martes, 8 de octubre de 2013

La locura de Doña Juana (V)

CAPÍTULO V

AÑOS DE INTRIGAS

1505 - 1506

Capítulos anteriores: (I) - (II) - (III) - (IV) 

La muerte de Isabel la Católica supuso el punto de partida de una carrera hacia la consecución del gobierno de Castilla llena de intrigas y malas artes. Una carrera protagonizada por dos personajes sin escrúpulos que no escatimaron medios para ganarla: Felipe el Hermoso y Fernando el Católico.

Sepulcro de los Reyes Católicos
Capilla Real - Catedral de Granada
Felipe tenía muy claro que quería ser rey de Castilla, aunque para ello tuviera que pasar por encima de su propia esposa, Juana. De hecho, desde el retorno de esta a Flandes en la primavera de 1504, el trato que la dispensó fue motivo de escándalo público. Sus infidelidades eran tan descaradas que Juana llegó a tomarse el asunto a la tremenda, hasta el punto que, en cierta ocasión, la tomó con una de las damas de la corte con las que la engañaba su marido y la agredió con unas tijeras, para luego ordenar que la pelasen a rape porque sabía que su melena agradaba mucho a Felipe. Y este, harto de los escándalos que montaba su mujer, acabó por someterla del todo, por limitar su libertad y hasta, en ocasiones, por encerrarla en una alcoba. Sabía que tenía que controlarla porque era algo así como su billete hacia el trono (ya que la heredera era ella) y en ello puso todo su empeño.

Las noticias llegan a Castiila y el enfado de los reyes por la actitud de su yerno es monumental. Tanto, que Isabel, en su testamento, dejó plasmado su deseo de que, en caso de incapacidad de Juana, quien gobernase Castilla fuese Fernando el Católico hasta que su nieto Carlos cumpliera la edad conveniente para hacerse cargo.

Germana de Foix
Y aquí entra en acción el marido de la Reina Isabel. Quien tenga una visión idílica de Fernando el Católico y no conozca al detalle su historia, que se prepare para llevarse una monumental decepción (como me ocurrió a mí cuando supe de todo esto que voy a contar ahora). Porque Fernando no esperó ni un año desde la muerte de su esposa (acaecida, recordemos, en noviembre de 1504, pocos meses después del retorno de Juana a Flandes) para volverse a casar. Y no lo hizo con una cualquiera, no. ¿Recuerdan la cacareada enemistad de los Reyes Católicos con Francia? Pues bien, Fernando se casó con Germana de Foix, sobrina del rey francés, en el marco de los tratados de paz firmados en Blois a cuenta del conflicto de Nápoles (también comentado) En virtud de ellos, Germana recibía los derechos sucesorios del reino del sur de Italia, los cuales volverían al rey francés caso de que el matrimonio no tuviera hijos. Así se cepilló don Fernando el conflicto por el que tanto sufrió, no sólo Isabel, sino también algunas de sus hijas a cuenta de las alianzas matrimoniales a las que se llegaron para aislar a Francia. No importó que Aragón ganase en el campo de batalla, con las grandes victorias militares de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Podría haber negociado otra cosa, pero hizo lo que hizo y apenas unos meses después de la muerte de su esposa. Despreciando todo aquello por lo que la gran reina luchó. Y cuando digo todo, me refiero a TODO, porque ¿saben lo que significaba que Fernando y Germana tuvieran un hijo? Que ese hijo sería heredero del Reino de Aragón y la unión de reinos que selló con el matrimonio con Isabel desaparecería. ¿Y saben de qué se dice que murió Fernando el Católico? Pues de abusar de la cantárida, una sustancia que se utilizaba en la época como hoy se hace con la viagra (Fernando tenía 53 años cuando casó con Germana). De hecho, tuvieron un hijo, el cual, afortunadamente para lo que hoy conocemos como España, murió al poco de nacer. Y Fernando puso tanto empeño en tener descendencia con Germana que acabó pagándolo con su vida. Eso era lo que le importaba lo logrado por su mujer tras toda una vida de lucha. Y ahora, si quieren, sigan considerando a este señor como uno de los forjadores de la España unida. Como el gran príncipe del Renacimiento; el que tuvo un matrimonio caballeresco con Isabel la Católica; el que le fue fiel y leal y el que merece haber pasado a la historia como un héroe, en lugar de como un personaje retorcido, ruin y miserable. Como un gran hijo de puta, que es como yo lo considero. No debe extrañar a nadie que, según se asegura, fuera toda una inspiración para Maquiavelo. 

Fernando el Católico
Dicho esto, y volviendo atrás, al punto donde dejamos la historia tras la muerte de Isabel la Católica, fue Felipe el Hermoso quien sufrió en sus carnes esta forma de ser tan "peculiar" del rey aragonés. De entrada, hubo tres cosas que debieron enfurecerle. La primera, el hecho de que la Reina le desplazara en su testamento del gobierno de Castilla: o Juana, o, en caso de incapacidad de esta, Fernando. La segunda, que tras tratar de minimizar sus problemas matrimoniales con Juana mandando una carta amistosa a Fernando en la que le aseguraba que la cosa no era para tanto, con el objetivo de que no declararan incapaz a su esposa porque ello conllevaría su apartamiento y la concesión del Gobierno a Fernando en virtud del testamento de Isabel la Católica, el rey aragonés hiciera oídos sordos y moviera los hilos necesarios para que las Cortes le proclamaran gobernador. Y la tercera, la alianza de este con el rey francés, materializada en el matrimonio anteriormente comentado. De hecho, Felipe y Juana tardaron más de un año en trasladarse a Castilla, y esta vez lo hicieron por mar, no por tierra atravesando Francia, como la última vez. Pocas ganas tendría Felipe de ver al rey galo, agraviado sin duda por ese pacto con El Católico. Fue una travesía tormentosa que se inició en enero de 1506, durante la cual tuvieron que hacer una escala de tres meses en Inglaterra porque el clima no era propicio para navegar, y que terminó en La Coruña a finales de abril. Y terminó en La Coruña porque, aunque Fernando les esperaba en Laredo, Felipe trató de ganar tiempo con ese cambio de destino. Ahí comenzaba la lucha entre estos dos personajes por el gobierno de Castilla. Fernando había logrado, en octubre de 1505, la aprobación como Gobernador por parte de las Cortes, pero Felipe quería ganarse el favor de los nobles (apartados en su día del gobierno por los autoritarios Reyes Católicos) a cambio de prebendas, para así presionar a favor de su esposa, suponiendo que en Castilla se la consideraba incapacitada para gobernar, de modo que, de esa forma, dicho gobierno recayera sobre él. Y en medio, sufriendo presiones a diestro y siniestro, queda la desventurada nueva Reina, más preocupada por sus obsesiones que por lo que se estaba jugando en tan trascendental momento histórico.
Felipe el Hermoso

Felipe, bien asesorado desde dentro de Castilla, se dirigió por carta a los Grandes y, aparte, la propia Juana escribió una misiva en la que se quejaba de que la pudieran declarar incapaz de reinar y resaltando que, en todo caso, debería ser su marido quien gobernase en un caso semejante. Esta carta es real, lo que no lo parece tanto es que fuera ella quien la escribiese espontáneamente y sí al dictado de su marido o de alguno de sus validos. Los historiadores parecen estar de acuerdo en que Juana fue utilizada por Felipe en favor de sus intereses. De hecho, se sabe que la tenía cautiva, que ella no obraba ni se podía mover con libertad. En la carta se reconoce el mal de Juana, pero se lo equipara al que tuvo su madre Isabel (que también se comportó con ira a causa de los celos), recalcando que nada de eso impidió a La Católica reinar con éxito. Esta es la maniobra que Felipe utilizó para no negar los males de su esposa, pero, a la vez, intentar que no la incapacitasen y así él ascender al trono.

Y la maniobra surtió efecto. La nobleza y el clero dieron su apoyo a Felipe (lo vendieron, más bien) y Fernando se vio obligado a recular. En Castilla había sentado muy mal su boda con Germana de Foix, fruto de esa alianza con los eternos enemigos franceses, y, para colmo, el partido nobiliario estaba a favor de su contrincante. De modo que, el 27 de junio de 1506, en Villafáfila (Zamora) llegó a un acuerdo con el marido de su hija y se retiró a Aragón a cambio de derechos económicos sobre la Hacienda de Castilla y de mantener la condición de Maestre de la tres órdenes militares: Santiago, Calatrava y Alcántara.

A partir de este momento, se puede decir que Felipe es rey de Castilla, aunque su esposa Juana no estaba conforme del todo con la situación. No era eso lo que había querido su madre. Isabel la Católica dejó escrito que si Juana no podía ser Reina, la gobernación debía ser cosa de Fernando. Evidentemente, aquella carta de la que hablamos antes y en la que decía que esa tarea sólo correspondería a su esposo es real, pero no escrita por ella, como sospechan los historiadores. Cosa que se demuestra en detalles como este. De hecho, Juana estaba convencida de ser un estorbo para las ambiciones de su marido y de que la quería encerrar. Mucho más después de llegar a un acuerdo con Fernando, de modo que no importaba que ella estuviera incapacitada o no para que Felipe fuera rey. Incluso, cuando a primeros de septiembre estaban a punto de llegar a Burgos para su coronación (pasaron el verano "paseando" por Castilla en loor de multitudes), cierta noche, Juana se negó a entrar en la aldea en la que pararían porque esta tenía un castillo y estaba convencida de que su marido la iba a encerrar ahí. Y decidió pasar la noche al raso. De nuevo, como en aquella ocasión en Medina del Campo, aunque esta vez, en septiembre, el clima no era tan frío.

Burgos - Catedral
Finalmente, los nuevos reyes llegaron a Burgos el 6 de septiembre de 1506. Era allí donde Felipe tenía pensado instalar la sede de su gobierno en Castilla. Un Felipe que se las prometía muy felices. Había accedido al trono, su esposa Juana (la verdadera heredera) estaba a su merced y la práctica totalidad de la nobleza le apoyaba. Todo pintaba de maravilla y, dada su juventud (28 años) se auguraba un largo reinado. Nada más lejos de la realidad. Apenas tres semanas después, el 25 de septiembre, el nuevo rey fallecía repentinamente y en extrañas circunstancias. Se dice que, durantre un juego de pelota, aún sudando, bebió agua fría en cantidad, lo cual le sentó tan mal que enfermó con altas fiebres y murió a los pocos días. ¿Ustedes se lo creen? ¿Piensan que, efectivamente, una muerte natural sobrevino a un hombre de 28 años casualmente cuando justo acababa de acceder al trono? ¿Y con un agraviado Fernando el Católico de por medio?

Nápoles - Castel Capuano
A mí me sorprende, no sólo esta muerte, sino, antes de ella, el hecho de que Fernando se resignase tan fácilmente a renunciar al gobierno de Castilla cuando su propia esposa se lo adjudicó en el testamento. Hablamos de Fernando el Católico. Con todo lo que ese hombre había logrado a lo largo de toda su vida, en el campo de batalla y en el diplomático, ¿se viene abajo ante un muchacho como Felipe, teniendo todo un testamento de una reina a su favor? Yo no me lo creo. En absoluto. Incluso, veo hasta coherente que, tras la muerte del nuevo rey, tardara un año en aparecer por Castilla para asumir el gobierno. Había viajado a Nápoles para hacerse cargo de su nueva posesión y no fue hasta 1507 cuando regresó. Una persona tan retorcida como él no iba a aparecer inmediatamente para que quien fuera le acusara de oportunismo, o, peor aún, sospechara de estar detrás de tan sorpresiva muerte. Es más, apostaría hasta a que permitió que la anarquía amenazase con apoderarse de aquel reino para luego aparecer él en plan salvador. Incluso, me atrevería a decir que supuso que, durante ese tiempo, su hija Juana demostraría a todos su absoluta incapacidad para gobernar (como en efecto ocurrió), lo cual le otorgaría a él todos los derechos a la hora de exigir dicho gobierno. Todo esto que estoy diciendo no es nada descabellado. Al revés, es lo más normal, teniendo en cuenta la forma de ser de Fernando el Católico.

Y respecto a Juana, lo que acabo de decir se cumplió totalmente. Después de pasar al lado de su marido los últimos días de la vida de este, sirviéndole en todo, actuando como su enfermera particular y con una entereza tan admirable que fue recogida por los cronistas de la época, cuando por fin llegó la hora de la muerte, el terrible mal que llevaba una década gestándose en el interior de aquella joven mujer (tenía solo 26 años) dio la cara definitivamente. Ya sin nadie que la controlase ni presionase, salió a la luz lo que de verdad llevaba dentro. En un principio fue la apatía lo que la dominó, abandonándose completamente en el vestir y el comer y pasando todo el tiempo a oscuras, sola y meditabunda. No quería ver ni hablar con nadie y, curiosamente, solo se interesaba por la música, su gran afición. Por supuesto, desatendió completamente las obligaciones de Estado y no se interesó en ningún momento por el día a día del gobierno del reino, del cual se hizo cargo un triunvirato formado por el Condestable de Castilla, el Duque de Nájera y el Cardenal Cisneros.

Eso en un principio. Porque, un par de meses después de la muerte de Felipe, algo en su cabeza saltó como un resorte. De repente, recordó que su esposo dijo alguna vez que quería que lo enterrasen en Granada, e hizo que lo sacaran de su tumba en la Cartuja de Miraflores (Burgos) para trasladarlo. Estamos a punto de presenciar uno de los episodios más grotescos y macabros de la Historia de España. Y el inicio de la verdadera demostración de locura de doña Juana.



Pero permítanme que lo cuente con más detenimiento en el siguiente capítulo.


Capítulos siguientes: (VI)

1 comentario:

juan antonio de la rosa dijo...


Vamos que nos vamos.

Saludos Sevillistas (Triana1952)

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