jueves, 1 de octubre de 2015

Demasiado ruido.

En la vida es necesario tener bien clarito cuáles son las prioridades. Qué es lo de verdad importante y qué lo es menos. Bastante menos. Porque las fuerzas no son ilimitadas. Porque hay veces que aun empleándote a fondo, dedicando en pleno todo tu potencial, apenas alcanzas para cubrir el número uno de tu lista. Y si eso es así, ¿cómo vas a atender al dos, al tres, etc.? No se hace y punto. Lo importante es importante y el resto, si es necesario, simple y llanamente desaparece del foco de tu atención. 

Dicen que, para los aficionados, el fútbol es lo más importante de entre las cosas que carecen de importancia. Y así ha de ser tomado, al menos en mi opinión. En este sentido, yo me acuerdo mucho de mi padre, que era un gran sevillista de corazón, pero que luego, a la hora de la verdad, no lo demostraba al exterior con vehemencia. No se tomaba el fútbol con la pasión que otros muchos. Más bien diría que pasaba bastante del asunto, aunque, matizando, seguramente la cosa fuera más sencilla. Había cosas más importantes para él. Ni más ni menos. 

Yo creo que el fútbol, como cualquier otra afición, debería de ser algo con lo que uno se olvida por un tiempo de las preocupaciones generadas por los temas de verdad importantes. Algo con lo que uno se relaje, no una fuente más de preocupaciones. Y cuando esto no ocurra, cuando esa afición te provoque más mal que bien, debes alejarte. Esto, que parece de sentido común, en el fútbol no se da por una simple cuestión de sentimientos. Por mucho que quieras alejarte, te es imposible. Nunca lo haces. No del todo. 

Justo esto me está pasando a mí en los últimos tiempos. Tengo las fuerzas concentradas en lo de verdad importante y trato de no perder ni un gramo de las mismas en ninguna otra cosa. Pero no puedo olvidarme del Sevilla porque eso es imposible para alguien que lo siente. Y, bueno, la temporada pasada, al menos me proporcionaba alegrías y relajación. Pero en lo que va de la presente, ya ni eso. Pero el problema no lo tiene el fútbol, ni el Sevilla, ni siquiera el hecho de haber empezado mal el curso. El problema lo tiene el ruido. Hay mucho ruido. Demasiado. 

Miren, si yo me tapo los oídos, (o dejándonos de metáforas, si no leo nada en redes sociales y prensa) puedo llegar a conclusiones sencillas como las siguientes:

- Si en el Juventus Stadium el Sevilla hubiese podido alinear a Carriço, Pareja, Banega, Vitolo y Llorente, es probable (solo probable) que las prestaciones del equipo hubiesen sido mejores, así como las alternativas desde el banquillo caso de que la cosa se torciese a lo largo del partido.

- Si un tal Vicente del Bosque se lleva a otro tal Sergio Rico a la selección, no digo yo que este último sea un grandísimo crack mundial, pero un paquete tampoco. 

- Si tanto Barcelona como Sevilla, los equipos que jugaron la Supercopa de Europa, tienen una infame plaga de lesiones, es probable que el tener que adelantar tanto la preparación en pretemporada sea una posible causa. 

- Si el Sevilla no tuviese tantos lesionados, igual (solo igual), sin hacer un juego espectacular, los resultados hubiesen sido un poco mejores y no tendría el hundimiento de confianza que padece actualmente. Porque el problema actual no es de plantilla o de técnico, sino de falta de confianza. Que es una cosa diferente. La misma confianza que, teniéndola, nos proporcionó tantos éxitos el año pasado. 

- El haber renovado la mitad de la plantilla conlleva el riesgo de que los nuevos no se adapten rápido y el equipo se resienta en sus inicios. El año pasado no ocurrió, pero hace dos, sí. Y este, parece que también. Es normal. Debe minimizarse su impacto en los resultados, pero es normal. 

Hasta aquí, todo parece sensato. Parece, digo. No me arrogo la capacidad de disponer de verdades absolutas, pero sí que parece sensato. De hecho, hay otros equipos con problemáticas parecidas (la Juve, como ejemplo más cercano en el tiempo). Todos los años pasa, en un sitio o en otro. Y lo normal, dentro de mi forma de ver las cosas, sería echarla al suelo, respirar hondo, apretar, exigir y animar para que los problemas se solucionen lo antes posible. 

Ahora, apartemos las manos de los oídos y añadamos el ruido que antes quitamos. Y con ello (haciendo un batiburrillo sin demasiado orden ni concierto)  nos encontramos con conclusiones muy distintas a las que anteriormente expuse:

- Emery no vale. No sabe gestionar plantillas poderosas y se arruga ante rivales grandes. 

- Monchi ha fracasado en la planificación. Otra vez. Es un desastre, hay muchísimas lagunas y ahora lo estamos pagando.

- Cualquier equipo de Segunda tiene mejor portería que el Sevilla. 

- La plantilla no cree en el entrenador. Le están dando la espalda, le están haciendo la cama para que lo echen.

- Debería venir Caparrós.

- Jugadores como Konoplyanka o Immobile tienen el ego muy grande y están enfadados por la falta de oportunidades. Emery no sabe gestionar esos egos y eso está generando tensiones en el vestuario porque ellos ganan mucho y hacen poco.

- El vestuario antes estaba muy unido y ahora es un polvorín. Cualquier día estalla y acaban a hostias.

- ¿Y qué decir de la inestabilidad institucional? Eso también está a punto de estallar y entonces veremos lo que vale un peine.

- Por tanto, hay que olvidarse de la Champions y centrarse en liga para evitar el descenso. 

Todo esto lo he leído yo personalmente a lo largo de las últimas semanas. Y, sinceramente, con esto no puedo. No pienso luchar contra este tipo de comentarios. Sé que en las redes sociales hay gente tratando de imponer algo de cordura y de evitar que a tantos y tantos se les vaya la cabeza hacia ideas descabelladas. Yo no sé si aquí hay intereses personales, si hay gente a la que le conviene que al equipo le vaya mal y saltan a la mínima, si el ego no lo tienen Konoplyanka o Immobile sino otros que prefieren tener razón antes que cualquier otra cosa, o si la forma que tienen de desahogarse de todas las mierdas de la vida real es no dejar títere con cabeza, aunque luego se peguen golpes en el pecho cuando los mismos a los que ahora vilipendian, luego levantan trofeos. 

No lo sé, de verdad, pero yo paso. Me vuelvo a mi cueva, que necesita de toda mi atención. No voy a dedicar ni un minuto a discutir sandeces con enterados de chichinabo. Esto es fútbol, toda una pasión. Todo un sentimiento. Una afición que va más allá, pero nada de vital importancia. Vale debatir, vale discutir, vale intercambiar opiniones. No solo vale, es que es apasionante hacerlo. Pero tirar por tierra la valía de todos los estamentos de una institución que viene de ganar dos títulos europeos consecutivos por hacer seis partidos malos es de necios. Y yo tengo muchísimas cosas más importantes que hacer que leer y discutir con necios. 

Y no, no voy a dejar de lado al Sevilla. Lo que voy a dejar de lado es al ruido. Porque hay mucho ruido. Demasiado. 

jueves, 9 de julio de 2015

El pasito adelante.

La autoestima es una bonita virtud que, bien llevada, hace que las personas que la tienen sean más felices, que lleguen más lejos y que consigan más cosas, en tanto en cuanto, gracias a ella, se ven con capacidad para intentarlo. Bien llevada, insisto, porque de lo contrario puede ser una vía muy rápida para frustraciones y decepciones, aparte de para hacer el ridículo intentando o diciendo lo que es evidente que no está a tu alcance. Por eso ya intuía yo que no podía ser.

Respecto a Beto, hay muy poco que añadir después de lo expresado en su día en este post del gran @alvayanes. Ahí lo dice todo perfectamente. Ahí está definido de manera excelente lo que es el portero (actual) del Sevilla. Pero permítanme que añada algo hoy, aun a riesgo de ser redundante o recalcitrante. Porque, después de leer anoche lo que dijo (pero no dijo) este señor en la TV portuguesa, es que, simple y llanamente, no me aguanto. Aunque ya sé que es cierto lo que imaginaba: que no podía ser.

Beto dijo (pero no dijo) esto. Beto dijo (pero no dijo) algo así como que no descarta dar pasos adelante en su carrera porque eso es lo que busca todo futbolista, citando expresamente al Real Madrid. Beto. Un tío sobre el que la inmensa mayoría del sevillismo coincide en que es el lunar de una excelente plantilla. El que tira para abajo de la media. El que desentona, el que no llega al nivel del resto. El que es capaz de hacer una espectacular palomita para detener una pelota que va claramente fuera y, luego, se complica la vida de manera absurda con balones bombeaditos hasta el punto de regalar el gol al contrario.

Un tío que es, probablemente, el peor portero que he visto jugar en el Sevilla desde que lo hacía uno que ahora es el mejor director deportivo del mundo (porque Eboue no llegó a debutar, si no me equivoco). Por eso, parecía evidente que no podía ser. 

Yo no soy adivino ni estoy en la mente de nadie que no sea yo mismo. Por tanto, no sé si esas palabras son (pero no son) una vacilada, como lo son también (estas sí) esas estiradas a menudo tan ridículas e inútiles que hace a lo largo de los partidos, o si realmente este señor tiene la autoestima tan alta como para creerse capaz de sustituir a Casillas, De Gea o Keylor Navas en el Real Madrid. Eso sí, no olvidemos que hablamos del club que pagó 4 millones por Diego López (otro que tal baila), pero aun así, me parece brutal la rajada del guardameta. Porque, como decía al principio, la autoestima es una virtud preciosa que mal llevada te puede dirigir directo a un no menos precioso ridículo. O no, quién sabe, según el caso. De hecho, parece que no. Que no dijo que lo que dijo.

Sea como sea, autoestimas por las nubes de algodón de azúcar y donde dije digo, digo diego aparte, me figuro que lo que pasa por la cabeza de Beto es algo diferente. Supongo que es consciente de que un muchacho casi imberbe le ha quitado el puesto a base de actuaciones decentes (tampoco es necesario mucho más para ello). Un muchacho que viene de la casa y que ya ha sido llamado hasta por la selección española. Un muchacho que, o la cosa se tuerce mucho, o viene una oferta millonaria de un súper grande, o es el futuro de la portería sevillista. Porque si de casi imberbe ya hace actuaciones decentes en partidos del nivel de una final europea y es llamado por la selección, a nada que crezca, mejore y desarrolle sus virtudes, a ese no le quita el puesto la autoestima de Beto en la vida.

Y Beto lo sabe. Y su autoestima, también. De hecho, su autoestima le acaba de decir que es hora de dar un pasito adelante y se le han escapado esas dos palabras: Real Madrid. Aunque él, según parece, no lo quiso decir tal cual. Se le malinterpretó.

Ironías y sarcasmos aparte, a mí me parecería natural que Beto se moviera. Vale que lo ha hecho como lo hace en el campo. Si en vez de detener un balón con naturalidad, lo hace con un absurdo escorzo, ahora, en vez de moverse con normalidad y discreción, lo hace de este modo: diciendo cosas que no tienen mucho sentido, hasta el punto de ser malinterpretado. Pero sería natural que se moviera. Con la edad que tiene, aun le debe quedar mecha para rato..., si sigue jugando con regularidad. Y eso en el Sevilla de hoy parece complicado. Por otro lado, él sabe que difícilmente volverá a tener una cotización tan alta como la que tiene ahora mismo. Doblemente campeón de la Europa League e internacional con Portugal, son conceptos interesantes a la hora de desarrollar un currículum y de presentar méritos. Si Beto tiene una oportunidad de encontrar un buen acomodo en el mundo del fútbol actual (y el Sevilla tiene pinta de no serlo tanto porque ha perdido la titularidad), esa oportunidad es ahora. AHORA. Y como es evidente que no es tonto, pues no me extrañaría que se estuviera moviendo. No me extrañaría nada en absoluto. De hecho, no me sorprenden las declaraciones. Me sorprende lo que ha dicho, lo que se le ha malinterpretado. pero no que dé a entender que no vería con malos ojos un cambio.

A partir de ahí, yo no digo nada. A mí Beto no me gusta un pelo, pero eso es cosa mía y si los técnicos apuestan por él, yo me callo y sufro en silencio. Ahora bien, si me parece normal que Navas, Rakitic o Bacca, cada uno en su momento, quisieran dar un paso adelante en sus carreras, ya sea en lo deportivo, en lo económico o ambas cosas, ¿cómo no voy a entender que Beto lo quiera hacer también?

Adelante, Beto. Adelante. Que nadie te impida volar alto. Aunque no parece que lo vaya a hacer. No podía ser, era demasiado bonito.


martes, 30 de junio de 2015

Stop dramitas

En la vida, así hablando en modo general, una de las premisas fundamentales para triunfar es conocerse a sí mismo. Saber qué es cada uno, con qué virtudes se cuentan y de qué defectos se adolecen para sacar el máximo partido a las primeras y minimizar en lo posible los segundos. Esto parece una perogrullada, pero no lo es. En absoluto. De hecho, en el mundo empresarial, es uno de los grandes caballos de batalla a la hora de gestionar una compañía. Equivocarse en el planteamiento de estas variables puede ser mortal de necesidad. Y acertar, la clave del éxito en muchos casos. 

Que se lo digan al Sevilla FC.

El éxito del Sevilla FC en la última década se achaca a muchos factores; y, probablemente, uno de los más importantes (para mí el que más) es que la dirigencia ha dado en el clavo a la hora de plantearse qué somos y actuar en consecuencia. Y eso que hace unos años, tres, cuatro, cinco, se cometió el error de jugar a lo que no somos, gastando demasiado en fichajes de medio pelo y subiendo la masa salarial hasta límites insostenibles. Con esto acabo de dar una pista definitiva acerca de lo que me estoy refiriendo. Aquel error nos llevó al fracaso, a quedar novenos durante dos años consecutivos, a estar al borde de la quiebra financiera (hasta el punto de no poder pagar a los jugadores) y a tener que vender a nuestros mejores futbolistas, no para renovar y mejorar el plantel, sino para poder subsistir. Otra cosa es que el sensacional trabajo de la dirección deportiva y del entrenador nos volviera a colocar en unos niveles que creíamos cosa del pasado, pero, en principio, se hablaba de un proyecto de tres años. De regresar a nuestros orígenes (a los de allá por los primeros años del siglo). De volver a empezar. 

Volver a empezar.

Lo de volver a empezar es un reconocimiento implícito de que, aun sabiendo lo que somos, la dirigencia no actuó en consecuencia y fracasó. Ahora sí se actúa en función de lo que somos. Ahora sí. ¿Y qué somos? Pues, a grandes rasgos, es sencillo. Basta con responder a una pregunta: ¿por qué el Sevilla es un ejemplo para tantos y tantos clubes en España y en Europa? ¿Por qué se nos admira? ¿Cuál es el motivo por el que otros quieren seguir nuestros pasos, nuestro ejemplo? ¿Por los títulos? No exactamente. Más bien, por conseguir títulos con unos presupuestos muy inferiores a los de la mayoría de los rivales contra los que nos enfrentamos. Por comprar barato a jugadores que luego rinden de tal modo, que se acaban vendiendo caros, logrando equilibrar la diferencia negativa con los presupuestos de otros gracias a esas plusvalías. 

¿Qué somos? Pues somos un club vendedor. Y punto. Somos un club que gestiona a los jugadores como muy pocos en el mundo. Quizás ninguno. Eso es lo que somos. Vendemos bien, muy bien, por millonadas, pero vendemos. Los otros clubes lo saben. Saben que tienen que poner mucho dinero encima de la mesa, pero si lo hacen, vendemos. Ojo, y los jugadores también lo saben. Y Monchi juega con eso a la hora de convencerlos. ¿Por qué consigue que vengan futbolistas aun rechazando otra ofertas más suculentas en lo económico? Pues porque les come la oreja para que se decidan por un proyecto deportivo antes que por ganar un poco (o un mucho) más de dinero. Por ahora. Es como si un señor de campo compite con un refinado caballero por una bella dama y se dirige a ella diciéndole "él será más guapo, pero yo tengo vacas". Los futbolistas saben que si rinden en condiciones aquí, podrán dar, en el medio plazo, un salto mucho mayor que el que se les ofrece en la actualidad. Porque saben que el Sevilla vende. Y lo que parece algo negativo (lo de club vendedor suena peyorativo), no lo es. En absoluto. Todo lo contrario. Es algo positivo. Muy positivo. De hecho, es nuestra alma-mater. Es uno de los grandes motivos de nuestro éxito. 

Evidentemente, esto tiene que ir ligado a la excelencia en el funcionamiento de otras áreas en el club. La dirección deportiva tiene que fichar bien y barato para poder obtener plusvalías en el futuro y que el chiringuito no se caiga. Los técnicos han de ser capaces de sacar partido a los futbolistas que vienen, de hacerles evolucionar, de sacarles todo su jugo o, en su caso (Reyes o Banega p.ej) de motivarles para que den el nivel que son capaces. En el plano económico, hay que evitar dispendios (especialmente en la masa salarial, que es lo que te hunde la economía si no está bien gestionada). En el campo del marketing, hay que vender la marca "Sevilla FC" de tal manera que el club sea atractivo a pesar de no tener el poderío económico de otros en otros lugares. 

Y todas esas áreas están funcionando a un nivel altísimo en el Sevilla de los últimos años.

En definitiva, los dirigentes parecen tener claro lo que somos. Un club "pobre" que juega, compite y gana a clubs "ricos". Y que para que eso siga siendo así, debemos mantener la misma política. 

Por eso titulo este artículo de esa forma: stop dramitas. El Sevilla FC es, actualmente, una maquinaria que funciona perfectamente y que es capaz de asumir la pérdida de, por ejemplo, un jugador como Carlos Bacca sin ningún tipo de problemas, como lo hizo en su día con Negredo, con Navas o con Rakitic. Y es capaz porque se dedica exactamente a eso. Porque es lo que somos hoy día. Porque es lo que nos ha dado el éxito.

Por mucho que la baja del colombiano sea sensible, no venderle en estas condiciones sería un acto de irresponsabilidad mayúsculo para lo que somos. En función de lo que somos. Sería fallarnos. Otra vez. Fallar a lo que nos ha dado el éxito. No vender por 30 millones a un tío de 29 años es inasumible para el Sevilla FC. Por supuesto, la directiva ha de mantenerse fuerte, 30 millones o nada, pero ese es otro tema. Que sí, que nosotros vendemos, pero vendemos bien, vendemos caro. Eso es lo que somos y a eso no le podemos fallar. 

Y esos 30 millones no se pueden reutilizar en fichar a un sustituto. No, no se pueden. El sustituto tiene que ser mucho más barato, porque a ese sustituto hay que venderle dentro de unos años por mucho más dinero para obtener una plusvalía, y que esa plusvalía compense nuestro déficit presupuestario respecto a los equipos contra los que competimos. Porque nosotros no competimos con los de nuestro nivel. Competimos con clubes de más nivel que nosotros, y este año en Champions, mucho más. Y eso hay que hacerlo así porque si no lo hacemos así, fracasaremos.

Por tanto, lo que digo, stop dramitas. No pasa nada. Absolutamente nada. De hecho, que se vaya Bacca es hasta bueno (siempre que encontremos un buen sustituto, pero el historial de Monchi hace que podamos confiar) Que se vaya Bacca por 30 millones es darnos fuerza, darnos alas, es reafirmarnos en lo que somos, es ser más nosotros. Es dar otro paso hacia el éxito. Igual alguno piensa que estoy diciendo una barbaridad, pero no. No es así. Nuestros pasos hacia los éxitos siempre vinieron a través de las millonarias ventas de nuestros mejores futbolistas. Las de Reyes, Baptista y Ramos precedieron a los éxitos de 2006 y 2007. Las de Navas, Negredo, Rakitic y compañía precedieron a los de 2014 y 2015. Y solo cuando nos empeñamos en no vender y dejar que los mejores futbolistas se hicieran veteranos hasta no poder traspasarlos por grandes cantidades dejamos de obtener éxitos. Piénsenlo. Es curioso y suena hasta contradictorio, pero es así.

Es lo que somos. Es la clave de nuestro éxito. 

miércoles, 3 de junio de 2015

La margarita de Unai y mi espinita de 2007

En el año 2007, yo me quedé con una espinita clavada. Es algo que no tiene solución, una duda que jamás tendrá respuesta. Algo que me da mucha rabia. Les cuento: a mí me hubiera encantado ver a aquel equipo mágico que lo ganó todo (salvo lo que no le dejaron) compitiendo en la Champions League. Estoy convencido de que hubiésemos hecho algo grande. Muy grande. Me acuerdo de lo que hicieron en su momento el mejor Valencia y el mejor Atlético de Madrid y me veo ahí. Aquel equipo de Juande hubiese estado ahí. Aquel equipo de Juande era prácticamente invencible, y basta con preguntarle a aquel Barça de Rijkaard que aspiraba, según ellos, a siete títulos y que a las primeras de cambio redujeron sus expectativas a seis porque el Sevilla les burreó en la Supercopa de Europa. 

Pero no lo pudimos ver. El Sevilla jugó la Liga de Campeones, eso por supuesto. Y lo hizo (objetivamente) bien. Muy bien, incluso, para tratarse de un debutante. Pero aquel no era el Sevilla que yo quería ver. Que todos queríamos ver. Aquel era otro. No ya por la muerte de nuestro querido Antonio, sino, sobre todo, por la marcha del entrenador. De hecho, a pesar de los brillantes números de la era Jiménez, la mayor parte del Sevillismo se quedó con la amarga idea de que habíamos desaprovechado una oportunidad histórica. Estuvo bien, sí, pero podría haber sido mejor. Mucho mejor. Históricamente mejor. Una oportunidad que se desvaneció por diferentes motivos y que todos sabíamos que difícilmente se volvería a repetir. 

Pero qué caprichoso es el destino, eh, que resulta que ocho años más tarde nos encontramos en una situación semejante. No igual, pero sí semejante. Nos encontramos ante una nueva oportunidad. Nos encontramos ante la posibilidad de resarcirnos de aquello que pasó en 2007. No de quitarnos esa espinita, pero sí de disfrutar de algo que en su momento se nos negó. Al menos aparentemente. 

Sin embargo, nada de esto es seguro. Otra vez, de una forma un tanto diferente, pero otra vez vemos peligrar esa oportunidad. Porque para que esa oportunidad se materialice, necesitamos que el entrenador y la mayor parte de la plantilla continúen. Y eso, a estas horas, está en el aire. Sobre todo en lo que se refiere al técnico. 

Pase lo que pase, el Sevilla va a jugar la Liga de Campeones. Y no me cabe duda de que el club va a dedicar todos sus esfuerzos y conocimientos a armar una escuadra potente que permita aspirar a hacer un papel digno de nuestra grandeza. Eso es así y no me cabe duda, ya digo. Pero lo que yo quiero es ver competir en Champions a este equipo que ha ganado la Europa League y que ha batido el récord histórico de puntos y de victorias de la entidad en una temporada. A este equipo, con la gran mayoría de sus jugadores y, por supuesto, con su entrenador. Porque sin su entrenador, este equipo sería otro equipo. No sé si mejor o peor, pero otro equipo. Incluso, en el caso actual, esto que digo se produce hasta con mayor intensidad. Al menos en mi opinión. Quiero decir que este equipo es mucho más de Emery que el de 2007 de Juande. El de 2007 venía de una progresión al alza desde la época de Caparrós y Juande le dio continuidad. El actual fue cogido por Emery completamente hundido y fue él quien, poco a poco, lo fue moldeando; aparte de las dos profundas renovaciones de plantilla de las que hemos sido testigos en los dos últimos años. 

Y lo que quiero decir es que me encantaría ver compitiendo en la Liga de Campeones, no ya al Sevilla en sí, que por supuesto, sino, en concreto, al Sevilla de Emery, A este Sevilla que ha batido todos los récords. Porque me da a mí que está capacitado para hacer algo importante. 

Pero, claro, las cosas no son tan fáciles. Para un club como el Sevilla, no lo son. Y ahora empieza la época del año en la que los sevillistas somos conscientes de que somos grandes, pero en ciertos aspectos no tanto. En concreto, en el aspecto económico. Tenemos una dirección deportiva tan famosa en toda Europa, que cualquier día vamos a tener que reservar una parte de la grada exclusivamente para ojeadores de otros equipos. O casi mejor, no dejarles pasar y que tengan que ver los partidos por la tele. Es tremendo: tenemos a una infinidad de equipos con mucho mayor potencial económico que el nuestro atentos a las evoluciones de nuestros jugadores semana tras semana. Y cuando llega el verano, se tiran a muerte a por ellos. Es posible que este año podamos retener a buena parte de la plantilla, gracias a la lluvia de millones que supone el participar en la mayor competición continental. Pero lo más grave se está produciendo en el caso del entrenador. Porque quitarnos al entrenador significaría tener que empezar otra vez de nuevo. Aun con la misma plantilla, ya no sería el mismo equipo. 

Y aquí estamos, a día de hoy, esperando que Emery deshoje la margarita. Que, por cierto, es en él, en la figura del entrenador, donde estamos viendo la mayor diferencia entre aquel Sevilla de 2007 y el actual. Sé que hay sevillistas molestos con la actitud de Unai, pero a mí, francamente, me está pareciendo excelente. El año pasado prometió (de palabra) la continuidad, y continuó a pesar del ofertón del Milán. Y este año, por más que le han preguntado, no ha prometido nada. Y no porque no quiera seguir, sino porque quiere escuchar ofertas. Así se lo ha dicho al presidente y así lo está haciendo. Que escuchar ofertas no es fichar por otros. Es escuchar ofertas. Es conocer su caché. Es saber en qué nivel se está moviendo. Es mirar por él y su familia, lo más normal del mundo. 

Vamos a ver, yo es que lo veo bastante claro. Que Emery sea feliz en Sevilla, esté orgulloso de lo hecho y le haga ilusión jugar la Champìons con el equipo que él ha creado y modelado no quiere decir que sea gilipollas. Creo que me he expresado con claridad. Es más, que él esté dispuesto a continuar aquí, incluso a renovar su contrato por más años, no significa que finalmente lo vaya a hacer, precisamente por lo que acabo de decir: porque no es gilipollas. Eso sí, en mi opinión, se está comportando como un caballero no prometiendo, primero; comunicando al club que va a escuchar ofertas, después; y, por último, concertando una reunión con el Sevilla, una vez escuchadas, para darle al club la oportunidad de ejercer algo así como un "derecho de tanteo". Y todo durante la primera semana de Junio. Con tiempo para planificar la temporada próxima, sea cual sea la decisión final. Basta recordar que Juande se fue por la puerta de atrás, en la jornada 9 y con Antonio recién fallecido. Que cada uno es libre de hacer lo que quiera, dentro de la ley, pero la diferencia entre un caballero y una rata es evidente.

A mí que un entrenador, un jugador o media plantilla se vayan me afecta durante un día. Puede que dos. Incluso tres o cuatro, según. No va a pasar nada porque nunca ha pasado nada. Y muy pocos jugadores o entrenadores que se han ido de aquí tratando de prosperar lo han hecho efectivamente, mientras que el Sevilla ha seguido ganando títulos y aquí paz y después gloria. Pero este año, precisamente este año, a mí me encantaría que se pudiera dar continuidad al proyecto. Porque me da buen rollo. Por no tener una segunda espinita clavada. Porque me da la impresión de que a este Sevilla le queda por crecer. A este Sevilla. 

jueves, 28 de mayo de 2015

Y esto del fútbol, ¿para qué sirve?

A principios de 1986, yo acababa de cumplir los 11 años. En esa época, las personas con esa edad éramos aún unos niños. Nada que ver con la actualidad. Los niños de hoy, por muchos y diferentes motivos, maduran antes. Las nuevas tecnologías, los métodos de educación, las exigencias de la sociedad, el acceso a la información, el bombardeo publicitario, la enorme variedad de oferta de diferentes productos, desde juguetes a programas y canales televisivos. Las personas con once años de hoy tienen unos conocimientos y unas capacidades que yo ni soñaba. Los de mi generación me entenderán perfectamente. Y los que sean mayores, pues mucho más. 

Como digo, a principios de 1986, yo acababa de cumplir los once años. Era un niño. Un niño que pasaba todos los domingos en casa de sus abuelos, de los padres de su padre. Bueno, para ser exactos, en la casa de la hermana de su padre, porque desde que mi abuelo sufrió una trombosis que le paralizó medio cuerpo, él y su mujer vivían allí, con su hija, cuya ayuda se les volvió indispensable. Y me estoy acordando de un domingo en concreto, uno cualquiera, en el que, por la tarde, a las cinco, el Sevilla jugaba un partido de liga contra el Sporting de Gijón. Por cierto, igual que pasa con la madurez de los niños, el fútbol en 1986 era completamente distinto al actual. Todos los partidos se jugaban los domingos a las cinco, salvo uno que se televisaba el sábado a última hora de la tarde y los que el Rayo jugaba en casa, que eran los domingos a las doce de la mañana. Claro que, por entonces, el Rayo deambulaba por Segunda o Segunda B, no recuerdo exactamente, así que el dato carece de interés. En fin, que me enrollo. Sigo con mi historia.

Se trataba de un partido cualquiera en el que el Sevilla apenas se jugaba nada. Porque el Sevilla de 1986 nunca se jugaba nada. Nada importante, quiero decir. Nada comparado con lo que tenemos hoy día. Como mucho, llegar al tramo final de la liga con opciones de alcanzar la quinta plaza que daba derecho a disputa la Copa de la UEFA, logro que muy pocas veces alcanzábamos y que, cuando lo hacíamos, lo celebrábamos como un título en la Puerta de Jerez. A mi abuelo, sin embargo, aquello le importaba bien poco. A él le daba igual a lo que jugase el Sevilla, que lo seguía igual, lo quería igual y se ponía igual de nervioso cuando llegaba la hora de los partidos. Y aquel partido era importante porque al Sporting de 1986 le pasaba como a la madurez de los niños y al fútbol en general: que no tenía nada que ver con el Sporting actual. Era un verdadero equipazo que contaba con figuras como Ablanedo, Mino, Jiménez, Cundi, Joaquín, Mesa o Eloy Olalla. Este último jugaría ese verano el Mundial de Mexico con la selección y fallaría el penalty que nos eliminaría, como siempre, en cuartos de final contra Bélgica. Pero, bueno, que esto no tiene nada que ver con lo que me vengo a referir. 

Aquella tarde, como siempre, me senté junto a mi abuelo para escuchar el partido por la radio. Dentro de lo que cabe, era un partido importante ante un rival directo por las plazas europeas. Y las cosas no nos iban bien porque ellos se adelantaron en el marcador. Mi abuelo y yo no hablábamos. Solo escuchábamos y hacíamos gestos. En especial él, hasta el punto que temía que, en cualquier momento, le diera otro chungo que le rematara del todo, al pobre. Pero el Sevilla siempre fue el equipo de la casta y del coraje. Y aquel en especial, con Manolo Cardo en el banquillo y una pléyade de canteranos en las alineaciones. Y a base de casta consiguieron empatar. Era un gol cualquiera en un partido cualquiera, pero mi abuelo lo vivió como si valiera una liga. Tanto que, a pesar de su inmovilidad, siguió la jugada a la vez que la escuchaba en la radio y cuando el jugador sevillista dio el pase de la muerte, él remató como si fuese el delantero y le pegó tal patada a la mesa que la desplazó medio metro. Su hija, mi tía, la hermana de mi padre, se asustó al escuchar el ruido y acudió rápidamente a la salita donde nos encontramos. "¿Qué ha pasado?", preguntó. "Que ha marcado el Sevilla", contestó mi abuelo en un mar de lágrimas.

Esta anécdota ya la he mencionado en otras ocasiones, pero la vuelvo a traer porque me impactó tanto que jamás la olvidaré. ¿Qué puede llevar a una persona a llorar a lágrima viva porque un equipo de fútbol marque un gol que apenas vale para empatar en un partido en el que no te juegas nada trascendental? El niño que la vivió no entendía nada. Ahora, con los años, creo comprender un poco. Mi abuelo sabía que iba a morir pronto. De hecho, el año 1986 no lo vio terminar. Se nos marchó al Tercer Anillo en diciembre. Y supongo que en esos días que él sabía que eran los últimos de su vida, cuando estaba postrado y solo podía pensar y rezar, pues se dedicaría a pensar en cosas agradables. En centrarse en sus mejores recuerdos. Él fue futbolista aficionado. Él vio al otro Sevilla campeón. Fue testigo de la Liga que ganamos, de las tres Copas de España, de nuestra mejor época hasta entonces. Estoy convencido de que el fútbol era una de las cosas en las que más centraba sus pensamientos para tener la mente ocupada con cosas agradables y prepararse mejor para lo que sabía que estaba a punto de llegarle. Y ya está. Y como eso debía ser así, pues todo lo referente al Sevilla le emocionaba. Un simple gol le provocaba un raudal de lágrimas. Se estaba muriendo, joder, y era eso lo que le alegraba lo poco que le quedaba de vida. ¿Cómo iba un niño de 11 años a entenderlo? Como tampoco entendía que esas lágrimas de mi abuelo eran un veneno para mí. Este puto veneno sevillista que hace que ahora las lágrimas se me escapen a mí cuando veo a mi equipo triunfar y me acuerdo de él. Imaginen, si lloraba por un gol en un partido cualquiera ante un rival cualquiera, ¿qué no hubiera hecho si ve lo que estamos viendo en estos últimos años? Supongo que en vez de pegarle una patada a la mesa, la tira por la ventana. Con su inmovilidad y todo. 

Yo siempre envidié a mi abuelo porque él vio al Sevilla ser campeón. Varias veces. Pero ya no le envidio. Ya, no. Ahora lo que me pasa es que le echo de menos. Lo echo tanto de menos que me lo traigo conmigo en mi imaginación. Anoche, de hecho, estuvo conmigo, sentado a mi lado en el sofá. Vimos juntos la final de la Europa League. A mí me gusta ver los partidos así, solo, pero en su compañía. Me emociona ver a ese sevillismo que revienta los estadios y crea ese ambiente mágico que da alas al equipo, pero yo soy de otra manera. Cada cual es como es, supongo. Yo escuchaba los partidos con mi abuelo, en silencio, solo gesticulando. Y ahora sigo haciéndolo así. O casi, porque me ha salido un acompañante que acaba de cumplir seis años. Mi hijo. Y aunque es incapaz de aguantar un partido completo todavía y da un coñazo tremendo porque se le va la cabeza y se pone a jugar o a entretenerse con cualquier cosa, ya se sabe los mejores jugadores del Sevilla, el número total de títulos que llevamos, el himno, los cánticos, y no le cabe en la cabeza que pueda haber un equipo mejor que el nuestro. No le cabe en la cabeza, hasta el punto que le tengo que explicar que todos los equipos pierden de vez en cuando, y el Sevilla también. Pobrecillo. Bueno, qué coño pobrecillo, qué afortunado. Ya lo tiene dentro. El veneno, digo. Ya está enganchado. Qué cosa más grande, hay que ver cómo somos. Eso es el sevillismo. No tiene nada que ver con el fútbol en sí como deporte. 

Anoche, cuando mi mujer y mi hijo se fueron a la cama, yo me quedé un largo rato solo. Cualquiera me dormía a mí después de ver lo visto. En esto sí que me entienden todos ustedes, ¿verdad? Y me acordaba de mi abuelo y no podía pensar en otra cosa. ¿Qué quieren que les diga? Es que mi sevillismo es eso. Consiste en eso. Y se me escapaban las lágrimas porque es muy grande lo que estamos haciendo y me gustaría que él lo viera. Ya, ya sé lo que se dice: que lo estará viendo desde el Tercer Anillo y que estarán allí todos revolucionados, igual que lo estamos los que nos encontramos aquí abajo. Pero no es igual. Y sé que si al final de mis días me pasa como le pasó a mi abuelo, que tendré tiempo para pensar y solo pensar mientras espero que llegue lo inevitable, serán días como el de ayer lo que se me vendrá a la mente. Días como el de ayer que fueron motivados por días como aquel de 1986. Días como el de ayer, como el de Turín, como el de Mónaco, como el de Glasgow o como el de Eindhoven. 

Esta mañana me levanté y me vine al trabajo. Todo sigue igual, mis problemas siguen ahí, mis dificultades son las mismas y las cosas no están ni mejor ni peor que ayer. Pero hoy, por todas estas cosas que nos están pasando, hoy soy feliz. Ni más ni menos. Como lo era mi abuelo pensando en sus cosas de sevillista mientras veía venir de frente a la muerte. Feliz, ya está. No arreglamos nada con el fútbol, pero tampoco lo empeoramos. Sin embargo, el ánimo con el que afrontamos las cosas es diferente. Y para eso sirve. Para eso sirve el fútbol. 

viernes, 8 de mayo de 2015

This is Sevilla

Y después de décadas de mediocridad, de travesía por el desierto, de decepciones, de impotencia, de rabia... en el minuto cien del partido de vuelta de la semifinal de la UEFA que se disputaba durante el año cien de existencia oficial del club, un jugador de la casa, que llevaba desde niño peleando por cumplir el más grande de sus sueños, con un majestuoso zapatazo, consiguió que el balón describiera una parábola perfecta, que atravesase el área por donde apenas había huecos que atravesar y que se colase en la portería, junto a la cepa del poste, imposible para el portero rival. Fue un gol de ensueño en una noche de ensueño, en plena Feria, con Sevilla engalanada para su fiesta mayor. Fue un 27 de abril. El jugador llevaba el número 27 a la espalda. El jugador se llamaba Puerta y fue, con su gol, quien abrió la puerta de la gloria para el Sevilla FC. A partir de ahí, el equipo cambió como un calcetín al que se le da la vuelta. A partir de ahí, lo que era mediocridad, travesía por el desierto, decepción e impotencia se convirtió en grandeza, caminos de gloria, alegría y orgullo. Pero aquello no fue gratis. El jugador, cual gladiador dispuesto a dar la vida por su causa, tuvo que hincar la rodilla. Y lo hizo en el campo. Ganando. Goleando. Y como dice el himno, "sevillista hasta la muerte", hasta la muerte lo fue Antonio Puerta. Hasta la muerte que conoció en el campo. En su campo. En el Ramón Sánchez-Pizjuán. Él abrió la Puerta, con el 27 a la espalda, un 27 de Abril, en plena Feria, con Sevilla engalanada, en el minuto 100 de un partido del año 100 de vida de su equipo. Un equipo que continuó con su camino de gloria y que guardó la memoria de aquel jugador como un mito. Porque fue él quien lo cambió todo.

Cualquier cronista del Medievo que se preciase montaría una espectacular leyenda histórica con la mitad de argumentos que acabo de enumerar en el largo y pesado párrafo inicial. 

Cualquier nieto resoplaría de aburrimiento esperando a que su abuelo acabase de contar una batallita de la que se cree la mitad de la mitad, porque las batallitas de abuelo son así. Pequeña parte de verdad y gran parte de paja magnificada. 

A quienes nos gusta la Historia, cuando la leemos, a menudo nos cuesta distinguir qué parte es verdad y qué parte es leyenda. Qué ocurrió en realidad y qué es, simple y llanamente, palabrería con la que engrandecer un hecho que, al fin y a la postre, igual no fue para tanto. La gran victoria de Don Pelayo en Covadonga no fue más que una escaramuza a base de pedradas por parte de unos desharrapados. Se dice que el Cid Campeador ganó su última batalla una vez muerto, lo cual es muy romántico y grandioso, pero habría que haber estado allí para comprobar qué pasó en realidad. Miguel de Cervantes lo describió mejor que nadie con su Quijote. El modo en que un señor llamado Alonso perdió la cabeza por tomarse como verdad absoluta las exageraciones relatadas en los libros de caballería. 

Lo que he descrito en el primer párrafo huele a leyenda exagerada que echa para atrás. Pero todos sabemos que no es leyenda. Todos hemos vivido el hecho que se narra y todos sabemos que no hay ninguna exageración en el relato. Ninguna. Que fue tal que así. Y esto que parece una tontería, no lo es. En absoluto. Esto es parte de la grandeza de un equipo. Porque un equipo se engrandece con los éxitos que consigue y con los recuerdos de los éxitos que consigue. Y hay miles de ejemplos que se pueden poner. El Nápoles, quien probablemente sea el rival que nos toque en la final, si llegamos, que también es muy probable, no es un equipo grande por su éxitos. Pero todos recordamos que fue allí donde jugó el mejor Maradona. Y eso lo hace especial. Sí, tiene un buen equipo y un enorme entrenador. No está haciendo la temporada que se esperaba, pero sí bastante buena. Y puede ganar el título. Por supuesto que puede. Pero la grandeza del Nápoles viene porque fue donde jugó el mejor Maradona. 

Los equipos grandes, y los que ya no lo son tanto porque han venido a menos, imponen sus respetos gracias a lo que hacen en el presente y a lo que hicieron en el pasado. El Villarreal no tiene esa grandeza porque nunca hizo nada, pero hoy es más equipo que, por ejemplo, el Athletic de Bilbao. Sin embargo, el Athletic infunde más respeto. San Mamés es La Catedral del fútbol (o fue). La Historia pesa mucho. Demasiado.

Y el Sevilla está empezando ahora a coger ese peso en Europa. Durante esta última década. Porque un equipo puede tener una plantilla sensacional, pero el peso es otra cosa. El peso se gana con el tiempo, con el paso de los años. Ganando, perdiendo, luchando, jugando partidos épicos, goleando inmisericordemente, cayendo con la cabeza alta y pasando eliminatorias con goles en el último minuto. De cabeza. Del portero. 

Todos sabemos lo que leen los futbolistas justo antes de saltar al campo del Liverpool.


This is Anfield. Da igual que el Liverpool esté mejor o peor. Que se encuentre en un momento alto o bajo. Que sea el vigente campeón de la Champions o que haga años que no gana nada. This is Anfield. Y punto. Y, o eres un jugador con aplomo y carácter, o te tiemblan las piernas. Igual, ese cartelito en el túnel es medio gol para el Liverpool antes de que empiece el partido. No te asegura la victoria, ni mucho menos, pero es medio gol. Luego ya suena el "You'll never walk alone" y tenemos tres cuartos de gol.

¿Y por qué "This is Anfield"? ¿Qué tiene de importancia ese lugar? La historia. Las anécdotas, los partidos, las victorias, las derrotas, la épica, los jugadores que pasaron por allí, la infinidad de cosas importantes que ocurrieron en ese lugar. Aquí pasó..., aquí jugó..., ese cartelito lo tocó...

Pues bien, nosotros estamos creando una especie de "This is Sevilla". No llega a lo del Liverpool, ni mucho menos, pero ya no es lo de hace diez años, o lo de cuando Puerta marcó su gol. La de Puerta es la primera leyenda europea que es estrictamente verdad, por mucho que suene a paja magnificada. Y más cosas. Pasaron más cosas, muchas más, y el paso de los años las va engrandeciendo. 

Ahí Kanouté realizó un salto majestuoso y modificó la curvatura espacio-temporal mientras se acomodaba el balón en el pecho. Más allá, Luis Fabiano hizo un recorte descomunal y el defensa aún se está preguntando por dónde hizo que pasara el balón. Aquí, en el círculo central, aún se siente la presencia de Renato. Está bailando con el balón en los pies. Esa, esa de ahí, es la portería en la que solía comenzar los partidos Palop. ¿Recuerdas? Andrés Palop, quien volvió a meter a su equipo en una eliminatoria con un gol de cabeza en el último minuto. Sí, era portero. De hecho, en la final de aquel año fue el gran héroe, parando penalties. Y ahí, junto a la portería..., ahí hincó la rodilla Antonio Puerta. Ahí fue..., perdona, voy a callarme unos segundos que se me quiebra la voz. 

Y añadan ustedes las anécdotas que quieran, a cada uno se le ocurrirán una infinidad. Y los partidos en la cumbre. Y los goles históricos. Y los nombres, y las hazañas de cada uno de los nombres. Añadan, añadan, que todo lo que digan engrandecerá el "This is Sevilla" del que hablaba antes. Que no llega al "This is Anfield", pero el camino que estamos recorriendo es justamente ese. 

Tenemos hasta un himno que muchos comparan con el "You'll never walk alone" por su emotividad. Todo eso junto hace que a los rivales con poco carácter les tiemblen las piernas cuando saltan al césped y oyen rugir el estadio. Eso permite que nuestros jugadores sientan una fuerza extra que les hace mejores. Eso nos da medio gol antes de empezar los partidos. O tres cuartos, quién sabe. Y eso, sin llegar aún a los niveles de los más grandes equipos europeos, es lo que estamos creando aquí, en Sevilla. 

Somos el campeón. Somos respetados. Somos odiados (que es igual que decir que somos temidos y envidados). Yo creo que ni siquiera nosotros mismos somos conscientes de hasta qué punto. Ayer, el presidente del Nápoles, el equipo en el que jugó el mejor Maradona, demostró que ve fantasmas alrededor de nosotros y se cree que la UEFA lo tiene montado para que la copa se la den al Sevilla. El presidente del Nápoles cree que somos capaces de influir hasta ese punto. El presidente del Nápoles. 

Eso es grandeza. Eso es mucha grandeza. Eso es una grandeza de la que nosotros aún no somos conscientes y que solo el tiempo nos la mostrará con toda su intensidad. Porque el tiempo y la perspectiva es lo que hace que este tipo de cosas queden claras. Ahora mismo, estamos creando esa historia. La estamos escribiendo. Solo cuando, en el futuro, la leamos, sabremos hasta dónde llegamos. Y, por fortuna, estará documentada gráficamente y con imágenes, no como lo del Cid. Porque si no, nuestros nietos se aburrirán de escucharnos y nos dirán que nos dejemos de historietas, que somos muy exageraos. 

Exageraos, dice. This is Sevilla, chaval.  



lunes, 16 de marzo de 2015

La enorme estupidez de renunciar a la clase media de la Liga

Supongo que todos estamos de acuerdo en que el fútbol, debido al profundo sentimiento que lleva parejo y que afecta a los aficionados, es mucho más que simplemente un deporte. Y no digamos ya que un negocio. Sin embargo, y en referencia a esto último, cada vez se toma más como tal: como un negocio. Cosa irremediable, como pasa con todo lo que mueve una gran cantidad de dinero. Esto es algo que es así, que no se puede cambiar /(al menos a corto plazo) y que debemos asumir. Sería muy interesante que los que dirigen el cotarro encontraran la forma de compaginar ambas visiones de este deporte (mercantil y sentimental), a pesar de que, visto lo visto, la cosa parece tender más en el sentido opuesto. Esa es mi opinión, el modo en el que a mí me gustaría que se hicieran las cosas. No obstante, hoy voy a dejar de lado mis sentimientos y me voy a centrar en lo otro. Evidentemente, dicho lo dicho, soy de los que consideran que el fútbol en España se está gestionando de una forma calamitosa. Pero incluso centrándose en el ámbito meramente de los negocios, eso también es así. 

Insisto en que considerar el fútbol como solo un negocio es un error, ya que lo que lo hace grande y lo que permite que mueva tal cantidad de dinero es el sentimiento. Es lo que lo diferencia de otros deportes como el tenis o el balomnano. Es lo que mueve masas. Y aquí en España se ningunea al aficionado hasta el punto que se prima que la gente vea el fútbol por TV antes que ir al estadio, lo cual hace que estos estén cada vez más vacíos, al revés que otras ligas como la inglesa o la alemana, las cuales, paradójicamente, están ganando en prestigio y, por ende, en ingresos televisivos. Cada vez se ponen más trabas al aficionado a la hora de acudir a ver a su equipo al campo. Por precios, por horarios y, últimamente, en especial en Sevilla, por esa esperpéntica actitud que se está adoptando con el mundo ultra, metiendo a todos en el mismo saco cuando los asesinos se sabe quiénes son. 

¿Cómo va a ser lo mismo ver un partido, incluso por TV, con un campo vacío que con un campo lleno de aficionados que lo convierten en una caldera y en un espectáculo? ¿No se dan cuenta que están restando valor al producto que venden?

Pero incluso tapándose la nariz y aceptando que si los ingresos gordos vienen de televisión, eso puede afectar a la afluencia en los estadios (que no es así, pregúntenle a los ingleses, pero bueno), el fútbol español está cometiendo un error garrafal que es el que yo creo que se lo va a terminar de cargar. Hablo de la reducción de la oferta a dos productos cuando se tienen otros dieciocho, los cuales se están tirando a la basura, con el despilfarro que ello supone. Y me explico.

Esto que voy a decir se puede aplicar a muchísimos mercados, pero pensemos en uno solamente. Por ejemplo, el automovilístico. Piensen en cualquier fabricante de coches. Todos tienen distintos modelos según la gama, ya sea alta, media, utilitarios, comerciales, etc. Y compiten en su mercado con todos. Evidentemente, no van a fabricar una gama de coches para luego no darles publicidad y dejar que cojan polvo en un rincón del concesionario. Por supuesto, todas las marcas tienen su producto estrella, pero también defienden al resto porque es de ellos. Porque es de lo que viven. Porque es absurdo invertir en una cosa para luego no promocionarla. Yo creo que esto lo entiende cualquiera sin necesidad de tener un máster en Economía o una licenciatura en Administración y Dirección de Empresas. Pues bien, justo esto (aparte de los errores que se cometen respecto a los aficionados y sus sentimientos) es lo que se hace en la liga española. Centrarse en los dos productos estrella y dejar que los demás cojan polvo en un rincón.

En el fútbol, como en el mercado automovilístico, también hay gamas. La alta, la noble, la media, la baja, etc. Y todas ellas pueden aportar dinero a la compañía. A la empresa. Por supuesto, Audi factura más dinero con la venta de un A6 que con la de un A3, pero el A3 también le reporta beneficio. No hay porqué apartarlo del mercado porque sea más barato que el otro. Es más, hacer algo así sería perjudicial para la compañía en su conjunto, ya que estaría renunciando a unos ingresos, a unos beneficios.

Esto es evidente, incluso para los que no son empresarios ¿no? Pues es justo lo que se hace en el fútbol español. Fomentar la alta gama y se dejar a la media que se pudra en cualquier sitio. ¿Cómo no se dan cuenta del dineral que pierden actuando de ese modo?

Centrémonos en solamente dos equipos. En el Real Madrid (alta gama) y el Sevilla FC (llamémosle gama noble, por ponerla por encima de la media). Evidentemente, el Madrid es más fuerte, más poderoso, gana más títulos, es más mediático, se vende mejor, genera mucho más dinero y también más beneficio. Es el producto estrella de la empresa "Liga Española de Fútbol". Es el A6 de Audi, el Passat de Wolkswagen, el Mondeo de Ford. Pero ¿alguien se imagina a Audi, Wolkswagen o Ford renunciando promocionar el A3, el Golf o el Focus? ¿En qué cabeza cabría eso?

El Sevilla, sin llegar ni de lejos a las prestaciones y la calidad de una marca como el Real Madrid, no deja de ser un club histórico que ha tenido grandísimos jugadores en sus filas. Un club que, actualmente, es el que más veces ha ganado la Europa League en todos sus formatos a lo largo de la historia. Un equipo que lleva una década codeándose con la gama noble de fútbol continental. No con la alta gama, pero sí la noble. Un producto, una marca, que tiene mucho que vender. Insisto, no tanto como los de la alta gama, pero tampoco como para renunciar a ella. Y quien dice Sevilla dice Valencia, Villarreal, Atlético, etc. ¿Por qué la empresa "Liga Española de Fútbol" renuncia a muchas de sus marcas para centrarse solo en las de alta gama? ¿Qué le pasaría a cualquier directivo de cualquier multinacional si hiciera eso con algunos de los productos de su empresa?

El resultado de esta desastrosa política comercial es que los productos de gama noble y gama media de las empresas competidoras (Premier, Bundesliga, etc.) se están vendiendo mucho más, están aportando mucho valor a las empresas en su conjunto y éstas, insisto, en su conjunto, están superando con creces a la nuestra por el simple hecho de que están mejor gestionadas. Y, claro, cuando llega la hora de venderse, de obtener nuevos contratos televisivos, las operadoras van a invertir muchísimo más en otras ligas que en la nuestra. ¿Por qué? Pues porque en su conjunto valen más. Seguramente, los productos estrella de las empresas Premier y Bundesliga no sean tan buenos como el de la empresa Liga Española (casi, pero no tanto), pero la compañía en su conjunto vale mucho más. Y como eso es en lo que se fijan las televisiones a la hora de comprar el paquete completo, pues pasa lo que pasa. Que cualquier equipo inglés o alemán gana más que cualquier equipo español, salvo los dos grandes. Por ahora. 

Insisto, por ahora.

Y este es el grado de ineptitud de los directivos de la multinacional Liga Española de Fútbol. Directivos que habrían sido despedidos hace tiempo de cualquier otra compañía por inútiles. Por no tener ni idea de cómo se gestiona una empresa con ese volumen de negocio y por permitir que la competencia les barra del mapa. Pero, claro, esto es España. Y mientras se pueda vender "la décima" como un enorme éxito de todo el fútbol español, pues así estamos. 

Como en el siglo XVI, cuando teníamos un imperio en el que no se ponía el sol, pero la gente se moría de hambre. 

Lo dicho. Esto es España. De toda la vida. 


viernes, 13 de marzo de 2015

El peso del escudo.

Los Potros se enfrentan a los defensores del título

Todos lo vimos hace un par de semanas. Este era el cartel que se podía ver en la ciudad alemana de Monchengladbach en la previa del partido de vuelta de dieciseisavos de final que nos enfrentó al Borussia. Un equipo fuerte, que tiene más presupuesto que el nuestro, que va tercero en una liga más competitiva que la nuestra y que sabe lo que es ganar títulos europeos. Quizás precisamente por eso nos mostraban ese respeto. Porque ellos saben lo que es ganar títulos europeos. Porque saben de lo que hablan. 

En contraste, en la previa del partido contra el Villarreal, nos encontramos con un entrenador rival compungido y medroso que ya ponía paños calientes antes de iniciar la batalla. Que se quejaba de la dureza del rival. Que ya parecía arrugado de antemano. Un entrenador pequeño. No por su estatura, sino por su actitud. La diferencia con el Borussia es monumental. Por su actitud, ya digo; por la forma de afrontar el partido. Por no mostrar respeto, reconocer la grandeza del rival y tratar de utilizar sus armas para vencerla, sino centrarse en estupideces como una supuesta excesiva dureza que al final resultó la que ellos emplearon en el partido, y no tanto nosotros. Es lo mismo que quien habla de suerte. Como si ganar tres veces la UEFA se pudiera lograr por suerte. Una siquiera. Estos no son el Borussia. Estos no tienen ni idea de lo que hablan. 

Supongo que es la diferencia entre un equipo que sabe lo que es ser campeón y otro que no. Supongo que el Villarreal es hoy lo que nosotros éramos en otra época: un buen equipo que se arruga en las citas gordas. Supongo que es el peso del escudo, algo que va más allá del potencial de las plantillas o del juego que se desarrolla en el campo. Seguramente, el partido de liga contra los castellonenses será más igualado. Pero el fútbol tiene estas cosas: dos equipos, los mismos equipos, en una competición van de igual por igual, pero en otra, uno es el campeón (tricampeón) y el otro, no. Y se nota. Joder, que si se nota. 

Y, en estas, con equipos alemanes de segundo escalafón de por medio, me acuerdo de otra eliminatoria UEFA contra otro club germano del nivel entonces del Borussia de ahora, cuando nosotros éramos lo que puede ser el Villarreal hoy: un buen equipo que no era capaz de dar el salto para convertirse en un grande. En un campeón, gane o no gane en un momento determinado. Quienes superen (o al menos ronden) la cuarentena, lo recordarán. Quienes no, simplemente habrán oído hablar de ello. Fue a finales de 1982. El Sevilla, que tenía un buen equipo con buenos jugadores como Buyo, Serna, Nimo, Alvarez, Pintinho o Francisco, venía de hacer la machada de remontar un 2-0 en contra ante el Paok de Salónica griego, al que se le ganó por 4-0 en el Sánchez Pizjuán en el que fue, quizás, el mejor partido del equipo en Europa hasta el siglo XXI. Y en la siguiente ronda (octavos de final) nos tocó el Kaiserslautern, un equipo alemán que (salvando las distancias) podría tener entonces el mismo nivel que tiene el Borussia ahora. Y al igual que al Borussia ahora, les ganamos en casa en la ida por 1-0. Claro que la forma en que nos recibieron para la vuelta no fue la misma que en la actualidad. Ni nuestra actitud (íbamos acojonados y a ver si sonaba la flauta). Y, como solía ocurrir, el resultado no fue, ni mucho menos el mismo. Ni parecido. Nos aplastaron con un contundente 4-0 y nos mandaron para casa sintiéndonos lo que éramos. Mediocres. Un buen equipo, pero mediocres. 

Las cosas han cambiado. Nosotros ya logramos dejar la mediocridad a un lado y dar ese salto del que hablaba antes. Nosotros ya no somos ese buen equipito venido a más que un año hace una buena temporada y al siguiente no es capaz de compaginar Liga y competición europea. ¿Cuántos ejemplos hay de clubes que se han venido abajo al año siguiente de hacer un temporadón por este motivo que comento? Sin ir más lejos, el Betis del año pasado. O el Athletic este mismo. No, nosotros ya no somos eso. Nosotros somos otra cosa, y no hay más que mirar un poco al pasado para comprobarlo. 

El cartel que colgaron en Monchengladbach es el ejemplo perfecto. Y nosotros no desmerecimos el respeto que nos mostraron. Les ganamos como ganan los campeones. Competimos contra un muy buen equipo y vencimos en ambos partidos, no por ser mejores que ellos, sino, quizás, porque el escudo del campeón pesa lo bastante como para desnivelar balanzas. Ellos sabían a lo que se enfrentaban e hicieron sus méritos. Pero igual que nosotros, a lo largo de nuestra historia, hemos perdido muchísimos partidos, no por jugar mal, sino porque nuestro escudo pesaba menos que el del rival, ahora pasa lo contrario. 

Y lo de anoche contra el Villarreal fue más de esto mismo.

No sé lo que acabará haciendo el Sevilla en esta Europa League, pero sí que es favorito para ganarla. No por presupuesto. No por plantilla.. Ni siquiera por el juego que está desplegando. Pero sí por escudo. Sí porque los rivales ya nos conocen. Sí porque no es lo mismo jugar contra un buen equipo que contra el campeón. Si porque nosotros sabemos que podemos, porque nos lo creemos, porque somos capaces, porque no es algo nuevo para nosotros. Y sí porque entrenadores de rivales muy buenos como el Villarreal hablan de chorradas en la previa de los enfrentamientos, dejando así claro el pánico que nos tienen. 

Y con pánico no se puede jugar bien al fútbol. 

viernes, 23 de enero de 2015

El peso de la Historia

Dicen que el tiempo acaba poniendo todo en el lugar que le corresponde. Es algo que yo creo a pies juntillas, siempre que haya alguien (o "alguienes") que se empeñe en que ello ocurra. El problema de esta máxima es que no asegura que esa persona empeñada viva lo suficiente para conocer el resultado de sus esfuerzos, pero si deja ese empeño como legado para que otros recojan el testigo, tarde o temprano, el barco llegará a buen puerto. La Historia está plagada de ejemplos. 

La Historia. 

Porque la Historia es inmortal. Es ella la que acaba por ver cómo lo que sea termina en el sitio que merece. Es ella la que lo certifica, la que lo guarda a buen recaudo y la que lo enseña a quien se deje enseñar. A quien lo quiera ver. Que luego hay que querer verlo, que no hay más ciego que el que se niega a ello, pero cuando las cosas son como son, por muchos ciegos que haya y por muy severa que sea su ceguera, sea como sea, al final, dichas cosas acaban cayendo por su propio peso. 

Este domingo, el 25 de enero de 2015, celebramos el 125 aniversario del Sevilla Fútbol Club (Football Club hasta que un señor gallego, bajito y gordito prohibió los anglicismos). Eso es así, una verdad irrefutable, un sea como sea, una de esas cosas que son como son, por muchos ciegos que haya y por muy severa que sea su ceguera. Y quien dice ciegos, dice también necios, tercos, o cualquiera sabe qué más calificativos. Porque yo no sé qué más pruebas es necesario presentar para que se le reconozca su verdadera edad a este abuelo al que tanto queremos. 

Porque la Historia es contundente, no tiene compasión a la hora de otorgar lugares a personas. Y el lugar del Sevilla FC es el que es, así como el de quienes se han empeñado en demostrar su antigüedad y el de los que siguen, erre que erre, negándola o resistiéndose a reconocerla. Y, tarde o temprano, todo caerá. Y todos quedarán retratados, porque, como vengo diciendo, las cosas son como son, nos pongamos como nos pongamos. 

Yo conozco personalmente a varios de los miembros (y ex-miembros) del Area de Historia del Sevilla FC. Sé quienes son, sé el ingente (y altruista) trabajo que llevan haciendo desde hace años. He hablado con ellos en varias ocasiones, he leído sus libros y artículos y les he escuchado en los distintos programas de radio en los que se habla de la Historia de nuestro club. Sé que seguramente no haya ningún otro club en España con tantos datos objetivos con los que demostrar su antigüedad. Y por eso sé que esto es irrefutable. Porque hay una respuesta para cada interrogante que se pueda plantear. Porque hay pruebas documentales y gráficas. Porque expertos ajenos al Sevilla FC se han pronunciado avalando la tesis de 1890. Porque, insisto, es que ya no se me ocurre qué más hay que hacer, teniendo en cuenta que resucitar muertos para ponerles un micro en la boca y que lo cuenten de primera mano está fuera del alcance de los simples humanos. Lo de resucitar, digo, que lo del micro lo podríamos hacer cualquiera de nosotros. 

El Sevilla FC es de 1890, se ponga como se ponga quien se quiera poner, y la Historia acabará poniendo a cada uno en su lugar. 

Todo lo demás es mareo de perdiz. Es plegarse a intereses que nada tienen que ver con la Historia. Es cogérsela con papel de fumar, cuando muchos otros no tienen forma de demostrar que son verdad cosas que se sabe que no lo son, pero que, por alguna razón, se dan por sentadas y no se permite discusión. Y me parece bien, allá cada cual con lo que se cree y con lo que permite que le engañen, pero nosotros somos nosotros y eso debe ser más importante que nada. 

Porque esto es importante, y mucho. Esto no es un baile de números, que ahora te modifico el 8 por el 9, el 9 por el 5 y te cambio el 0 de lugar. No, esto es mucho más. Yo soy de la opinión de que esto va más allá. El Sevilla FC fue grande en sus inicios y durante décadas, pero cayó en la mediocridad en un momento dado y ahí nos quedamos durante generaciones. Yo mismo, que acabo de entrar en la cuarentena, me crié en un sevillismo acomplejado, que jamás vio a su equipo llegar a nada y para el que algo como una final no era más que un sueño. Una quimera. Por mucho que equipos históricamente inferiores como Zaragoza, Deportivo, Español, Mallorca o incluso Betis las llegaran a disputar, nosotros no nos veíamos capaces. Soñábamos, pero no nos lo creíamos. Al menos los de mi generación. Estábamos acomplejados. 

Hasta que todo cambió. Hasta que la Historia nos volvió a poner en nuestro lugar. Hasta que pasó lo que fuera que tuviera que pasar para que regresáramos al lugar del que nunca debimos caer. Y ahora que estamos ahí arriba de nuevo, no podemos permitir volver a hacerlo. No. En absoluto. No lo podemos permitir, y esto incluye todos los aspectos, no solo el deportivo. Porque es evidente que debemos exigir a los responsables buenas planificicaciones, buenos fichajes, buenas plantillas y buenos resultados. Acordes con el estatus que hemos recuperado. Pero, como digo, no es solo eso. También se exige en la cuestión de la gestión económica. Y en la imagen del club, en los eventos que organiza o en los que participa. En la voz que tenemos en los organismos deportivos nacionales, que ya no somos comparsas. Que somos más que eso, que nos lo hemos ganado, que hemos peleado y sufrido mucho para ello. Que no queremos volver a caer. Que no vamos a renunciar. 

Y en este sentido, ¿por qué algo tan importante como la Historia se debe quedar atrás? Algo tan importante como la esencia de lo que somos, de dónde venimos, de dónde salimos, por qué surgimos. Y si somos los primeros, pues somo los primeros. O los segundos, pues muy bien, los segundos. Y si somos los mismos que quienes ganaron el primer partido de la Historia del Fútbol español, pues eso es así. ¿Por qué se puede exigir que el club haga campañas para que nuestra imagen esté acorde con lo que somos y no podemos hacer lo propio para que le quede claro a todo el mundo QUIÉNES somos?

Claro que podemos. Es más, no es que podamos: es que debemos. Es que tenemos que hacerlo. Y yo lo hago. Yo ya pasé demasiado años acomplejado y ahora reclamo la grandeza que nos corresponde y que me ha sido negada desde que nací hasta anteayer como quien dice.. No más, pero tampoco menos. La que nos corresponde. Y lo hago en todos los ámbitos: en el deportivo, en el económico, en el institucional y en cualquier cosa en la que mi (nuestro) Sevlla FC esté presente. Y este asunto de 1890 es, cuanto menos, igual de importante que cualquier otro. Cuánto menos, si no más que muchos de ellos. 

La Historia es incuestionable y su peso acabará cayendo sobre todos. Tarde o temprano lo hará. Tarde o temprano, el Sevilla FC será oficialmente de 1890 y todos, cada uno en su lugar, en su responsabilidad, quedaremos retratados. Tarde o temprano. Porque, como decía al principio, el tiempo acaba poniendo a cada cual donde se merece y es la Historia la que lo certifica, la que lo guarda a buen recaudo y la que lo enseña a quien se deje enseñar.



SEVILLA FOOTBALL CLUB 
DESDE 1890



jueves, 15 de enero de 2015

Max Kruse y el rabo del león.

Decía la semana pasada Max Kruse, delantero de referencia de nuestro próximo rival en la Europa League, el Borussia de Monchengladbach, que el Sevilla de este año no es tan fuerte como el del año pasado. Y lo hacía, según el tono que parecía emplear, con cierta suficiencia. Como con altivez. No sé si es estupidez, fanfarronería o, simple y llanamente, ignorancia. Y quiero entender que se refería al Sevilla del último tercio de temporada, que protagonizó una notable remontada en liga y acabó ganando la Europa League. Que en mi propia justificación está la base del error en las palabras del jugador alemán: para protagonizar una remontada, hay que estar abajo primero. Y así estaba el Sevilla a estas alturas el año pasado: abajo. Al menos, respecto a como se encuentra en estos momentos. 

El año pasado, tras la jornada 17, el Sevilla estaba séptimo en la clasificación, con 26 puntos, lejos de los 33 que tenía el Athletic, que ocupaba el cuarto puesto (el nuestro actual) en aquellos momentos. Hoy, nuestro equipo es cuarto con 36 (diez más que el año pasado), con la particularidad de que tenemos un partido menos que el resto. Claro que ese partido lo puedo dar tranquilamente por perdido y no complicarme la vida en este análisis. Aunque si nos diese por hacer la machada y ganar al Real Madrid, podríamos acabar la primera vuelta a tiro de piedra del liderato. Repito: a tiro de piedra del liderato. Que se dice pronto. 

Si nos fijamos un poco más en los números, vemos que el Sevilla ha marcado este año cuatro goles menos que el pasado, pero es que en el pasado nos metieron doce más. Y yo creo que ahí está la diferencia entre una y otra temporada. Ahí está la clave. Recordemos que a lo largo de la primera vuelta de la temporada pasada, Emery se empeñaba en poner a Rakitic en el doble pivote y no un poco más adelante (reforzando el medio centro con otro jugador), como el sentido común dictaba. Recordemos que nuestro entrenador parecía querer plantear los partidos como un intercambio de golpes, que refería ganar por 4-3 que por 1-0. Recordemos, como partido más sintomático de este planteamiento, aquel contra el Real Madrid, en el que les jugamos de tú a tú, fuimos a por ellos y acabamos por marcarles 3 goles. Claro que también encajamos 7, que todo hay que decirlo. 

Y recordemos que la mayoría del sevillismo le reclamaba un cambio de actitud. Que reforzara al equipo atrás, que empezara la casa por los cimientos. Que procurara no encajar goles y luego ya siguiera con el resto. Que compensara el equipo para que no se partiera por la mitad, unos atacando, otros defendiendo y el medio del campo desarbolado. 

Que encontrara un equilibrio. 

Pues bien, eso es lo que tenemos ahora. Un equipo que defiende muchísimo mejor y que ha encajado doce goles menos, lo cual ha supuesto diez puntos más. Que sí, que igual nos hemos ido al otro extremo y muchos partidos del Sevilla son insufribles, pero es un equipo más sólido. Al menos respecto al que era a estas alturas de la temporada pasada. 

Yo no sé si nuestro rival alemán, representado en este caso por Max Kruse, tendrá algo de idea de esto que estoy diciendo, seguramente no, lo cual nos daría una ventaja. Porque si se esperan a un equipo parecido (aunque peor) que el que terminó ganando la Europa League el año pasado, se equivocan de plano. Este Sevilla es distinto, y llegados a este punto, les voy a proponer una especie de juego. Traten de olvidar por un momento su sevillismo y de imaginar qué sienten nuestros rivales cuando se enfrentan a nosotros. Porque nosotros, los sevillistas, nos venimos quejando de lo soporíferos que son los partidos de nuestro equipo, de lo mal que juega en muchas ocasiones, pero es que igual de soporíferos lo son para los rivales. Podríamos decir que ganamos por aburrimiento. Que les aburrimos, hacemos que cojan asco a los partidos y cuando están ya hartos y menos se lo esperan... pum... golito y tres puntos al saco (la mayoría de las veces).

Esto no tiene nada que ver con lo que era el Sevilla el año pasado, sobre todo porque incluso la mitad de la plantilla es distinta. Además, el año pasado tampoco éramos TAN buenos. Que casi nos elimina el Betis, que salimos vivos de Oporto de milagro, que en el descuento del partido de vuelta en Valencia estábamos eliminados... Aquel Sevilla se empeñó en ganar la otrora UEFA y lo hizo, pero no por la calidad del equipo, sino por otros muchos factores que también son fútbol y que a veces inclinan la balanza a favor. 

Pero Max Kruse dice que ahora somos peores... Pues muy bien. 

Francamente, este Sevilla actual no sé si me parece mejor el del último tercio del año pasado. Pero peor, seguro que no. Es más bien distinto. Lo que sí que me parece es mucho más sólido, más difícil de ganar. Vuelvan, si quieren, a ponerse en la piel de los rivales y piensen lo tremendamente complicado que es tumbar a este Sevilla (normalmente). Que sí, que nuestro juego ofensivo es pobre, pero eso no tiene nada que ver con la solidez. Y los números están siendo demoledores. Estamos cuartos en liga y tenemos en nuestra mano (aunque lo normal es que no llegue) ponernos a tiro de piedra del liderato. Hemos firmado el mejor inicio de temporada de nuestra historia y estamos a punto de hacer lo propio con los registros de la primera vuelta. Mientras el año pasado caímos en Copa del Rey de forma lamentable, en este tenemos el camino hacia la final tan factible, que para mí sería un fracaso no conseguirlo. Y luego nos queda la Europa League, en la que en la fase de grupos hemos patinado fuera de casa, pero de la que somos campeones. Tricampeones, Y solo por eso (o nada menos) merecemos un respeto.

Insisto, esto no tiene nada que ver con que nos guste más o menos lo que hacen los jugadores en el césped, pero decir que este Sevilla es peor que el del año pasado es, como decía al principio, de fanfarrones o de ignorantes.

A mí esto me recuerda a aquello de Del Nido del león y el rabo, y ya ven cómo acabó. Ojalá esta vez igual, aunque a nuestro favor. 

jueves, 8 de enero de 2015

La cara humana del dopaje

Hay pocas cosas en el mundo del deporte que provoquen tanta repulsa como el tema del dopaje. Cualquier aficionado se siente engañado cuando conoce que tal o cual ciclista, atleta o lo que sea ha hecho trampas de esa manera, convirtiendo sus éxitos en un engaño y perdiendo para siempre su credibilidad. Las autoridades deportivas (y las no deportivas últimamente también) persiguen estas prácticas, que ya en los últimos tiempos han pasado a ser consideradas incluso como delitos. Y desde los más altos estamentos se rasgan las vestiduras cada vez que un nuevo caso sale a la luz. 

Sin embargo, y esto es algo que ocurre en todos los órdenes de la vida, muchos de esos que tanto se escandalizan desde sus poltronas, deberían de callarse y recapacitar, porque ellos tienen bastante culpa de lo que ocurre en bastantes casos de dopaje. No en el hecho concreto en sí, sino en crear las circunstancias que llevan a muchos deportistas a tomar esa vía tan peligrosa y arriesgada incluso para sus vidas. Y estas navidades, mientras, como todos los años, pasaba unos días en el norte con mi familia política, he conocido de primera mano uno de estos casos. No voy a decir el nombre por cuestiones obvias. Quien tiene que contar su historia es quien la ha vivido, no un desconocido. Pero sí que me va a servir para reflexionar sobre el asunto.

En España, de todos es sabido, el fútbol es el único deporte que mueve dinero de verdad y en el que los que lo practican a nivel profesional puede vivir de él (y hasta asegurarse el futuro) sin necesidad de competir al más alto nivel. Al nivel de los títulos. Eso no pasa en el resto de los deportes. Un futbolista de segundo orden puede ganar mucho dinero (en comparación con los sueldos normales de los ciudadanos), pero no así un ciclista o un atleta. De hecho, estos últimos (que son a los que me voy a referir) sólo pueden ganar dinero gracias a becas o sponsors. Y las becas y sponsors solo están al alcance de los campeones, no de los atletas que empiezan o los de segundo nivel. Lo de los sponsors se entiende porque son empresas privadas que buscan una rentabilidad a su inversión en publicidad, y eso solo lo pueden conseguir con personajes de cierto renombre. El problema, como me voy a referir a continuación, está en las becas. En la forma en que las federaciones (el estado, a fin de cuentas) se organizan para hacer que los atletas se puedan mantener (comer todos los días) mientras se preparan para conseguir sus marcas y éxitos. 

No es de extrañar que cuando un atleta logra un gran éxito, de quienes primero se acuerdan en de su familia por haberles apoyado. En verdad, lo que quieren decir es que les han mantenido, porque de otra forma no pueden comer todos los días. Un atleta campeón necesita pasarse meses, e incluso años, entrenando día a día a base de tres sesiones diarias. Es decir, que no tiene tiene tiempo para hacer otra cosa que no sea eso. Alguien le tiene que mantener. Y si no es con el dinero de una beca o un sponsor, pues tendrá que hacerlo la familia, ¿quién si no?

Pero ¿y qué pasa con los que no tienen familia? ¿O con los que la tienen, pero desestructurada? ¿Qué pasa con un chaval que se acogió a un programa de fomento del deporte en su pueblo (para que empleen el tiempo en algo sano) y que destacó mientras huía de un infierno en el hogar de sus padres? ¿Qué pasa si ese chaval se lesiona un día, no consigue marcas mientras está lesionado y pierde el derecho a becas y también los patrocinios? ¿Quién le mantiene mientras se recupera y entrena para volver a ponerse en forma, lograr nuevas marcas y acceder de nuevo a la financiación? Si no tiene una familia que le pueda ayudar. Si, de hecho, entró en el deporte huyendo de dicha familia. 

Para entender esto, hay que saber una cosa muy importante. Las becas ADO, las que financian a los atletas para que logren éxitos en las olimpiadas y demás, ya no se renuevan cada cuatro años (antes sí, pero los recortes también han llegado a este ámbito), como ocurre en los países punteros y como sería lo normal, dado que ese es el espacio de tiempo que transcurre entre olimpiada y olimpiada. No hay planes cuatrienales para mantener a los atletas que nos van a representar en los Juegos Olímpicos (y para evitar el fraude también, evidentemente), sino que las becas se van renovando año tras año en función de los éxitos y marcas que cada atleta vaya consiguiendo en cada temporada. Por tanto, si un atleta se lesiona de cierta gravedad y pasa un año sin llegar al nivel necesario para obtener dicha beca, pues esta, o se reduce sensiblemente, o, simple y llanamente, desaparece. 

Y ahora pónganse en el caso de un chaval sin una familia que le apoye, que destaca en el atletismo, que logra éxitos locales, provinciales, regionales, que es campeón de España... que es subcampeón del mundo de su modalidad. Que es recordman europeo en una prueba en la que sólo los africanos le superan. Que afronta unos Juegos Olímpicos con serias opciones de medalla... y que se lesiona en un momento dado. Que pasa un tiempo sin poder entrenar. Que cuando puede volver a hacerlo, está completamente fuera de forma y que tiene que recuperarla lo antes posible porque ha de competir y lograr una marca o un éxito importante para no perder la beca. Para poder seguir siendo atleta y comer todos los días. Las dos cosas a la vez. Si la beca fuese cuatrienal, no habría problema. Podría dedicar el tiempo necesario para recuperar la forma de un modo natural. Pero la beca ya no es cuatrienal y por eso ha de buscar la manera de acortar los plazos. Como sea. Y un día, alguien, algún aprovechado, algún hijo de puta que conoce la necesidad de este tipo de deportistas le ofrece algo, lo que sea, y...

Imaginad que ese atleta tiene un hijo pequeño (que también come todos los días) y que nunca ha hecho otra cosa que no sea entrenar porque se metió en el deporte siendo chaval. Imaginad la desesperación. Quienes tenemos hijos solemos decir a menudo que haríamos lo que fuera por ellos. Por darles el sustento. Y la pregunta es: ¿hasta doparnos?

Que cada cual responda en conciencia. 

E imaginad también cómo se ha de sentir ese padre de un hijo pequeño que come todos los días cuando el mismo que le ha quitado (con los recortes) el sustento por haberse lesionado, ahora, desde su poltrona, se rasga las vestiduras al enterarse de que ese atleta hizo TODO lo que estuvo en su mano para dar de comer a su hijo. 

Que no estoy justificando el dopaje, ni mucho menos. Que no se trata de eso porque, como en todo en la vida, habrá de todo. Simplemente digo que antes de lanzarse a la yugular, es bueno saber un poquito. Que antes de señalar y condenar de por vida, hay que escuchar a la otra parte. Y que una cosa en traficar, lucrarse y aprovecharse de la angustia de un atleta que se ha quedado tirado, y otra intentar sobrevivir. 

Y, por último, a los que mandan, menos llevarse las manos a la cabeza y más cuidar a esas persona con quienes luego se harán una puta foto cuando ganen una medalla. No les dejen tirados cuando les hace falta ayuda. No les dejen tirados. 

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