estado. Acaso lo necesitaba. Posiblemente estaba harto de ella y sus obsesiones. De su afán por controlarle, por estar a su lado, por el sexo..., por pretender que él estuviera tan enamorada de ella como ella de él, cosa que para nada ocurría. Desoyó los consejos y los ruegos de todos y se marchó, provocando en Juana uno de los estados depresivos más profundos desde que abandonó Castilla para casarse. Y no es de extrañar. No sólo por separarse de la persona a quien más quería, sino también (quizás sobre todo) por no poder controlarle ni vigilarle, eso que constituía su mayor obsesión. Por no hablar de que sus otros tres hijos estaban allí, en Flandes, y cuando se marchó Felipe, iba ya para un año que no los veía. Para colmo, una vez en Bruselas, Felipe le envió una carta en la que le expresaba el deseo de su hijo Carlos (de sólo 4 años) de que volviera pronto a su lado. Como el perro del hortelano, Felipe, sabe Dios por qué motivo, ni quería estar con su esposa, ni quería tenerla lejos. Acaso la consideraba como algo de su propiedad; algo de lo que echar mano cuando se le antojase y dejar de lado cuando el capricho fuera el contrario. 

Juana aguantó como pudo hasta marzo de 1503, cuando nació su cuarto hijo (Fernando, quien en el futuro sería Emperador del Sacro Imperio, a la abdicación de su hermano Carlos), y a partir de entonces insistió en su deseo de marcharse. Sus padres le dieron largas y ella se hundió en la desesperación. Apenas dormía, apenas comía, apenas hablaba, andaba siempre sola, triste, seria, meditabunda, dia tras día, noche tras noche. Según Mártir de Anglería (humanista milanés al servicio de los reyes), su estado era lastimoso; y no sólo debía causar pena a sus familiares, sino a cualquiera que la viera. Y aquí nos deberíamos parar un momento porque, a veces, la sucesión de acontecimientos históricos nos arrolla y dejamos de lado a las personas. Imaginen, por favor, a una joven de 23 años, que ya es madre de cuatro hijos, tres de los cuales están a miles de kilómetros y a los que hace más de un año que no ve. Añadan a eso la angustia provocada por las palabras de su propio hijo en aquella carta que le mandó Felipe. Imaginen que esta chica tiene un marido que la trata con indiferencia (por no hablar de desprecio), que le es infiel repetidamente y que la ha dejado allí, embarazada, para él irse de vuelta a su casa solo. Es decir, que puede estar haciendo lo que le venga en gana sin vigilancia alguna, lo cual la martiriza (como no puede ser de otra manera). Imaginen a los padres de esta muchacha, más preocupados por los intereses del Estado que por el modo en que ella está hundiendose en una depresión alarmante. Que no le hacen el debido caso. Que pasan de ella, hablando mal y pronto. Imaginen el cuadro, la escena..., la situación. La soledad, la inseguridad, la falta absoluta de cariño y de respeto, la sensación de incomprensión, de abandono. Y a eso añádanle que se le pedía estar preparada para, en su momento, asumir el reinado de dos naciones y un incipiente imperio, cosa para lo que no fue educada ni preparada. Piénsenlo por un momento. Empaticen. Acuérdense de cuando tenían 23 años (si es que tienen más) y pónganse en el lugar de esta pobre chica. ¿Es o no es para volverse locos?

Pues justo eso fue lo que le pasó a Juana de Castilla y Aragón. 

Vista exterior y patio interior del Castillo de la Mota
Medina del Campo - Valladolid
Su desesperación llegó a tal punto que decidió marchar por su cuenta de vuelta a Flandes. Corría el mes de noviembre de 1503, Juana residía en el Castillo de la Mota, en Medina del Campo, y cierto día decidió, simple y llanamente, coger la puerta e irse. Pero los guardias que custodiaban la plaza se lo impidieron. Tenían órdenes de la Reina de no dejarla salir. Juana no residía en aquel lugar. Estaba encerrada allí y al darse cuenta de ello, se declaró en rebeldía y pasó la noche al raso en el patio del castillo. Una noche al raso en plena Castilla en noviembre supone pasar un frío considerable. Es una locura, ni más ni menos. La Reina fue avisada y a pesar de su mal estado de salud, se desplazó a Medina para hablar con su hija. El enfrentamiento que tuvieron fue tan intenso, que fue recogido por los cronistas de la época. Fue ese día cuando doña Isabel se dio cuenta del grave problema que tenía su hija. Y ya era bastante tarde. Como fuera, la Reina consiguió calmar a Juana y le prometió que en cuanto el clima fuera propicio, haría lo necesario para que regresara a Bruselas, cosa que ocurrió en la primavera de 1504. 

Aquello era lo que le faltaba por ver a Isabel la Católica. Después de una vida tan intensa y exitosa, de haber unido su reino al de Aragón, culminado la Reconquista, conquistado Canarias, dominado a la nobleza y al clero, descubierto un nuevo continente, logrado alianzas matrimoniales con las más importantes potencias europeas para aislar a sus enemigos... después de un reinado tan absolutamente genial y esplendoroso en el que convirtió un pequeño reino, emprobrecido y dividido por feroces luchas internas, en la mayor potencia mundial del momento, resulta que no tiene a nadie a quien dejar su legado. Sus herederos fueron muriendo uno tras otro y quien le quedaba, su hija Juana, le demuestra que no tiene la cabeza en condiciones para hacerse cargo, lo cual supone un verdadero drama. Isabel cayó en una profunda depresión que la consumió rápidamente. Incluso, ella fue perfectamente consciente de que sus días en este mundo llegaban a su fin. Probablemente así lo desearía. Recordemos que su madre sufrió enajenación mental, su hija también, y es muy posible que todas ellas tuvieran propensión genética a la depresión, como ya hemos comentado con anterioridad. Es probable que Isabel la Católica nunca se dejara llevar por estados depresivos porque, aparte de su fuerza y personalidad, inundó su vida de retos, a cual más ambicioso, y los éxitos fueron cayendo uno detras de otro. Pero al final de sus días, cuando ya poco quedaba por hacer y en vista de tanta desgracia personal, esa depresión a la que debía ser propensa encontró el resquicio por el que entrar y se quedó en su interior hasta llevársela por delante. Isabel no murió de depresión, pero esta le quitó las fuerzas para luchar contra nada. Incluido su mal estado de salud. 

La muerte sobrevino a Isabel la Católica apenas unos meses después del retorno de su hija a Flandes. Estamos a 26 de noviembre de 1504 y Juana era, oficiosamente, reina de Castilla como heredera natural. Pero las cosas no eran así de fáciles. Ni mucho menos. Es más, lo más difícil, lo más duro, lo más complicado estaba justo por venir. 


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lunes, 23 de septiembre de 2013

La locura de Doña Juana (III)

CAPITULO III

AÑOS DE MUERTES

1496 - 1500

Capítulos anteriores: (I) - (II)

El nacimiento como país de lo que hoy conocemos como España es motivo de mucha controversia. Hay quienes lo sitúan en 1469, fecha en la que contrajeron matrimonio Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos. Otros hablan de 1492, con la toma de Granada y el fin de la Reconquista. También podríamos decir que hasta que un solo rey no gobernó todos los territorios unidos, no hay un sólo país; y eso ocurrió a partir de 1519 con Carlos I (ya incluida también Navarra, anexionada en 1512). En verdad, España, como unidad administrativa, no existió hasta que el primer rey borbón, Felipe V, emitio los llamados Decretos de Nueva Planta en 1707. Hasta entonces, "España" no era más que una serie de reinos diferentes gobernados por un mismo rey. 

Por tanto, en 1496, fecha en la que nos encontramos en nuestro recorrido por la vida de doña Juana, España, simple y llanamente, no existía. Se trataba de dos reinos, Castilla y Aragón, cada uno con su monarca (aunque ambos estaban casados entre sí) y cada uno con sus intereses. Castilla, una vez tomado el reino de Granada, andaba absolutamente volcada con la recién descubierta América (aunque entonces no se llamaba de ninguna manera). Sin embargo, a nosotros nos va a interesar sobre todo Aragón,  cuyas miras se dirigían al Mediterráneo, donde, aparte de toda la costa catalana y valenciana, contaba con enclaves importantísimos como las Islas Baleares, Cerdeña y Sicilia. En esa zona, la gran disputa en aquella época se centraba en el Reino de Nápoles, que abarcaba la mitad sur de la Península de Italia y que era pretendido por Francia y Aragón. Y es en este marco en el que se entiende la alianza entre los Trastámara y los Habsburgo, por la cual, los Reyes Católicos pactan con Maximiliano I (Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) las bodas de sus hijos entre ellos. Juana con Felipe y Juan con Margarita respectivamente. Gracias a esa alianza, se hacen fuertes ante el empuje de los franceses.

Europa en 1496
De otro lado, Isabel y Fernando lograron atraerse el favor de Inglaterra, casando a su hija menor, Catalina, con el heredero al trono, Arturo, y a la muerte prematura de este, con el rey Enrique VIII. Y, antes, especialmente y sobre todo, el de Portugal, con diferentes bodas entre los príncipes de ambos reinos. Y todo ello con el propósito de aislar internacionalmente a Francia, cosa que, a la vista está, consiguieron.

Pero centrémonos en lo que nos interesa: en lo que ocurrió con aquella joven de carácter tan peculiar, que ni su propia madre era capaz de llevarla y comprenderla.

La princesa Juana fue prometida a Felipe de Habsburgo, el hijo mayor del Emperador Maximiliano I de Austria, y partió desde el puerto de Laredo, en Cantabria, el 21 de agosto de 1496, rumbo a los Países Bajos (ya que Felipe era Conde Flandes, uno de los territorios del Imperio). El traslado se hizo por mar, ya que por tierra era imposible, pues habría que atravesar Francia, país con el que, como ya hemos dicho, había enemistad. Y para ello se armó la mayor flota que vieron los castellanos en toda su historia. Era evidente que los Reyes Católicos deseaban mostrar al mundo (y especialmente a Francia) todo su esplendor y poderío, y para ello enviaron a una veintena de buques de guerra (con una tripulación total que superaba las 3.500 personas), acompañados de 60 navíos mercantes que transportaban lana para su exportación. Una flota que debía enviar a Flandes a la princesa Juana y traerse de vuelta a Margarita, la hermana de Felipe el Hermoso y prometida del Príncipe Juan de Castilla.

Escudo de armas de doña Juana
Pero la fortaleza del reino castellano demostrada en dicha exhibición naviera no tenía por qué corresponderse con la que sentía en su interior doña Juana. Lo que se le venía encima a la infanta era de órdago y creo que es imprescindible pararse en este punto por un momento. No es que se tratara sólo de una muchacha; es que prácticamente no era más que una niña, pues solo contaba 16 años. Una niña acostumbrada a vivir a cuerpo de princesa (nunca mejor dicho) en ese entorno familiar del que hemos hablado, en el que, a pesar de las frecuentes ausencias de los padres, contaba con la compañía permanente de sus hermanas pequeñas, María y Catalina. Una niña a la que embarcan hacia un destino incierto, hacia un país extranjero, cuya lengua no hablaba, y a someterse a la voluntad de alguien que no dejaba de ser otro niño (Felipe tenía sólo un año más que ella) y a quien no conocía absolutamente para nada. Para colmo, su padre no acudió a despedirla, ya que estaba ocupado con otros asuntos de estado. Sí que lo hicieron su madre y sus hermanos Juan, Catalina y María (Isabel, la mayor, ya vivía en la corte de Portugal como  reina, esposa del rey Manuel I). Y aquí meteré algo que es de cosecha propia y que me parece muy sintomático. Isabel la Católica, como ya hemos comentado, fue una mujer adelantada a su tiempo que, entre otras muchas cosas impropias para una mujer de aquella época, se empeñó (y consiguió) casarse con quien le dio la gana, no con quien decidieran sus mentores. Sin embargo, negó ese privilegio a sus propios hijos. Y muy cargada debió sentir su conciencia cuando, a pesar de no llevarse especialmente bien con Juana, decidió, no sólo acompañarla en su partida, sino incluso pasar junto a ella la última noche, en el interior del barco que, anclado en el puerto, esperaba la llegada de la mañana para zarpar y trasladarla a tierras flamencas. Isabel sabía lo difícil que iba a ser aquello para una persona con el controvertido carácter de su hija. Tanto lo sabía que ella misma se empeñó en evitarlo para si. No debió ser, en absoluto, una decisión fácil para la Reina.

Felipe y Juana
Tras un azaroso viaje, con parada obligada en el puerto de Portland (sur de Inglaterra) por adversidades climatológicas, la primera en la frente para doña Juana fue que su futuro esposo no fue a recibirla cuando desembarcó en Middleburg (en la actual Holanda). Un grupo de consejeros de Felipe no era partidario de la alianza del Imperio con Castilla, sino con Francia, y aún mantenían esperanzas de que el Emperador les hiciese caso, de modo que convencieron al joven príncipe para que esperase. Estamos a 8 de septiembre y Juana se vio obligada a viajar por aquellas tierras en busca del que iba a ser su marido, llegando incluso a caer enferma durante el trayecto. No empezaba bien la cosa, por tanto. El encuentro entre los prometidos tuvo lugar en Lierre (actual Bélgica) el 12 de octubre (más de un mes después de la llegada de la infanta a los Países Bajos), y, finalmente, la boda tuvo lugar el 20 de ese mismo mes. 

Lo que se encontró la princesa castellano - aragonesa en su nuevo hogar fue un contraste brutal con todo aquello a lo que estaba acostumbrada. Empezando por la lengua, ya que allí se hablaba flamenco y/o francés, y ella no dominaba ninguna de las dos. Siguiendo por la gran densidad de población en una región donde se sucedían una tras otra las grandes ciudades (Bruselas, Gante, Brujas, Amberes, Lieja, Malinas...). Apenas hay campo abierto, como en Castilla. Apenas hay pueblos o aldeas, todo es muy diferente. Y eso por no hablar del clima. Juana cambió un país luminoso, de sol radiante, de temperaturas agradables (al menos durante un buen número de meses al año) por otro oscuro, de días cortos, nublados, fríos, lluviosos... un país muy triste, al menos en ese senido. Y digo en ese sentido porque lo peor no fue nada de eso. Lo peor fue otra cosa muy diferente.

Erasmo de Rotterdam
Hoy día, países como Holanda y Bélgica son famosos por su tolerancia y respeto. Y no ya solo por topicazos como la legalidad de la marihuana o la prostitución, sino porque ellos son así. Es parte de su cultura como país, de su forma de ser como sociedad. Pues bien, eso era así también en los albores del siglo XVI. El estilo de vida propio de aquella zona era absolutamente distinto al castellano. Se trataba de una población con un alto nivel económico que gustaba de llevar una vida regalada en la que eran frecuentes la pompa, el boato, las grandes comidas, las fiestas.... Se trataba de personas que llevaban a gala una libertad y una tolerancia que llegaba a todos los órdenes, incluidas, por ejemplo, las relaciones amorosas. No imaginen algo estilo Sodoma y Gomorra, pero la diferencia con la austera y profundamente religiosa Castilla era brutal. Tanto era así que el propio Erasmo de Rotterdam (contemporáneo de Juana y Felipe, uno de los más importantes pensadores de la Historia y holandés él, como marca su apellido) defendía con vehemencia la idea de aunar los valores del cristianismo con la tolerancia, de modo que nadie fuera perseguido por su forma de pensar. Imaginen el contraste con Castilla, que había expulsado a los judíos apenas cuatro años antes de la llegada de Juana a Flandes.

Pues bien, este es el ambiente que rodeaba la vida de los flamencos, y este es el ambiente que se encontró doña Juana en la corte de Bruselas. Podemos imaginarnos, por tanto, lo perdida que se debía de sentir. Y el modo en el que necesitaba apoyarse en su marido para hacerse al lugar. Y tanto que se apoyó. La atracción entre ambos fue fulminante y Juana se entregó sexualmente a Felipe con tal frenesí, que pasado no demasiado tiempo, el propio príncipe tuvo que pararle los pies. Un Felipe al que llamaban "el Hermoso" por su belleza, evidentemente. Estamos, pues, ante alguien que, por su condición de príncipe, podía tener lo que le viniera en gana y al momento. Y por su belleza, tenía éxito con las féminas. Disfrutó de la entrega de Juana durante un tiempo y luego se hartó y se dedicó a hacer lo propio con cualquier otra que se le antojase. Y sin necesidad de pasarse tratando de ocultarlo, ya hemos descrito las costumbres del lugar.

Felipe el Hermoso
Es en este punto cuando los ataques de celos de Juana se comienzan a producir, lo cual no hace otra cosa que distanciar aún más a su marido. La conducta de la princesa se enrarece, no se cuida, no guarda las costumbres religiosas, su cohorte castellana no recibe la asignación puntualmente y eran tratados con animadversión por la corte flamenca. La noticias que llegan a los Reyes Católicos son alarmantes, pero tuvieron que pasar dos años antes de que mandasen a un enviado para saber de primera mano qué pasaba. Para entonces, doña Juana ya estaba sumida en una profunda depresión. Se sentía abandonada a su suerte, no recibía el cariño requerido por su marido, apenas sabía nada de sus padres, la corte le era hostil y ella, que en 1498, cuando dio a luz a Leonor, su primera hija, sólo tenía 18 años, se veía incapaz de sobrellevar aquella situación. Estaba obsesionada con los devaneos amorosos de su esposo, al que procuraba controlar en la medida de lo posible. Y tanto empeño ponía, que lo único que lograba era agobiarle y alejarle más. Porque la intensidad con la que lo hacía le llevaba a hacer locuras como desplazarse a Gante a una fiesta palaciega, para no dejar solo a Felipe, cuando estaba en avanzado estado de gestación. Tan avanzado que dió a luz allí mismo, en los lavabos del palacio, al que sería en el futuro Carlos I de España y V de Alemania. Su segundo hijo. Corría el mes de febrero de 1500. 

Doña Juana
Hasta en las pinturas podemos ver el deterioro
que estaba sufriendo. 
Mientras tanto, la señora Muerte se había quedado a vivir en la corte castellana durante una temporada y estaba haciendo auténticos estragos. En 1497 había muerto el Príncipe Juan, oficialmente de tuberculosis, aunque las malas lenguas hablan de una dedicación sexual desaforada y nada conveniente para su débil complexión. Al menos dejó embarazada a su esposa, Margarita de Austria, la hermana de Felipe el Hermoso como ya hemos comentado, pero ese hijo nació muerto unos meses después. Dos herederos al trono castellano-aragonés desaparecen de un golpe, y el título de Princesa de Asturias recae entonces sobre Isabel, la hija mayor de los Reyes Católicos, que ya era reina de Portugal al estar casada con el monarca luso Manuel I. Pero Isabel también muere, en 1498, en el parto de su hijo Miguel. La desgracia se ceba sobre una herencia tan apetitosa como la de los Reyes Católicos, la cual recae entonces en ese recién nacido, que, además, debería recibir con el tiempo la corona de Portugal también. Aquel Miguel debió ser la persona que unificase toda la península bajo un mismo reinado, pero también murió. Ocurrió el 20 julio de 1500, apenas unos meses después del nacimiento del futuro Carlos I de España y V de Alemania.

En tres años, Juana pasó de ser la cuarta en la línea de sucesión (tras su hermano Juan, el hijo de este, su hermana Isabel y el citado Miguel) a ser la heredera universal de todas las posesiones de sus padres. Una Juana que no fue educada para ello y que no estaba preparada de ninguna de las maneras para esa responsabilidad. Una Juana que, además de eso, estaba ya sumida en una profundísima depresión por los motivos ya comentados. Una Juana que es llamada por sus padres para presentarse en Castilla y jurar como heredera de todas aquellas tierras. Una Juana que no tenía nada que ver con la niña que zarpó desde Laredo apenas cuatro años atrás, tal y como su madre pudo comprobar en cuanto volvió a reunirse con ella.

Aunque de eso hablaremos largo y tendido en el siguiente capítulo... 


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lunes, 16 de septiembre de 2013

La locura de Doña Juana (II)


CAPÍTULO II

LA GESTACIÓN DE UN CÓCTEL EXPLOSIVO

1479 - 1496

Capítulos anteriores: (I)

Juana de Trastámara, que así se llamaba en realidad, nació el 6 de noviembre de un año muy importante. Trascendental, se podía decir: 1479. Y digo trascendental porque aquel año fue coronado su padre Fernando II como rey de Aragón tras la muerte de Juan II. Y también confirmada su madre, Isabel I, como reina de Castilla, resultado esto último de la firma del Tratado de Paz de Alcaçovas - Toledo, mediante el cual se terminaba con una larga guerra entre Castilla y Portugal por la sucesión en el trono de Enrique IV, fallecido en 1474 sin heredero claro. Isabel era la hermanastra de Enrique (hija de la segunda esposa del padre de ambos y mucho más joven que él), mientras que Juana (no confundir con la protagonista de la serie) era hija de la mujer de Enrique, pero se sospechaba que no de él, sino de su valido, Beltrán de la Cueva. Por eso se la llamaba Juana la Berltraneja. Era ella la heredera natural del trono, pero no si se trataba de una hija ilegítima. Y la siguiente en la línea sucesoria era Isabel. Ambas se veían con el derecho a reclamar el trono, y el resultado fue el evidente. Guerra al canto.
Juana de Trastámara de niña

La disputa por la sucesión la protagonizaron dos bandos de nobles castellanos, cada uno defendiendo a una de las aspirantes, y reforzados por el apoyo de Aragón por parte de los "isabelinos" y de Portugal por parte de los otros. Cosa obvia, ya que Fernando, el heredero al trono aragonés, era el marido de Isabel, y a Juana la habían casado con el rey de Portugal precisamente para ganarse ese apoyo. La victoria recayó sobre el bando de Isabel (futura Isabel la Católica) y eso se plasmó en el acuerdo de paz mencionado. En el mismo, Portugal aceptaba a Isabel como reina de Castilla y, a cambio, se quedaba con la hegemonía en el Atlántico salvo las Islas Canarias, que quedaron bajo la influencia de Castilla. Para Portugal, mantener dicha hegemonía fue muy importante porque ese país llevaba décadas buscando una ruta marítima que les uniera con el Lejano Oriente bordeando Africa. Y el control de las Canarias también lo fue para Castilla porque se aseguraban un enclave estratégico fundamental en la zona. Tan fundamental, que fue de ahí desde donde se estableció el inicio de la ruta del primer viaje a América de Cristóbal Colón. 

Por tanto, aquel no fue un año cualquiera. Y aparte de esos tres acontecimientos tan importantes, al final del mismo nació Juana, la futura heredera de un colosal imperio. Aunque, en aquella época, nadie podía imaginar tal cosa, porque ni ella era quien debía heredarlo, ni a nadie se le pasaba por la cabeza la inmensa gloria que estaba por venir. En 1479, Castilla y Aragón eran dos reinos pequeños y muy empobrecidos por las continuas disputas internas y guerras externas que protagonizaron a lo largo del siglo XV. Aparte, en la península, además de Portugal, había dos reinos más: Navarra y Granada (que también acabó por heredarlos Juana). Y del Nuevo Mundo, de América, no se tenía aún ninguna noticia. Por tanto, la diferencia entre lo que había en 1479 y lo que se encontró años después la recién nacida era monumental. Bestial, brutal, cualquier calificativo se queda corto. Era imposible imaginar que el destino de aquel bebé iba a ser tan absolutamente diferente al que la lógica y el sentido común imponían en el momento de su nacimiento. Pero empecemos por el principio, que nos estamos desviando. 

Isabel la Católica por Juan de Flandes
Juana fue la tercera hija de los Reyes Católicos, es decir, no nació para ser reina. El heredero del trono era su hermano Juan, nacido en 1478. Y la siguiente en la línea de sucesión era su hermana Isabel, la mayor, nacida en 1470. De modo que aquella niña recibió una educación basada en el destino que parecía tener, que no era otro que ser la esposa de algún príncipe o rey extranjero, como era habitual en la época para las personas de su condición. Ese tipo de educación era bien diferente a la que recibían los primeros en la línea de sucesión al trono, a quienes se enseñaba a gobernar. Una infanta como Juana era educada en valores como el buen comportamiento religioso, la obediencia, la discreción, las buenas maneras, la cultura, la llevanza de una casa (no para trabajarla, sino para gestionar los trabajos que, obviamente, realizaban doncellas y criados) etc. Aparte, la corte de los Reyes Católicos era austera hasta casi la exageración y profundamente religiosa. Esa austeridad se explica, por un lado, porque la ingente inversión que supuso la Guerra de Granada (1482 - 1492) obligaba a apretarse el cinturón incluso a los reyes. Y por otro, quizás especialmente por ello, por el carácter de Isabel la Católica. Por su forma de ser y la fuerte personalidad que tenía, que hizo que se impusieran sus valores antes que los de cualquier otro que pudiera influir. 

Ana de Bretaña por Jean Bourdichon
Isabel era sencilla, pragmática y muy religiosa, a la vez que orgullosa hasta la arrogancia, estricta, severa y ambiciosa. La austeridad de la corte de Castilla era famosa en la época. A la Reina no le gustaban los colores estridentes, ni el vestuario pomposo, ni los peinados llamativos. Nada de eso, y basta con mirar los retratos que nos han llegado hasta nuestros días para corroborarlo. Observen las imágenes de arriba y la derecha y comprueben el brutal contraste entre el retrato de Isabel pintado por Juan de Flandes y el que se hizo Ana de Bretaña (madre de Felipe el Hermoso, futuro marido de la infanta Juana). Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Yo puedo escribir aquí todo lo que quiera, pero creo que no hay mejor prueba que estos retratos para certificar lo que estoy diciendo. Y se dice por parte de los historiadores que esa imagen es fiel reflejo de la forma de ser del personaje y del ambiente que creó en su casa, en la itinerante corte de los Reyes Católicos. Unos reyes que reorganizaron internamente Castilla, especialmente el Consejo Real, del que sacaron a la nobleza para dar entrada a letrados y expertos; y que crearon el Tribunal de la Santa Inquisición al margen del poder episcopal, consiguiendo con ambas medidas hacerse con el poder político y religioso en el Reino de Castilla. Unos reyes que, después de acabada la guerra de sucesión al trono del difunto Enrique IV, se dedicaron a abrir un frente tras otro, cosa que les tuvo continuamente ocupados hasta el fin de sus días. Entre 1479 (año de la coronación definitiva de Isabel la Católica) y 1504 (año de su muerte) se conquistaron las Islas Canarias, se tomó el Reino de Granada, se descubrió América y, aparte de todo eso, se negociaron muy beneficiosas alianzas matrimoniales con las más importantes potencias del momento. Eso por no hablar del aplastamiento de las diferentes revueltas que hubo (Andalucía, Extremadura, Galicia...). Y hablo solo del Reino de Castilla, que luego también tenían que gobernar el de Aragón. Una desbordante cascada de acontecimientos que mantuvo a los reyes siempre ocupados: Fernando al frente de los ejercitos en la vanguardia e Isabel organizando todo lo necesario para los mismos en retaguardia. En especial me refiero a la Guerra de Granada (1482-1492), la cual discurrió durante los primeros años de vida de doña Juana. 

Alcázar de Segovia
Pues bien, ese fue el ambiente en el que esta vivió su infancia y primera adolescencia. El ambiente de una corte itinerante porque estaba enfrascada en una guerra santa contra los moros de Granada. La mitad cálida de cada año la pasaban de campaña militar y la otra mitad en el lugar de Castilla o Aragón que requiriera la presencia de los monarcas, ya fuera por revueltas (como las mencionadas en Galicia, Extremadura o Andalucía), por motivos diplomáticos (como la estancia del primado del Papa en Valencia) o por diversos asuntos en las naciones gobernadas por cada uno de los dos Reyes Católicos. Probablemente, los niños, los infantes, pasaban alejados de su madre largas temporadas, refugiados convenientemente en los palacios regios de Segovia, Avila o Madrid, lejos del frente de batalla. Aunque, respecto a esto y al tipo de educación que recibieron, habría que matizar algo.

Los Reyes Católicos tuvieron cinco hijos: Isabel (1470), Juan (1478), Juana (1479), María (1482) y Catalina (1485). Isabel era considerablemente mayor que los demás, con lo que su educación, no es que fuera diferente, sino que estaba mucho más avanzada que la del resto por un simple motivo de edad. Juan, por su parte, sólo tenía un año más que Juana, pero era el Príncipe de Asturias, el heredero, con lo que a él le enseñaban pensando en que en el futuro tendría que gobernar. Y, por cierto, se trató de una instrucción tan concienzuda y bien llevada que, décadas después, Carlos I de España y V de Alemania (tercer hijo de Juana y quien acabó reinando en lugar de su madre) copió ese modelo para educar a su hijo y heredero, el futuro Felipe II.

Así, mientras Juan era formado para ser el futuro rey e Isabel era entregada en matrimonio a Alfonso (heredero del reino de Portugal, con quien se casó en 1490), las otras tres hermanas, Juana, María y Catalina formaron un núcleo familiar que no fue roto hasta que, en 1496, Juana partió rumbo a Flandes para casarse con Felipe, el hijo de Maximiliano, el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Un núcleo familiar residente en una corte austera y profundamente religiosa. Cuando hablo de austera, no me refiero tanto a que no se gastase dinero, sino a los gustos y aficiones que la Reina trató de transmitir a sus hijas. Isabel la Católica era muy aficionada al arte, a la lectura e incluso a la música, pero, como ya he comentado, muy poco dada a los fastos y la pomposidad. De hecho, se sabe que su biblioteca era muy reconocida. Y fue valedora de artistas y humanistas, una corriente muy en boga en la época.

Castillo de Arévalo
Además, visitaban frecuentemente a la madre de la Reina, a Isabel de Portugal, confinada en Arévalo desde que enviudó en 1454 y hasta su muerte en 1496. Esta Isabel, la esposa de Juan II, quien fuera rey de Castilla décadas atrás (no confundir con el padre de Fernando el Católico, que reinó en Aragón), sufría una importante enajenación mental y era ese el motivo por el que estaba apartada de la vida pública. Y en este punto es necesario pararse porque la situación de esta mujer y la que tuvo que sufrir doña Juana en el futuro son de un parecido asombroso. Ambas fueron reinas que enviudaron muy jóvenes, que sufrieron una larguísima viudez (casi medio siglo cada una), en situación de enajenación mental y en lugares apartados del Reino (Arévalo y Tordesillas respectivamente). Isabel (la madre de La Católica) era conocida como la loca de Arévalo y cuenta la leyenda que desvariaba por los pasillos del palacio al grito de "¡Don Alvaro! ¡Don Alvaro!" en referencia a Alvaro de Luna. Alvaro de Luna fue su mayor mentor desde el principio. Propició que la hija de unos nobles portugueses como era esta Isabel acabara casándose con el rey de Castilla (del cual era valido don Alvaro). Fue su apoyo y su ayuda durante tiempo, pero la reina se vio arrastrada por las intrigas de otros nobles y acabó por ser instigadora del asesinato de este hombre, del que probablemente se arrepintió hasta el punto de enloquecer.

Resulta evidente que estas visitas debieron influir de un modo importante en el ánimo de doña Juana. Una niña que demostró tener un carácter complicado desde bien pronto. De hecho, el historiador Tarsicio Azcona asegura que su madre, Isabel, "la amaba sinceramente, aunque nunca llegó a entenderla y dirigirla". Pero la cosa no quedaba ahí. Además de todo esto, hemos de recordar los arranques de ira que causaban en Isabel la Católica las frecuentes infidelidades de su marido Fernando. Respecto a esto, hemos de dejar claras dos cosas: primero, que los devaneos amorosos de los hombres (especialmente en los casos de reyes, nobles e incluso alto clero) eran de lo más común en la época. Las personas con cierta posición, si querían mantenerla, debían asegurarse el respeto de la gente sobre la que mandaban. Ese respeto se lograba con victorias militares, con castigos ejemplares, con dureza, con severidad, a veces con magnanimidad..., y, bajando a terrenos más escabrosos, demostrando la hombría. Esto se hacía con acciones valerosas de diversa índole: en el campo de batalla, en duelos, etc. Y también con el trato a la mujer. Un "aquí mando yo y mi mujer hace lo que yo diga" que, por desgracia, aún hoy sigue en boga en diversos círculos. Un rey, un noble, cualquier hombre que quisiera mantener el respeto sobre su persona, no podía decir que no se acostaba con una mujer por fidelidad a su esposa. De modo que no pongo en duda el amor que Fernando podía sentir por Isabel, pero tampoco las frecuentes infidelidades.

Y segundo, tenemos que reconocer que Isabel la Católica era una mujer adelantada a su tiempo. No era una mujer cualquiera del final del Medievo. Se casó con quien quiso (no con quien la "diplomacia" le exigió en más de una ocasión). Se empeñó en ser reina y lo logró, contra viento y marea. Sometió a la nobleza e incluso al clero. Hasta a su marido, a quien impidió ser rey de Castilla (como debía ser normal, dado que "el hombre manda") y lo redujo a un "simple" consorte con poderes. Pero no pudo impedir las infidelidades. Eso sí, no las soportaba. La ponían histérica, y se sabe que montaba unos espectaculares cirios por los pasillos de palacio a cuenta de ellas. Cualquier otra mujer de la época habría sido sumisa y tragado la humillación "como buena esposa". En todo caso, "solucionaría" los problemas en la alcoba, en privado, para no humillar al esposo. Pero Isabel no era así. Y Juana, su hija, fue testigo de muchas de aquellas escenas. Sabía que su padre era infiel y que su madre no lo toleraba sin más. Podríamos aventurarnos a decir que se acostumbró a considerar normal que la mujer se rebelase contra los devaneos de los maridos, cuando en la época tal cosa no era así. Ni muchísimo menos.

Juana de Trastámara de adolescente
Por tanto, ya tenemos cociendo varios ingredientes de tan explosivo cóctel. Juana recibió la educación propia de la futura esposa de un hombre importante, pero no la de alguien que tuviera que gobernar. Sus padres no solían estar cerca de ella, ya que sus múltiples obligaciones lo impedian. Y cuando lo estaban, a menudo fue testigo de monumentales enfados entre ellos por cuenta de lo recién comentado (quitémosle un poco de sobre-romanticismo a la relación entre los Reyes Católicos). Aparte, visitaban con frecuencia a su abuela, "la loca de Arévalo", y quién sabe hasta qué punto aquella mujer influyó en el ánimo de su nieta. Y, para colmo, resulta que Juana tenía un carácter complicado, hasta el punto que su madre no era del todo capaz de orientarla y manejarla.

Históricamente, no era necesario que nada de esto tuviera la más mínima importancia. De hecho, otros muchos casos se habrán dado a lo largo de los siglos sin que pasaran a la posteridad. Lo normal hubiera sido que Juana no pasase de ser el pequeño gran tormento de algún noble de alta alcurnia, o de un príncipe de alguna nación europea. Pero no. El Destino fue tan caprichoso que puso en sus manos la mayor potencia mundial del momento, algo para lo que no estaba en absoluto preparada. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo pudo pasar algo así cuando Juana llegó a tener hasta a cuatro personas delante de ella en la línea de sucesión?

Si me lo permiten, se lo explicaré con detalle en el próximo capítulo.

Capítulos siguientes: (III) - (IV) - (V) - (VI)

martes, 10 de septiembre de 2013

La locura de Doña Juana (I)


CAPÍTULO I 

LÁGRIMAS POR RISAS


Juana la Loca es, probablemente, uno de los personajes más populares de la Historia de nuestro país. No sé si habrá muchos españoles que sepan situarla en la época que la corresponde (1479 - 1555), pero su nombre le suena a casi todo el mundo. En el imaginario popular, en esas leyendas que van pasando de generación en generación, lo que ha quedado es el recuerdo de una persona que perdió la cabeza por los celos. Una persona que, tras la muerte de su marido, Felipe el Hermoso, (cuando aún era muy joven, no llegó ni a los treinta años) demostró esa locura paseando el cadáver por todos los rincones de Castilla y que, finalmente, fue encerrada en un palacio en Tordesillas, donde vivió el resto de sus días hasta su muerte. 

Doña Juana por Juan de Flandes
Su recuerdo, generalmente, provoca risas y chanzas, no es un personaje que se tome en serio. Si en el siglo XVI hubiera existido televisión, probablemente se habrían reído de ella de forma inmisericorde en cualquiera de esas tertulias - basura que actualmente infectan los prime-times de las parrillas. Yo no soy mucho de ver ese tipo de programas (más bien, no soy nada), pero seguro que a cualquiera que lea esto se le vendrá a la cabeza algún que otro personaje de quien es más fácil reírse que preguntarse por qué tiene esa forma de ser. Qué hay detrás de eso. 

Pues bien, no son pocos los historiadores que, afortunadamente, se han hecho esa misma pregunta respecto a Juana de Castilla y Aragón. Y ya les informo que me niego a llamarla "La Loca" de aquí en adelante. Porque, aunque ciertamente acabara en ese estado, aquella muchacha (que cuando se la apodó de ese modo no era más que eso, una muchacha) no fue más que una pobre desgraciada que sufrió una profundísima depresión, la cual no fue tratada. No fue tratada más que nada porque, en aquella época, en los albores del siglo XVI, no se sabía que tal cosa era una enfermedad. Y como suele ocurrir con todas las depresiones, aquella no surgió por autogénesis espontánea, sino que tuvo sus motivos para que apareciera, primero, y para que se agravara después, hasta llegar al punto de la locura. 

La pregunta que nos surge a continuación es evidente: ¿qué lleva a una persona que lo tiene absolutamente todo a deprimirse hasta el punto de enloquecer? Cuenta la leyenda que su marido le era infiel y que ella perdió la cabeza por los celos. Y ambas cosas son ciertas. Su marido le era infiel (como lo era la inmensa mayoría de reyes y nobles de la época) y ella acabó perdiendo la cabeza. Pero esa relación causa - efecto es de una simpleza absolutamente inadmisible para cualquier historiador que se precie. Incluso, lo es para mí, que no soy más que un aficionado. Eso vale para el populacho, que bastante tiene con tener que buscarse las papas a diario, como para preocuparse por los motivos por los que a una princesita se le va la pinza en un momento dado. Pero no para cualquiera que pretenda abordar este asunto con un mínimo de seriedad. 
Felipe el Hermoso a los 17 años

Los motivos de la depresión (y posterior locura) de Juana de Castilla y Aragón hay que buscarlos en multitud de sitios. Desde la propensión genética, hasta, por supuesto, la actitud de su marido, pasando por el tipo de educación que recibió y el brutal contraste que había entre esta y el estilo de vida que se llevaba en la corte de Bruselas, el lugar donde acabó viviendo tras casarse y antes de regresar a Castilla por la muerte de su madre, Isabel la Católica. Efectivamente, su abuela, Isabel de Portugal, también sufrió una enajenación mental tras la muerte de su marido, el rey Juan II de Castilla. De esto hablaremos posteriormente, porque la similitud entre los casos de esta Isabel y de Juana es verdaderamente asombrosa. Y hoy día se sabe que, aunque las depresiones no son hereditarias (obviamente), sí que lo es la propensión a tenerlas. En este caso, vemos una "herencia" de abuela a nieta. Isabel la Católica, hija de la primera y madre de la segunda, no sufrió locura, pero eso no quiere decir que no fuera propensa a ello o que, en algún momento de su vida, sufriera alguna depresión que no fuera a más. 

Aparte de esto, y como también veremos con más detalle en adelante, hay otros muchos factores que llevaron al desequilibrio mental de una persona propensa a ello como Juana de Castilla y Aragón. Juana no fue educada para ser reina porque había dos personas por delante de ella en la línea de sucesión. Sin embargo, acabó heredando Castilla, Aragón, Navarra, Nápoles, Sicilia y todo lo recién descubierto en el Nuevo Mundo. Además, se crió en una corte austera hasta lo exagerado y profundamente religiosa, para acabar por casarse con un príncipe flamenco y por trasladarse a vivir a un lugar donde el estilo de vida era justo el contrario. Es difícil imaginar, en la época, un lugar donde ese contraste pudiera ser mayor. Para colmo, su marido, de quien estaba absolutamente enamorada, hacía gala del libertinaje en el que siempre había vivido, lo cual mataba de celos a la princesa castellano - aragonesa. Y eso aparte de la multitud de intrigas que tuvo que sufrir. Recordemos que sus padres fueron los Reyes Católicos, es decir, no heredó un reino compacto, sino una agregación de territorios, dentro de los cuales había diferentes juegos de poder. Juana fue la primera reina de la España unida, pero no fue ella quien la unió. Ella fue arrollada por las diferentes intrigas de tantísimos personajes (de reinos distintos como eran Castilla y Aragón) con tantísimos intereses. A ello únanle la recién descubierta (pero aún no colonizada) América. La infinidad de riquezas que esta prometía hacían elevar al infinito los intereses e intrigas de las que acabo de hablar. 
Fernando el Católico

Se trataba de un cóctel explosivo. Demasiado para una joven muchacha, delicada y frágil de mente, educada para una cosa muy diferente a lo que se encontró, utilizada por unos y por otros para satisfacer los intereses de cada uno y amada y repudiada a la vez por un marido de vida alegre y fortísimas ambiciones. Incluso, traicionada por su propio padre, Fernando el Católico, uno de los personajes más retorcidos que ha dado nuestra Historia, y, probablemente, uno de los que menos merece el sobrenombre que le fue adjudicado. Pero como en aquella época, matar moros era muy de buen crisitiano, ahí que le fue concedido por mor de la reconquista del reino de Granada. Aunque este es otro tema que no viene al caso. 

Lo que me propongo con esta serie de articulos que viene a continuación es limpiar un poco la imagen de Doña Juana. Su locura es evidente, eso no se va a poner en duda en ningún momento, pero es profundamente injusto que se trate de uno de los personajes de nuestra Historia de los que más nos reimos. Doña Juana fue una desgraciada, una mujer que vivió un tormento de esos que ninguno de nosotros desearía ni a nuestros peores enemigos. Una vida que tuvo que ser esplendorosa, pero que fue destrozada por las ambiciones de personajes sin escrúpulos y que, al contrario que ella, sí que han sido respetados y admirados en la posteridad. Una vida que merece lágrimas, no risas. 

Si consigo que uno solo de los que lean esto cambie unas por otras, habré cumplido con el objetivo de esta nueva serie. 

Capítulos siguientes: (II) - (III) - (IV) - (V) - (VI)

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Mis queridos fantasmas

Recuerdo la época en la que yo era un friki del fútbol y me parece increíble que haya podido cambiar tanto. No hace tanto de eso, pero ya no queda prácticamente nada. Eso sí, cada vez que rememoro aquella época, se me viene a la mente mi amigo Eduardo. Eduardo es uno de esos valientes que veraneaban en El Portil a primeros de los noventa (del siglo pasado, vaya jodienda esto del paso de los siglos). Porque veranear en El Portil hoy día es muy fácil, con esa autovía que llega casi hasta la playa, con tantas casas y pisos en venta o en alquiler, con todos los servicios disponibles, incluso con esa playa de La Bota justo al lado y con facilidades hasta para aparcar.... Pero hace 20 años..., hace 20 años había que echarle huevos. A principios de los 90, El Portil era un reducto diminuto y remoto que no se sabía bien si pertenecía a Punta Umbría o a Cartaya,  por lo que ambos ayuntamientos se quitaban el marrón de lo alto, pasaban de todo y tenían aquello dejado de la mano de Dios.. Allí estaba la tienda de ultramarinos de la Paca y el As de Oro, un bar que no tendría muchos clientes, pero mierda, del año que la pidieras. Esos eran los "servicios" de la localidad. Si necesitabas aspirinas, a Punta Umbría. Si querías comer en un sitio medio qué, a Punta Umbría. Si querías..., coño, lo que fuera que quisieras, tenías que coger el coche e irte porque allí no había ná. Y rogar por que no hicieran viento. Porque como lo hiciera, la carreterita esa tan bonita que va paralela a la costa, se llenaba de arena y..., y que fuera lo que Dios quisiera. Igual te quedabas allí atrapado y tenías que montártelo con un balón de rugby durante una temporada. Y no, la otra carretera que hay ahora un poco más para adentro es nueva. Antes no estaba. 

Eso sí, aquello era un paraíso en la Tierra. Y para una panda de adolescentes engorilados y asalvajados, pues mucho más. Allí no había control de ningún tipo y podías hacer lo que te saliera de la punta de... la nariz. De cuando en cuando pasaba un coche de la policía local de Punta (de Cartaya no, que estaba más lejos), llegaba hasta el límite del término municipal y se daba la vuelta. Apuesto a que a veces hasta paraban para darse un bañito. Sin mariconadas, eso sí. Aunque, a mí, eso de las parejitas de policías y guardias civiles siempre me ha dado un mal rollo considerable. Pero aquello era la ciudad sin ley y los veranos que yo he pasado allí (sobre todo los primeros, antes de que la Humanidad descubriera el reducto) rozaron la antología. Sin ningún género de dudas.

Pues bien, Eduardo, onubense y recreativista de pro, lo flipaba conmigo, no sólo porque supiera quienes eran Luzardo y Alzugaray (este último no viene ni en la wikipedia), sino porque era capaz de recitar la alineación de aquel Recre, que por entonces estaba en Segunda B. 

Eso ya no es así. A mí, el fútbol moderno me ha robado la afición. Ya no sigo nada que no sea el Sevilla. No tengo ni la app de la LFP en el móvil, el otro día la borré de coraje. No sigo la liga española ni las extranjeras (antes era incondicional de la holandesa y muy asiduo de la alemana y la inglesa). He pasado de sufrir con la selección, al aborrecimiento, pasando por el pasotismo de los ultimos años. Y mira que me jode. Tanto pasarlo mal durante tanto tiempo, para que, cuando llega la época de los títulos, te la resbale del modo en que me pasa a mí ahora. En verdad, me han robado un montón de cosas, no sólo en lo que al deporte se refiere. Esto me pasa por leer tanto. Ya me lo dice mi mujer a menudo - "Limítate a los dibujitos del niño y a los monólogos de la Paramount Comedy cuando él se acuesta, que con las noticias te pones de una mala hostia que no hay quien te aguante"
Yo es que siempre he sido muy curioso. O, más que curioso, desconfiado. Me cuesta fiarme de la gente, soy de los que ven fantasmas por todas partes, a veces me come la susceptibilidad (aunque sé disimularlo hasta el punto que no se me note para nada). Siempre estoy mirando más allá, tratando de averiguar si quien sea me la está queriendo meter doblada. Y es algo que me pasa desde que era un crío. Recuerdo perfectamente el día en que mi madre me dijo que el ratoncito Pérez son los padres. Aquello para mi fue como un fogonazo en la oscuridad. De repente, lo comprendí todo, jamás se me olvidará. Fue algo que me marcó porque a partir de ese día dejé de confiar en mi madre. Al menos, a ciegas. Por supuesto, mi respuesta ante esa revelación fue: "Entonces, los Reyes Magos también, ¿no?" Tengo fotografiada en la memoria la cara de mi madre, con ese gesto de "¡qué hijoputa, el niño!" Evidentemente, tuvo que decirme que sí y rogarme que no le dijera nada a mis hermanos pequeños (tengo tres y yo soy el mayor). Y lo primero que pensé tras la segunda revelación del día fue: "¿y con qué otras cosas me estarán engañando?"

Genio y figura, señores. 

Esa desconfianza me ha llevado a ser muy curioso. Todo me interesa, me leo o me trago en TV cualquier cosa, suelo investigar cuando algo me llama la atención y, como suele decir mi amigo Javi, tengo la mente llena de datos absurdos y completamente inútiles e irrelevantes. He probado de todo. Joder, si me introducí hasta en el mundo de la religión. A mí me educaron bajo los valores católicos-apostólicos-romanos y en una época de crisis existencial, aprovechando que mi madre era tan asidua a la parroquia que yo la llamaba la adjunta del cura, me metí a catequista. De chavales que se querían confirmar, manda huevos lo mal que está la Iglesia para que aceptasen a alguien como yo. Por supuesto, no tuvieron más remedio que echarme cuando se enteraron de que me lié con una de las niñas del grupo al que "catequizaba". Por favor, no piensen mal, que yo tenía veintipocos años y ella diecisiete. Además, unos diecisiete muy bien armados. Que si fuera posible, retaría a cualquiera de ustedes a que se pusieran en mi lugar y  rechazasen tal proposición. 

El caso es que ya no me creo nada de lo que veo o leo por ahí. Nada de lo que me dicen quienes nos gobiernan, ya sea el Estado, lor organismos oficiales, las empresas que se publicitan..., nadie, quien sea. No me creo lo que dice la mayor parte de la prensa, me da igual el tema que se trate. No me creo nada, ya digo, y esto es una desgracia porque la vida de un no creyente como yo es pesadillesca. A veces acaricias la locura pensando en el modo en que se están aprovechando de ti en un lugar o en otro, de una forma o de otra. 

Para colmo, el opio del pueblo, mi chute habitual con el que me alejo del mundo real para abrazar el de fantasía, también está viciado. Lo que están haciendo con el fútbol es para colgar a alguno. O para tirarlo por la ventana. O para echarlo a los leones, yo qué sé, se me ocurren tantas barbaridades posibles. Y lo peor es que ya todo se mezcla. Ayer circulaba el rumor de que el Real Madrid ha fichado a Gareth Bale gracias a un crédito de Bankia, una entidad nacionalizada. Vamos, que lo hemos pagados todos con nuestros impuestos, tócate los huevos Manolito. Y esto me enerva, me enciende, me pone de una mala leche que mejor paso de ello y me pongo a pensar en otra cosa. 

¿En qué pienso...?

¿En qué...?

Joder, si es que no tengo remedio. Se me acaba de meter en la mente que faltan 3 días para que (ojalá) a Madrid la manden a la venta del nabo en el coñazo este de la carrera olímpica. A ver, yo en este tema soy muy respetuoso con la gente a la que le pueda hacer ilusión que los Juegos Olímpicos se celebren en España. Me parece muy bien que lo sientan así y lo respeto profundamente. A mí, sin embargo, me parece una aberración siquiera plantearlo. No digamos ya haber llegado en el proceso hasta la votación definitiva. Y eso que yo era de aquellos entusiastas que defendían la candidatura de Sevilla en su época. Angelito, criaturita, valiente mamarracho estaba hecho. Y no porque no creyera que algo así le viniera bien a nuestra ciudad. Vamos, que le vendría de puta madre, pero no es eso a lo que me refiero. Es que es ridículo pensar que una ciudad con las infraestructuras que tiene la nuestra le puedan dar unos Juegos. Que sí, que es cierto que a veces es antes el huevo que la gallina. Que gracias a los Juegos se crean las infraestructuras. Pero un mínimo se exije, joder. Y una ciudad sin metro, con malos accesos y un horror como el Puente del Quinto Centenario, en el que nos gastamos un pastón colosal para reducir a dos carriles una autovía que es de tres a la entrada y a la salida del mismo (en ambos sentidos), no puede en la vida ser merecedora más que de una hostia institucional como la que nos dieron en su momento. 

Madrid es distinto, claro que sí. Pero que, con la que nos está cayendo, con la crisis que padecemos, con servicios básicos recortados salvajemente, con unas medidas de presión sobre la población rayanas lo insoportable, se planteen un despilfarro como son unos Juegos Olímpicos me parecece inadmisible. No voy a entrar a enumerar las razones por las que pienso así, pero si alguien quiere conocer mi opinión, que se lea este artículo de Nuño Rodrigo (reputado economista que publica en Cinco Días). Eso sí, reitero mi respeto por quienes sienten ilusión ante esta posiblidad. De hecho, lo que me acojona de todo esto no es que haya gente que lo apoye, eso es normal. Lo que me acojona es otra cosa. 

Lo que me acojona, lo que me mosquea hasta el punto de cabrearme como una mona, es ver que ninguno de los partidos con poder se cuestiona ni por un segundo la conveniencia de gastarse un dineral en unos Juegos Olímpicos en la situación en la que estamos. Ninguno de los partidos con poder. Ninguno de los partidos con opciones reales de estar gobernando en 2020. En el Estado, en la Comunidad de Madrid, en la Comunidad donde sea que pueda haber una subsede o en cualquier diputación o ayuntamiento implicado. Ninguno. ¿Cómo es esto posible cuando están todo el día buscandose las vueltas por las cosas más nimias? ¿Se montan escándalos por chorradas y se pasa por alto este asunto? ¿Qué pasa aquí? ¿No les parece que esto va a ser un grandísimo negocio para unos pocos y quieren convencernos a los pobres ciudadanos de que es algo maravilloso de lo que vamos a salir todos ganando?

Seguramente, no. Seguramente sean cosas mías, que soy un paranoico. Seguramente la culpa sea de mi madre por no saber contarme bien la verdad sobre el ratoncito Pérez o del cura de la parroquia, al que no le parecía conveniente que disfrutara de mi juventud al lado de aquel angelito de diecisiete años. 

Si es que yo soy así, no lo puedo evitar. Siempre estoy igual, viendo fantasmas donde no los hay. 

Disculpen las molestias. 


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