viernes, 26 de agosto de 2016

Sigamos estorbando

Enrique IV fue un monarca castellano que reinó entre los años 1454 y 1474. Es recordado por la Historia como "el impotente", lo cual nadie sabe si es verdad o mentira que lo fuera, pero así se le recuerda porque la Historia la escriben los vencedores y Enrique fue un perdedor. El motivo de ese desprecio se comenzó a fraguar con su primer matrimonio, que le unió a Blanca de Navarra, con la cual se dice que no fue capaz de llegar a consumar, de manera que dicha unión fue anulada por bula papal en 1453. Ya por entonces se rumoreaba acerca de la incapacidad de Enrique. Incluso, se tomó declaración a prostitutas que aseguraron haber tenido relaciones con él, lo cual demostraría que no era problema suyo, sino de su esposa. 

Luego, se casó con Juana de Portugal, hermana de Alfonso V, rey de aquel país, con quien sí que tuvo una hija, llamada también Juana. Pero como la fama de Enrique era la que era, muchos estaban convencidos de que no era hija suya, sino de Beltrán de la Cueva, un noble muy cercano a la reina. De hecho, la comenzaron a llamar "la Beltraneja". Con los años, Enrique llegó a repudiar a su segunda esposa, la cual era acusada de múltiples infidelidades, de manera que las malas lenguas decían que buscaba fuera lo que no recibía en la alcoba. A tanto llegó la mala fama de Enrique y las dudas sobre la paternidad de su hija que, a su muerte, su propia hermana Isabel (la Católica) se apresuró en proclamarse reina, alegando que una bastarda como Juana no podía serlo y que ella era la siguiente en la línea de sucesión. Y la consecuencia fue una guerra civil entre partidarios y detractores de una y de otra, saliendo vencedora Isabel.

Como resultado de todo ello, Isabel la Católica ha pasado a la Historia como uno de los gobernantes más exitosos que ha tenido nuestro país y Juana, simplemente como la Beltraneja. Si la guerra la hubiera ganado el partido de Juana, esta habría sido reina de Castilla (y de Portugal, pues se casó con el rey de este país) e Isabel, simplemente la reina consorte de Aragón, ya que estaba casada con Fernando (el Católico), heredero por entonces de aquel trono. ¿Cuál es la diferencia entre una cosa y otra? La guerra, la victoria y el control sobre lo que decían los cronistas. Los que escribían para la posteridad lo que ocurría en cada momento de la historia. Lo que ocurría o lo que al Poder le interesaba que la gente creyera que ocurría. Los periodistas de la época, por llamarles de alguna manera. 

Esto de que el Poder controle lo que dice "la prensa" ha pasado siempre, bajo las circunstancias de cada momento. Y cuando digo Poder, no me refiero necesariamente a quien gobierna, sino a quien tiene capacidad para ejercer dicho control. En la Edad Media, dicha capacidad solo la tenían los gobernantes y los que estaban cerca de estos, como pasa hoy día en cualquier dictadura. Pero en democracia, en los países libres, ese poder lo puede tener cualquiera con dinero e influencias. Como pasa hoy en día en cualquier ámbito de la vida. Antiguamente, solo los vencedores de las guerras tenían acceso a algo así. Hoy por hoy, no hay que llegar a tanto. No hay que ganar una guerra para tener poder. 

Sea como sea, nunca en la Historia ha habido tanto acceso a la información como hoy en día. En la actualidad, el problema no es tener acceso a la información, como en la antiguedad, sino saber distinguir entre quien te cuenta la verdad y quién te miente y trata de manipularte. A veces es difícil, pero está en nuestra mano. Y como en este blog se habla sobre todo de fútbol y del Sevilla FC, podemos aplicar esta cuestión a ese ámbito. De hecho, ayer se me vino a la mente este tema al ver cómo bramaban los aficionados sevillistas al comprobar, OTRA VEZ, el modo en que se nos ningunea desde la prensa de Madrid, en esta ocasión a cuenta del sorteo de la Liga de Campeones y de los partidos que se van a televisar en abierto.

Igual que, en su época, se trató de convencer a todo el mundo de que Enrique IV era impotente para convertir a su hija en bastarda y, de esa manera, que Isabel pudiera llegar al trono, hoy en día, en lo referente al fútbol español, se intenta anular todo lo que pueda ensombrecer la estrella de los grandes del balompié patrio. De los que tienen poder en este ámbito. Esto es sencillo de entender. Hablando mal y pronto, Real Madrid y Barcelona son algo parecido a una casa de putas, cuya horrorosa gestión les lleva a dilapidar dinero a espuertas, lo cual queda oculto detrás de campañas de comunicación y de lavado de imagen. Son clubes que han sido sancionados por la UEFA, que han sido condenados por Hacienda, que aparecen constantemente en las noticias por motivos judiciales y a quien mucha gente llama abiertamente "mafia" porque sus comportamientos son bastante propios de este tipo de organizaciones. Pero son gente con poder, que tienen medios de comunicación a su disposición y que los utilizan para ese lavado de imagen continuo que tienen que llevar a cabo.

Evidentemente, un club modélico en su gestión como el Sevilla es un verdadero estorbo en este empeño del que hablo, de manera que somos alabados en el resto de Europa, pero ninguneados en nuestro país, lo cual encabrona al aficionado, como no puede ser de otra manera. 

Pero ya no estamos en la Edad Media. Ya no es la época de Enrique IV, Juana la Beltraneja, Isabel la Católica y los cronistas controlados por el Poder. Ahora, el Poder lo tenemos nosotros. O lo podríamos tener, si nos organizásemos como consumidores y dejásemos de eso, de consumir lo que estos medios podridos nos ofrecen. Sea como sea, somos libres de elegir a quién hacemos caso y a quién no. Afortunadamente, hay medios y periodistas muy buenos, más allá de coincidir o no con ellos en las opiniones que de cada asunto expresen. Incluso, muchos de esos periodistas buenos están empezando a rebelarse contra sus propios compañeros. Contra quienes están haciendo que se pudra su profesión. De manera que, entendiendo perfectamente la reacción de tantos y tantos ante este ninguneo que sufrimos, hoy en día lo tenemos sencillo. Basta con quedarnos con quienes nos ofrecen informaciones veraces y análisis serios. Basta con ser críticos y pasar de quienes se empeñan en engañarnos. Y quien se quiera dejar engañar, es su problema. Que sigan retozando en la mierda cual cochino feliz, que nosotros sabemos lo que somos y lo que queremos. 

Siempre lo hemos dicho. Sevilla somos nosotros y estamos solos. No deberíamos sorprendernos cuando pasan estas cosas. Y, aunque veo bien que se denuncie para que quede constancia, no deberíamos pasar de ahí. Concentrémonos en lo nuestro, que lo que tenemos en adelante es de lo más estimulante, y sigamos nuestro camino. Sigamos creciendo. Sigamos estorbando.

jueves, 18 de agosto de 2016

Los lococoñistas

Se habla poco del lococoñismo de la afición del Sevilla. De parte de la afición del Sevilla. Bueno, en verdad, se habla mucho, pero más haría falta. Bastante más. Habría que coger a más de uno y decirle "mira, tío, eres una loca del coño. Tómate un trankimazin y duerme un poco, por favor. Y luego, una vez relajado, piensa, haz memoria, recuerda de dónde vienes y adónde has llegado. Reflexiona, pon los pies en el suelo, analiza lo ocurrido con un mínimo de objetividad y saca conclusiones".

En verdad, esto no vale para nada. Un lococoñista no es capaz de hacer eso. Seguro que mucha gente cabreada puede reflexionar en frío y sacar dichas conclusiones, pero un lococoñista, no. No tiene esa virtud. Tendrá otras, pero no esa. Y en la afición del Sevilla hay muchos de ellos. Es algo que no tiene remedio y con lo que hay que vivir. Que convivir. No son ni mejores ni peores sevillistas, cada uno lleva su sentimiento como mejor le place, pero son así y cuando una persona es así, poca solución queda. 

Lo que más me molesta de los lococoñistas es que te hablan como si tú fueras gilipollas. Ellos tienen la verdad absoluta y si no la compartes, una de dos: o eres un simple ignorante o te colocan la típica etiqueta, el típico sambenito, no sé, cosas como conformista, oficialista, vendeburras, recopilador de excusas..., lo que sea. Llegados a este punto, es mejor darse la vuelta y marcharse porque hay pocas cosas más inútiles (aparte de indignantes) que discutir con un ignorante que cree que lo sabe todo. Porque, en muchos casos, las afirmaciones que hace el lococoñista dan vergüencita ajena a cualquiera que tenga un par de dedos de frente. Pero, para ellos, esa es la verdad absoluta y tú eres tonto. Para darse la vuelta e irse, ya digo. Es lo mejor.

Otra cosa de la que es incapaz el lococoñista es de comprender que entre el blanco y el negro hay una inmensa gama de grises. Su mente es binaria, o cero o uno, no hay término medio, no hay justificaciones ni atenuantes. Todo lo que no sea un extremo u otro, son excusas. Que al lococoñista le encanta esa palabra: excusas. Es una palabra peyorativa para ellos. Si intentas entablar una conversación con un lococoñista y expones tus argumentos para que él te dé los suyos y así poder debatir, te dirá que todo lo que dices son excusas porque su verdad no es debatible. Es verdad y punto. O le das la razón, o eres gilipollas, aparte de ignorante, vendeburras..., en fin, eso. Que no me voy a repetir. 

Sinceramente, yo estoy hasta los huevos del lococoñismo. Hace ya mucho que huyo de ellos como de la peste bubónica. Para mí, son un martirio, un sinvivir. En ese hábitat en el que tan cómodos se sienten como es Twitter, uno no puede hacer un comentario sin que te aparezcan lococoñistas como de debajo de las piedras a contestar una pamplina tras otra, cada uno la suya, la que tiene memorizada y repite cual lorito enjaulado, aunque no tenga nada que ver con lo que has dicho. Hay veces que está uno leyendo el TL y se compadece de otros tuiteros que han dicho algo y es a ellos a quienes les saltan. Incluso, dan ganas de decirles que no entren al trapo porque, por educación, el tuitero en cuestión les responde, tratando de argumentar, lo cual no vale para absolutamente nada. Como decía antes, para el lococoñista, los argumentos no son más que excusas para enmascarar la única verdad. La absoluta. La única. La suya. 

Si tú, que lees esto, eres capaz de criticar despiadadamente y luego rectificar cuando compruebas que estabas equivocado, no te sientas aludido. No eres lococoñista. No en la acepción que yo me he inventado. Porque al lococoñista no le duele en prenda echar espumarajos por la boca y poner a caer de un burro a quien sea o a lo que sea y luego esconderse bajo su piedra cuando ve que nada de lo que dijo se cumple, mientras espera a que algo salga como él predijo para volver a salir y mostrar al mundo uno de sus dos estados naturales: la histeria. El otro es el silencio. La hibernación, casi se podría decir. 

El lococoñista no tiene criterio, ni argumentos ni capacidad de debatir. No le importa contradecirse a sí mismo y criticar lo que antes reclamaba y viceversa: reclamar lo que antes criticaba. El lococoñismo es un estado de ánimo, una forma de ser, una manera de vivir la vida. Es un todo está mal si no se hace como yo digo y tú eres tonto porque no piensas como yo. Si te encuentras con alguno de ellos, tienes dos opciones: o darle la razón mientras piensas cómo hacerlo para salir por patas, o salir por patas directamente. Si no lo haces, te pondrá la cabeza loca. Pero loca, como la tienen ellos: loca del coño.

Así que no lo dudes. Huye. No lo pienses y actúa. Huye.

miércoles, 10 de agosto de 2016

En el descuento no se juega

La RAE, en su primera acepción, define la palabra pragmatismo de un modo claro y contundente: "preferencia por lo práctico o útil". Así, sin más, sin rodeos ni alharacas. El pragmatismo es algo que yo he aprendido a base de palos a lo largo de lo que llevo de vida. Durante mi adolescencia y mi juventud, al igual que la inmensa mayoría de adolescentes y jóvenes, yo fui idealista y soñador, pero la vida, la experiencia, acaba por ponerte las cosas en su sitio y, a pesar de no perder mis valores y mi forma de entender el mundo, he acabado comprendiendo que ser pragmático, concentrarte en lo práctico y en lo útil, te hace ahorrar esfuerzos y aumentar las posibilidades de éxito. Y eso es algo fundamental cuando tu capacidad de esforzarte no te da para todo lo que tienes que sacar adelante y cuando hay otras personas cuya subsistencia depende de ti y de tu habilidad para convertir en éxito el resultado de dichos esfuerzos. 

Y es curioso porque, cuando acabas por convertirte en una persona pragmática, esa forma de hacer las cosas y de comportarse se extiende a todos los ámbitos de tu vida, sobre todo porque es algo que te la facilita. Y como yo aquí he venido a hablar de fútbol y ayer a mi equipo le pasó lo que le pasó, me voy a entretener hablando de cómo el pragmatismo también se puede aplicar a la cosa más importante de entre todas las cosas que no son importantes. 

Una de las cosas que consigues aplicando el pragmatismo en la vida es ahorrar tiempo. No perderlo en cosas que no llevan a ninguna parte y emplearlo en otras que te acercan a lo que buscas, evitando de ese modo discusiones estériles. En referencia a lo ocurrido ayer, yo puedo decir que a mí me gustó muchísimo el juego del Sevilla, sobre todo en el segundo tiempo, y alguien me lo puede rebatir, argumentando que es que a él no le parece bien que el equipo juegue de esa manera. Bien, si quien lee esto es de los que piensan de ese modo, más le vale bajarse aquí y emplear su tiempo en algo más productivo, si es que el pragmatismo también le guía en su toma de decisiones. Porque la realidad dice que el Sevilla va a jugar de esa manera este año, ya que se ha fichado a un entrenador cuyo estilo es innegociable y se le ha armado un equipo pensado exclusivamente para llevarlo a cabo. Nos podemos poner ahora a discutir si somos más menottistas o bilardistas. Si somos más guardiolistas o cholistas. Podemos, claro que sí, pero yo paso. Mi pragmatismo me lo impide. La realidad es que el Sevilla de este año está pensado para jugar de una manera y todo lo que no sea hablar bajo esa premisa es una pérdida de tiempo. Que esto no quiere decir que no respete la opinión de quien piensa que no se debería jugar así. Ni muchísimo menos, en absoluto. La respeto profundamente y puedo llegar hasta a compartirla en según qué aspectos. Lo que quiere decir es que no me voy a enredar en una discusión estéril que no lleva a ninguna parte. No voy a perder el tiempo en algo inútil. Ya saben, pragmatismo, preferencia por lo práctico y lo útil. Pues eso. 

Bien, pues llegados este punto, creo que el debate interesante se centra en cómo ha desarrollado el Sevilla el estilo que su entrenador quiere implantar en el primer partido serio que disputa desde la llegada de este. Pero serio de verdad: la disputa de un título europeo ante todo un Real Madrid, que, por mucho que no pudiera contar con sus dos mejores jugadores, no deja de ser todo un Real Madrid. Y, en este sentido, tengo que reconocer dos cosas. Primero, que yo estaba acojonado, que no tenía ni idea de si íbamos a ser capaces de competir a estos niveles y mucho más cuando vi que Sampaoli no se cortaba un pelo y plantaba una defensa de tres, cuando en los últimos amistosos se decidió por la de cuatro. Y, segundo, que me quedé gratamente sorprendido al ver que, no sólo sí que éramos capaces de competir a ese nivel, sino que, incluso, en el segundo tiempo, llegamos a pasar por encima de nuestro rival, empleando ese estilo nuevo que se quiere implantar. Si con poco más de un mes de entrenamientos el equipo es capaz de hacer lo que hizo en la segunda parte del partido de ayer, creo que es natural ilusionarse con lo que puede venir cuando, poco a poco, vayan consolidando conceptos y asentando esa nueva forma de jugar. A ratos quedé maravillado con lo que era capaz de hacer mi equipo ante todo un Real Madrid, dominándole de cabo a rabo y mandando en el partido. Claro, el problema es que se trató de un dominio sin demasiada profundidad y, de hecho, aunque la posesión fue abrumadoramente para el Sevilla, las mejores ocasiones cayeron del lado del Madrid. Aun así, el equipo tampoco defendió mal, todo lo contrario. Me sorprendió lo bien que lo hizo, pensé que sería bastante peor en ese sentido..., hasta el fallo garrafal que propició el gol del empate.

Y ahora es cuando debemos volver a aplicar el pragmatismo. Ese tipo de fallos son absolutamente normales a estas alturas del verano. A cualquier equipo le puede pasar. A cualquiera. Estamos en pretemporada y las pretemporadas están para eso. Lo que pasa es que, esos fallos, a unos equipos les cuesta perder un Colombino, un Carranza o un Trofeo del Olivo, y a otros nos cuesta una Supercopa de Europa, depende de lo que cada uno juegue a primeros de Agosto. Porque ayer, no es que el Sevilla compitiera en condiciones con el nuevo estilo de juego, habiéndolo entrenado solamente durante poco más de un mes, sino que estuvo a punto, A PUNTO, de traerse la Supercopa de Europa para casa, y no lo hizo, no por haber jugado mal, sino, como digo, por cometer errores garrafales que pueden ser propios de las fechas en las que estamos.

Que pueden ser propios...

Pueden, sí, porque aquí también podemos aplicar el pragmetismo. O, mejor, exigir que se aplique, que una cosa es ser fiel a unas ideas y otra, hacer el carajote. Vamos a ver, empeñarse en aplicar un estilo de juego basado en ser protagonistas de los encuentros, dominarlos, tener el control de la posesión, jugar el balón en cualquier parte del campo y presionar al rival arriba para recuperarlo tras la pérdida no está reñido con matar un partido en el banderín del córner o pegar un patadón en el minuto 93 para alejar el balón de la portería propia. Eso también es pragmatismo. Eso también es centrarse en lo práctico y en lo útil. Práctico y útil para acabar llevándote el premio que te has trabajado durante todo un partido a base de aplicar el estilo de juego al que quieres ser fiel. Que lo cortés no quita lo valiente, joder. Repito, que una cosa es ser fiel a unas ideas y otra, hacer el carajote. 

Y ayer, mucho me temo que perdimos la final por hacer el carajote.

Por cierto, de este análisis excluyo la prórroga, porque sería injusto juzgar al equipo del mismo modo que durante los 90 minutos, después de encajar un gol en el descuento, de sufrir una expulsión y de tener cojo a uno de los jugadores que te quedan. Y, aun así, casi llegamos a los penalties. 

Como decía antes, y a pesar de que el de ayer era un partido oficial, lo cierto es que estamos en pretemporada. Y las pretemporadas están, entre otras cosas, para cometer errores y corregirlos. Ayer se cometieron errores, unos muy vistosos y otros que habría que ser experto analista para ser capaz de apreciarlos, aunque para eso están los técnicos. De hecho, yo creo que la final la perdió el Sevilla, después de haberla tenido ganada. Fuimos protagonistas en el partido para lo bueno y para lo malo. Nos guisamos la victoria empleando nuestro nuevo estilo y luego le pegamos una patada al caldero, tirándolo todo por el suelo. Y espero, sinceramente, que el equipo y el cuerpo técnico aprendan de lo ocurrido y que no vuelva a ocurrir, porque como vengo diciendo, una cosa es ser fiel a tus ideas y otra, hacer el carajote. Y en el descuento no se juega, joder. En el descuento no se juega. 

lunes, 8 de agosto de 2016

Ojalá pudieras ver esto, abuelo.

¿Qué pasa, abuelo? ¿Cómo va todo por ahí arriba?

Supongo que ya estaréis todos engorilaos perdidos, esperando la hora a la que empieza el partido, ¿no? Igual que aquí, más o menos. Yo, como siempre, me acuerdo de ti cuando se acerca un partido del Sevilla. Fuiste tú quien me metiste este veneno en el cuerpo, ¿qué quieres? Me acuerdo de ti en cada puto partido que se juega y cuando los veo, siempre hay un sitio vacío a mi lado. El tuyo. El que deberías ocupar tú. Eso es sagrado. Mi mujer piensa que lo hago así porque prefiero tener espacio para poder moverme en libertad y así aplacar los nervios, pero no es por eso. Supongo que todos tenemos cosas dentro que no compartimos con los demás. No hago daño a nadie manteniendo en casa ese pequeño secreto, y a mí me hace feliz.

De todos modos, ahora hay un pequeño sevillista que se empeña en ocupar tu espacio. Hablo de tu bisnieto. Ojalá le hubieses conocido, valiente friki del fútbol está hecho, con solo siete años. El tío se mete en Youtube y se traga todo lo habido y por haber sobre el Sevilla. Mete en el buscador "goles del Sevilla" y se lo ve todo, lo actual, lo de hace unos años o lo de décadas atrás. Igual te habla de quiénes marcaron los goles en el último partido, que del golazo de chilena de Chevantón al Real Madrid hace diez años o de lo bueno que era Davor Súker, para después preguntarme "¿tú qué edad tenías cuando jugaba Davor Súker, papá?". 

Que yo te cuento esto como si tú supieras qué es Youtube, quién es Chevantón y hasta Súker, que no lo llegaste a conocer. Cuando tú te fuiste, al Sevilla lo entrenaba un tal Manolo Cardo y estaba plagado de canteranos. Desde veteranos como Antonio Alvarez o Curro Sanjosé, hasta jovencitos como Ricardo Serna, Manolo Jiménez o Francisco. Qué bueno era Francisco, eh. Fue a un Mundial con la selección española y todo, pero, incomprensiblemente, no llegó a ser en el fútbol lo que debería de haber sido, teniendo en cuenta su calidad. Por cierto, que si te gustaba Francisco, tendrías que haber visto a otros que vinieron después para ocupar su puesto. Bengoechea, Renato, Banega..., este año hemos traído a un tal Ganso, que si es capaz de explotar, creo que nos vamos a divertir con él una verdadera barbaridad. 

Ojalá estuvieras aquí para poder ver lo que yo estoy viendo en estos últimos años, abuelo. Fíjate, yo que tanto te envidiaba porque tú sí que habías visto al Sevilla ganar cosas. Una liga y tres Copas. Y no sólo eso. Aparte, varios subcampeonatos, tanto de una competición como de la otra, y hasta una participación en la Copa de Europa. Tú que me decías, "¿que Buyo es bueno? Tú no viste jugar a Busto". Ni tú a Palop, abuelo. Que igual te metía un gol que salvaba una eliminatoria, que te paraba los penaltis que hicieran falta para acabar ganando el título. Porque si tú viste al Sevilla ganar cuatro títulos, yo ya llevo..., espera, que los tengo que contar, que es que son tantos..., yo ya llevo nueve, abuelo. ¡Nueve! ¿Quién me lo iba a decir por aquel entonces? ¿Recuerdas cómo celebraste aquel 4-0 contra el PAOK de Salónica en la UEFA? Joder, habíamos perdido por 2-0 allí y en la vuelta, en el Sánchez Pizjuán, les metimos cuatro. ¡Cuatro! Ahí, tirando de épica para meternos en octavos de final. Luego llegó el Kaiserlautern alemán y nos mandó para casa, pero aquel partido contra los griegos pasó a la historia. Ya ves. A la historia. Con eso nos teníamos que conformar. ¿Cómo no te iba a tener envidia, joder? ¿Cómo no me iba a preguntar si alguna vez en mi vida vería una mínima parte de aquella grandeza? Una mínima parte, con eso me conformaba. 

Que si algún día lo vería, me preguntaba...

Ojalá estuvieras aquí para verlo, abuelo, de verdad. Tú, que llorabas cuando el Sevilla metía un gol en un mísero Carranza..., si vieras esto que yo estoy viendo ahora...

Fíjate, ahora nos toca jugar la Supercopa de Europa. El título que se disputan entre el vencedor de la Liga de Campeones (la Copa de Europa) y de la Europa League (la Copa de la UEFA) Joder, con lo que celebramos aquel pase a octavos contra los griegos..., ahora somos pentacampeones de esa competición. ¡Pentacampeones! Cinco veces la hemos ganado. Somos el equipo que más veces lo he hecho en la historia, con dos de diferencia sobre Liverpool, Inter de Milán y Juventus. Somos el único equipo en la historia que la ha ganado tres veces consecutivas. ¡Tres veces consecutivas, abuelo! Que la propia UEFA nos ha dado un distintivo para poder lucirlo en la camiseta. Si lo hubieras visto, joder. La última se la ganamos al propio Liverpool. Sí, sí, a los ingleses. En el primer tiempo nos fue regular, pero en el segundo, pasamos por encima de ellos. Qué barbaridad, qué rápido se dice eso, ¿eh? Pasamos por encima del Liverpool, les ganamos una final continental y alzamos nuestra quinta Copa de la UEFA. Y yo te tenía envidia a ti. Joder, de verdad, si pudieras verlo. Bueno, aunque tú al menos viste al Sevilla ganar cosas, que tu hijo, mi padre, se murió el pobre con el contador a cero. Quizás por eso él era menos entusiasta con el fútbol que tú. Quizás él no se creía tanto eso de que el Sevilla es un equipo grande y campeón porque nunca lo vio y nadie aprende por cabeza ajena. Pero tú sí, ¿verdad? Tú me lo decías a mí y yo, con mi mentalidad de niño de aquella época, me lo creía todo. No te imaginas la de veces que hice al Sevilla campeón de cualquier cosa en el PC Fútbol cuando tenía menos edad y el equipo de verdad vagaba por Segunda División. Por Segunda División, me cago en la puta. No tenía bastante con la frustración de no verle campeonar nunca, que, para colmo, se nos fue a Segunda División. "No hay dinero ni para balones", decía el presidente de entonces. Quién me iba a decir a mí lo que iba a venir después. Madre mía, quién me lo iba a decir. 

Tu bisnieto ya lo tiene todo preparado para ver el partido. Ha obligado a su madre a lavarle la equipación para que esté lista y así poder ponérsela. Yo me pondré la mía también, claro. Que yo no soy mucho de estas parafernalias, pero por un hijo se hace cualquier cosa, ¿verdad? Luego cogeremos las bufandas y las extenderemos en el respaldo del sofá, por encima de nuestras cabezas. Por cierto, el sofá es de tres plazas. Una para mí, otra para él y otra quedará vacía..., para ti, claro. Y a ver qué pasa. Este año hemos hecho un equipo muy curioso. Sobre el papel, hay calidad para reventar a cualquiera y tenemos un entrenador valiente al que se la pela el rival que haya por delante y ordena a su equipo que vayan a por ellos como no hubiese mañana. Sí, ya, nos puede caer un saco, sobre todo teniendo en cuenta que el rival es el Madrid, pero, como bien dice el propio entrenador, el Madrid también le mete un saco a los equipos que se encierran, por lo que, ¡qué coño! vamos a por ellos y si hay que morir, muramos matando. Con dos cojones.

A mí me gusta mucho esa actitud. Este tío no es un cantamañanas que dice cosas así y luego palma en todos los campos. Este tío viene de jugar de ese modo en otros lugares y, no solo de ganar títulos, sino hasta de convertirse en un personaje histórico en esos lugares. Es la primera vez que entrena en Europa, pero viene de triunfar abrumadoramente en América. No es un cantamañanas, ya te digo, y por eso la afición está que se sube por las paredes de la ilusión. Y muy acojonada también, para qué engañarnos, pero con la ilusión tan desbordada que se ha agotado en papel en las taquillas. Ya no hay abonos disponibles para esta temporada. Lleno total, imagínate. 

Joder, abuelo, cómo me voy a acordar de ti viendo este partido. Y de abuela también, de tu mujer. Con lo poco que le gustaba el fútbol, que siempre andaba protestando, fue marcharte tú y comenzar a prestarle atención. Te echaba de menos, claro, y el fútbol que tanto te gustaba era una forma de acordarse de ti. No es que viera los partidos, para nada. Pero todos los domingos, cuando íbamos a verla, siempre me preguntaba "¿cómo ha quedado el Sevilla?" y cuando le decía que había ganado, apretaba el puño y murmuraba "¡bien!". De verdad te lo digo, cuando alguien me pregunta qué es el sevillismo, le explico esto. El sevillismo es el sentimiento que tienes al evocar algo a lo que amas o has amado. No es fútbol. Mi sevillismo no es por el fútbol. ¿Cómo lo va a ser, si ya era sevillista cuando éramos un mojón, futbolísticamente hablando? No, para mí, el sevillismo eres tú y ver que hay otra gente que siente lo mismo gracias a otras personas y otros motivos. Eso es el sevillismo y eso es lo que lo diferencia de otros deportes. No es simpatía por un deportista o un equipo. Es sentimiento. Por eso también la abuela se hizo sevillista, cuando odiaba el fútbol. ¿Cómo puede una persona que odia el fútbol ser sevillista? Pues porque no es fútbol. La abuela te quería y, por eso, quería al Sevilla. Qué cosas, ¿eh? ¿Sabes que poco antes de morir dijo que ya le daba igual de todo porque había sido muy feliz en la vida? Que a pesar de los sinsabores y los problemas, había sido muy feliz. ¿Puede haber mejor manera de morir, joder? Y todavía cuando estaba ya postrada y todos sabíamos que de allí ya no se levantaba, cuando llegaba el domingo, iba y preguntaba "¿cómo ha quedado el Sevilla?" Y odiaba el fútbol, la madre que la parió. La madre que os parió a los dos, cabrones. que esto que me habéis metido dentro ya no hay dios que lo saque. Y, para colmo, se lo he traspasado a mí hijo. Bendito vicio. Bendito sentimiento.

Y ahora nos toca la Supercopa, ya te digo. La de Europa, que luego viene la de España, que esa también la jugamos este año. Y yo la veré con mi hijo y con tu recuerdo y el pinchazo en el corazón no habrá quien me lo alivie, sea cual sea el resultado. Por orgullo y por amor a unos colores, que no son los colores propiamente dichos, sino lo que representan. Porque ¿sabes una cosa? Mi mayor ilusión es que mi hijo, cuando pasen unas décadas, hable de mí como yo hablo ahora de ti. O como lo hacía mi abuela, tu mujer. Eso es el sentido de la vida. El fútbol no es importante. El sevillismo es un sentimiento. Es una forma de sentir. Es una de las miles de maneras que puede haber de expresar lo que sientes por alguien a quien has admirado hasta el punto de considerarlo un referente en la vida. Como me pasa a mí contigo. Como ojalá algún día le pase a mi hijo conmigo.

Ya, ya lo sé. Ya le está pasando. Y eso sí que es un orgullo.


martes, 2 de agosto de 2016

El salto

Hace ya un buen puñado de años, cuando era bastante más joven y, a pesar de negarme a reconocerlo, tenía las ideas de todo menos claras. comencé a leer uno de esos libros de autoayuda que escriben ciertos gurús iluminados (distintos a los futbolísiticos) con la supuesta idea de que gente que anda perdida por el mundo encuentre un asa donde agarrarse y poner un poco de orden en su vida. 

Dos páginas me duró. 

Me pareció una monumental tomadura de pelo. Yo interpreté aquello como que un tío que no me conoce de nada se dedica a escribir obviedades, a adornarlas con alguna que otra palabra de poco uso para darle un toque intelectual y con ello pretende darte una lección magistral, no ya sólo de cómo tienes que pensar, sino incluso sobre de qué modo vivir tu vida. 

A mí es que me parece absurdo tener que sonreír siempre o plantearte cualquier cosa de un modo positivo. Joder, habrá momentos en los que no te apetezca sonreír y prefieras irte a un rincón a despotricar y cagarte en todo lo que se menea. Y no pasa absolutamente nada, como tampoco pasa nada por abandonarte a la desesperación cuando las cosas te salen mal. ¿Por qué coño hay que tomarse las cosas de manera optimista cuando el mundo se está derrumbando a tus pies? Todos pasamos por momentos buenos y malos y cada cual se toma las cosas en función de sus circunstancias. No hay remedios magistrales para los males de cada uno y quien te quiera hacer creer que es así, simplemente está tratando de engañarte. 

Bueno, eso creo yo, que cada cual piense lo que le dé la gana. 

Cuento esto porque me ayer mismo me acordé de aquel panfleto que apenas empecé a leer. Y me acordé después de escuchar otra de esas frasecitas que tanto le gusta a tanta gente. En twitter hay multitud de cuentas que se dedican a dar este tipo de lecciones de vida. Y lo peor es que las siguen miles de personas. En fin, allá cada cual. La frasecita a la que me refiero decía algo así como que "lo importante no es el destino, sino disfrutar del camino".

Lo de disfrutar del camino te lo puedo llegar a comprar. De algún modo, es cierto que el día a día hay que "disfrutarlo" de la manera que se pueda porque los días que se van ya no vuelven y todas esas cosas. Pero, no me jodas, ¿que lo importante no es el destino? ¿Que el destino no es importante? Llevando las cosas al extremo, que así es más fácil comprender las ideas de base, tú no le puedes decir a un pobre judío que va a ser asesinado en una cámara de gas que, en el fondo, el destino que le espera es lo de menos y que disfrute mientras este llega. No, vamos a ver, el destino final es importante. El objetivo que pretendes alcanzar, me refiero. Uno tiene que saber, aunque sea a grandes rasgos, qué quiere conseguir, adónde quiere llegar, y elegir el camino para conseguirlo. Y luego, sí, claro, procura que dicho camino sea lo más entretenido posible, pero, hombre, con una meta concreta en la mente. 

Pues fíjense que, a pesar de que yo no soy antibético y que el equipo de la ciudad fantasma esa en la que ellos viven me la trae al pairo, ayer, al escuchar esa frase, me acordé de ellos. De los béticos. En concreto, de esos béticos que consideran que su objetivo, su meta, el destino al que quieren llegar cada temporada es ganarle al Sevilla. Que sí, que mientras llega el momento o no, tratan de pasarlo lo mejor posible inflando la cifra de socios, ganando la Dresden Cup, guardando escombros en su museo o "salvando" equipos de baloncesto. Que cualquier cosa les vale como título moral, ya lo sabemos. Pero, por muy bien que se lo pasen de esa forma, el disfrute no puede ser el mismo, en la vida, que si el objetivo que te pones es de mayor enjundia. Y fue aquí cuando me acordé de nosotros, de los sevillistas. Nuestro objetivo es diferente, nuestra meta es mucho más grande y lo que disfrutamos nosotros mientras caminamos no tiene nada que ver con lo de nuestros vecinos.

Y no se trata sólo de disfrutar. Lo que acabas consiguiendo cuando te exiges por un objetivo superior es mucho más que si te "conformas" con bastante menos. La mentalidad que adoptas en un caso y otro marca tu devenir y el ejemplo de Sevilla y Betis es demoledor en ese sentido. 

Por cierto, Unai Emery también decía algo de eso de disfrutar el camino, ahora que me estoy acordando. 

Por eso digo que lo de disfrutar del camino lo compro, pero lo de que el destino no es lo importante, para nada. En absoluto. 

Eso sí, lo que tampoco me parece de recibo es tratar de llegar a dicho destino antes de tiempo. El salto, que dicen algunos por ahí. El salto. Que el Sevilla debería de dar el salto. Que debemos de dejar de disfrutar del camino que llevamos, coger carrerilla y saltar, para llegar al destino antes. O eso interpreto yo. Sinceramente, yo no creo en eso de los saltos. No creo que sea buena idea forzar las cosas, cambiar de proceder, comportarse de un modo distinto a como has logrado los éxitos que te preceden. Y mucho menos cuando esto del salto ya se intentó hace unos años y casi nos cargamos la economía del club. Ese salto se intentó dar cuando disponíamos de aquella gloriosa plantilla que lo ganó (casi) todo entre 2006 y 2007. La mejor del mundo, según la IFFHS. Dos veces. Un club con cuentas deficitarias y que necesita vender para equilibrarlas se niega a dejar salir a sus grandes estrellas (aun no siempre consiguiéndolo) porque quiere dar el salto para convertirse en un equipo Champions. El resultado fue el que fue: ruinoso. Y, para colmo, se cometieron importantes errores en fichajes de jugadores y entrenadores. El resultado fue que nos quedamos fuera de Europa durante dos años consecutivos, aunque en el segundo entramos al final y de rebote. Estuvimos a punto de hacer un "SúperDepor", en la parte final del recorrido de esa fase histórica del equipo coruñés. De arruinarnos por completo, vamos. Y recuerdo a Monchi asumiendo sus errores y hablando de volver al principio, a la esencia..., al camino. A dejarnos de saltos y volver a disfrutar del camino. 

Vamos a ver, una de las partes buenas que tiene el paso del tiempo es que te permite ver las cosas con perspectiva. ¿Nos parece poco salto pasar en una década de no llegar jamás a una final a ser pentacampeones de Europa? ¿Qué salto queremos dar? He escuchado a gente diciendo que ese salto debe ser semejante al que ha dado el Atlético de Madrid con Simeone, lo cual a mí me parece una barbaridad. El Atlético de Madrid tiene una dimensión y una capacidad económica muy pero que muy superior a la nuestra, por mucho que el Cholo quiera engañar al personal considerándonos un rival directo. De hecho, lo que Simeone ha hecho con el Atlético de Madrid no es dar un salto, sino devolverlo a su sitio. Los colchoneros siempre fueron el tercer equipo de España, mano a mano con el Athletic en otra época, pero descendieron a Segunda hace unos quince años y les ha costado mucho volver a ser lo que fueron. Por tanto, insisto, ellos no han dado un salto. Ellos han regresado al lugar que les corresponde por capacidad económica y dimensión. El Sevilla, sin embargo, se encuentra desde hace un tiempo en un lugar bastante por encima al que sería el suyo natural en función de esas variables. ¿Más salto queremos dar? ¿Adónde? ¿Al abismo?

El Sevilla tiene un modelo de gestión admirado y respetado en todo el orbe futbolístico, el cual nos está llevando a crecer año tras año, paulatinamente, hasta límites que hace una década eran absolutamente impensables. Aquí vienen jugadores de talla mundial después de rechazar ofertas de clubes que de toda la vida han sido inmensamente superiores a nosotros. (Ben Yedder, el último). Y esto ocurre precisamente en la época en la que hay  más equipos en Europa que nos burrean en lo económico, a la vista del calamitoso reparto de los dineros de la televisión en España (que hanmejorado, pero sigue siendo mucho peor que en otras ligas)

Pero es aquí cuando surge una pregunta que considero importante porque contradice de alguna manera todo esto que estoy diciendo: ¿por qué entonces hay jugadores que se empeñan en irse de aquí siendo todo tan aparentemente bonito? ¿Por qué se quiere ir Bacca a un Milan que ni siquiera iba a competir en Europa? ¿Por qué Gameiro tenía tantas ganas de dejarnos para marcharse al Atlético de Madrid, nuestro "rival directo"? ¿Y Banega? ¿Y...?

La respuesta más contundente es por dinero. ¿Y por qué, entonces, no hacemos un esfuerzo nosotros y les pagamos más? ¿Por qué no damos ese "salto"?

Pues, límites salariales impuestos y fair play financiero aparte, porque no es sólo dinero. Y lo otro, lo que también es, no se consigue de la noche a la mañana. No hay salto que valga en ese sentido, y me explico. 

Jugadores como Banega, como Krychowiak o como Gameiro, después de ganar dos o tres veces la Europa League con el Sevilla y aparte de recibir ofertas estratosféricas de clubes superiores al nuestro, pueden considerar que aquí en Sevilla no es posible aspirar a más. Que han llegado al techo y que para crecer tienen que marcharse. No digo que tengan razón, digo que lo pueden pensar. Al Sevilla aun no le ha dado tiempo a demostrar al mundo futbolístico que puede ir más allá de donde ha llegado ya. Nosotros, los sevillistas, intuimos que sí que podemos, pero eso es porque sabemos de lo que hablamos, ya que llevamos aquí toda la vida. Pero en el orbe futbolístico, al Sevilla se le conoce desde hacer dos días, como quien dice. Y esa mentalidad, esa percepción, no se cambia de la noche a la mañana. No se cambia dando un salto, sino siguiendo un camino. Nuestro camino. El que llevamos recorriendo desde hace un tiempo y que nos está haciendo crecer mientras cosechamos un éxito tras otro.

El Sevilla tiene el privilegio de haber encontrado su piedra filosofal y me parece un despropósito abandonar ese camino. Da muchísima rabia ver cómo tus mejores futbolistas se van a otros equipos año tras año, pero también es cierto que los mejores futbolistas de otros equipos presionan a muerte para venir aquí, año tras año también. Y cada vez son mejores esos futbolistas y esos equipos a los que presionan. Y cada vez son menos los clubes capacitados para hacer que un futbolista de los nuestros quiera salir. Lo que pasa es que si a un PSG, a un Inter, un Barça etc., se le mete entre ceja y ceja que quiere un jugador, es prácticamente imposible retenerlo. Eso es así y siempre lo será, por mucho que crezcamos y mucho salto que demos. Además, es parte de nuestro modelo de gestión. Sin esas ventas, no hay nada que hacer. Otra cosa es que no se sepa explicar bien, pero es que las cosas son como son. 

Por tanto, yo opino que debemos disfrutar de nuestro camino porque el destino que nos hemos marcado es el correcto. Que más que saltar, lo que tenemos que hacer es seguir avanzando. Que no merece la pena poner en riesgo lo que llevamos conseguido. O más en riesgo aún, que el modelo del Sevilla ya es súmamente arriesgado de por sí. Y que hay pocas decisiones peores que las que se toman olvidando quién eres, de dónde vienes, adónde quieres llegar y cuál es el ritmo que te puedes permitir. En el fútbol y en cualquier ámbito de la vida.

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