martes, 10 de diciembre de 2013

Un día lamentable

Nunca me gustó emplear el término "loperización" para definir la forma de gestionar de la directiva sevillista. Nunca me gustó, porque la diferencia entre Lopera y Del Nido es que el primero tenía la mayoría absoluta de las acciones del Betis y nadie lo podía echar, mientras que el caso de Del Nido es distinto. Si los grandes accionistas del Sevilla hubieran querido, a nuestro ex-presidente se le podría haber quitado de en medio en cualquier momento. Otra cosa es que no quisieran, pero eso ya no es responsabilidad de Del Nido, sino de quienes lo han mantenido ahí. 

Sin embargo, lo que se vio en la mañana de ayer en el antepalco del Sánchez Pizjuán es el acto más "loperil" que he visto en el mundo del fútbol desde que Lopera desapareció del mismo. 

Yo, con lo de ayer, lo siento pero no puedo. Y eso que he admirado a Jose María del Nido. Y que le agradezco infinito el haber hecho lo necesario para emborracharme de gloria. Y que le considero, no sé si el mejor presidente de la historia del club, pero sin ningún género de dudas (y con mucha diferencia) el mejor que han visto mis ojos en los casi cuarenta años que ya tengo. Pero los delincuentes van a la cárcel, no se les aplaude. Bastante le hemos aplaudido ya cuando ha sido necesario y pertinente. Ayer no era pertinente. Ayer, en mi humilde opinión, esos aplausos eran una vergüenza. No se puede ovacionar a alguien que ha sido condenado por malversar dinero público. No se puede. No podemos señalar a los Bárcenas a los Urdangarín, a los responsables de la Gurtel o de los ERE de Andalucía y luego hacer lo opuesto con otro por el simple hecho de que nos coge de cerca y ha dado muchos éxitos a nuestro equipo. Se le reconocen los méritos, eso por supuesto, pero también hay que increparle por lo que hace mal. A Del Nido se le ha puesto por las nubes cuando se lo ha merecido. Pero ayer era el momento de todo lo contrario. O al menos de haber permanecido callados y ocultos. No de montar la que se montó, utilizando las instalaciones, la imagen y hasta los empleados del club. Respeto las opiniones de todos, pero, para mí, lo de ayer fue vergonzoso. A mi me dio vergüenza. 

Y no es cuestión de cebarse con la situación. Si Del Nido se ha llevado un dinero que no le correspondía, le han juzgado, le han condenado en dos instancias, devuelve lo malversado y paga su pena en la cárcel, pues todo bien. No hay que ir más allá. No es necesario gastar bromitas, humillar, hurgar en la herida y demás. Se trata de una persona que ha cometido un error en su vida y que ha de pagar por ello. De alguien que ayer se vio claro que está completamente abatido y que pide perdón. De alguien que tiene una familia, unos amigos, unos seres queridos, como cualquiera de nosotros. No hace falta ir más allá, ya digo. Pero, después del enorme daño que se ha hecho a la imagen del club, creo que lo de ayer sobraba. Creo que no hacía falta coronar ese daño con tal guinda. Si Del Nido es sincero cuando dice que si hubiera sabido este desenlace, hubiese dimitido antes (se supone que para reducir en lo posible el daño a la imagen de la entidad), el espectáculo de ayer se lo debería haber ahorrado. Hemos proyectado un lamentable cuadro al mostrar al mundo a gente ovacionando a un señor corrupto, y eso de podría haber evitado. Por mucho que admiremos la labor que, durante años (más los primeros que los últimos) ha hecho ese hombre, lo cierto es que no deja de ser un condenado por llevarse dinero público. Y esa es una realidad que se debería de haber gestionado mejor. 

Sea como sea, lo de ayer ha de ser dejado atrás lo antes posible. Fue un día trágico y lamentable que recordaremos por mucho tiempo. Que pasará a la historia del club, pero ahora deberíamos pasar página y centrarnos en lo verdaderamente importante. Porque por muy histórico y relevante que sea el personaje, el club siempre está por encima. Siempre. Y la temporada continúa, con lo que no se debe permitir que estos asuntos extraderportivos afecten más de los estrictamente comprensible. 

Y respecto a Jose María del Nido, muchas gracias por reflotar un club hundido, muchas gracias por hacerlo campeón, muchas gracias por tanta gloria, le reconozco como el mejor presidente que han visto mis ojos, pero por lo de ayer no le aplaudo. Por lo de ayer me avergüenzo, de la misma manera que lo hago con cualquiera que se lleva lo que no es suyo. 


martes, 3 de diciembre de 2013

El karma

No sé si conocéis una serie de televisión llamada "Me llamo Earl". Yo la vi hace unos años, cuando la emitieron por el canal FOX, y me pareció genial. Trataba de un ladrón de poca monta al que le ocurren varias desgracias consecutivas (es atropellado, casi muere y, estando en el hospital, su mujer le pide el divorcio). Se queda consternado y se pregunta a qué viene tanto inconveniente. Y cierto día, viendo una entrevista en televisión, descubre el karma. Eso lo cambia todo en su mente y se convence a si mismo de que lo que le ha ocurrido es consecuencia de todo el mal que ha causado previamente. De modo que decide hacer una lista de todas las cosas malas que ha hecho a lo largo de su vida y, por cada una de ellas, llevar a cabo una acción positiva que compense dicho mal, para así quedar en paz con el karma y poder llevar una existencia mejor. A pesar de tener un argumento propio de un drama, en verdad se trata de una comedia, ya que está ambientada en lo más castizo de la sociedad americana e infestada de personajes pintorescos hasta lo freak. 

Para mí, el karma (la relación causa - efecto de los actos de las personas) siempre fue un concepto propio de religiones asiáticas como el budismo y tal, y nunca le hice demasiado caso. Y fue viendo esa serie cuando me di cuenta de que es algo perfectamente aplicable a la vida de cada uno sin necesidad de abrazar una fe ni de convertirse a una religión. Si haces el bien, recibirás recompensa. Si haces el mal, también, pero de mala manera. Bajando al lenguaje más de calle, el karma puede ser lo que te acaba ocurriendo por hacer el gilipollas. En definitiva, se trata de una de las grandes máximas de mi vida, algo en lo que siempre he creido, aunque nunca le puse un nombre concreto: al final, el tiempo pone a cada uno en su sitio y da a cada cual lo que se merece. 

El karma. A ver si va a resultar que soy un budista en potencia y no me he enterado. Lo dudo mucho, pero es cierto que siempre he creido en el karma a pesar de no llamarlo de ese modo. 

Lo cierto es que el karma está presente en todos los momentos de nuestras vidas. Es consustancial a nuestra existencia. Los actos de cada uno tienen consecuencias, buenas o malas, y esas consecuencias nos acaban beneficiando o perjudicando en función de cómo nos hayamos comportado. En este sentido, ayer me acordé mucho del karma. Ayer por la tarde. Cuado me enteré de la destitución de Pepe Mel. 

A mí, Pepe Mel me parece un extraordinario entrenador. Un tío que ha sido capaz de meter en Europa a un equipo con las limitaciones del Betis. Limitaciones propias de un club en concurso de acreedores, que esa situación les ha traído algunos beneficios (caso Jorge Molina), pero muchos más perjuicios. No hablo de él como persona, ya que no lo conozco hasta ese nivel. Por lo que proyecta al exterior, me parece un chufla. Pero eso no es necesariamente real, sino, como digo, una proyección, por lo que prefiero no pronunciarme. Eso sí, como entrenador ha demostrado valía. Mucha valía. 

Sin embargo, aunque es su destitución lo que disparó mis pensamientos, estos no giran en torno a él, sino a esa parte recalcitrante del beticismo que vive esclava de sus complejos. La teoría del karma tiene mucho de conocerse a uno mismo, ser consciente de la posición que ocupas y así saber mejor qué comportamientos has de tener para no obtener a cambio consecuencias negativas. Hablando en román paladino, si eres bajito y flojeras, no parece buena idea vacilarle a un maromo culturista, porque probablemente te llevarás una hostia de antología. Si no dominas demasiado un tema de conversación, no hables demasiado, ya que es fácil que quedes en ridículo. Si eres el equipo pequeño de la ciudad, no escupas para arriba por un año bueno que tengas, ya que corres serio riesgo de mancharte la cara con tu propio gargajo. Disfruta, por supuesto que sí, incluso ríete del vecino, que eso ha sido así toda la vida. Pero conoce tus límites y no los traspases, que el karma es implacable.

Yo he dicho muchas veces que no soy antibético. Ni anti, ni pro ni leches. A mi el Betis me la trae al pairo. A veces cuento chistecitos o gasto bromas, pero más por socializar (teniendo en cuenta que vivo en Sevilla y que lo que hay es lo que hay) que porque de verdad me divierta especialmente tal cosa. Por tanto, hablo con objetividad cuando digo que es el equipo pequeño de la ciudad. No es por ofender ni por fanfarronear de sevillismo. Ni muchos menos. Es que es así, históricamente es así y no hay más que mirar los datos. Eso ha hecho que la mentalidad sevillista sea màs ambiciosa (hasta la muerte) que la bética (manque pierda). No es nada bueno ni malo. Es lo que es. Esa mentalidad está completamente impregnada en cada uno de los clubs, en sus aficiones, en sus actitudes, en su forma de entender esto del fútbol. En su forma de actuar. 

En su forma de actuar. El karma.

Que el Sevilla sea superior al Betis no significa que siempre vaya a estar por encima. Pensar eso es una gilipollez. De hecho, muchas veces a lo largo de la historia el Betis ha estado por encima del Sevilla. Pero eso no quita para que las cosas no sean como son. El bajito flojeras de antes podrá pegar al maromo culturista. Podrá hacerle daño. Incluso, podrá hacerle caer. Ahora bien, cuando el maromo culturista le coja por banda, las consecuencias serán terribles. El karma. El año pasado, 5-1. Este año, 4-0, el equipo colista y el entrenador a la calle. La puntilla que dijo el otro. 

El año pasado, los sevillistas nos tragamos las bromitas de los audis, las autopistas y demás. El Betis fue toda la temporada por encima nuestra. Quedaron por delante después de hacer una liga soberbia. Se ganaron en el campo una clasificación europea que nosotros también obtuvimos, pero no por ser mejores deportivamente que otros, sino por cumplir con las normas que esos otros infringieron. Y supongo que muchos béticos lo disfrutaron de manera sana. Otros, sin embargo, no. Otros lo hicieron por comparación con el Sevilla. Otros se creyeron más grandes por quedar por encima un año. Esos otros están ahora secándose la cara manchada por su propio gargajo. 

El karma está presente en nuestras vidas de un modo continuado. Debemos saber lo que somos y actuar en consecuencia. No creernos una cosa diferente a nuestra realidad y salirnos de nuestro lugar en el mundo. Sí que podemos tratar de cambiar de lugar, de evolucionar, de mejorar. Pero eso no se consigue sobre la marcha. En fútbol, eso no se logra en una temporada. Y si no tienes eso claro, pasa lo que pasa. 

Las bromitas de sevillistas hacia béticos por lo que ha pasado son lógicas. Se iban a producir de todas las maneras. Pero después de ver cómo el año pasado, por una temporada buena que hicieron, muchos béticos se pusieron tan gallitos, la reacción de esos sevillistas está siendo mucho más dura. Acción - reacción - intensidad de la consecuencia. El karma otra vez. 

A mí no me verán acribillando a los béticos por lo que les ha ocurrido. Como digo, a mi el Betis me resbala. Ni me río de ellos en las buenas, ni me afectan sus bravatas en las malas. Consecuencia, apenas se dirigen a mi. No más que un valencianista o un atlético, más allá del hecho de que tengo familiares y amigos béticos. Pero no soy ajeno a lo que ocurre a mi alrededor. Y ahora esos béticos (no todos, sólo esos) están sufriendo el karma. Están recibiendo las consecuencias de sus actos en el pasado.

Que les sea leve. O no. 





martes, 26 de noviembre de 2013

Están locos estos suizos

Una de las cosas más interesantes que ofrece Twitter es la posibilidad de crear listas. Gracias a ellas, se puede seguir la actividad de un gran número de personas sin necesidad de colapsar el TL (el TimeLine, la pantalla que muestra los mensajes de las personas que sigues en la mencionada red social). Por ejemplo, yo puedo saber cómo respira el colectivo más a la izquierda del panorama político español ante una noticia sin necesidad de seguir a un gran número de ellos y que me llenen el TL de consignas (para eso ya tengo a mi amigo Pepe Gonce, y con él me basto y me sobro). Se trata de una actividad que me interesa mucho. Sale una noticia, la que sea, y me meto en la lista correspondiente para ver cómo ha sentado a este o a aquel colectivo. Es bueno conocer las opiniones y sugerencias de todos. De todo se aprende y todo te enriquece. 

Pues bien, justo eso hice este fin de semana cuando se supo que el domingo en Suiza se iba a celebrar un referéndum para saber si la población estaba o no a favor de limitar a la baja los sueldos de los altos directivos de la Banca. Recordemos que la Banca en Suiza es un sector que tiene incluso más importancia para el país que el Turismo en España. Vamos, que no se trataba de ninguna tontería. Y, claro, me metí en las listas correspondientes para ver qué se decía. Yo tengo mi propia opinión y la expondré un poco más adelante, pero quería conocer la de los demás. Por lo general, el comentario más extendido era algo así como que "igualito que en España". Algo evidente, por otra parte, a la vista de cómo un grupo de gañanes ha reventado el sistema financiero de nuestro país con una gestión nefasta, aparte de engañar y robar a una ingente cantidad de personas, a otras muchas echarlas de sus casas y, para colmo, obligando a realizar recortes y subidas de impuestos a la población para rescatar el sector. Y prácticamente ninguno ha pagado por ello. Al contrario, muchos se han retirado con jubilaciones escandalosas, aparte de haber cobrado una morterada en los últimos años por hacer eso: una nefasta gestión que ha reventado el sistema financiero de todo un país. Ante la pasividad (y hasta aquiescencia) de los gobiernos ante este hecho, es normal que buena parte de la población se relama ante el sueño de que un referéndum así fuera posible en España, para así conseguir que esa gente no ganara tanto por hacerlo tan mal. Y también que envidiase a un país como Suiza, capaz de hacer esa pregunta a sus ciudadanos, cosa que aquí sería impensable. 

Pero, para sorpresa de todos y descojone por mi parte, los suizos votaron que no. Que no se limitasen los ingresos que podían percibir los directivos de la banca. Digo descojone por mi parte, no porque me satisfaga el resultado de la consulta (que, francamente, me importa un bledo), sino porque me divirtió muchísimo el hecho de que todos se regocijaran por la celebración de dicho referéndum, dando por hecho un resultado, y que dicho resultado fuera justo el contrario. Es irónico, no me lo negarán. 

Por supuesto, todos los que tanto celebraron la consulta callaron al ver el resultado. La algarabía del día anterior, los chistes, las bromas, las puyas a los partidos políticos que han permitido lo ocurrido en España en los últimos años..., todo eso se convirtió en un abrumador silencio. Silencio sobre ese asunto, claro, no sobre todo lo demás. Que si se trata de hablar, temas hay para dar y regalar. 

Sobre esta cuestión, igual que sobre tantas otras, yo creo que hay mucha demagogia. Muchas consignas y eslóganes preparados, que llegan rápido a las personas y que son fáciles de repetir. Pero se llega poco al fondo de la cuestión, y esa es la razón que explica la sorpresa que ha causado el resultado de la consulta en Suiza. 

En mi opinión, el gran problema no es el sueldo del directivo, sino su mala gestión. Por supuesto, lo ocurrido en el sector de la Banca en España ha sido escandaloso, pero no por los altos sueldos, sino por la nefasta gestión. Todas las cosas tienen un precio, y un buen gestor para un sector vital en una sociedad como es la Banca cobra una millonada. Y si no se la pagan aquí, se la pagan en otro lado. Por ejemplo, en Suiza. Los suizos han entendido que si su sector económico más importante es el bancario, necesitan a los mejores para gestionarlo. Y si para traerse a los mejores hay que pagarles más que otros (para ficharlos, hablando clarito), pues no es bueno limitar los sueldos que puedan llegar a pagarles. La economía de su país (y la de los ciudadanos, por tanto) está en juego. Esa es la explicación. Otra cosa es que luego se les exiga esa buena forma de hacer las cosas, cosa que en España en los últimos tiempos no ha ocurrido. Pero, insisto, el problema no son los sueldos, sino que los que los cobran lo hagan mal y, además, que no hay penalización por ello.

Bajando al nivel de lo más importante dentro de las cosas que carecen de importancia, podemos apoyarnos en el ejemplo del fútbol. Cuando un equipo se propone fichar a un jugador, sabe que si quiere llevarse el gato al agua, tendrá que competir con otros clubes que le ofrecerán un sueldo. El que más pague (normalmente) lo fichará. Luego se le pedirá un rendimiento acorde con el sueldo que percibe. Y si se demuestra que el jugador no vale lo que cobra, las miradas se girarán hacia quien lo ha fichado por ese precio. Pero si, por contra, el futbolista rinde mucho, nadie se acordará de la morterada que le pagan. Incluso, los habrá que verán con buenos ojos hacerle una revisión del contrato para pagarle más y poner más difícil a otros equipos la tarea de intentar llevárselo. 

Esto del fútbol lo entiende todo el mundo. El problema no es tanto que un jugador cobre mucho, sino que ese dinero que se le paga esté bien invertido. Cristiano Ronaldo o Messi pueden ganar barbaridades obscenas e indecentes de dinero, pero mucho más aportan a quienes les tienen contratados (no sólo en lo deportivo, sino también en lo económico). Y lo mismo pasa en todos los sectores de una economía, incluida la banca. Cambien cualquier entidad bancaria suiza por "Real Madrid", al mejor directivo de banca por "Cristiano Ronaldo" y al sector bancario por "fútbol". Lo que han votado los suizos es que lo que votaría la inmensa mayoría de los aficionados al fútbol de nuestro país: que no se limiten los sueldos para así poder seguir disfrutando de los mejores jugadores del mundo. 

Claro que los suizos prefieren a los buenos directivos bancarios antes que a los buenos futbolistas. Están en un nivel evolutivo superior, supongo. .

viernes, 8 de noviembre de 2013

Se veía venir.

Hoy, si les place, vamos a hacer un ejercicio de pragmatismo. No me voy a extender demasiado. Sólo pretendo exponer el caso del que quiero hablar y aplicar el sentido común para labrarme una opinión. 

Hace unas semanas, Diego Perotti tuvo un feo gesto ante la afición que ha molestado mucho a los Biris. Estos lo han estado increpando desde entonces y anoche, durante el partido contra el Slovan, la situación se volvió grotesca, con unos sevillistas metiéndose con otros mientras el equipo no era capaz de arrancar más que un empate. Pero vuelvo a lo primero: hace unas semanas que ocurrió lo de Perotti. Desde entonces, se han venido produciendo esos improperios por parte de los Biris. Viendo la situación, ¿no habría sido de recibo que el jugador se excusase? Por lo visto, ayer dijo ante los micrófonos de Cuatro que, con lo que hizo, no quería ofender a nadie. Si eso es así, ¿no podría haberlo dicho antes? Es decir, si desde el primer momento ha sido recriminado por aquello, ¿por qué espera a que la cosa estalle del modo en que lo hizo ayer? Es evidente que la actitud del jugador no ha sido la correcta. No sé si es para más o para menos, allá cada cual, pero no ha sido la correcta. 

Como digo, ayer se produjo una situación grotesca en las gradas del Sánchez Pizjuán. Como sabemos, todo empezó cuando Perotti marcó el gol y los Biris, en vez de celebrarlo con la intensidad de costumbre, siguieron metiéndose con él. Aquí hay que tener en cuenta una cosa. Cuando alguien ofende a una persona, es absolutamente normal que esa persona reaccione de alguna manera. Luego podremos decir si esa reacción es proporcionada o no, pero la reacción es lógica. Y quien no lo vea así, que recuerde algún episodio en el que le hayan ofendido. A mí me parece una aberración pitar a uno de los nuestros durante el desarrollo de un partido, y más aún llegar a no celebrar un gol del Sevilla por haber sido marcado por ese jugador señalado. No me parece bien el modo en que se reacciona, pero entiendo la reacción. El Sevilla debe estar por encima de todo, pero las ofensas no pueden ser pasadas por alto. Y mucho menos cuando el que ofende no se ha retractado. 

Pero el colmo de los colmos fue ver a otros sevillistas silbando a los Biris por el hecho de que estos silbasen a Perotti. Si no me parece bien pitar a uno de nuestros jugadores en el desarrollo de un partido, imaginen qué opino de que se pite a una parte del sevillismo. Y si estos son los Biris, la cosa ya clama al cielo. De modo que el año pasado les rogábamos para que volvieran al estadio porque los partidos parecían velatorios en su ausencia, y ahora nos volvemos a meter con ellos. Tengo que reconocer que yo con los Biris tengo sensaciones encontradas. Partiendo de la base de que cada uno vive su sevillismo a su manera y que todas son respetables, yo, que soy una persona discreta y más bien introvertida, soy de los que ven los partidos metido en un rincón y comiéndome las uñas. Sin decir ni pío. Si las victorias del Sevilla dependiesen de los decibelios que yo emito a la hora de animar, apañado iría el equipo. Pero, gracias a los Biris, yo puedo vivir mi sentimiento a mi manera. Gracias a ellos, el Sánchez Pizjuán es uno de los estadios más animados de España sin necesidad de que yo haga nada. Por tanto, a pesar de que a menudo hacen cosas que a mí no me parecen bien, procuro ser comprensivo. Creo que el Sevilla se ve más beneficiado que perjudicado con sus actitudes. Los Biris son vehementes. Lo son a la hora de animar, y lo son también en otros sentidos, como por ejemplo este de Perotti. Y si hacen algo mal, alguien tendrá que decírselo sin necesidad de reventar un partido del equipo. Porque ellos son lo que son. Y si queremos beneficiarnos de su parte buena, habrá que saber llevar también sus defectos. Que defectos tenemos todos. Insisto en lo que decía antes. A mí no me parece bien la reacción que han tenido (pitar a un jugador durante un partido), pero me parece lógico que hayan reaccionado. 

Y para finalizar, tras todo lo dicho, sólo queda una pregunta que responder. ¿Quién es ese alguien que ha de decirle lo que sea a los Biris para evitar que ocurra lo de anoche? En verdad, la pregunta está mal hecha porque, si ese alguien hubiese actuado con diligencia desde el primer momento, ni los Biris hubiesen pitado a Perotti, ni otros sevillistas hubiesen increpado a los Biris ni, por supuesto, el lamentable espectáculo de ayer se habría producido. Hablo de la directiva, evidentemente. Los que son responsables últimos de TODO lo que ocurre en el club. Si la directiva le hubiese dicho el primer día a Perotti que esos gestos no se pueden tener con la afición y le hubiesen obligado a pedir excusas, nada de esto se habría producido. Sin embargo, han estado observando lo que se viene gestando desde hace semanas sin intervenir para nada. 

El sevillismo se compone de una ingente cantidad de personas, cada una de su padre y de su madre, y es evidente que hay muchas formas diferentes de ver las cosas. Todos tenemos virtudes y todos tenemos defectos. Una afición como la sevillista es un recurso brutal que, bien explotado, sabemos que da muchísimos beneficios al equipo. Es la directiva la responsable de explotar ese recurso, y todos los demás, en beneficio del club. Y eso quiere decir que se haga lo que sea para que florezcan las virtudes de cada uno, y no los defectos. La dejación de la directiva en este asunto ha provocado el efecto contrario. Que sólo hayan salido nuestros defectos, y ahí está el resultado. 

A mi me parece mal lo que ha hecho Perotti. Me parece mal la reacción de los Biris. Me parece mal que se pite a los Biris. Pero lo que peor me parece de todo es que la directiva no haya sido capaz (o no haya querido) atajar desde el principio este problema que todos sabíamos que iba a acabar mal. Porque es su responsabilidad el conservar un escenario en el que todos nos sintamos bien, a gusto, cada uno con su manera de sentir el sevillismo, de manera que sea el Sevilla el que se beneficie de ello. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Asco de gente. Asco de país.

¿Saben ustedes lo que es que alguien te mate a un ser querido? Yo, sí. Si quieren saber más, pinchen aquí y lean. Es un artículo que escribí hace un tiempo. Tengo que dejar claro esto. Que quien continúe leyendo sepa que sé de lo que hablo. Que sé lo que se siente. Que no hablo por hablar, como tanta y tanta gente está haciendo últimamente. 

Este domingo ha tenido lugar en Madrid una manifestación convocada por las víctimas del terrorismo en protesta por la anulación de la Doctrina Parot por parte del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, con sede en la ciudad francesa de Estrasburgo. Una manifestación que en un principio trataba de servir de apoyo a unas personas (muchas, demasiadas) que han sufrido la pérdida de un ser querido a manos de otros. Unas personas a las que han destrozado sus vidas, que siempre llevarán dentro esa pena, esa angustia, algo que nunca se olvida. Unas personas a las que lo único que les reconforta es el saber que se ha hecho justicia y que los culpables están pagando por sus actos. Ojo, nunca, JAMÁS, ese pago compensará la pérdida. Ni aunque pasen toda la vida en la cárcel. Ni aunque se aplicase la pena capital. La pérdida de un ser querido es irreparable, pero las víctimas han de aceptar lo que es de ley. Sólo piden el máximo rigor posible. A cambio de nunca ser completamente compensados (algo imposible), sólo piden el máximo rigor posible. Sólo con eso, ya están cediendo. Mucho. Muchísimo. Por poner un ejemplo, el padre de Marta del Castillo nunca volverá a ver a su hija y vivirá siempre preguntándose cuánto sufrió. Sin embargo, firmaría ahora mismo el encontrar el cuerpo y que el asesino pase en la cárcel todos los años que pone en su condena. Sabe de sobra que ni una cosa ni la otra se van a cumplir, pero lucha por ello. Es lo que le queda y espera que no le quiten hasta eso. 

Y hasta eso les han quitado a aquellos a los que se apoyaba en la manifestación de este domingo. Hasta eso. A pesar de lo mucho que ceden, porque no les queda más remedio, ni siquiera les respetan lo otro. Y los hay hasta que, encima, les dicen que sólo buscan fomentar el odio. Hay que ser hijo de puta (aparte de perfectos ignorantes) para atreverse a decir eso. Te matan a un ser querido, aceptas que nunca te repararán por ello, te conformas con que se haga justicia y si pides esto, que se haga justicia, te dicen que fomentas el odio. Quien diga eso, está podrido por dentro. Ni más ni menos. 

Ahora bien, otra cosa es buscar culpables a lo ocurrido. Desde los partidos políticos más representativos (y sus medios adláteres) se desvía la atención diciendo que en Europa no nos comprenden y que han cometido una injusticia. Y digo que se desvía la atención porque los culpables son ellos. No quizás los que están ahora al mando de dichos partidos (o sí, o solo en parte, según), sino quienes no tuvieron cojones de ponerse de acuerdo para modificar la ley en su momento, de manera que los presos cumplieran sus penas al completo. Igual que pasa hoy con la Educación, durante muchos años se utilizó el terrorismo como arma política, como propaganda electoral. Y aquí están los resultados de aquellas mierdas. Dentro de unos años (o incluso ya) podremos ver los resultados de la falta de consenso sobre Educación, pero ese es otro tema. Me limito a ponerlo como ejemplo. 

Dicho de otro modo, en Estrasburgo sólo se ha dicho a España que cumpla con SU ley. Con la ley española. La hija de puta esa a la que han soltado estos días ha cumplido su pena. Se ha pasado veintipico años en la cárcel porque la ley española que se aplicaba cuando se la condenó decía lo que decía. Y nuestra ley actual dice que no se puede aplicar una norma con efecto retroactivo. El Tribunal de Estrasburgo ha dicho que apliquemos nuestra mierda de ley y que no nos inventemos mecanismos para tergiversarlas porque eso atenta contra los derechos humanos. Pero la MIERDA es nuestra ley, no la sentencia de Estrasburgo. De eso parece que hay muchos que no se enteran. Y los culpables de que nuestra ley sea una mierda son los dos partidos que han gobernado en España en los últimos 30 años, es decir, PSOE y PP. Ambos dos. 

Para colmo, se ha querido utilizar la manifestación como arma política, ideológica. Unos van a la misma a darse golpes en el pecho, cuando son culpables de lo ocurrido. Otros, se plantan allí con sus banderas franquistas y sus enseñas fachas, como si el dolor de una víctima tuviera algo que ver con su mierda de ideología. Y otros, el colmo de los colmos ya, utlizan fotos sacadas a estos últimos para intentar hacernos ver que la manifestación era ultraderechista y que eso es lo que buscan las víctimas. Que eso es lo que son. 

A todos ellos, sólo me queda decirles una cosa: váyanse a tomar por culo, panda de cabrones. Y disculpen el lenguaje. 

No sé si puede haber algo más mezquino que utilizar el dolor de unas personas a las que han matado a algún ser querido para cualquiera sabe qué interés. La manifestación no era más que un grito desgarrado. Una forma de desahogo. Un juntarse con gente que han sufrido lo mismo (o que no, pero les quieren apoyar) para tratar de mitigar un poco el terrible dolor que les supone lo que ha ocurrido. No es política, no es ideología. Es dolor. DOLOR. Angustia. Pena. Y da igual la ideología o tendencia política de quien lo sufre. ¿O es que merecen más compasión unos u otros en función del partido al que voten? ¿Ni siquiera en eso nos podemos poner de acuerdo? ¿Ni siquiera a eso le vamos a tener respeto? ¿Hasta ese punto vivimos en un asco de país?

Y todavía esta mañana, en esas tertulias radiofónicas en las que se habla de todo sin tener ni idea de nada, había quienes censuraban la no presencia de según qué partidos o personalidades en la manifestación. ¿Por qué han de acudir los partidos? ¿Por que, en vez de eso, no se sientan a una mesa, se ponen de acuerdo y sacan de una puta vez leyes en beneficio de la ciudadanía, y no de sus intereses particulares? ¿Por qué nunca hacen lo que tienen que hacer y luego se dan golpes en el pecho cuando las cosas salen mal o alguien de afuera les dice que son unos inútiles?

Cada día siento más asco de mucha gente con la que comparto nacionalidad. Gente que considera buenas o malas a las personas en función de la ideología que tengan, no de sus actos. Gente que considera nazi hacer un escrache si es contra los suyos, pero comprensible si es contra los otros. Gente que apoya esos escraches o los condena en función de quien sea la víctima del mismo. Gente que critica que en Madrid gobierna alguien no votado, pero ve bien que en Andalucía pase lo mismo. O al revés. Gente que aborrece la dictadura chilena o la española, pero ve bien la cubana. Gente para los que los muertos valen más o menos en función de los colores de su pensamiento.

Gente que considera lícito el dolor de unos, pero no el de otros. 

Asco de gente. Asco de país. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Habla bien, habla andalú.

Existe, entre los que tenemos al castellano como lengua materna, un mito que me hace mucha gracia porque es una verdadera tontería. Hablo del convencimiento generalizado de que nuestro idioma es el único que se habla igual que se escribe, aseveración que esconde un chauvinismo exacerbado y que no puede estar más lejos de la realidad.

Si usted que lee esto es de los que piensa de ese modo, por favor, no se ofenda. No es esa mi intención. En absoluto. Pero déjeme decirle que está en un error. No es nuestro idioma el único que se habla igual que se escribe. De hecho, todos los idiomas se hablan igual que se escriben. Una palabra hablada en cualquier idioma no es más que la asociación de un concepto a una sucesión de sonidos. Si usted dice "mesa" en castellano, utiliza dos sonidos (dos sílabas) para referirse a un objeto. Y alguien que lo haga en inglés utilizará unos sonidos diferentes para decir lo mismo. Así ocurre en todos los idiomas.

Por otro lado, una palabra escrita en cualquier idioma no es otra cosa que la asociación de un concepto con unos signos gráficos. Y para cerrar el círculo, una palabra leída es la asociación de unos sonidos con esos signos gráficos. A modo de ejemplo, si yo dibujo el sígno gráfico "i", el sonido asociado en castellano lo sabemos todos. Pero en inglés, a ese signo gráfico se le asocia un sonido distinto (en concreto "ai"). Para ellos, esa letra se lee de una forma. Para nosotros, de otra. Ellos "hablan" esa letra igual que la escriben. Nosotros también. La diferencia es que, en su idioma, la asociación signo gráfico - sonido es diferente que en el nuestro.

Ahí va otro ejemplo. La "ch". Todos sabemos cual es el sonido asociado en castellano a esas dos letras juntas. En alemán, sin embargo, el sonido es parecido a nuestra jota. Así, la palabra "Trochowski" en castellano se pronuncia como sabemos, y en alemán es "Trojoski". ¿Quién pronuncia como escribe? ¿Nosotros? ¿Por qué? ¿Por qué el sonido correcto para el signo gráfico "ch" es el nosotros le damos y no el que le dan los alemanes? Si el castellano fuese el único idioma que se habla igual que se escribe, todo el mundo lo leería a la perfección. Pero eso no es así. ¿Por qué? Pues porque cada uno lee asociando a los signos gráficos el sonido correspondiente en su idioma.

En castellano tenemos un signo gráfico único: la "ñ". Sin embargo, en otros idiomas utilizan otras grafías para definir el mismo sonido. Los franceses, por ejemplo, utilizan la combinación "gn" para asociarla al sonido de nuestra ñ. De hecho, "español" en francés es "espagnol". En otros idiomas también tienen grafías únicas. En polaco tienen la "ł" que en castellano no existe y que se pronuncia como nuestra "v". Así, su moneda oficial antes que el euro era el "złoty", que en polaco se pronuncia algo así como "esvoti". En la propia España, todos decimos "Girona" pronunciando la "g" como una "y". Incluso, hay quienes se hacen la picha un lío, como cuando Lopera se refirió a Lérida como "Yérida", pero en fin. Esa es otra historia. Distintas asociaciones sonoras a la misma grafía, e incluso distintas grafías para iguales sonidos. Cada idioma es un mundo y cada idioma, según sus reglas, se escribe igual que se habla. 


Para entender esto, no hace falta irse al extranjero y aprender otras lenguas. Basta con ser andaluz. Nosotros hacemos con el castellano justo esto de lo que estoy hablando. Nosotros asociamos sonidos a signos gráficos de un modo distinto a otros castellano - parlantes. Nosotros no hablamos mal, como piensan muchos de Despeñaperros para arriba. Hablamos diferente. Es lo que se llama un "dialecto" del idioma. Y no es el andaluz el único, como podemos ver en la imagen adjunta (pinchar para ver mejor). Ni siquiera el andaluz es uniforme, sino que hay subdialectos dentro del dialecto (hay zonas en las que se cecea, otras en las que se sesea, la forma de hablar en Córdoba es muy distinta a la sevillana o la almeriense, incluso hay muchísima diferenciación entre zonas rurales y zonas urbanas, etc.). Eso, en la península. Si nos vamos a América, el número de dialectos del castellano es enorme. Y todos tienen una cosa en común: tratándose del mismo idioma, se produce una asociación diferente entre signos gráficos y sonidos a la hora de leerlos y pronunciarlos.


Hace poco, una amiga de mi mujer, originaria de La Rioja, nos recomendaba enseñar a nuestro hijo a hablar bien el castellano para que así no se equivocara luego a la hora de escribirlo. Y me maté con ella (como diría Del Nido). Este tipo de comentarios me sacan de quicio porque quien los dice no es más que un ignorante tratando de dar lecciones. Y tienen tan interiorizado el argumento de que el castellano es el único idioma que se escribe igual que se habla que son prácticamente imposibles de convencer de que están en un error. Con mi mujer (que es leonesa) me costó años, aunque acabó por comprenderlo y ahora me defiende en estas disputas. Y a esta chica de la que hablo conseguí más o menos hacerle ver algo a partir de que me dijo que hablaba francés.

En francés, (igual que en andaluz) el plural no se pronuncia (pero sí se escribe), a no ser que la siguiente palabra comience por vocal, en cuyo caso sí se hace y se une la "s" del plural con dicha vocal. Por ejemplo, "coche" en francés se escribe "voiture" y se pronuncia (más o menos) "voatig". En plural es "voitures", pero se pronuncia igual. "Los coches azules" se escribe "Les voitures bleues" y se pronuncia (insisto, más o menos) "le voatig blé". Sin embargo "los coches naranjas" sería "les voitures oranges" y se pronuncia "le voatiges-oganch".

Esto hizo reflexionar a la chica en cuestión, pero no se bajó del burro y replicó que el francés es el francés, ante lo que mi respuesta fue evidente: "Y el andalú es el andalú: un dialecto que asocia a los mismos signos gráficos un sonido diferente que el castellano".

Cuando alguien les diga que en Andalucía hablamos mal, sepan que, una de dos: o está queriendo ofender, o es un ignorante. En Andalucía se habla diferente. Como digo, a los mismos signos gráficos se les asocia sonidos distintos que en castellano. No es ni mejor ni peor. Es un dialecto de un idioma matriz y los que hablan dicho dialecto es como si hablaran una lengua diferente. A mí, por ejemplo, me cuesta menos hablar en inglés que en castellano puro. El inglés me sale de forma natural porque lo tuve que utilizar para vivir durante una buena temporada. El castellano puro, sin embargo, no. Yo soy capaz de hablar castellano puro, pero me sale forzado, lento, casi tartamudeando, porque tengo que estar todo el rato pensando cómo se pronuncia esto o aquello. Supongo que a cualquier andaluz que no haya hecho intensivos cursos de dicción le pasará lo mismo.

Y esto no es óbice para que sepamos escribir bien. Nuestro dialecto, nuestro "idioma", se escribe igual que el castellano, pero se pronuncia diferente. Damos distintos sonidos al mismo "dibujo", pero eso no quiere decir que no sepamos plasmar en un papel dicho "dibujo". Un andaluz que no sabe escribir es un ignorante, pero no por ser andaluz, sino por no saber escribir. Y eso le puede pasar a un andaluz, a un inglés, a un armenio e incluso a un madrileño (madrilegno en francés). Esto hay que saberlo y llevarlo con naturalidad. Es más, hasta con orgullo. Es parte de nuestra cultura, no un signo de incultura. No pasa nada por que un niño hable andaluz. No seamos idiotas. Al menos no tanto como un amigo mío que, de niño, se quiso poner tan propio que, en vez de escribir "azotea", puso "soteda" el muy gilipollas. Le suspendieron, claro. Por "fino". O el clásico "bacalado de Bilbado". Eso sí que es ser un ignorante. 

Al final, por la diferente influencia paterna y materna, mi hijo acabará hablando con una especie de mezcla de acentos, de manera que aquí le dirán que habla muy bien el castellano, y el León, que vaya acento andaluz que tiene. Pero sabrá escribir bien porque de eso me encargaré yo, y también el profesor que le toque en el colegio. Igual que escribe bien mi mujer y cualquier persona con un mínimo de cultura en cualquier parte del mundo. 

lunes, 14 de octubre de 2013

La locura de Doña Juana (y VI)

CAPITULO VI

LA LOCURA

1507 - 1555

Capítulos anteriores (I) - (II) - (III) - (IV) - (V)

El 20 de diciembre de 1506, un día antes del inicio del invierno, la Reina doña Juana, desoyendo los consejos, súplicas y hasta conatos de órdenes de todo el mundo, ordenó sacar de su tumba el féretro de su marido (enterrado en la Cartuja de Miraflores de Burgos) para proceder a su traslado a Granada, pues, según ella, tal era el deseo del difunto. Un traslado que se convirtió en uno de los episodios más lamentables de la historia de nuestro país, ya que la reina (que estaba embarazada de un hijo póstumo de su marido) se empeñó en hacerlo en procesión, con un importante séquito, haciendo parada en diferentes poblaciones castellanas por las que iban pasando. Y haciendo los recorridos de noche, en el frío invierno, alumbrando el cortejo con antorchas y con un coro de monjes entonando cánticos fúnebres. Es difícil imaginar algo más macabro. Ni siquiera su embarazo la detuvo, aunque sí el parto de su última hija, Catalina, que se produjo en Torquemada, villa en la que tuvo que permanecer hasta abril, para luego continuar. Fue durante ese recorrido cuando el pueblo, al ver el desvarío de la reina, dictó sentencia y le puso el (obvio) mote que ha perdurado hasta nuestros días.

La loca...

Doña Juana la Loca - Francisco Pradilla

Doña Juana siguió con el cortejo fúnebre incluso después del retorno de Fernando, su padre, y su reencuentro con él, que tuvo lugar en Tórtoles (Burgos) en agosto de 1507. Continuó después hacia el sur hasta llegar a Arcos (Cádiz), donde permaneció más de un año, cada vez más abandonada, durmiendo en el suelo, sin lavarse, sin cambiarse de ropa y siempre al lado del féretro de su marido. Pero después de una revuelta que tuvo lugar en Córdoba, Fernando el Católico supo de las intrigas de algunos nobles que estuvieron del lado de Felipe el Hermoso en su momento, temió que raptaran a su hija (que tan expuesta se encontraba) y decidió llevarla a un lugar seguro: Tordesillas. Allí se trasladó en febrero de 1509, siempre llevando consigo el féretro de su esposo y su macabro cortejo. Y allí quedó recluida junto a su hija pequeña Catalina.

Tordesillas
Entretanto, Fernando asumió la regencia de Castilla con admirable éxito. Aparte de la expansión por América, se tomaron diferentes plazas en el norte de Africa (Orán, Bujía, Mazalquivir, Argel, Trípoli...) y, sobre todo, se logró la anexión del Reino de Navarra (a partir de 1512), completando la unidad de lo que hoy conocemos como España. Era tanta su ambición, que pasaba por encima de cualquier cosa. Incluyendo la memoria y el legado de su primera esposa, Isabel (ya comentamos en el capítulo anterior su boda con la francesa Germana de Foix y lo que pudo llegar a suponer) y, por supuesto, de su hija, la verdadera reina. Incluso, y para que a nadie se le pasara por la cabeza la posibilidad de que Juana pudiera recuperarse hasta el punto de estar preparada para gobernar, la llegó someter a una humillación pública nada propia de un padre. Porque, en cierta ocasión, se hizo acompañar de nobles y embajadores para acudir a visitarla a Tordesillas. Una vez allí, fue a verla él solo primero. Y cuando certificó lo que suponía (el lamentable estado en el que se encontraba), permitió a los demás acudir para que lo vieran y que no le cupiera duda a nadie de que era él quien debía seguir en la regencia.

Cardenal Cisneros
A la muerte de Fernando el Católico en 1516, fue de nuevo el Cardenal Cisneros quien asumió la regencia, mientras doña Juana seguía recluida en Tordesillas. Sin embargo, el cambio de gobernante trajo diferentes mejoras en la situación de la reina, cuyos cuidados hasta entonces habían dejado mucho que desear. Es paradójico que sea a la muerte del padre cuando la situación de la hija mejore. Hay que reconocer que lo que Fernando hizo con ella (tenerla medio abandonada para que destacase su mal estado y que nadie le discutiese su poder) fue muy beneficioso para la gobernanza del país. Una Castilla con alguien débil y desvariado como doña Juana al frente hubiese sido un nido perfecto para nobles sin escrúpulos deseosos de enriquecerse personalmente a costa de dicha debilidad, antes que atender las necesidades de la nación. Fernando el Católico fue un estadista absolutamente brillante, pero una persona deplorable. Gracias a él se cimentaron las bases del esplendoroso Imperio Español de los siglos posteriores. Sin su actuación, Castilla y Aragón hubiesen vuelto a ser reinos pequeños y destrozados por luchas internas de poder. Pero a veces hay que cuestionarse hasta qué punto el fin justifica los medios. Se dice que Maquiavelo se inspiró en él para escribir "El Príncipe", que no es más que un tratado sobre política en el que se muestra cómo puede un gobernante lograr sus objetivos, aun pasando por encima de cualquier cosa, y a la vez ser bien visto y considerado por sus súbditos y demás gobernantes. De ahí salió el adjetivo maquiavélico, que viene a significar algo así como retorcido, sibilino. Y justo así era Fernando. Un personaje de leyenda al que la historia le debe muchísimo, pero que, escarbando un poco en su vida, nos damos cuenta de hasta qué punto fue un ser humano siniestro, mezquino, insensible y eso, lo que digo: maquiavélico.

A pesar de todo, yo soy de la opinión de que, a estas alturas, en 1516, doña Juana aún no estaba loca. Podemos hablar de una persona excéntrica, pero no con la cabeza perdida, como comprobaremos más adelante. Y eso que en los últimos tiempos había sufrido un inmenso daño por culpa de la actitud de Fernando el Católico. Se sabe que el deseo de la reina era el de reunir a todos sus hijos a su lado y gobernar Castilla con el consejo y apoyo de su padre. Pero este quiso gobernar él solo, sin ninguna injerencia, la encerró en un castillo y no permitió que viniera su descendencia. Sólo la pequeña Catalina vivía con ella. Ni siquiera Fernando, el hijo que tuvo cuando Felipe se marchó a Flandes, dejándola a ella sola en Castilla, y que estaba siendo criado bajo la directa supervisión de su abuelo El Católico. Doña Juana fue sacrificada por las ambiciones de su padre. Fue encarcelada, abandonada y hasta humillada (como hemos visto). Fue separada de sus hijos, y todo ello tras un duelo tan complicado como el que sufrió tras la muerte de su marido. Una muchacha que en 1509 (cuando fue encerrada) aún no había cumplido los 30 años. De haber tenido un mejor trato, posiblemente habría sido capaz de salir de ese estado tan depresivo. No sabemos si como para convertirse en una gran reina, pero sí al menos para llevar una vida normal. Pero su propio padre la sentenció. La condenó a su suerte. La abandonó a sabiendas de lo mal que se encontraba, pero, en mi opinión, ni siquiera eso consiguió que esa depresión deviniera en locura. Al menos aún.

Carlos I de España de adolescente
Y es aquí, a la muerte de Fernando el Católico, cuando hace aparición Carlos I, el hijo que doña Juana tuvo en los lavabos del castillo de Gante y que siempre había vivido en Flandes. La persona designada por Isabel la Católica para gobernar Castilla en caso de incapacidad de doña Juana, eso sí, en el momento en que tuviera edad para ello. En 1516, Carlos tenía 16 años. Y bien asesorado por sus validos, tomo una decisión innovadora para su tiempo. Ya que era él el designado para gobernar y también el heredero a la corona cuando falleciese su madre, decidió auto - proclamarse algo así como "co - rey" (permítaseme la expresión). No iba a ser sólo gobernador, sino rey a la par que su madre. Algo semejante a lo que hicieron sus abuelos, los Reyes Católicos, pero no siendo matrimonio, sino madre e hijo. He ahí la innovación.  Así, los documentos oficiales se comenzaron a encabezar con la leyenda:

"Doña Juana e don Carlos, su hijo, reina y rey de Castilla, de León, de Aragón..."

Dada la inmensa grandeza de un personaje como Carlos I de España y V de Alemania, puede que muchos no sepan del enorme respeto que este mantuvo hacia su madre. De entrada, no fue rey pasando por encima de ella (como hizo Felipe el Hermoso, y como hizo también Fernando el Católico con el título de Gobernador), sino que la puso a su mismo nivel, aunque fuera nominalmente. Luego, lo primero que hizo cuando pisó España por primera vez en 1517 fue ir a verla. Y no para hacerle una visita de cortesía, sino que, llevándose también a su hermana Leonor, pasó conviviendo con ella un buen número de días. Y, posteriormente, a lo largo de toda su vida, le hizo incontables visitas, dentro de lo que sus enormes responsabilidades como rey de España y Emperador alemán le permitieron.

De todos modos, ni siquiera ese respeto evitó que se mantuviera su encierro en Tordesillas. Pero es que, a esas alturas, no había otra opción para guardar el orden en la Península. Y la prueba más clara de ello la obtuvo al poco de acceder al trono: la revuelta de los Comuneros. Lo que tanto quiso evitar Fernando el Católico se produjo muy poco después de la muerte de este. Que algún partido contrario al estatus establecido se rebelara y quisiera utilizar y aprovecharse de la debilidad de la Reina para alcanzar sus intereses. Con el pretexto del desconcierto que se creó en Castilla al ser coronado rey un muchacho adolescente, extranjero, que nunca había pìsado nuestra tierra, que ni siquiera hablaba nuestro idioma y que colocó a gente de su confianza (extranjeros también) en importantes cargos, un buen número de ciudades se levantó en armas en 1520 y sus líderes trataron de engatusar a doña Juana para que reclamara sus derechos como reina en contra de su hijo. 
Juan de Padilla
Uno de los líderes de los Comuneros


La reina vio en este movimiento una evidente oportunidad para obtener de una vez la libertad que le era negada desde hacía una década. De hecho, fue libre a partir del momento en que este movimiento tomó el control de Tordesillas. Los comuneros, a través de uno de sus líderes, Juan de Padilla, que se entrevistó con ella, se pusieron al servicio de doña Juana con la esperanza de que esta estuviese con ellos y obtener así un apoyo fundamental para su causa. No en balde, ella era la verdadera reina. Solo faltaba que diese un paso al frente, que demostrara que estaba capacitada para tomar el mando. No se le pedía que fuera como su madre, la mejor reina que se había visto nunca en Castilla, pero sí al menos que supiese rodearse de buenos consejeros y que delegase en ellos las decisiones. Y doña Juana casi lo hace. Casi. En un emotivo, histórico y poco conocido discurso ante la Junta de los Comuneros, demostró que para nada tenía la cabeza perdida. Pidió perdón por no haber tomado las riendas con anterioridad, se justificó alegando lo difícil que fue para ella asumir la pérdida de su marido, la tristeza por tener que vivir separada de sus hijos y que, mientras vivió su padre, el gobierno estaba bien atendido; reconoció que tenía que hacer lo que fuera para pasar página y seguir adelante; cargó contra su padre por no haber tenido la dignidad de ayudarla, aunque lo justificó acusando a Germana de Foix, la segunda esposa de aquel, de ser la principal instigadora de que se mantuviera su encierro en Tordesillas durante tantos años. 

Batalla de Villalar de los Comuneros
El cambio en doña Juana fue evidente en aquellos días. De pronto, se transformó, y así lo dejan reflejado los cronistas de la época e incluso algunos visitantes que tuvo, como el embajador de Portugal. Cambios en la actitud, en el humor, incluso en la vestimenta y en la llevanza de una vida ordenada. Parecía haber salido del pozo y para certificarlo, sólo faltaba una cosa: que firmase los acuerdos de la Junta Comunera, lo cual daría a esta una razón legal para sus pretensiones. Ni más ni menos que el apoyo de la verdadera reina. Eso les hubiera dado una fuerza enorme, una legitimidad a la que difícilmente se hubiera podido hacer frente. Pero la reina les pidió a cambio una cosa que ellos, por desgracia, no tenían:

Tiempo. 

La Demencia de Doña Juana
Lorenzo Vallés
Doña Juana pidió tiempo para recuperarse, para terminar de salir del pozo..., para ponerse mejor. Recordemos que, aparte de la dificilísima vida que había tenido, llevaba once años encerrada en un castillo. Si ya en 1506, cuando murió su marido, había tenido aquel comportamiento tan cercano a la locura, imaginen cómo se debía encontrar tras más de una década de encierro y separada de cuatro de sus cinco hijos. Y aún así, dio el paso al frente para tomar el mando. No estaba loca. Ni muchísimo menos. Al revés, demostró una descomunal fuerza, porque, como diríamos hoy burdamente, hay que tenerlos como el caballo de Espartero para, después de pasar lo que pasó aquella muchacha, aún tuviera arrestos para dar ese paso al frente. Pero necesitaba un poco más de tiempo, es natural, lógico, completamente comprensible. No hablamos de dar paseítos matutinos por la ribera del Duero (que era lo que estaba empezando a hacer), sino de tomar el mando de un incipiente imperio; de enfrentarse a su hijo; seguramente, de hacer frente a una guerra contra los partidarios de este, entre los que estaban algunos de los grandes nobles y que recibirían, evidentemente, el apoyo del Sacro Imperio, pues Carlos, a aquellas alturas, ya era también Emperador. Era un reto inmenso para alguien tan maltratado. Y, a cambio, sólo pedía eso: un poco de tiempo. 

Ajusticiamiento de Padilla, Bravo y Maldonado,
líderes de los Comuneros
Pero no lo había. Eso no se le podía conceder y poco después, cuando Tordesillas volvió a caer en manos regias y fue encerrada de nuevo, doña Juana recayó en su depresión y ya jamás se recuperó de ella. Estamos a finales de 1520 y a esta pobre mujer le esperaba un encierro de 35 años más, hasta 1555. Porque la vida fue tan cruel con ella que la hizo permanecer en el mundo de los vivos hasta los 76 años, algo verdaderamente inaudito en aquella época. Treinta y cinco años encarcelada en un castillo, privada de cualquier atisbo de libertad, sola con sus obsesiones, con sus fantasmas y sin respuesta a una pregunta que la martirizaría día y noche. ¿Por qué? ¿Qué razón había para que su esposo, su padre y su hijo se empeñaran en tenerla allí metida, día tras día, mes tras mes, año tras año...? Si ella nunca tuvo ambiciones políticas, si sólo quería vivir en paz... ¿qué razón había?  

Treinta y cinco años. ¿Qué razón había? No había respuesta. No había razón alguna. Y eso fue lo que la volvió loca. ¿Acaso no nos habría ocurrido lo mismo a cualquiera de nosotros?

Juana la Loca recluida en Tordesillas con su hija Catalina - Francisco Pradilla

Mientras España se convertía en un inmenso imperio, doña Juana permaneció encarcelada en Tordesillas por orden de su hijo Carlos, aunque este nunca la dejó de lado. Mantuvo la mención a ella en todos los documentos oficiales, considerándola reina a la par que él. La visitó en incontables ocasiones e hizo que conociera a toda su familia, inculcándoles a sus hijos, los nietos de ella, el mismo respeto. De hecho, el propio Felipe II, cuando aún no era rey, pero ejercía la gobernación en España durante las ausencias de su padre, también la visitó en repetidas ocasiones. 

Y hay algo verdaderamente conmovedor en el final de la vida de Carlos I que no me gustaría pasar por alto. Como si, efectivamente, él hubiera tenido siempre claro que su reinado se ejercía a la par que el de su madre, justo cuando ella murió, en 1555, él decidió abdicar y retirarse, decisión que se convirtió en oficial a partir del siguiente año. Dos años después, en 1558, don Carlos moría en el Monasterio de Yuste, en Cáceres, y a mí me da por pensar que, igual, este hombre tuvo presente a su madre con mucha mayor intensidad que lo que la Historia nos cuenta, hasta el punto de abandonar el poder cuando ella hizo lo propio con el mundo de los vivios. Como si hubiera querido llevar a cabo el reinado que su madre, por su incapacidad, no pudo. Como si, una vez fallecida esta, ese reinado careciera de sentido y fuera hora de legarlo al siguiente en la línea de sucesión. 

Es una teoría absurda, lo sé, pero es que la historia de doña Juana es tan triste, que a uno le dan ganas de buscar alguna explicación a tanta desgracia. Alguna respuesta a aquel porqué que la volvió loca. Algún sentido a tanta crueldad. Y trato de imaginar que la esplendorosa vida que debió tener aquella señora, y que le fue negada, fue la que vivió su hijo, que este fue consciente de ello y que, una vez terminada la de su madre, la suya tomó el mismo camino justo a continuación.

Y si las cosas no fueron así, que seguramente no lo fueron, ¿por qué, entonces? Esta es una pregunta sin respuesta y uno de los mayores borrones del que la Historia llama el Siglo de Oro español. 


Estatua de Doña Juana con la corona en las manos, porque fue reina,
y el mundo a sus pies, porque lo fue de un imperio.
Tordesillas

martes, 8 de octubre de 2013

La locura de Doña Juana (V)

CAPÍTULO V

AÑOS DE INTRIGAS

1505 - 1506

Capítulos anteriores: (I) - (II) - (III) - (IV) 

La muerte de Isabel la Católica supuso el punto de partida de una carrera hacia la consecución del gobierno de Castilla llena de intrigas y malas artes. Una carrera protagonizada por dos personajes sin escrúpulos que no escatimaron medios para ganarla: Felipe el Hermoso y Fernando el Católico.

Sepulcro de los Reyes Católicos
Capilla Real - Catedral de Granada
Felipe tenía muy claro que quería ser rey de Castilla, aunque para ello tuviera que pasar por encima de su propia esposa, Juana. De hecho, desde el retorno de esta a Flandes en la primavera de 1504, el trato que la dispensó fue motivo de escándalo público. Sus infidelidades eran tan descaradas que Juana llegó a tomarse el asunto a la tremenda, hasta el punto que, en cierta ocasión, la tomó con una de las damas de la corte con las que la engañaba su marido y la agredió con unas tijeras, para luego ordenar que la pelasen a rape porque sabía que su melena agradaba mucho a Felipe. Y este, harto de los escándalos que montaba su mujer, acabó por someterla del todo, por limitar su libertad y hasta, en ocasiones, por encerrarla en una alcoba. Sabía que tenía que controlarla porque era algo así como su billete hacia el trono (ya que la heredera era ella) y en ello puso todo su empeño.

Las noticias llegan a Castiila y el enfado de los reyes por la actitud de su yerno es monumental. Tanto, que Isabel, en su testamento, dejó plasmado su deseo de que, en caso de incapacidad de Juana, quien gobernase Castilla fuese Fernando el Católico hasta que su nieto Carlos cumpliera la edad conveniente para hacerse cargo.

Germana de Foix
Y aquí entra en acción el marido de la Reina Isabel. Quien tenga una visión idílica de Fernando el Católico y no conozca al detalle su historia, que se prepare para llevarse una monumental decepción (como me ocurrió a mí cuando supe de todo esto que voy a contar ahora). Porque Fernando no esperó ni un año desde la muerte de su esposa (acaecida, recordemos, en noviembre de 1504, pocos meses después del retorno de Juana a Flandes) para volverse a casar. Y no lo hizo con una cualquiera, no. ¿Recuerdan la cacareada enemistad de los Reyes Católicos con Francia? Pues bien, Fernando se casó con Germana de Foix, sobrina del rey francés, en el marco de los tratados de paz firmados en Blois a cuenta del conflicto de Nápoles (también comentado) En virtud de ellos, Germana recibía los derechos sucesorios del reino del sur de Italia, los cuales volverían al rey francés caso de que el matrimonio no tuviera hijos. Así se cepilló don Fernando el conflicto por el que tanto sufrió, no sólo Isabel, sino también algunas de sus hijas a cuenta de las alianzas matrimoniales a las que se llegaron para aislar a Francia. No importó que Aragón ganase en el campo de batalla, con las grandes victorias militares de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Podría haber negociado otra cosa, pero hizo lo que hizo y apenas unos meses después de la muerte de su esposa. Despreciando todo aquello por lo que la gran reina luchó. Y cuando digo todo, me refiero a TODO, porque ¿saben lo que significaba que Fernando y Germana tuvieran un hijo? Que ese hijo sería heredero del Reino de Aragón y la unión de reinos que selló con el matrimonio con Isabel desaparecería. ¿Y saben de qué se dice que murió Fernando el Católico? Pues de abusar de la cantárida, una sustancia que se utilizaba en la época como hoy se hace con la viagra (Fernando tenía 53 años cuando casó con Germana). De hecho, tuvieron un hijo, el cual, afortunadamente para lo que hoy conocemos como España, murió al poco de nacer. Y Fernando puso tanto empeño en tener descendencia con Germana que acabó pagándolo con su vida. Eso era lo que le importaba lo logrado por su mujer tras toda una vida de lucha. Y ahora, si quieren, sigan considerando a este señor como uno de los forjadores de la España unida. Como el gran príncipe del Renacimiento; el que tuvo un matrimonio caballeresco con Isabel la Católica; el que le fue fiel y leal y el que merece haber pasado a la historia como un héroe, en lugar de como un personaje retorcido, ruin y miserable. Como un gran hijo de puta, que es como yo lo considero. No debe extrañar a nadie que, según se asegura, fuera toda una inspiración para Maquiavelo. 

Fernando el Católico
Dicho esto, y volviendo atrás, al punto donde dejamos la historia tras la muerte de Isabel la Católica, fue Felipe el Hermoso quien sufrió en sus carnes esta forma de ser tan "peculiar" del rey aragonés. De entrada, hubo tres cosas que debieron enfurecerle. La primera, el hecho de que la Reina le desplazara en su testamento del gobierno de Castilla: o Juana, o, en caso de incapacidad de esta, Fernando. La segunda, que tras tratar de minimizar sus problemas matrimoniales con Juana mandando una carta amistosa a Fernando en la que le aseguraba que la cosa no era para tanto, con el objetivo de que no declararan incapaz a su esposa porque ello conllevaría su apartamiento y la concesión del Gobierno a Fernando en virtud del testamento de Isabel la Católica, el rey aragonés hiciera oídos sordos y moviera los hilos necesarios para que las Cortes le proclamaran gobernador. Y la tercera, la alianza de este con el rey francés, materializada en el matrimonio anteriormente comentado. De hecho, Felipe y Juana tardaron más de un año en trasladarse a Castilla, y esta vez lo hicieron por mar, no por tierra atravesando Francia, como la última vez. Pocas ganas tendría Felipe de ver al rey galo, agraviado sin duda por ese pacto con El Católico. Fue una travesía tormentosa que se inició en enero de 1506, durante la cual tuvieron que hacer una escala de tres meses en Inglaterra porque el clima no era propicio para navegar, y que terminó en La Coruña a finales de abril. Y terminó en La Coruña porque, aunque Fernando les esperaba en Laredo, Felipe trató de ganar tiempo con ese cambio de destino. Ahí comenzaba la lucha entre estos dos personajes por el gobierno de Castilla. Fernando había logrado, en octubre de 1505, la aprobación como Gobernador por parte de las Cortes, pero Felipe quería ganarse el favor de los nobles (apartados en su día del gobierno por los autoritarios Reyes Católicos) a cambio de prebendas, para así presionar a favor de su esposa, suponiendo que en Castilla se la consideraba incapacitada para gobernar, de modo que, de esa forma, dicho gobierno recayera sobre él. Y en medio, sufriendo presiones a diestro y siniestro, queda la desventurada nueva Reina, más preocupada por sus obsesiones que por lo que se estaba jugando en tan trascendental momento histórico.
Felipe el Hermoso

Felipe, bien asesorado desde dentro de Castilla, se dirigió por carta a los Grandes y, aparte, la propia Juana escribió una misiva en la que se quejaba de que la pudieran declarar incapaz de reinar y resaltando que, en todo caso, debería ser su marido quien gobernase en un caso semejante. Esta carta es real, lo que no lo parece tanto es que fuera ella quien la escribiese espontáneamente y sí al dictado de su marido o de alguno de sus validos. Los historiadores parecen estar de acuerdo en que Juana fue utilizada por Felipe en favor de sus intereses. De hecho, se sabe que la tenía cautiva, que ella no obraba ni se podía mover con libertad. En la carta se reconoce el mal de Juana, pero se lo equipara al que tuvo su madre Isabel (que también se comportó con ira a causa de los celos), recalcando que nada de eso impidió a La Católica reinar con éxito. Esta es la maniobra que Felipe utilizó para no negar los males de su esposa, pero, a la vez, intentar que no la incapacitasen y así él ascender al trono.

Y la maniobra surtió efecto. La nobleza y el clero dieron su apoyo a Felipe (lo vendieron, más bien) y Fernando se vio obligado a recular. En Castilla había sentado muy mal su boda con Germana de Foix, fruto de esa alianza con los eternos enemigos franceses, y, para colmo, el partido nobiliario estaba a favor de su contrincante. De modo que, el 27 de junio de 1506, en Villafáfila (Zamora) llegó a un acuerdo con el marido de su hija y se retiró a Aragón a cambio de derechos económicos sobre la Hacienda de Castilla y de mantener la condición de Maestre de la tres órdenes militares: Santiago, Calatrava y Alcántara.

A partir de este momento, se puede decir que Felipe es rey de Castilla, aunque su esposa Juana no estaba conforme del todo con la situación. No era eso lo que había querido su madre. Isabel la Católica dejó escrito que si Juana no podía ser Reina, la gobernación debía ser cosa de Fernando. Evidentemente, aquella carta de la que hablamos antes y en la que decía que esa tarea sólo correspondería a su esposo es real, pero no escrita por ella, como sospechan los historiadores. Cosa que se demuestra en detalles como este. De hecho, Juana estaba convencida de ser un estorbo para las ambiciones de su marido y de que la quería encerrar. Mucho más después de llegar a un acuerdo con Fernando, de modo que no importaba que ella estuviera incapacitada o no para que Felipe fuera rey. Incluso, cuando a primeros de septiembre estaban a punto de llegar a Burgos para su coronación (pasaron el verano "paseando" por Castilla en loor de multitudes), cierta noche, Juana se negó a entrar en la aldea en la que pararían porque esta tenía un castillo y estaba convencida de que su marido la iba a encerrar ahí. Y decidió pasar la noche al raso. De nuevo, como en aquella ocasión en Medina del Campo, aunque esta vez, en septiembre, el clima no era tan frío.

Burgos - Catedral
Finalmente, los nuevos reyes llegaron a Burgos el 6 de septiembre de 1506. Era allí donde Felipe tenía pensado instalar la sede de su gobierno en Castilla. Un Felipe que se las prometía muy felices. Había accedido al trono, su esposa Juana (la verdadera heredera) estaba a su merced y la práctica totalidad de la nobleza le apoyaba. Todo pintaba de maravilla y, dada su juventud (28 años) se auguraba un largo reinado. Nada más lejos de la realidad. Apenas tres semanas después, el 25 de septiembre, el nuevo rey fallecía repentinamente y en extrañas circunstancias. Se dice que, durantre un juego de pelota, aún sudando, bebió agua fría en cantidad, lo cual le sentó tan mal que enfermó con altas fiebres y murió a los pocos días. ¿Ustedes se lo creen? ¿Piensan que, efectivamente, una muerte natural sobrevino a un hombre de 28 años casualmente cuando justo acababa de acceder al trono? ¿Y con un agraviado Fernando el Católico de por medio?

Nápoles - Castel Capuano
A mí me sorprende, no sólo esta muerte, sino, antes de ella, el hecho de que Fernando se resignase tan fácilmente a renunciar al gobierno de Castilla cuando su propia esposa se lo adjudicó en el testamento. Hablamos de Fernando el Católico. Con todo lo que ese hombre había logrado a lo largo de toda su vida, en el campo de batalla y en el diplomático, ¿se viene abajo ante un muchacho como Felipe, teniendo todo un testamento de una reina a su favor? Yo no me lo creo. En absoluto. Incluso, veo hasta coherente que, tras la muerte del nuevo rey, tardara un año en aparecer por Castilla para asumir el gobierno. Había viajado a Nápoles para hacerse cargo de su nueva posesión y no fue hasta 1507 cuando regresó. Una persona tan retorcida como él no iba a aparecer inmediatamente para que quien fuera le acusara de oportunismo, o, peor aún, sospechara de estar detrás de tan sorpresiva muerte. Es más, apostaría hasta a que permitió que la anarquía amenazase con apoderarse de aquel reino para luego aparecer él en plan salvador. Incluso, me atrevería a decir que supuso que, durante ese tiempo, su hija Juana demostraría a todos su absoluta incapacidad para gobernar (como en efecto ocurrió), lo cual le otorgaría a él todos los derechos a la hora de exigir dicho gobierno. Todo esto que estoy diciendo no es nada descabellado. Al revés, es lo más normal, teniendo en cuenta la forma de ser de Fernando el Católico.

Y respecto a Juana, lo que acabo de decir se cumplió totalmente. Después de pasar al lado de su marido los últimos días de la vida de este, sirviéndole en todo, actuando como su enfermera particular y con una entereza tan admirable que fue recogida por los cronistas de la época, cuando por fin llegó la hora de la muerte, el terrible mal que llevaba una década gestándose en el interior de aquella joven mujer (tenía solo 26 años) dio la cara definitivamente. Ya sin nadie que la controlase ni presionase, salió a la luz lo que de verdad llevaba dentro. En un principio fue la apatía lo que la dominó, abandonándose completamente en el vestir y el comer y pasando todo el tiempo a oscuras, sola y meditabunda. No quería ver ni hablar con nadie y, curiosamente, solo se interesaba por la música, su gran afición. Por supuesto, desatendió completamente las obligaciones de Estado y no se interesó en ningún momento por el día a día del gobierno del reino, del cual se hizo cargo un triunvirato formado por el Condestable de Castilla, el Duque de Nájera y el Cardenal Cisneros.

Eso en un principio. Porque, un par de meses después de la muerte de Felipe, algo en su cabeza saltó como un resorte. De repente, recordó que su esposo dijo alguna vez que quería que lo enterrasen en Granada, e hizo que lo sacaran de su tumba en la Cartuja de Miraflores (Burgos) para trasladarlo. Estamos a punto de presenciar uno de los episodios más grotescos y macabros de la Historia de España. Y el inicio de la verdadera demostración de locura de doña Juana.



Pero permítanme que lo cuente con más detenimiento en el siguiente capítulo.


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lunes, 30 de septiembre de 2013

La locura de Doña Juana (IV)

CAPITULO IV

AÑOS DE DESESPERACIÓN

1500 - 1504

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La muerte de Miguel de la Paz, hijo de Isabel (la primogénita de los Reyes Católicos) y de Manuel I de Portugal estuvo envuelta en polémica. Miguel, que nació en 1498 y en cuyo parto murió su madre, debía haber heredado Castilla, Aragón y Portugal. Era el heredero universal, habría tenido la oportunidad de conformar una nación colosal, un imperio jamás visto a lo largo de toda la Historia de la Humanidad. Los Reyes Católicos eran conscientes de ello y el bebé se comenzó a criar en la corte castellana, no en la portuguesa, donde vivía su padre. Esto ya de por si es raro, pero más aún lo fue la actitud de Felipe el Hermoso. O quizás, aquello fue consecuencia directa de esta última.

Palacio de Sintra - Residencia de los reyes de Portugal
Cuando el Príncipe don Juan, segundo hijo de los Reyes Católicos y primer heredero, falleció en 1497, Felipe reclamó el derecho de su esposa Juana al título de Princesa de Asturias, despreciando a Isabel, la hermana mayor de esta, que estaba por delante en la línea de sucesión. Fue ahí donde el Habsburgo comenzó a demostrar su verdadero carácter ambicioso y su falta absoluta de escrúpulos. Esa petición fue, obviamente, rechazada por los reyes, los cuales es de suponer que comenzaron a desconfiar del marido de su hija. Al año siguiente, la que falleció fue Isabel, la nueva heredera, en el parto de su primer hijo, como hemos comentado. Y esa desconfianza de los reyes debió ser el motivo por el que se hicieron cargo de este hijo, de Miguel, a pesar de que su padre era el rey de Portugal y vivía en Sintra, sede de la corte del país vecino. Lo querían proteger a toda costa. Pero el remate de las curiosidades en torno a este asunto es el hecho de que la noticia de la muerte del Príncipe don Miguel no llegó a Felipe y Juana de parte de los reyes, sino de un enviado que tenían en la corte castellana, cuya misión era vigilar lo que pasaba alrededor de aquel bebé. Se sabe (porque así lo hacen ver los cronistas de la época) que la muerte de este fue celebrada en Bruselas de tal forma que parecía como si la estuviesen esperando. Por supuesto, los reyes enviaron una misiva a Juana y Felipe informándoles de lo ocurrido y reclamándoles que viajaran a España para jurar como herederos en ambos reinos, Castilla y Aragón. Misiva que llegó en tiempo y forma convenientes. Lo sorprendente fue la velocidad a la que lo hizo la primera. La del enviado. Sorprende tanto que no hay más remedio que considerar la muerte como, al menos, sospechosa. No será la única, como veremos más adelante. Y estando de por medio Felipe el Hermoso y Fernando el Católico, dos personajes tan retorcidos (por no decir hijos de puta, que ese lenguaje en Historia queda poco elegante), cualquier intriga que imaginemos puede adquirir visos de real. Pero no adelantemos acontecimientos y centrémonos en lo que nos ocupa.

Después de que la señora Muerte hiciera su trabajo, Juana se encuentra con que, casi de golpe y porrazo, se ha convertido en Princesa de Asturias y heredera de todas las posesiones de sus padres. Sin embargo, no es ella la que lleva la batuta en este sentido, sino su marido: Felipe el Hermoso. Ella, en aquellos tiempos (año 1500), vivía presa de sus obsesiones alrededor de las infidelidades de su esposo. Eso era lo primero en su escala de prioridades. Y aunque sabemos que era consciente de la importancia del momento, no tenía la cabeza en condiciones para imponerse. Ella no pudo obrar como su madre, haciendo valer sus derechos y no dejando que su esposo la ningunease por el hecho de ser ella la mujer y él el hombre. Desde un principio, desde mucho antes de siquiera aspirar seriamente a la sucesión, Felipe la tenía sometida. O mejor, ella estaba sometida a él. Juana hacía todo lo que fuera necesario para mantener a su marido a su lado y evitar que se fuera con otras. Y lo hacía de un modo obsesivo, utilizando cualquier cosa, asunto o argumento que tuviera a su alcance. Esta perdidamente enamorada de él, lo cual la llevaba al sometimiento más absoluto. Y él, consciente de ello, no dudó en utilizar esa circunstancia en su propio beneficio.
Doña Juana con sus hijos, Carlos y Fernando
El deterioro de la Princesa es notorio y evidente

No obstante, una cosa es que Juana estuviese obsesionada con Felipe, y otra que ya hubiera abrazado la locura. En 1500, Juana no estaba loca. Probablemente no enloqueció de verdad hasta años después de ser encerrada en Tordesillas. Juana sufría una enorme depresión que la hacía estar como apartada del mundo durante largos periodos de tiempo. Y que la obligaba a centrar su atención en lo que la obsesionaba. Pero era perfectamente capaz de echar a sus fantasmas a un lado cuando la ocasión lo requería. Eso lo demostró en bastantes ocasiones, y este punto de nuestro relato, cuando son llamados por los reyes para jurar como herederos, es un ejemplo perfecto de ello. Felipe decidió posponer el viaje, a lo que ella accedió, a pesar del desplante que suponía para sus padres. Además, rehusó ir a Castilla con el príncipe Carlos (como querian los Reyes Católicos, ya que, al ser varón y de su sangre, era en él en quien pensaban como verdadero heredero a futuro), a lo que ella accedió, sobre todo porque el niño tenía meses de vida. Incluso, y dada la fascinación que tenía Felipe por todo lo francés, no puso pega a hacer el viaje por tierra, atravesando el país galo, y a hacer una prolongada parada en París en la que, literalmente, hacer la pelota al rey francés en busca de su favor. Pero lo que no permitió, bajo ningún concepto, fue prometer al príncipe Carlos con la hija del rey francés. Puede que como simple condesa de Flandes hubiera accedido. Pero ya siendo heredera de la corona de Castilla, sabiendo la enemistad que sus padres siempre tuvieron con los franceses, no lo consintió por nada del mundo. Que una cosa es no estar preparada para el gobierno de un reino y otra bien distinta no saber la importancia y la grandeza que el título de Princesa de Asturias tenía. Esa alianza matrimonial hubiera supuesto el sometimiento de Castilla a Francia. Y Juana demostró saber lo que se traía entre manos hasta el punto de vencer a sus obsesiones, enfrentarse a su marido (cuentan que dicho enfrentamiento fue de órdago) y mantenerse firme en esa decisión.

No obstante, ya fuera en periodos de lucidez o en otros más depresivos, sus obsesiones siempre estaban rondándole la cabeza. Y ahí se encontraban cuando cruzaron la frontera por Fuenterrabía el 26 de enero de 1502. Ya estaban en Castilla, por fin, pero lo que Juana se encontró en palacio cuando llegó al lado de su madre fue muy diferente a lo que dejó seis años atrás. El príncipe Juan había muerto. Sus hermanas pequeñas ya no estaban allí (María casó con Manuel I de Portugal, el viudo de su hermana mayor Isabel, y Catalina estaba en Londres, prometida a Arturo, heredero de la corona inglesa). Además, su madre era una persona diferente a la que la despidió en el interior de aquel barco, en el puerto de Laredo. Isabel la Católica, después de una vida intensísima y de tener que sufrir una muerte tras otra, entre hijos y nietos, en los últimos pocos años, había envejecido considerablemente y convertido en una persona triste y solitaria. Juana hubiera necesitado de alegría y buen humor para recuperar un poco su ánimo, pero se encontró con lo más parecido a un velatorio.

Leonor, Carlos e Isabel - Los tres hijos mayores de Juana
Anónimo - Museo Kunsthistorische de Viena
Durante ese año de 1502, Juana quedó embarazada de nuevo, pero eso no fue óbice para que Felipe mostrara en otoño su intención de volver a Flandes, aun sabiendo que eso significaba dejar en Castilla a su mujer en dicho estado. Acaso lo necesitaba. Posiblemente estaba harto de ella y sus obsesiones. De su afán por controlarle, por estar a su lado, por el sexo..., por pretender que él estuviera tan enamorada de ella como ella de él, cosa que para nada ocurría. Desoyó los consejos y los ruegos de todos y se marchó, provocando en Juana uno de los estados depresivos más profundos desde que abandonó Castilla para casarse. Y no es de extrañar. No sólo por separarse de la persona a quien más quería, sino también (quizás sobre todo) por no poder controlarle ni vigilarle, eso que constituía su mayor obsesión. Por no hablar de que sus otros tres hijos estaban allí, en Flandes, y cuando se marchó Felipe, iba ya para un año que no los veía. Para colmo, una vez en Bruselas, Felipe le envió una carta en la que le expresaba el deseo de su hijo Carlos (de sólo 4 años) de que volviera pronto a su lado. Como el perro del hortelano, Felipe, sabe Dios por qué motivo, ni quería estar con su esposa, ni quería tenerla lejos. Acaso la consideraba como algo de su propiedad; algo de lo que echar mano cuando se le antojase y dejar de lado cuando el capricho fuera el contrario. 

Juana aguantó como pudo hasta marzo de 1503, cuando nació su cuarto hijo (Fernando, quien en el futuro sería Emperador del Sacro Imperio, a la abdicación de su hermano Carlos), y a partir de entonces insistió en su deseo de marcharse. Sus padres le dieron largas y ella se hundió en la desesperación. Apenas dormía, apenas comía, apenas hablaba, andaba siempre sola, triste, seria, meditabunda, dia tras día, noche tras noche. Según Mártir de Anglería (humanista milanés al servicio de los reyes), su estado era lastimoso; y no sólo debía causar pena a sus familiares, sino a cualquiera que la viera. Y aquí nos deberíamos parar un momento porque, a veces, la sucesión de acontecimientos históricos nos arrolla y dejamos de lado a las personas. Imaginen, por favor, a una joven de 23 años, que ya es madre de cuatro hijos, tres de los cuales están a miles de kilómetros y a los que hace más de un año que no ve. Añadan a eso la angustia provocada por las palabras de su propio hijo en aquella carta que le mandó Felipe. Imaginen que esta chica tiene un marido que la trata con indiferencia (por no hablar de desprecio), que le es infiel repetidamente y que la ha dejado allí, embarazada, para él irse de vuelta a su casa solo. Es decir, que puede estar haciendo lo que le venga en gana sin vigilancia alguna, lo cual la martiriza (como no puede ser de otra manera). Imaginen a los padres de esta muchacha, más preocupados por los intereses del Estado que por el modo en que ella está hundiendose en una depresión alarmante. Que no le hacen el debido caso. Que pasan de ella, hablando mal y pronto. Imaginen el cuadro, la escena..., la situación. La soledad, la inseguridad, la falta absoluta de cariño y de respeto, la sensación de incomprensión, de abandono. Y a eso añádanle que se le pedía estar preparada para, en su momento, asumir el reinado de dos naciones y un incipiente imperio, cosa para lo que no fue educada ni preparada. Piénsenlo por un momento. Empaticen. Acuérdense de cuando tenían 23 años (si es que tienen más) y pónganse en el lugar de esta pobre chica. ¿Es o no es para volverse locos?

Pues justo eso fue lo que le pasó a Juana de Castilla y Aragón. 

Vista exterior y patio interior del Castillo de la Mota
Medina del Campo - Valladolid
Su desesperación llegó a tal punto que decidió marchar por su cuenta de vuelta a Flandes. Corría el mes de noviembre de 1503, Juana residía en el Castillo de la Mota, en Medina del Campo, y cierto día decidió, simple y llanamente, coger la puerta e irse. Pero los guardias que custodiaban la plaza se lo impidieron. Tenían órdenes de la Reina de no dejarla salir. Juana no residía en aquel lugar. Estaba encerrada allí y al darse cuenta de ello, se declaró en rebeldía y pasó la noche al raso en el patio del castillo. Una noche al raso en plena Castilla en noviembre supone pasar un frío considerable. Es una locura, ni más ni menos. La Reina fue avisada y a pesar de su mal estado de salud, se desplazó a Medina para hablar con su hija. El enfrentamiento que tuvieron fue tan intenso, que fue recogido por los cronistas de la época. Fue ese día cuando doña Isabel se dio cuenta del grave problema que tenía su hija. Y ya era bastante tarde. Como fuera, la Reina consiguió calmar a Juana y le prometió que en cuanto el clima fuera propicio, haría lo necesario para que regresara a Bruselas, cosa que ocurrió en la primavera de 1504. 

Aquello era lo que le faltaba por ver a Isabel la Católica. Después de una vida tan intensa y exitosa, de haber unido su reino al de Aragón, culminado la Reconquista, conquistado Canarias, dominado a la nobleza y al clero, descubierto un nuevo continente, logrado alianzas matrimoniales con las más importantes potencias europeas para aislar a sus enemigos... después de un reinado tan absolutamente genial y esplendoroso en el que convirtió un pequeño reino, emprobrecido y dividido por feroces luchas internas, en la mayor potencia mundial del momento, resulta que no tiene a nadie a quien dejar su legado. Sus herederos fueron muriendo uno tras otro y quien le quedaba, su hija Juana, le demuestra que no tiene la cabeza en condiciones para hacerse cargo, lo cual supone un verdadero drama. Isabel cayó en una profunda depresión que la consumió rápidamente. Incluso, ella fue perfectamente consciente de que sus días en este mundo llegaban a su fin. Probablemente así lo desearía. Recordemos que su madre sufrió enajenación mental, su hija también, y es muy posible que todas ellas tuvieran propensión genética a la depresión, como ya hemos comentado con anterioridad. Es probable que Isabel la Católica nunca se dejara llevar por estados depresivos porque, aparte de su fuerza y personalidad, inundó su vida de retos, a cual más ambicioso, y los éxitos fueron cayendo uno detras de otro. Pero al final de sus días, cuando ya poco quedaba por hacer y en vista de tanta desgracia personal, esa depresión a la que debía ser propensa encontró el resquicio por el que entrar y se quedó en su interior hasta llevársela por delante. Isabel no murió de depresión, pero esta le quitó las fuerzas para luchar contra nada. Incluido su mal estado de salud. 

La muerte sobrevino a Isabel la Católica apenas unos meses después del retorno de su hija a Flandes. Estamos a 26 de noviembre de 1504 y Juana era, oficiosamente, reina de Castilla como heredera natural. Pero las cosas no eran así de fáciles. Ni mucho menos. Es más, lo más difícil, lo más duro, lo más complicado estaba justo por venir. 


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