viernes, 24 de febrero de 2017

¿La unión del sevillismo?

Quienes me conocen lo saben: mi mujer es de León. De la parte norte, de una de las cuencas mineras, de la comarca que colinda con Asturias por la zona de Pajares. Con Asturias, lugar donde yo mismo viví y trabajé durante dos años. Conozco bien aquellos sitios, por tanto, viajo allí muy a menudo, y todo el mundo sabe que esa es la mejor manera de aprender, de conocer y de conocerte a ti mismo a través del contraste, de la comparación con los demás. Y cuando hablo de conocerte a ti mismo, también me puedo referir a conocer el lugar de donde vienes. A conocer tu tierra. A comprender cómo somos y por qué, en comparación con cómo son fuera de aquí y los motivos. Nadie es mejor o peor porque sí, depende de los gustos de quien compare, pero cada uno es como es y no se puede pretender ser lo que no.

En la cuenca minera a la que me refiero, igual que en el resto de cuencas mineras que conozco, las cuales se dedican al carbón, aprendí el verdadero significado de unos valores que ya conocía, pero no con tanta intensidad. Honor, dignidad, solidaridad, lealtad..., unión. Los habitantes que pueblan los valles mineros tienen meridianamente claro que su supervivencia en aquel lugar depende absolutamente de que a los trabajadores de la mina les vaya bien. Son el motor de aquella economía, el corazón, el alma, los que ganan el dinero que luego se mueve por aquellos lugares. El minero cobra un sueldo, el cual gasta en los establecimientos de la zona, los cuales subsisten gracias a ese dinero y todo repercute en beneficio del lugar. Todos dependen de todos, pero en la cima, en la punta del iceberg, están los mineros. En última instancia, todo depende de ellos. 

Por tanto, cuando los mineros se declaran en huelga (lo cual ocurre cada tanto, por desgracia para ellos), se declara en huelga toda la comarca. Toda. Todos se unen a ellos en sus reivindicaciones porque todos son ellos y ellos lo son todo. La supervivencia de todos depende de ellos y van con ellos a muerte porque de eso dependen sus vidas. Y ay del que no lo haga. Si el panadero del pueblo decide no parar cuando paran los mineros, estos cogerán sus coches para comprar el pan en el pueblo de al lado (aunque les salga más caro por el simple hecho de tener que desplazarse) hasta acabar por arruinar al esquirol. Al traidor. Como decía antes, allí imperan valores como el honor, la dignidad, la lealtad y la solidaridad hasta extremos exagerados, de manera que eso les lleva a la unión absoluta. Con toda la fuerza que eso supone. Que tienen otras cosas malas, muchas, sin duda, pero esto que digo es así, tal cual. Unión absoluta. Fuerza. Tanta fuerza que, hasta ahora, han sido invencibles. Todos los gobiernos españoles han intentado en alguna ocasión acabar con la industria del carbón. Es lógico, se trata de una industria altamente contaminante y deficitaria de por sí. De hecho, para su subsistencia, es necesario que el estado la subvencione porque, de lo contrario, desaparecería. Es una industria deficitaria, como digo. Sería más lógico dedicar ese dinero a otras industrias más ecológicas y menos caras.

Pues bien, no hay forma. Nunca ha habido forma. Es tal su unión y su fuerza que no ha habido gobernante con cojones de acabar con ellos. Antes se terminará físicamente el carbón en las minas que alguien llegue y consiga acabar con ellos. De hecho, es lo que está ocurriendo. Cada vez hay menos mineros trabajando porque cada vez hay menos carbón. Pero la industria sigue funcionando y recibiendo grandes cantidades de dinero de todos los españoles para que así sea. Ojo, que no estoy defendiendo nada, no estoy tomando partido por nadie. Sólo digo que la lealtad y la solidaridad entre los habitantes de aquellos lugares es tan fuerte, que genera una unión y una fuerza bestial. Imbatible hasta hoy. 

Hablemos de fútbol ahora. Extrapolemos esto al mundo del fútbol, salvando las enormes distancias, evidentemente, que los mineros y sus convecinos se unen para salvaguardar su subsistencia y el fútbol, en comparación con eso, es algo completamente baladí.

He de reconocer que me estoy riendo mucho en estos días en los que tanto se habla de la necesaria unión del sevillismo. Me río con tristeza y con cierto deje de condescendencia porque mucha gente de la que tanto habla demuestra con sus palabras no tiene ni puta idea de lo que es unión. Y digo que no tienen ni puta idea porque basan el motivo de esa unión en el sevillismo común, cuando la verdadera unión la dan los valores. La verdadera fuerza reside en la lealtad y la solidaridad. Evidentemente, hay un objetivo común, algo que nos acerca, que nos une, pero eso no nos da fuerza indefectiblemente. Y la lealtad y la solidaridad, no ya en el sevillismo, sino en esta nuestra tierra..., digamos que no es tan "intensa" como en otras partes. 

En el asunto este de los Biris, cada cual puede pensar lo que quiera porque para eso estamos en un país libre, pero si de verdad defendemos la unión del sevillismo, hay que interponer los valores de lealtad y solidaridad por delante de lo que uno piensa, o no hablar de unión. No se puede pedir que los Biris actúen (animen) como si nada pasase, de la misma manera que aquel panadero no puede vender pan mientras los mineros están de huelga. Y no, el Sevilla no está por encima de todo. Por encima de todo están las personas. Sin Sevilla no habría Biris, pero sin personas no habría Sevilla. Desde ciertos entes con mucho poder están intentando llevar la expresión de "fútbol - negocio" hasta sus máximas consecuencias, pasando por encima de las personas y utilizando conceptos muy relativos como "violencia" en favor de sus propios intereses. Todos sabemos que la "violencia" en las gradas de nuestro estadio se da, como mucho, en igual intensidad que en otros sitios que no aparecen nunca en los medios. Por tanto, no es la "violencia" lo que persiguen. Lo que persiguen es cargarse el ambiente de nuestro estadio y están utilizando la falta de unión que saben que hay en el sevillismo para conseguirlo. 

Lealtad y solidaridad. Estamos sufriendo un ataque externo y la punta de lanza del mismo se ha clavado en el corazón de nuestra grada, igual que les pasaba a los habitantes de aquellos valles cuando eran los mineros quienes se veían amenazados. Si queremos que nuestra grada siga siendo la que suele ser, tenemos que permanecer unidos, como mineros y convecinos. Y si queremos unión, tenemos que ser leales y solidarios con ellos. Esto no quiere decir darles la razón en todo, ser uno más de ellos ni considerarles hermanitas de la caridad. Quiere decir ser leales y solidarios, apoyarles en sus reivindicaciones, estar con ellos cuando piden que no se criminalice el todo por la parte y que sea la Policía quien detenga y ponga a disposición judicial a quien cometa un delito, sea biri, albañil, banquero o presidente de un equipo de fútbol. La Policía, no Tebas, el chivato de lo de los insultos o la prensa amarilla al servicio de quienes todos sabemos. 

Esto no va de que en el campo del Sevilla se insulte más o menos que en el salón de mi casa cuando echan un partido por televisión. Esto va de otra cosa y mientras no seamos leales y solidarios los unos con los otros, acabarán ganándonos. Y ahora toca ser leal y solidario con quienes están sufriendo la afrenta, igual que ellos se pusieron entre los ingleses y el resto en aquella grada de Basilea. Que, por cierto, el hecho de que en aquella parte de la grada hubiera ingleses dice mucho de lo falsa que es la unión que ahora se pide.

Sé que esto es predicar en el desierto. Que hay mucha gente que declara lealtad de boquilla y luego te la clava por la espalda. Que cada uno piensa a su manera y luego hace lo que le da la gana. Pero mientras eso sea así, que no hablen de unión. Que todos somos sevillistas, que cada uno vive su sentimiento como quiere y le apetece y que nadie es más sevillista que otro porque sí, pero que no me hablen de unión. Porque la unión es otra cosa y, desgraciadamente, a día de hoy, yo no la veo para nada en buena parte del sevillismo, porque a esa buena parte del sevillismo le faltan los valores previos que se necesitan. 

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