lunes, 12 de febrero de 2018

Inseguridad

Hace ya un tiempo, alguien que sabe de lo que habla me dijo que Unai Emery llegó a estar oficiosamente despedido a finales de 2013. Que Jose María del Nido, en los últimos coletazos de su presidencia, estaba harto de él, de los malos resultados y de que no estuviera siendo capaz de sacar al Sevilla de la mediocridad de las dos temporadas anteriores, en las que terminamos en una triste novena plaza. Y que fue Monchi quien convenció al presidente de mantener al entrenador en su puesto. Quien de verdad apostó por él y por el proyecto que el propio Monchi había diseñado. Lo que vino después, todos lo conocemos: tres títulos consecutivos de la Europa League y que gran parte del sevillismo considere al de Fuenterrabía como el mejor entrenador de nuestra historia.

No sé si realmente Monchi convenció a Del Nido o si fue la obligada dimisión de este lo que propició que Emery conservara el puesto, pero la idea principal con la que me quiero quedar es la confianza de Monchi, no ya sólo en el entrenador en particular, sino en toda la planificación elaborada por él. La seguridad en sí mismo y en lo que estaba haciendo. Ahora más adelante explico por qué.

La andadura del Sevilla en la actual temporada está siendo de todo menos estable y regular. Es una auténtica montaña rusa. Un vivir al borde del precipicio, al filo de la navaja. Desde aquel balón al poste en el último minuto del partido de vuelta de la previa de la Champions, hasta el penalti parado por Sergio Rico ayer, cuando nuestro portero parecía estar casi desahuciado. Llevamos toda la temporada en un “ay” continuo, mezclando grandísimos éxitos con fracasos clamorosos. Sin saber bien a qué atenernos. Sin tener ni idea de qué Sevilla nos vamos a encontrar en cada partido. Si el que eliminó al Atlético de Madrid o el que cayó por goleada en Eibar. Si el de los dos segundos tiempos contra el Liverpool o el del ridículo absoluto en Moscú.

Se dice que uno de los grandes problemas de este Sevilla puede estar en haber dejado de lado el modelo que hizo famoso a Monchi. Que muchos de los fichajes que se están haciendo no tienen posibilidad de retorno de inversión y que si las cosas no salen bien, el problema económico puede ser importante. El razonamiento puede ser lógico, pero yo no creo que sea un problema de modelo. De hecho, ese modelo empezó a cambiar aun con Monchi en su cargo. Fichajes como el de Llorente o el de Nasri pueden ser ejemplos de ello. Además, parece razonable que si el Sevilla quiere dar un paso más en su crecimiento, deba arriesgar más. Para codearse con los más grandes hay que tener jugadores idóneos, y quizás traer sólo futbolistas desconocidos que puedan revalorizarse no sea lo más indicado. Quizás haya que hacer una mezcla entre estos y otros más consagrados. Sea como sea, la clave está en asegurarse de que los ingresos que se obtienen en Liga de Campeones compensen los que no entran por traspasos.

Lo que quiero decir es que el problema, más que de modelo, es de traer o no a los jugadores idóneos. En acertar con la planificación. Porque si el equipo entra en Champions (y ahora es más fácil porque el cuarto accede directamente a la fase de grupos), los ingresos que se obtienen deberían dar para mantener una plantilla cara sin vender a varios futbolistas, como se ha venido haciendo en los últimos años. Y eso por no hablar del aumento de ingresos por televisión. Pero si la elección de futbolistas y la planificación se hace mal, da igual el modelo que se aplique, que el desastre acabará siendo parecido.

Aquel año en el que Emery estuvo oficiosamente despedido, Monchi hizo lo que estuvo en su mano para mantenerlo porque confiaba en sí mismo, en su proyecto, en lo que se traía entre manos. Y acabó teniendo razón. Y eso que aquel año se vendió a Navas, a Negredo, a Medel, a Kondogbia... Se decía que no había dinero ni para pagar las fichas. Esta temporada, sin embargo, la cosa es diferente. Hay dinero. Mucho dinero. Oscar Arias se ha podido sentar tranquilamente y elaborar un equipo acorde con la idea del entrenador que él mismo eligió. Con una base de plantilla ya hecha y en funcionamiento y con unos recursos económicos jamás vistos en nuestro club para apuntalarla. Y, sinceramente, a mí lo que me preocupa no es que Muriel no esté dando aún el nivel que se supone de él, que Arana venga pasado de forma y haya que esperar por él, que Sergio Rico esté haciendo una mala temporada y se comporte de tal o cual manera o que el jugador que sea esté demostrando o no lo que se esperaba. A mí lo que me preocupa es que ese proyecto elaborado tranquilamente, concienzudamente, con millones de por medio y con tantos recursos disponibles deje de valer cuatro o cinco meses después de elaborarlo. Lo que me preocupa es esa inseguridad que tanto contrasta con la confianza en su trabajo que Monchi demostró a finales de 2013. Es evidente que si la cosa no funciona, hay que cambiarla. Pero ¿de verdad lo que se pensó que era ideal en julio/agosto, y por lo que se apostó tanto dinero, ya no vale en diciembre?

Por supuesto, Monchi en 2013 ya era un director deportivo de amplia experiencia internacional y con títulos a sus espaldas, al contrario que Arias, por mucho que en los últimos años fuera su mano derecha. E igual hay quien defiende que esas dudas pueden ser normales en alguien sin esa experiencia. Entonces, el error habrá sido darle el timón de la nave a un novato, al menos a los niveles en los que se mueve el Sevilla. Sea como sea, mi gran preocupación está ahí, en la inseguridad, en los bandazos que se están pegando, en la sensación que se da al aficionado de a pie de estar dando tumbos, de estar improvisando, de no saber bien qué se está haciendo y de estar dejándolo todo en manos de la suerte o la providencia. Ojalá salga todo bien, es lo que queremos todos los sevillistas, pero, en mi opinión, esa inseguridad es algo mucho, muchísimo más preocupante que el hecho de que tal o cual jugador pueda tener retorno de inversión o que su rendimiento esté siendo más o menos el esperado. 

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