miércoles, 21 de agosto de 2013

Magali

Honfleur

No es agosto el mejor momento para visitar Sevilla, pero a Magali eso le importaba bien poco con tal de poder hacerlo. Con tal de visitarla. Ella era de Honfleur, villa perteneciente al distrito de Lisieux, del departamento de Calvados, en la Baja Normandía francesa. Del norte de Francia, en resumen, de un pueblo que se encuentra en la orilla del estuario del Sena, muy cerca del Puente de Normandía que lo une con la ciudad de Le Havre. Un lugar complicado para pasar el invierno, pero adorable en la estación estival, durante la cual se llena de turistas atraídos por lo histórico y pintoresco del lugar. Ella, sin embargo, prefirió comprar un billete de avión y trasladarse a Sevilla a pasar unos días. Y, como todo en la vida, ello tenía su explicación. 


Magali (acentuado en la i final, aunque en francés dicho acento no se escriba) pasó en la capital de Andalucía un extraordinario año; o mejor, un curso académico. El que transcurrió entre finales de agosto de 2001 y principios de julio de 2002. Por entonces, era una estudiante universitaria de apenas 19 años, con toda la vida por delante y la personalidad lo bastante poco desarrollada como para que algo tan fuerte como lo que vivió aquí la marcase para siempre. Se enamoró de la ciudad, por supuesto. Conoció a buena gente y mantenía un contacto estrecho con ciertas personas. Y vivió momentos inolvidables, sin duda, eso no lo podía negar. Pero lo que de verdad la dejó tocada hasta la muerte, lo que le obligaba a visitar la ciudad de vez en cuando, era algo tan pueril, pero tan intenso, como el fútbol. Como la afición al fútbol. Porque Magali, durante aquella temporada que vivió en nuestra ciudad, se convirtió en una hincha acérrima del Sevilla FC. Y los sevillistas sabemos lo que significa eso. 

En el aeropuerto de San Pablo la esperaba, María, su amiga María, la mejor de las que tenía en España. Bueno, María es el nombre que pone en su DNI, porque, en verdad, nadie la llama así. En su familia es Mari, pero sus amigos, mucho más cabrones (dónde va a parar), se refieren a ella de otra manera. Al principio era Mari también, pero a base de repetir expresiones como "díselo a la Mari", "vete con la Mari", "habla con la Mari" y demás frases terminadas en "la Mari", acabaron por apodarla justamente así: Lamari. Así fue como se la presentaron a Magali en su momento, y así es como ella la nombra desde entonces. Incluso, a veces, bromea con ella poniéndole el acento en la i final, pues pronunciándolo de ese modo, sus nombres son casi idénticos. 

Lamari era una chica preciosa, aunque eso era algo que disimulaba bastante bien, ya que no era nada amiga de presunciones ni lucimientos. Si no fuera por su melena negra y esas curvas tan bien trazadas, igual podría pasar hasta por hombre. Vale, de acuerdo, eso es una exageración, pero no imaginen una clásica mujer lozana andaluza porque esa no es su imagen, de ninguna de las maneras. Sus amigos se metían con ella diciendo que era un poco poligonera, aunque Magali la veía más como a una hippie. Pero no de esas que se creen que lo son sólo por anudarse un pañuelo a la cabeza, ponerse un vestido con vuelo y sandalias planas, sino por su manera de mostrarse ante el mundo: desprendida, generosa, tolerante..., liberal. En su forma de ser, se podría decir que Magali se parecía a su amiga, aunque a todo lo descrito había que añadir, en su caso, un fuerte genio y un gusto casi sádico por humillar a quien la ofendía. Y respecto a su aspecto, igual que le ocurría a su amiga y por mucho que quisiera disimular, le era imposible ocultar su tremendo atractivo. Casi se podría decir que ambas se parecían físicamente, aunque la francesa podía presumir de una espectacular mirada, mucho más intensa que la de la otra, aparte de mantener ese gesto tan típico de las mujeres del país vecino, que parece como si pretendieran hablar a la vez que lanzar un beso.

Fue Lamari quien inoculó a Magali ese veneno que tantos y tantos tenemos en esta bendita ciudad. Al menos, la primera que la llevó al Templo, como ella misma llamaba al estadio Ramón Sánchez Pizjuán. Fue en septiembre de 2001. Quedó con ella, tomaron algo, se dirigieron al coliseo y se introdujeron en el fantástico mogollón de la grada baja de Gol Norte. Aquel Sevilla acababa de ascender a Primera División, después de una lamentable época en la que corrió el riesgo de hasta desaperecer. Era un equipo pobre, casi arruinado, pero con una férrea voluntad, con una afición inconmensurable (así lo percibió Magali) y con una plantilla de jugadores casi desconocidos, pero con un hambre espectacular: Notario, Alfaro, Navarro, David, Casquero, Olivera.... Ver el fútbol, ese fútbol, en ese lugar era algo mágico. Un enorme grupo de locos que no paraban de animar a un equipo que se mataba en el campo. Que se mataba. Que se ganó la fama de leñero porque era lo que se merecía, dada su actitud. Pero es que era dicha actitud la que hacía que su afición se matara a su vez por esos futbolistas. Jugarían mejor o peor, pero se lo dejaban todo en el campo. Y aquellos locos, a su vez, hacían lo propio en la grada. Lamari era una de ellos. Y Magali, absolutamente impresionada por el modo tan intenso con que aquella afición apoyaba a su equipo, pronto se convirtió en otra. Años después, desde el departamento de marketing del club, se lanzó aquella campaña encabezada por una pregunta muy sencilla: ¿se puede ser de otro equipo? Magali comprendió la respuesta mucho antes de que se formulara la pregunta. Por supuesto que no. Metida en aquella vorágine, por supuesto que no. 

No faltaron a ningún partido. Incluso, hicieron varios viajes a otras ciudades para ver al Sevilla de visitante. Y se sintieron orgullosas hasta el extremo con el octavo puesto conseguido al final de la temporada. Un equipo arruinado y recién ascendido, formado por descartes de otros equipos como Mérida, Elche y compañía, se metía entre los díez primeros..., de mamazo, como decía el loco más loco de todos los locos que había en el seno de aquel club. El entrenador: don Joaquín Caparrós Camino. 

Cuando Magali tuvo que hacer las maletas para volver a su Honfleur natal, ya era una sevillista más. Ella no nació sevillista, pero sabía de sobra que moriría siéndolo. A partir de entonces, no escatimaba esfuerzos para desplazarse a Sevilla todas las veces que podía, quedar con Lamari y meterse en ese bendito infierno de Gol Norte a morir por su equipo. En la medida en que le fue posible, fue testigo del espectacular ascenso de la entidad en los siguientes años. De los momentos tristes, como las marchas de Reyes, Baptista o Ramos, y también de los alegres, como las clasificaciones europeas de la mano de ese majara del fútbol nacido en Utrera. Y de la marcha de este. Y de lo que vino después. Por supuesto. De la inmensa gloria que vino después. 

En 2006, pasó la Feria en Sevilla, no porque le gustase la festividad (que en absoluto lo hacía), sino para ser testigo del posible pase del equipo a una final . Por tanto, vio en la grada el mítico gol de Antonio Puerta (tan llorado un año y poco después) y no pudo evitar que las lágrimas se le escapasen, lo mismo que le ocurrió a tanta gente a su alrededor. Un par de semanas después, se desplazó a Eindhoven, sin entrada, sólo para disfrutar del espectacular ambiente en un día tan memorable. Y a fe que lo hizo, junto a su amiga Lamari y tantos y tantos otros que fueron en el mismo plan que ellas y que disfrutaron hasta el éxtasis del primer título del equipo en casi 60 años. 


Memorable también fue la campaña siguiente, en la que Magali acudió a todos los partidos que pudo (y también a algunos que en verdad no podía, pero fue) para ser testigo de una temporada tan grande, que sólo los más viejos del lugar eran capaces de presumir de haber visto algo semejante. Igual que tantos otros en la grada, Magali observaba con la boca abierta y casi la baba cayendo cómo aquel equipo se comía a un rival sí y a otro también con un juego sideral, espectacular..., imperial. Con una defensa descomunal en la que rotaban monstruos como Javi Navarro, Escudé o Dragutinovic para acompañar al pequeño David, inamovible en la izquierda. Con Alves organizando el juego por la derecha; con el elegante de Poulsen cubriéndole las espaldas a la vez que estaba en todos sitios; con Renato como director de orquesta, con el frac y la pajarita, repartiendo juego y jugando él; con Navas por la derecha surcando su banda una y otra vez, pasando el balón al área mientras Luis Fabiano trazaba un desmarque hacia un lado, llevándose a la defensa con él en el desplazamiento y dejando la posición franca para Kanouté, la elegancia y el soberbio porte en persona. Kanouté, el compatriota africano de Magali que jugaba tan bien, a la vez que era tan caballero, que muchos rivales tendrían la tentación de felicitarle tras sus goles, a pesar de ser ellos quienes los encajaron. Aquella temporada en la que ganaron todo lo que los árbitros les dejaron. Aquella temporada, tan diferente a la primera que vivió Magali. Tan diferente. 

Cuando Magali se abrazó a Lamari en el aeropuerto, se estaba acordando precisamente de esa temporada. Aquello era irrepetible, pero el Sevilla volvía a Europa después de varios años fuera, o cayendo en las previas. Precisamente para eso se desplazó a Sevilla. Para ser testigo en la grada del primer partido europeo del equipo tras su retorno a la competición continental. El partido que le mediría al Mladost Podgorica y que todos consideraban fundamental, importantísimo. 

- Se está haciendo un magnífico equipo y sería una pena estropearlo tan pronto - Decía Lamari mientras se dirigían al estadio. 
- Pues si el equipo es tan bueno como dices, no hay por qué preocuparse. 

Efectivamente, antes del minuto 20, el Sevilla ya ganaba por 1-0 y el rival no parecía capacitado para inquietarle en lo más mínimo. El problema era la falta de rodaje del equipo, pero, una vez ganando, eso no era impedimento para controlar el resultado sin mayores problemas. Igual no habría goleada, pero estaba claro que tampoco iban a haber apuros, y esa relajación se trasladó a la grada. 

- Te he escuchado hablar. Veo que eres francesa - El vecino de asiento de Magali, un chaval varios años más joven, se dirigió a ella en un momento dado. 
- Sí, soy francesa, ¿y tú? - Magali contestó con insolencia porque no quería charlar con aquel chico y esperaba que se cortase y la dejara en paz, pero el muchacho no lo percibió de ese modo y continuó hablando. 
- No, yo no - Contestó con una sonrisa - Yo soy de aquí, de Sevilla. Y del Sevilla, el equipo más grande de Andaucía - Magali lo miró de nuevo, esta vez con más detenimiento y observó que era muy joven, que apenas tendría 20 años, diez menos que ella. Y lo siguiente que se le pasó por la mente es que tendría ocho o nueve cuando ella pisó por primera vez el Sánchez Pizjuán. 
- Muy bien. Me alegro por ti. 
- Estos últimos años no han sido demasiado buenos, pero el Sevilla es un grande. Ganamos dos UEFAs hace no mucho. Y varios títulos nacionales. ¿Se conoce al Sevilla en Francia? - Magali sonrió con cierto aire de mofa antes de contestar. Era evidente que aquel chaval la trataba como una extranjera recién llegada a quien hay que explicar lo que es el Sevilla FC, algo que, con ella, no era en absoluto necesario. 
- No demasiado. Ya sabes, los verdaderamente famosos son Real Madrid y Barcelona. 
- Ya. Es una mierda. ¿Y tú? ¿Cómo has acabado aquí, viendo este partido?
- Soy sevillista, igual que tú - Al chaval se le escapó una carcajada, pero la reprimió al momento. No quería ofender a la chica, pero le desconcertó su respuesta.
- ¿Cómo vas a ser sevillista igual que yo si eres francesa?
- ¿Los franceses no pueden ser sevillistas? ¿Dónde está escrito?
- No digo eso, pero no puede ser lo mismo ser de aquí que ser de Francia - Magali sonrió entonces con picardía y se giró un poco para mirar a aquel chaval a los ojos. La había ofendido, estaba claro, y ahora le tocaba el turno a ella. 
- ¿Quieres que te demuestre que igual sé más del Sevilla que tú?
- ¿Y cómo vas a hacer eso?
- ¿Cómo se llamaba aquel futbolista del Recre que jugó un par de años en el Sevilla y que la ponía en el área chica cuando sacaba de banda? - El muchacho se quedó a cuadros al escuchar la pregunta. No tenía ni idea de quién se trataba, algo que Magali supuso desde el principio, ya que fue uno de los fichajes del equipo en la temporada que ella vivió en Sevilla y él no tenía edad para acordarse. El chaval balbuceó algo ininteligible mientras ella mostraba una sonrisa triunfadora - La catapulta infernal, le llamaban algunos - Le remató - Pregunta por ahí y cuando sepas quién es, seguimos hablando de sevillismo. 

P.D. Si no recuerdan el nombre del jugador o quieren saber más de él, no duden en visitar este post de la web colussoscontrakukletas.blogspot.es. De ahí he extraído la foto que ven.

5 comentarios:

Miguel dijo...

Sublime post

juan antonio de la rosa dijo...


Ya no se que decirte Rafa,Ah bueno si.

"BIEN COÑO BIEN"

Un Abrazo Sin Mariconeo EH

Triana1952

Jose MME dijo...

Gracias por el enlace.

EL PAPI MAGASE dijo...

Bellisimo post Rafa,una de tantas y tantas bellas historias en clave sevillista que para entenderlas hay que ser y sentirse sevillista,como Lamari y Magali,por supuesto como el autor de este bello relato que le sube la adrenalina a cualquiera que respire en blanco y rojo,un abrazo hermano.

Rafael Sarmiento dijo...

Muchas gracias a todoa. Y tú, Papi, deja de decir tonterías, que me vas a sacar los colores XD

Un abrazo.

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