lunes, 28 de octubre de 2013

Asco de gente. Asco de país.

¿Saben ustedes lo que es que alguien te mate a un ser querido? Yo, sí. Si quieren saber más, pinchen aquí y lean. Es un artículo que escribí hace un tiempo. Tengo que dejar claro esto. Que quien continúe leyendo sepa que sé de lo que hablo. Que sé lo que se siente. Que no hablo por hablar, como tanta y tanta gente está haciendo últimamente. 

Este domingo ha tenido lugar en Madrid una manifestación convocada por las víctimas del terrorismo en protesta por la anulación de la Doctrina Parot por parte del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, con sede en la ciudad francesa de Estrasburgo. Una manifestación que en un principio trataba de servir de apoyo a unas personas (muchas, demasiadas) que han sufrido la pérdida de un ser querido a manos de otros. Unas personas a las que han destrozado sus vidas, que siempre llevarán dentro esa pena, esa angustia, algo que nunca se olvida. Unas personas a las que lo único que les reconforta es el saber que se ha hecho justicia y que los culpables están pagando por sus actos. Ojo, nunca, JAMÁS, ese pago compensará la pérdida. Ni aunque pasen toda la vida en la cárcel. Ni aunque se aplicase la pena capital. La pérdida de un ser querido es irreparable, pero las víctimas han de aceptar lo que es de ley. Sólo piden el máximo rigor posible. A cambio de nunca ser completamente compensados (algo imposible), sólo piden el máximo rigor posible. Sólo con eso, ya están cediendo. Mucho. Muchísimo. Por poner un ejemplo, el padre de Marta del Castillo nunca volverá a ver a su hija y vivirá siempre preguntándose cuánto sufrió. Sin embargo, firmaría ahora mismo el encontrar el cuerpo y que el asesino pase en la cárcel todos los años que pone en su condena. Sabe de sobra que ni una cosa ni la otra se van a cumplir, pero lucha por ello. Es lo que le queda y espera que no le quiten hasta eso. 

Y hasta eso les han quitado a aquellos a los que se apoyaba en la manifestación de este domingo. Hasta eso. A pesar de lo mucho que ceden, porque no les queda más remedio, ni siquiera les respetan lo otro. Y los hay hasta que, encima, les dicen que sólo buscan fomentar el odio. Hay que ser hijo de puta (aparte de perfectos ignorantes) para atreverse a decir eso. Te matan a un ser querido, aceptas que nunca te repararán por ello, te conformas con que se haga justicia y si pides esto, que se haga justicia, te dicen que fomentas el odio. Quien diga eso, está podrido por dentro. Ni más ni menos. 

Ahora bien, otra cosa es buscar culpables a lo ocurrido. Desde los partidos políticos más representativos (y sus medios adláteres) se desvía la atención diciendo que en Europa no nos comprenden y que han cometido una injusticia. Y digo que se desvía la atención porque los culpables son ellos. No quizás los que están ahora al mando de dichos partidos (o sí, o solo en parte, según), sino quienes no tuvieron cojones de ponerse de acuerdo para modificar la ley en su momento, de manera que los presos cumplieran sus penas al completo. Igual que pasa hoy con la Educación, durante muchos años se utilizó el terrorismo como arma política, como propaganda electoral. Y aquí están los resultados de aquellas mierdas. Dentro de unos años (o incluso ya) podremos ver los resultados de la falta de consenso sobre Educación, pero ese es otro tema. Me limito a ponerlo como ejemplo. 

Dicho de otro modo, en Estrasburgo sólo se ha dicho a España que cumpla con SU ley. Con la ley española. La hija de puta esa a la que han soltado estos días ha cumplido su pena. Se ha pasado veintipico años en la cárcel porque la ley española que se aplicaba cuando se la condenó decía lo que decía. Y nuestra ley actual dice que no se puede aplicar una norma con efecto retroactivo. El Tribunal de Estrasburgo ha dicho que apliquemos nuestra mierda de ley y que no nos inventemos mecanismos para tergiversarlas porque eso atenta contra los derechos humanos. Pero la MIERDA es nuestra ley, no la sentencia de Estrasburgo. De eso parece que hay muchos que no se enteran. Y los culpables de que nuestra ley sea una mierda son los dos partidos que han gobernado en España en los últimos 30 años, es decir, PSOE y PP. Ambos dos. 

Para colmo, se ha querido utilizar la manifestación como arma política, ideológica. Unos van a la misma a darse golpes en el pecho, cuando son culpables de lo ocurrido. Otros, se plantan allí con sus banderas franquistas y sus enseñas fachas, como si el dolor de una víctima tuviera algo que ver con su mierda de ideología. Y otros, el colmo de los colmos ya, utlizan fotos sacadas a estos últimos para intentar hacernos ver que la manifestación era ultraderechista y que eso es lo que buscan las víctimas. Que eso es lo que son. 

A todos ellos, sólo me queda decirles una cosa: váyanse a tomar por culo, panda de cabrones. Y disculpen el lenguaje. 

No sé si puede haber algo más mezquino que utilizar el dolor de unas personas a las que han matado a algún ser querido para cualquiera sabe qué interés. La manifestación no era más que un grito desgarrado. Una forma de desahogo. Un juntarse con gente que han sufrido lo mismo (o que no, pero les quieren apoyar) para tratar de mitigar un poco el terrible dolor que les supone lo que ha ocurrido. No es política, no es ideología. Es dolor. DOLOR. Angustia. Pena. Y da igual la ideología o tendencia política de quien lo sufre. ¿O es que merecen más compasión unos u otros en función del partido al que voten? ¿Ni siquiera en eso nos podemos poner de acuerdo? ¿Ni siquiera a eso le vamos a tener respeto? ¿Hasta ese punto vivimos en un asco de país?

Y todavía esta mañana, en esas tertulias radiofónicas en las que se habla de todo sin tener ni idea de nada, había quienes censuraban la no presencia de según qué partidos o personalidades en la manifestación. ¿Por qué han de acudir los partidos? ¿Por que, en vez de eso, no se sientan a una mesa, se ponen de acuerdo y sacan de una puta vez leyes en beneficio de la ciudadanía, y no de sus intereses particulares? ¿Por qué nunca hacen lo que tienen que hacer y luego se dan golpes en el pecho cuando las cosas salen mal o alguien de afuera les dice que son unos inútiles?

Cada día siento más asco de mucha gente con la que comparto nacionalidad. Gente que considera buenas o malas a las personas en función de la ideología que tengan, no de sus actos. Gente que considera nazi hacer un escrache si es contra los suyos, pero comprensible si es contra los otros. Gente que apoya esos escraches o los condena en función de quien sea la víctima del mismo. Gente que critica que en Madrid gobierna alguien no votado, pero ve bien que en Andalucía pase lo mismo. O al revés. Gente que aborrece la dictadura chilena o la española, pero ve bien la cubana. Gente para los que los muertos valen más o menos en función de los colores de su pensamiento.

Gente que considera lícito el dolor de unos, pero no el de otros. 

Asco de gente. Asco de país. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Habla bien, habla andalú.

Existe, entre los que tenemos al castellano como lengua materna, un mito que me hace mucha gracia porque es una verdadera tontería. Hablo del convencimiento generalizado de que nuestro idioma es el único que se habla igual que se escribe, aseveración que esconde un chauvinismo exacerbado y que no puede estar más lejos de la realidad.

Si usted que lee esto es de los que piensa de ese modo, por favor, no se ofenda. No es esa mi intención. En absoluto. Pero déjeme decirle que está en un error. No es nuestro idioma el único que se habla igual que se escribe. De hecho, todos los idiomas se hablan igual que se escriben. Una palabra hablada en cualquier idioma no es más que la asociación de un concepto a una sucesión de sonidos. Si usted dice "mesa" en castellano, utiliza dos sonidos (dos sílabas) para referirse a un objeto. Y alguien que lo haga en inglés utilizará unos sonidos diferentes para decir lo mismo. Así ocurre en todos los idiomas.

Por otro lado, una palabra escrita en cualquier idioma no es otra cosa que la asociación de un concepto con unos signos gráficos. Y para cerrar el círculo, una palabra leída es la asociación de unos sonidos con esos signos gráficos. A modo de ejemplo, si yo dibujo el sígno gráfico "i", el sonido asociado en castellano lo sabemos todos. Pero en inglés, a ese signo gráfico se le asocia un sonido distinto (en concreto "ai"). Para ellos, esa letra se lee de una forma. Para nosotros, de otra. Ellos "hablan" esa letra igual que la escriben. Nosotros también. La diferencia es que, en su idioma, la asociación signo gráfico - sonido es diferente que en el nuestro.

Ahí va otro ejemplo. La "ch". Todos sabemos cual es el sonido asociado en castellano a esas dos letras juntas. En alemán, sin embargo, el sonido es parecido a nuestra jota. Así, la palabra "Trochowski" en castellano se pronuncia como sabemos, y en alemán es "Trojoski". ¿Quién pronuncia como escribe? ¿Nosotros? ¿Por qué? ¿Por qué el sonido correcto para el signo gráfico "ch" es el nosotros le damos y no el que le dan los alemanes? Si el castellano fuese el único idioma que se habla igual que se escribe, todo el mundo lo leería a la perfección. Pero eso no es así. ¿Por qué? Pues porque cada uno lee asociando a los signos gráficos el sonido correspondiente en su idioma.

En castellano tenemos un signo gráfico único: la "ñ". Sin embargo, en otros idiomas utilizan otras grafías para definir el mismo sonido. Los franceses, por ejemplo, utilizan la combinación "gn" para asociarla al sonido de nuestra ñ. De hecho, "español" en francés es "espagnol". En otros idiomas también tienen grafías únicas. En polaco tienen la "ł" que en castellano no existe y que se pronuncia como nuestra "v". Así, su moneda oficial antes que el euro era el "złoty", que en polaco se pronuncia algo así como "esvoti". En la propia España, todos decimos "Girona" pronunciando la "g" como una "y". Incluso, hay quienes se hacen la picha un lío, como cuando Lopera se refirió a Lérida como "Yérida", pero en fin. Esa es otra historia. Distintas asociaciones sonoras a la misma grafía, e incluso distintas grafías para iguales sonidos. Cada idioma es un mundo y cada idioma, según sus reglas, se escribe igual que se habla. 


Para entender esto, no hace falta irse al extranjero y aprender otras lenguas. Basta con ser andaluz. Nosotros hacemos con el castellano justo esto de lo que estoy hablando. Nosotros asociamos sonidos a signos gráficos de un modo distinto a otros castellano - parlantes. Nosotros no hablamos mal, como piensan muchos de Despeñaperros para arriba. Hablamos diferente. Es lo que se llama un "dialecto" del idioma. Y no es el andaluz el único, como podemos ver en la imagen adjunta (pinchar para ver mejor). Ni siquiera el andaluz es uniforme, sino que hay subdialectos dentro del dialecto (hay zonas en las que se cecea, otras en las que se sesea, la forma de hablar en Córdoba es muy distinta a la sevillana o la almeriense, incluso hay muchísima diferenciación entre zonas rurales y zonas urbanas, etc.). Eso, en la península. Si nos vamos a América, el número de dialectos del castellano es enorme. Y todos tienen una cosa en común: tratándose del mismo idioma, se produce una asociación diferente entre signos gráficos y sonidos a la hora de leerlos y pronunciarlos.


Hace poco, una amiga de mi mujer, originaria de La Rioja, nos recomendaba enseñar a nuestro hijo a hablar bien el castellano para que así no se equivocara luego a la hora de escribirlo. Y me maté con ella (como diría Del Nido). Este tipo de comentarios me sacan de quicio porque quien los dice no es más que un ignorante tratando de dar lecciones. Y tienen tan interiorizado el argumento de que el castellano es el único idioma que se escribe igual que se habla que son prácticamente imposibles de convencer de que están en un error. Con mi mujer (que es leonesa) me costó años, aunque acabó por comprenderlo y ahora me defiende en estas disputas. Y a esta chica de la que hablo conseguí más o menos hacerle ver algo a partir de que me dijo que hablaba francés.

En francés, (igual que en andaluz) el plural no se pronuncia (pero sí se escribe), a no ser que la siguiente palabra comience por vocal, en cuyo caso sí se hace y se une la "s" del plural con dicha vocal. Por ejemplo, "coche" en francés se escribe "voiture" y se pronuncia (más o menos) "voatig". En plural es "voitures", pero se pronuncia igual. "Los coches azules" se escribe "Les voitures bleues" y se pronuncia (insisto, más o menos) "le voatig blé". Sin embargo "los coches naranjas" sería "les voitures oranges" y se pronuncia "le voatiges-oganch".

Esto hizo reflexionar a la chica en cuestión, pero no se bajó del burro y replicó que el francés es el francés, ante lo que mi respuesta fue evidente: "Y el andalú es el andalú: un dialecto que asocia a los mismos signos gráficos un sonido diferente que el castellano".

Cuando alguien les diga que en Andalucía hablamos mal, sepan que, una de dos: o está queriendo ofender, o es un ignorante. En Andalucía se habla diferente. Como digo, a los mismos signos gráficos se les asocia sonidos distintos que en castellano. No es ni mejor ni peor. Es un dialecto de un idioma matriz y los que hablan dicho dialecto es como si hablaran una lengua diferente. A mí, por ejemplo, me cuesta menos hablar en inglés que en castellano puro. El inglés me sale de forma natural porque lo tuve que utilizar para vivir durante una buena temporada. El castellano puro, sin embargo, no. Yo soy capaz de hablar castellano puro, pero me sale forzado, lento, casi tartamudeando, porque tengo que estar todo el rato pensando cómo se pronuncia esto o aquello. Supongo que a cualquier andaluz que no haya hecho intensivos cursos de dicción le pasará lo mismo.

Y esto no es óbice para que sepamos escribir bien. Nuestro dialecto, nuestro "idioma", se escribe igual que el castellano, pero se pronuncia diferente. Damos distintos sonidos al mismo "dibujo", pero eso no quiere decir que no sepamos plasmar en un papel dicho "dibujo". Un andaluz que no sabe escribir es un ignorante, pero no por ser andaluz, sino por no saber escribir. Y eso le puede pasar a un andaluz, a un inglés, a un armenio e incluso a un madrileño (madrilegno en francés). Esto hay que saberlo y llevarlo con naturalidad. Es más, hasta con orgullo. Es parte de nuestra cultura, no un signo de incultura. No pasa nada por que un niño hable andaluz. No seamos idiotas. Al menos no tanto como un amigo mío que, de niño, se quiso poner tan propio que, en vez de escribir "azotea", puso "soteda" el muy gilipollas. Le suspendieron, claro. Por "fino". O el clásico "bacalado de Bilbado". Eso sí que es ser un ignorante. 

Al final, por la diferente influencia paterna y materna, mi hijo acabará hablando con una especie de mezcla de acentos, de manera que aquí le dirán que habla muy bien el castellano, y el León, que vaya acento andaluz que tiene. Pero sabrá escribir bien porque de eso me encargaré yo, y también el profesor que le toque en el colegio. Igual que escribe bien mi mujer y cualquier persona con un mínimo de cultura en cualquier parte del mundo. 

lunes, 14 de octubre de 2013

La locura de Doña Juana (y VI)

CAPITULO VI

LA LOCURA

1507 - 1555

Capítulos anteriores (I) - (II) - (III) - (IV) - (V)

El 20 de diciembre de 1506, un día antes del inicio del invierno, la Reina doña Juana, desoyendo los consejos, súplicas y hasta conatos de órdenes de todo el mundo, ordenó sacar de su tumba el féretro de su marido (enterrado en la Cartuja de Miraflores de Burgos) para proceder a su traslado a Granada, pues, según ella, tal era el deseo del difunto. Un traslado que se convirtió en uno de los episodios más lamentables de la historia de nuestro país, ya que la reina (que estaba embarazada de un hijo póstumo de su marido) se empeñó en hacerlo en procesión, con un importante séquito, haciendo parada en diferentes poblaciones castellanas por las que iban pasando. Y haciendo los recorridos de noche, en el frío invierno, alumbrando el cortejo con antorchas y con un coro de monjes entonando cánticos fúnebres. Es difícil imaginar algo más macabro. Ni siquiera su embarazo la detuvo, aunque sí el parto de su última hija, Catalina, que se produjo en Torquemada, villa en la que tuvo que permanecer hasta abril, para luego continuar. Fue durante ese recorrido cuando el pueblo, al ver el desvarío de la reina, dictó sentencia y le puso el (obvio) mote que ha perdurado hasta nuestros días.

La loca...

Doña Juana la Loca - Francisco Pradilla

Doña Juana siguió con el cortejo fúnebre incluso después del retorno de Fernando, su padre, y su reencuentro con él, que tuvo lugar en Tórtoles (Burgos) en agosto de 1507. Continuó después hacia el sur hasta llegar a Arcos (Cádiz), donde permaneció más de un año, cada vez más abandonada, durmiendo en el suelo, sin lavarse, sin cambiarse de ropa y siempre al lado del féretro de su marido. Pero después de una revuelta que tuvo lugar en Córdoba, Fernando el Católico supo de las intrigas de algunos nobles que estuvieron del lado de Felipe el Hermoso en su momento, temió que raptaran a su hija (que tan expuesta se encontraba) y decidió llevarla a un lugar seguro: Tordesillas. Allí se trasladó en febrero de 1509, siempre llevando consigo el féretro de su esposo y su macabro cortejo. Y allí quedó recluida junto a su hija pequeña Catalina.

Tordesillas
Entretanto, Fernando asumió la regencia de Castilla con admirable éxito. Aparte de la expansión por América, se tomaron diferentes plazas en el norte de Africa (Orán, Bujía, Mazalquivir, Argel, Trípoli...) y, sobre todo, se logró la anexión del Reino de Navarra (a partir de 1512), completando la unidad de lo que hoy conocemos como España. Era tanta su ambición, que pasaba por encima de cualquier cosa. Incluyendo la memoria y el legado de su primera esposa, Isabel (ya comentamos en el capítulo anterior su boda con la francesa Germana de Foix y lo que pudo llegar a suponer) y, por supuesto, de su hija, la verdadera reina. Incluso, y para que a nadie se le pasara por la cabeza la posibilidad de que Juana pudiera recuperarse hasta el punto de estar preparada para gobernar, la llegó someter a una humillación pública nada propia de un padre. Porque, en cierta ocasión, se hizo acompañar de nobles y embajadores para acudir a visitarla a Tordesillas. Una vez allí, fue a verla él solo primero. Y cuando certificó lo que suponía (el lamentable estado en el que se encontraba), permitió a los demás acudir para que lo vieran y que no le cupiera duda a nadie de que era él quien debía seguir en la regencia.

Cardenal Cisneros
A la muerte de Fernando el Católico en 1516, fue de nuevo el Cardenal Cisneros quien asumió la regencia, mientras doña Juana seguía recluida en Tordesillas. Sin embargo, el cambio de gobernante trajo diferentes mejoras en la situación de la reina, cuyos cuidados hasta entonces habían dejado mucho que desear. Es paradójico que sea a la muerte del padre cuando la situación de la hija mejore. Hay que reconocer que lo que Fernando hizo con ella (tenerla medio abandonada para que destacase su mal estado y que nadie le discutiese su poder) fue muy beneficioso para la gobernanza del país. Una Castilla con alguien débil y desvariado como doña Juana al frente hubiese sido un nido perfecto para nobles sin escrúpulos deseosos de enriquecerse personalmente a costa de dicha debilidad, antes que atender las necesidades de la nación. Fernando el Católico fue un estadista absolutamente brillante, pero una persona deplorable. Gracias a él se cimentaron las bases del esplendoroso Imperio Español de los siglos posteriores. Sin su actuación, Castilla y Aragón hubiesen vuelto a ser reinos pequeños y destrozados por luchas internas de poder. Pero a veces hay que cuestionarse hasta qué punto el fin justifica los medios. Se dice que Maquiavelo se inspiró en él para escribir "El Príncipe", que no es más que un tratado sobre política en el que se muestra cómo puede un gobernante lograr sus objetivos, aun pasando por encima de cualquier cosa, y a la vez ser bien visto y considerado por sus súbditos y demás gobernantes. De ahí salió el adjetivo maquiavélico, que viene a significar algo así como retorcido, sibilino. Y justo así era Fernando. Un personaje de leyenda al que la historia le debe muchísimo, pero que, escarbando un poco en su vida, nos damos cuenta de hasta qué punto fue un ser humano siniestro, mezquino, insensible y eso, lo que digo: maquiavélico.

A pesar de todo, yo soy de la opinión de que, a estas alturas, en 1516, doña Juana aún no estaba loca. Podemos hablar de una persona excéntrica, pero no con la cabeza perdida, como comprobaremos más adelante. Y eso que en los últimos tiempos había sufrido un inmenso daño por culpa de la actitud de Fernando el Católico. Se sabe que el deseo de la reina era el de reunir a todos sus hijos a su lado y gobernar Castilla con el consejo y apoyo de su padre. Pero este quiso gobernar él solo, sin ninguna injerencia, la encerró en un castillo y no permitió que viniera su descendencia. Sólo la pequeña Catalina vivía con ella. Ni siquiera Fernando, el hijo que tuvo cuando Felipe se marchó a Flandes, dejándola a ella sola en Castilla, y que estaba siendo criado bajo la directa supervisión de su abuelo El Católico. Doña Juana fue sacrificada por las ambiciones de su padre. Fue encarcelada, abandonada y hasta humillada (como hemos visto). Fue separada de sus hijos, y todo ello tras un duelo tan complicado como el que sufrió tras la muerte de su marido. Una muchacha que en 1509 (cuando fue encerrada) aún no había cumplido los 30 años. De haber tenido un mejor trato, posiblemente habría sido capaz de salir de ese estado tan depresivo. No sabemos si como para convertirse en una gran reina, pero sí al menos para llevar una vida normal. Pero su propio padre la sentenció. La condenó a su suerte. La abandonó a sabiendas de lo mal que se encontraba, pero, en mi opinión, ni siquiera eso consiguió que esa depresión deviniera en locura. Al menos aún.

Carlos I de España de adolescente
Y es aquí, a la muerte de Fernando el Católico, cuando hace aparición Carlos I, el hijo que doña Juana tuvo en los lavabos del castillo de Gante y que siempre había vivido en Flandes. La persona designada por Isabel la Católica para gobernar Castilla en caso de incapacidad de doña Juana, eso sí, en el momento en que tuviera edad para ello. En 1516, Carlos tenía 16 años. Y bien asesorado por sus validos, tomo una decisión innovadora para su tiempo. Ya que era él el designado para gobernar y también el heredero a la corona cuando falleciese su madre, decidió auto - proclamarse algo así como "co - rey" (permítaseme la expresión). No iba a ser sólo gobernador, sino rey a la par que su madre. Algo semejante a lo que hicieron sus abuelos, los Reyes Católicos, pero no siendo matrimonio, sino madre e hijo. He ahí la innovación.  Así, los documentos oficiales se comenzaron a encabezar con la leyenda:

"Doña Juana e don Carlos, su hijo, reina y rey de Castilla, de León, de Aragón..."

Dada la inmensa grandeza de un personaje como Carlos I de España y V de Alemania, puede que muchos no sepan del enorme respeto que este mantuvo hacia su madre. De entrada, no fue rey pasando por encima de ella (como hizo Felipe el Hermoso, y como hizo también Fernando el Católico con el título de Gobernador), sino que la puso a su mismo nivel, aunque fuera nominalmente. Luego, lo primero que hizo cuando pisó España por primera vez en 1517 fue ir a verla. Y no para hacerle una visita de cortesía, sino que, llevándose también a su hermana Leonor, pasó conviviendo con ella un buen número de días. Y, posteriormente, a lo largo de toda su vida, le hizo incontables visitas, dentro de lo que sus enormes responsabilidades como rey de España y Emperador alemán le permitieron.

De todos modos, ni siquiera ese respeto evitó que se mantuviera su encierro en Tordesillas. Pero es que, a esas alturas, no había otra opción para guardar el orden en la Península. Y la prueba más clara de ello la obtuvo al poco de acceder al trono: la revuelta de los Comuneros. Lo que tanto quiso evitar Fernando el Católico se produjo muy poco después de la muerte de este. Que algún partido contrario al estatus establecido se rebelara y quisiera utilizar y aprovecharse de la debilidad de la Reina para alcanzar sus intereses. Con el pretexto del desconcierto que se creó en Castilla al ser coronado rey un muchacho adolescente, extranjero, que nunca había pìsado nuestra tierra, que ni siquiera hablaba nuestro idioma y que colocó a gente de su confianza (extranjeros también) en importantes cargos, un buen número de ciudades se levantó en armas en 1520 y sus líderes trataron de engatusar a doña Juana para que reclamara sus derechos como reina en contra de su hijo. 
Juan de Padilla
Uno de los líderes de los Comuneros


La reina vio en este movimiento una evidente oportunidad para obtener de una vez la libertad que le era negada desde hacía una década. De hecho, fue libre a partir del momento en que este movimiento tomó el control de Tordesillas. Los comuneros, a través de uno de sus líderes, Juan de Padilla, que se entrevistó con ella, se pusieron al servicio de doña Juana con la esperanza de que esta estuviese con ellos y obtener así un apoyo fundamental para su causa. No en balde, ella era la verdadera reina. Solo faltaba que diese un paso al frente, que demostrara que estaba capacitada para tomar el mando. No se le pedía que fuera como su madre, la mejor reina que se había visto nunca en Castilla, pero sí al menos que supiese rodearse de buenos consejeros y que delegase en ellos las decisiones. Y doña Juana casi lo hace. Casi. En un emotivo, histórico y poco conocido discurso ante la Junta de los Comuneros, demostró que para nada tenía la cabeza perdida. Pidió perdón por no haber tomado las riendas con anterioridad, se justificó alegando lo difícil que fue para ella asumir la pérdida de su marido, la tristeza por tener que vivir separada de sus hijos y que, mientras vivió su padre, el gobierno estaba bien atendido; reconoció que tenía que hacer lo que fuera para pasar página y seguir adelante; cargó contra su padre por no haber tenido la dignidad de ayudarla, aunque lo justificó acusando a Germana de Foix, la segunda esposa de aquel, de ser la principal instigadora de que se mantuviera su encierro en Tordesillas durante tantos años. 

Batalla de Villalar de los Comuneros
El cambio en doña Juana fue evidente en aquellos días. De pronto, se transformó, y así lo dejan reflejado los cronistas de la época e incluso algunos visitantes que tuvo, como el embajador de Portugal. Cambios en la actitud, en el humor, incluso en la vestimenta y en la llevanza de una vida ordenada. Parecía haber salido del pozo y para certificarlo, sólo faltaba una cosa: que firmase los acuerdos de la Junta Comunera, lo cual daría a esta una razón legal para sus pretensiones. Ni más ni menos que el apoyo de la verdadera reina. Eso les hubiera dado una fuerza enorme, una legitimidad a la que difícilmente se hubiera podido hacer frente. Pero la reina les pidió a cambio una cosa que ellos, por desgracia, no tenían:

Tiempo. 

La Demencia de Doña Juana
Lorenzo Vallés
Doña Juana pidió tiempo para recuperarse, para terminar de salir del pozo..., para ponerse mejor. Recordemos que, aparte de la dificilísima vida que había tenido, llevaba once años encerrada en un castillo. Si ya en 1506, cuando murió su marido, había tenido aquel comportamiento tan cercano a la locura, imaginen cómo se debía encontrar tras más de una década de encierro y separada de cuatro de sus cinco hijos. Y aún así, dio el paso al frente para tomar el mando. No estaba loca. Ni muchísimo menos. Al revés, demostró una descomunal fuerza, porque, como diríamos hoy burdamente, hay que tenerlos como el caballo de Espartero para, después de pasar lo que pasó aquella muchacha, aún tuviera arrestos para dar ese paso al frente. Pero necesitaba un poco más de tiempo, es natural, lógico, completamente comprensible. No hablamos de dar paseítos matutinos por la ribera del Duero (que era lo que estaba empezando a hacer), sino de tomar el mando de un incipiente imperio; de enfrentarse a su hijo; seguramente, de hacer frente a una guerra contra los partidarios de este, entre los que estaban algunos de los grandes nobles y que recibirían, evidentemente, el apoyo del Sacro Imperio, pues Carlos, a aquellas alturas, ya era también Emperador. Era un reto inmenso para alguien tan maltratado. Y, a cambio, sólo pedía eso: un poco de tiempo. 

Ajusticiamiento de Padilla, Bravo y Maldonado,
líderes de los Comuneros
Pero no lo había. Eso no se le podía conceder y poco después, cuando Tordesillas volvió a caer en manos regias y fue encerrada de nuevo, doña Juana recayó en su depresión y ya jamás se recuperó de ella. Estamos a finales de 1520 y a esta pobre mujer le esperaba un encierro de 35 años más, hasta 1555. Porque la vida fue tan cruel con ella que la hizo permanecer en el mundo de los vivos hasta los 76 años, algo verdaderamente inaudito en aquella época. Treinta y cinco años encarcelada en un castillo, privada de cualquier atisbo de libertad, sola con sus obsesiones, con sus fantasmas y sin respuesta a una pregunta que la martirizaría día y noche. ¿Por qué? ¿Qué razón había para que su esposo, su padre y su hijo se empeñaran en tenerla allí metida, día tras día, mes tras mes, año tras año...? Si ella nunca tuvo ambiciones políticas, si sólo quería vivir en paz... ¿qué razón había?  

Treinta y cinco años. ¿Qué razón había? No había respuesta. No había razón alguna. Y eso fue lo que la volvió loca. ¿Acaso no nos habría ocurrido lo mismo a cualquiera de nosotros?

Juana la Loca recluida en Tordesillas con su hija Catalina - Francisco Pradilla

Mientras España se convertía en un inmenso imperio, doña Juana permaneció encarcelada en Tordesillas por orden de su hijo Carlos, aunque este nunca la dejó de lado. Mantuvo la mención a ella en todos los documentos oficiales, considerándola reina a la par que él. La visitó en incontables ocasiones e hizo que conociera a toda su familia, inculcándoles a sus hijos, los nietos de ella, el mismo respeto. De hecho, el propio Felipe II, cuando aún no era rey, pero ejercía la gobernación en España durante las ausencias de su padre, también la visitó en repetidas ocasiones. 

Y hay algo verdaderamente conmovedor en el final de la vida de Carlos I que no me gustaría pasar por alto. Como si, efectivamente, él hubiera tenido siempre claro que su reinado se ejercía a la par que el de su madre, justo cuando ella murió, en 1555, él decidió abdicar y retirarse, decisión que se convirtió en oficial a partir del siguiente año. Dos años después, en 1558, don Carlos moría en el Monasterio de Yuste, en Cáceres, y a mí me da por pensar que, igual, este hombre tuvo presente a su madre con mucha mayor intensidad que lo que la Historia nos cuenta, hasta el punto de abandonar el poder cuando ella hizo lo propio con el mundo de los vivios. Como si hubiera querido llevar a cabo el reinado que su madre, por su incapacidad, no pudo. Como si, una vez fallecida esta, ese reinado careciera de sentido y fuera hora de legarlo al siguiente en la línea de sucesión. 

Es una teoría absurda, lo sé, pero es que la historia de doña Juana es tan triste, que a uno le dan ganas de buscar alguna explicación a tanta desgracia. Alguna respuesta a aquel porqué que la volvió loca. Algún sentido a tanta crueldad. Y trato de imaginar que la esplendorosa vida que debió tener aquella señora, y que le fue negada, fue la que vivió su hijo, que este fue consciente de ello y que, una vez terminada la de su madre, la suya tomó el mismo camino justo a continuación.

Y si las cosas no fueron así, que seguramente no lo fueron, ¿por qué, entonces? Esta es una pregunta sin respuesta y uno de los mayores borrones del que la Historia llama el Siglo de Oro español. 


Estatua de Doña Juana con la corona en las manos, porque fue reina,
y el mundo a sus pies, porque lo fue de un imperio.
Tordesillas

martes, 8 de octubre de 2013

La locura de Doña Juana (V)

CAPÍTULO V

AÑOS DE INTRIGAS

1505 - 1506

Capítulos anteriores: (I) - (II) - (III) - (IV) 

La muerte de Isabel la Católica supuso el punto de partida de una carrera hacia la consecución del gobierno de Castilla llena de intrigas y malas artes. Una carrera protagonizada por dos personajes sin escrúpulos que no escatimaron medios para ganarla: Felipe el Hermoso y Fernando el Católico.

Sepulcro de los Reyes Católicos
Capilla Real - Catedral de Granada
Felipe tenía muy claro que quería ser rey de Castilla, aunque para ello tuviera que pasar por encima de su propia esposa, Juana. De hecho, desde el retorno de esta a Flandes en la primavera de 1504, el trato que la dispensó fue motivo de escándalo público. Sus infidelidades eran tan descaradas que Juana llegó a tomarse el asunto a la tremenda, hasta el punto que, en cierta ocasión, la tomó con una de las damas de la corte con las que la engañaba su marido y la agredió con unas tijeras, para luego ordenar que la pelasen a rape porque sabía que su melena agradaba mucho a Felipe. Y este, harto de los escándalos que montaba su mujer, acabó por someterla del todo, por limitar su libertad y hasta, en ocasiones, por encerrarla en una alcoba. Sabía que tenía que controlarla porque era algo así como su billete hacia el trono (ya que la heredera era ella) y en ello puso todo su empeño.

Las noticias llegan a Castiila y el enfado de los reyes por la actitud de su yerno es monumental. Tanto, que Isabel, en su testamento, dejó plasmado su deseo de que, en caso de incapacidad de Juana, quien gobernase Castilla fuese Fernando el Católico hasta que su nieto Carlos cumpliera la edad conveniente para hacerse cargo.

Germana de Foix
Y aquí entra en acción el marido de la Reina Isabel. Quien tenga una visión idílica de Fernando el Católico y no conozca al detalle su historia, que se prepare para llevarse una monumental decepción (como me ocurrió a mí cuando supe de todo esto que voy a contar ahora). Porque Fernando no esperó ni un año desde la muerte de su esposa (acaecida, recordemos, en noviembre de 1504, pocos meses después del retorno de Juana a Flandes) para volverse a casar. Y no lo hizo con una cualquiera, no. ¿Recuerdan la cacareada enemistad de los Reyes Católicos con Francia? Pues bien, Fernando se casó con Germana de Foix, sobrina del rey francés, en el marco de los tratados de paz firmados en Blois a cuenta del conflicto de Nápoles (también comentado) En virtud de ellos, Germana recibía los derechos sucesorios del reino del sur de Italia, los cuales volverían al rey francés caso de que el matrimonio no tuviera hijos. Así se cepilló don Fernando el conflicto por el que tanto sufrió, no sólo Isabel, sino también algunas de sus hijas a cuenta de las alianzas matrimoniales a las que se llegaron para aislar a Francia. No importó que Aragón ganase en el campo de batalla, con las grandes victorias militares de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Podría haber negociado otra cosa, pero hizo lo que hizo y apenas unos meses después de la muerte de su esposa. Despreciando todo aquello por lo que la gran reina luchó. Y cuando digo todo, me refiero a TODO, porque ¿saben lo que significaba que Fernando y Germana tuvieran un hijo? Que ese hijo sería heredero del Reino de Aragón y la unión de reinos que selló con el matrimonio con Isabel desaparecería. ¿Y saben de qué se dice que murió Fernando el Católico? Pues de abusar de la cantárida, una sustancia que se utilizaba en la época como hoy se hace con la viagra (Fernando tenía 53 años cuando casó con Germana). De hecho, tuvieron un hijo, el cual, afortunadamente para lo que hoy conocemos como España, murió al poco de nacer. Y Fernando puso tanto empeño en tener descendencia con Germana que acabó pagándolo con su vida. Eso era lo que le importaba lo logrado por su mujer tras toda una vida de lucha. Y ahora, si quieren, sigan considerando a este señor como uno de los forjadores de la España unida. Como el gran príncipe del Renacimiento; el que tuvo un matrimonio caballeresco con Isabel la Católica; el que le fue fiel y leal y el que merece haber pasado a la historia como un héroe, en lugar de como un personaje retorcido, ruin y miserable. Como un gran hijo de puta, que es como yo lo considero. No debe extrañar a nadie que, según se asegura, fuera toda una inspiración para Maquiavelo. 

Fernando el Católico
Dicho esto, y volviendo atrás, al punto donde dejamos la historia tras la muerte de Isabel la Católica, fue Felipe el Hermoso quien sufrió en sus carnes esta forma de ser tan "peculiar" del rey aragonés. De entrada, hubo tres cosas que debieron enfurecerle. La primera, el hecho de que la Reina le desplazara en su testamento del gobierno de Castilla: o Juana, o, en caso de incapacidad de esta, Fernando. La segunda, que tras tratar de minimizar sus problemas matrimoniales con Juana mandando una carta amistosa a Fernando en la que le aseguraba que la cosa no era para tanto, con el objetivo de que no declararan incapaz a su esposa porque ello conllevaría su apartamiento y la concesión del Gobierno a Fernando en virtud del testamento de Isabel la Católica, el rey aragonés hiciera oídos sordos y moviera los hilos necesarios para que las Cortes le proclamaran gobernador. Y la tercera, la alianza de este con el rey francés, materializada en el matrimonio anteriormente comentado. De hecho, Felipe y Juana tardaron más de un año en trasladarse a Castilla, y esta vez lo hicieron por mar, no por tierra atravesando Francia, como la última vez. Pocas ganas tendría Felipe de ver al rey galo, agraviado sin duda por ese pacto con El Católico. Fue una travesía tormentosa que se inició en enero de 1506, durante la cual tuvieron que hacer una escala de tres meses en Inglaterra porque el clima no era propicio para navegar, y que terminó en La Coruña a finales de abril. Y terminó en La Coruña porque, aunque Fernando les esperaba en Laredo, Felipe trató de ganar tiempo con ese cambio de destino. Ahí comenzaba la lucha entre estos dos personajes por el gobierno de Castilla. Fernando había logrado, en octubre de 1505, la aprobación como Gobernador por parte de las Cortes, pero Felipe quería ganarse el favor de los nobles (apartados en su día del gobierno por los autoritarios Reyes Católicos) a cambio de prebendas, para así presionar a favor de su esposa, suponiendo que en Castilla se la consideraba incapacitada para gobernar, de modo que, de esa forma, dicho gobierno recayera sobre él. Y en medio, sufriendo presiones a diestro y siniestro, queda la desventurada nueva Reina, más preocupada por sus obsesiones que por lo que se estaba jugando en tan trascendental momento histórico.
Felipe el Hermoso

Felipe, bien asesorado desde dentro de Castilla, se dirigió por carta a los Grandes y, aparte, la propia Juana escribió una misiva en la que se quejaba de que la pudieran declarar incapaz de reinar y resaltando que, en todo caso, debería ser su marido quien gobernase en un caso semejante. Esta carta es real, lo que no lo parece tanto es que fuera ella quien la escribiese espontáneamente y sí al dictado de su marido o de alguno de sus validos. Los historiadores parecen estar de acuerdo en que Juana fue utilizada por Felipe en favor de sus intereses. De hecho, se sabe que la tenía cautiva, que ella no obraba ni se podía mover con libertad. En la carta se reconoce el mal de Juana, pero se lo equipara al que tuvo su madre Isabel (que también se comportó con ira a causa de los celos), recalcando que nada de eso impidió a La Católica reinar con éxito. Esta es la maniobra que Felipe utilizó para no negar los males de su esposa, pero, a la vez, intentar que no la incapacitasen y así él ascender al trono.

Y la maniobra surtió efecto. La nobleza y el clero dieron su apoyo a Felipe (lo vendieron, más bien) y Fernando se vio obligado a recular. En Castilla había sentado muy mal su boda con Germana de Foix, fruto de esa alianza con los eternos enemigos franceses, y, para colmo, el partido nobiliario estaba a favor de su contrincante. De modo que, el 27 de junio de 1506, en Villafáfila (Zamora) llegó a un acuerdo con el marido de su hija y se retiró a Aragón a cambio de derechos económicos sobre la Hacienda de Castilla y de mantener la condición de Maestre de la tres órdenes militares: Santiago, Calatrava y Alcántara.

A partir de este momento, se puede decir que Felipe es rey de Castilla, aunque su esposa Juana no estaba conforme del todo con la situación. No era eso lo que había querido su madre. Isabel la Católica dejó escrito que si Juana no podía ser Reina, la gobernación debía ser cosa de Fernando. Evidentemente, aquella carta de la que hablamos antes y en la que decía que esa tarea sólo correspondería a su esposo es real, pero no escrita por ella, como sospechan los historiadores. Cosa que se demuestra en detalles como este. De hecho, Juana estaba convencida de ser un estorbo para las ambiciones de su marido y de que la quería encerrar. Mucho más después de llegar a un acuerdo con Fernando, de modo que no importaba que ella estuviera incapacitada o no para que Felipe fuera rey. Incluso, cuando a primeros de septiembre estaban a punto de llegar a Burgos para su coronación (pasaron el verano "paseando" por Castilla en loor de multitudes), cierta noche, Juana se negó a entrar en la aldea en la que pararían porque esta tenía un castillo y estaba convencida de que su marido la iba a encerrar ahí. Y decidió pasar la noche al raso. De nuevo, como en aquella ocasión en Medina del Campo, aunque esta vez, en septiembre, el clima no era tan frío.

Burgos - Catedral
Finalmente, los nuevos reyes llegaron a Burgos el 6 de septiembre de 1506. Era allí donde Felipe tenía pensado instalar la sede de su gobierno en Castilla. Un Felipe que se las prometía muy felices. Había accedido al trono, su esposa Juana (la verdadera heredera) estaba a su merced y la práctica totalidad de la nobleza le apoyaba. Todo pintaba de maravilla y, dada su juventud (28 años) se auguraba un largo reinado. Nada más lejos de la realidad. Apenas tres semanas después, el 25 de septiembre, el nuevo rey fallecía repentinamente y en extrañas circunstancias. Se dice que, durantre un juego de pelota, aún sudando, bebió agua fría en cantidad, lo cual le sentó tan mal que enfermó con altas fiebres y murió a los pocos días. ¿Ustedes se lo creen? ¿Piensan que, efectivamente, una muerte natural sobrevino a un hombre de 28 años casualmente cuando justo acababa de acceder al trono? ¿Y con un agraviado Fernando el Católico de por medio?

Nápoles - Castel Capuano
A mí me sorprende, no sólo esta muerte, sino, antes de ella, el hecho de que Fernando se resignase tan fácilmente a renunciar al gobierno de Castilla cuando su propia esposa se lo adjudicó en el testamento. Hablamos de Fernando el Católico. Con todo lo que ese hombre había logrado a lo largo de toda su vida, en el campo de batalla y en el diplomático, ¿se viene abajo ante un muchacho como Felipe, teniendo todo un testamento de una reina a su favor? Yo no me lo creo. En absoluto. Incluso, veo hasta coherente que, tras la muerte del nuevo rey, tardara un año en aparecer por Castilla para asumir el gobierno. Había viajado a Nápoles para hacerse cargo de su nueva posesión y no fue hasta 1507 cuando regresó. Una persona tan retorcida como él no iba a aparecer inmediatamente para que quien fuera le acusara de oportunismo, o, peor aún, sospechara de estar detrás de tan sorpresiva muerte. Es más, apostaría hasta a que permitió que la anarquía amenazase con apoderarse de aquel reino para luego aparecer él en plan salvador. Incluso, me atrevería a decir que supuso que, durante ese tiempo, su hija Juana demostraría a todos su absoluta incapacidad para gobernar (como en efecto ocurrió), lo cual le otorgaría a él todos los derechos a la hora de exigir dicho gobierno. Todo esto que estoy diciendo no es nada descabellado. Al revés, es lo más normal, teniendo en cuenta la forma de ser de Fernando el Católico.

Y respecto a Juana, lo que acabo de decir se cumplió totalmente. Después de pasar al lado de su marido los últimos días de la vida de este, sirviéndole en todo, actuando como su enfermera particular y con una entereza tan admirable que fue recogida por los cronistas de la época, cuando por fin llegó la hora de la muerte, el terrible mal que llevaba una década gestándose en el interior de aquella joven mujer (tenía solo 26 años) dio la cara definitivamente. Ya sin nadie que la controlase ni presionase, salió a la luz lo que de verdad llevaba dentro. En un principio fue la apatía lo que la dominó, abandonándose completamente en el vestir y el comer y pasando todo el tiempo a oscuras, sola y meditabunda. No quería ver ni hablar con nadie y, curiosamente, solo se interesaba por la música, su gran afición. Por supuesto, desatendió completamente las obligaciones de Estado y no se interesó en ningún momento por el día a día del gobierno del reino, del cual se hizo cargo un triunvirato formado por el Condestable de Castilla, el Duque de Nájera y el Cardenal Cisneros.

Eso en un principio. Porque, un par de meses después de la muerte de Felipe, algo en su cabeza saltó como un resorte. De repente, recordó que su esposo dijo alguna vez que quería que lo enterrasen en Granada, e hizo que lo sacaran de su tumba en la Cartuja de Miraflores (Burgos) para trasladarlo. Estamos a punto de presenciar uno de los episodios más grotescos y macabros de la Historia de España. Y el inicio de la verdadera demostración de locura de doña Juana.



Pero permítanme que lo cuente con más detenimiento en el siguiente capítulo.


Capítulos siguientes: (VI)

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