viernes, 2 de noviembre de 2012

Lo indefendible

La mente humana tiene a menudo unos comportamientos que resultan cuanto menos curiosos. En este caso, hablo por mi exclusivamente. Después de derrotas lamentables como las de Vigo o Zaragoza, mi mente se agarró a una serie de justificaciones que las explicaban y las expuse en este blog. Defendía lo que muchos consideran indefendible y trataba de argumentarlo lo mejor que podía. El caso es que yo mismo me creía lo que estaba diciendo. Creía en ello, de todo corazón.

Anoche, sin embargo, después de ver ganar a mi equipo y de casi sentenciar la eliminatoria, mis sensaciones son completamente diferentes, lo cual, desde una lógica aplastante, no tiene ningún sentido. Sobre todo teniendo en cuenta que los partidos que hizo el Sevilla en ocasiones anteriores y el de ayer son de un corte muy parecido. O, quizás, sea precisamente por eso.

Vaya por delante que yo mantengo todas mis esperanzas mientras el equipo vaya ganando o logrando los resultados necesarios para que las espadas estén en todo lo alto. Si estamos ahí, dentro de donde se supone que debemos estar o a tiro de piedra de ese sitio, me siento conforme porque, por muy mal que estemos jugando, eso no provoca que nos alejemos del objetivo. O dicho de otro modo, si jugando mal estamos ahí, cuando juguemos bien nos salimos. Vamos, que lo importante son los resultados, muy por encima de cualquier otra consideración.

Pero es que llevo ya tanto tiempo teniendo paciencia y buscando justificaciones que a veces uno se harta y se pregunta que hasta cuando. Las justificaciones estaban bien cuando Jiménez, por ejemplo, una época en la que el equipo no jugaba, pero ganaba y obtenía buenos resultados, clasificaciones europeas e incluso títulos (la última Copa del Rey, aunque la final se jugó con el sustituto del de Arahal). Pero es que desde entonces es difícil justificar lo injustificable.

Y eso que yo pienso que tenemos plantilla. Que hay buenos jugadores, algunos incluso muy buenos. Y cuando digo muy buenos, me refiero a futbolistas que aspirarían a la titularidad en los mejores equipos del mundo. Pero no entiendo por qué pasa por aquí un entrenador tras otro y ninguno es capaz de cambiar el espíritu tan triste que caracteriza a este equipo desde hace ya demasiado. Parecía que Michel había encontrado la clave, o al menos que hacía jugar a la plantilla con algo más de intensidad. Pero desde la derrota contra el Barcelona, y salvando el partido de Mallorca que casi se pierde, el Sevilla vuelve a ser ese conjunto fallón, sin alma y con poco carácter. Un equipo que regala errores en defensa que suponen puntos y que falla lo infallable arriba, desesperando al personal. A mi al menos.

Insisto, ya no se me ocurren justificaciones, me quedo sin argumentos, a veces me siento hasta ridículo tratando de encontrar motivos. No entiendo por qué un equipo como el Levante es capaz de superarnos en la clasificación porque, comparando plantillas, somos mejores de calle. No entiendo como un Betis de la vida se llevó todo el año pasado codo con codo con nosotros y esta temporada están otra vez por encima cuando, sobre el papel, deberíamos ser muy superiores. Y esto no es una mala racha, sino que llevamos así varios años.

Cuando digo esto, no me estoy acordado del Sevilla de los títulos. Aquello fue un episodio mágico de nuestra historia que yo tuve el enorme privilegio de vivir en directo. No pretendo que se repita, ni siquiera creo que pueda ser posible alguna vez. Para mí, aquello fue como cuando te toca la lotería. Ocurre una vez en la vida, si ocurre, que la mayor parte de las veces ni eso. Pero creo que tenemos entidad y plantilla como para estar más arriba, mejor, para ofrecer otro tipo de cara, para darle al aficionado otra cosa. Y lo digo yo que soy de los que se conforman con poco. Con muy poco.

Puede que sea porque llevamos unos días un tanto tristes en lo que al clima se refiere o porque todo el mundo pasa rachas y rachas, unas mejores y otras no tanto, pero el caso es que anoche quedé muy decepcionado con el Sevilla. Me alegro sobremanera del resultado y sigo esperanzado en que la cosa mejore, sobre todo porque, como decía antes, las espadas están en todo lo alto. Pero no veo el momento de que el equipo muestre lo que sabe con un poco de regularidad, de manera que los aficionados nos podamos agarrar al algo. La fe ciega no existe, y hasta el más optimista tiene un límite.

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