jueves, 8 de enero de 2015

La cara humana del dopaje

Hay pocas cosas en el mundo del deporte que provoquen tanta repulsa como el tema del dopaje. Cualquier aficionado se siente engañado cuando conoce que tal o cual ciclista, atleta o lo que sea ha hecho trampas de esa manera, convirtiendo sus éxitos en un engaño y perdiendo para siempre su credibilidad. Las autoridades deportivas (y las no deportivas últimamente también) persiguen estas prácticas, que ya en los últimos tiempos han pasado a ser consideradas incluso como delitos. Y desde los más altos estamentos se rasgan las vestiduras cada vez que un nuevo caso sale a la luz. 

Sin embargo, y esto es algo que ocurre en todos los órdenes de la vida, muchos de esos que tanto se escandalizan desde sus poltronas, deberían de callarse y recapacitar, porque ellos tienen bastante culpa de lo que ocurre en bastantes casos de dopaje. No en el hecho concreto en sí, sino en crear las circunstancias que llevan a muchos deportistas a tomar esa vía tan peligrosa y arriesgada incluso para sus vidas. Y estas navidades, mientras, como todos los años, pasaba unos días en el norte con mi familia política, he conocido de primera mano uno de estos casos. No voy a decir el nombre por cuestiones obvias. Quien tiene que contar su historia es quien la ha vivido, no un desconocido. Pero sí que me va a servir para reflexionar sobre el asunto.

En España, de todos es sabido, el fútbol es el único deporte que mueve dinero de verdad y en el que los que lo practican a nivel profesional puede vivir de él (y hasta asegurarse el futuro) sin necesidad de competir al más alto nivel. Al nivel de los títulos. Eso no pasa en el resto de los deportes. Un futbolista de segundo orden puede ganar mucho dinero (en comparación con los sueldos normales de los ciudadanos), pero no así un ciclista o un atleta. De hecho, estos últimos (que son a los que me voy a referir) sólo pueden ganar dinero gracias a becas o sponsors. Y las becas y sponsors solo están al alcance de los campeones, no de los atletas que empiezan o los de segundo nivel. Lo de los sponsors se entiende porque son empresas privadas que buscan una rentabilidad a su inversión en publicidad, y eso solo lo pueden conseguir con personajes de cierto renombre. El problema, como me voy a referir a continuación, está en las becas. En la forma en que las federaciones (el estado, a fin de cuentas) se organizan para hacer que los atletas se puedan mantener (comer todos los días) mientras se preparan para conseguir sus marcas y éxitos. 

No es de extrañar que cuando un atleta logra un gran éxito, de quienes primero se acuerdan en de su familia por haberles apoyado. En verdad, lo que quieren decir es que les han mantenido, porque de otra forma no pueden comer todos los días. Un atleta campeón necesita pasarse meses, e incluso años, entrenando día a día a base de tres sesiones diarias. Es decir, que no tiene tiene tiempo para hacer otra cosa que no sea eso. Alguien le tiene que mantener. Y si no es con el dinero de una beca o un sponsor, pues tendrá que hacerlo la familia, ¿quién si no?

Pero ¿y qué pasa con los que no tienen familia? ¿O con los que la tienen, pero desestructurada? ¿Qué pasa con un chaval que se acogió a un programa de fomento del deporte en su pueblo (para que empleen el tiempo en algo sano) y que destacó mientras huía de un infierno en el hogar de sus padres? ¿Qué pasa si ese chaval se lesiona un día, no consigue marcas mientras está lesionado y pierde el derecho a becas y también los patrocinios? ¿Quién le mantiene mientras se recupera y entrena para volver a ponerse en forma, lograr nuevas marcas y acceder de nuevo a la financiación? Si no tiene una familia que le pueda ayudar. Si, de hecho, entró en el deporte huyendo de dicha familia. 

Para entender esto, hay que saber una cosa muy importante. Las becas ADO, las que financian a los atletas para que logren éxitos en las olimpiadas y demás, ya no se renuevan cada cuatro años (antes sí, pero los recortes también han llegado a este ámbito), como ocurre en los países punteros y como sería lo normal, dado que ese es el espacio de tiempo que transcurre entre olimpiada y olimpiada. No hay planes cuatrienales para mantener a los atletas que nos van a representar en los Juegos Olímpicos (y para evitar el fraude también, evidentemente), sino que las becas se van renovando año tras año en función de los éxitos y marcas que cada atleta vaya consiguiendo en cada temporada. Por tanto, si un atleta se lesiona de cierta gravedad y pasa un año sin llegar al nivel necesario para obtener dicha beca, pues esta, o se reduce sensiblemente, o, simple y llanamente, desaparece. 

Y ahora pónganse en el caso de un chaval sin una familia que le apoye, que destaca en el atletismo, que logra éxitos locales, provinciales, regionales, que es campeón de España... que es subcampeón del mundo de su modalidad. Que es recordman europeo en una prueba en la que sólo los africanos le superan. Que afronta unos Juegos Olímpicos con serias opciones de medalla... y que se lesiona en un momento dado. Que pasa un tiempo sin poder entrenar. Que cuando puede volver a hacerlo, está completamente fuera de forma y que tiene que recuperarla lo antes posible porque ha de competir y lograr una marca o un éxito importante para no perder la beca. Para poder seguir siendo atleta y comer todos los días. Las dos cosas a la vez. Si la beca fuese cuatrienal, no habría problema. Podría dedicar el tiempo necesario para recuperar la forma de un modo natural. Pero la beca ya no es cuatrienal y por eso ha de buscar la manera de acortar los plazos. Como sea. Y un día, alguien, algún aprovechado, algún hijo de puta que conoce la necesidad de este tipo de deportistas le ofrece algo, lo que sea, y...

Imaginad que ese atleta tiene un hijo pequeño (que también come todos los días) y que nunca ha hecho otra cosa que no sea entrenar porque se metió en el deporte siendo chaval. Imaginad la desesperación. Quienes tenemos hijos solemos decir a menudo que haríamos lo que fuera por ellos. Por darles el sustento. Y la pregunta es: ¿hasta doparnos?

Que cada cual responda en conciencia. 

E imaginad también cómo se ha de sentir ese padre de un hijo pequeño que come todos los días cuando el mismo que le ha quitado (con los recortes) el sustento por haberse lesionado, ahora, desde su poltrona, se rasga las vestiduras al enterarse de que ese atleta hizo TODO lo que estuvo en su mano para dar de comer a su hijo. 

Que no estoy justificando el dopaje, ni mucho menos. Que no se trata de eso porque, como en todo en la vida, habrá de todo. Simplemente digo que antes de lanzarse a la yugular, es bueno saber un poquito. Que antes de señalar y condenar de por vida, hay que escuchar a la otra parte. Y que una cosa en traficar, lucrarse y aprovecharse de la angustia de un atleta que se ha quedado tirado, y otra intentar sobrevivir. 

Y, por último, a los que mandan, menos llevarse las manos a la cabeza y más cuidar a esas persona con quienes luego se harán una puta foto cuando ganen una medalla. No les dejen tirados cuando les hace falta ayuda. No les dejen tirados. 

2 comentarios:

Alberto H. dijo...

"Escuchar a la otra parte". Parece simple pero, si se hiciera más a menudo, a buen seguro que se solucionarían infinidad de problemas.
Un saludo, Rafa

Rafael Sarmiento dijo...

No, amigo. No es nada simple. De hecho, yo mismo muchas veces no lo hago. Escuchar la historia me hizo recapacitar, y quería compartirlo.

Muchas gracias, un saludo.

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