miércoles, 22 de enero de 2014

El uno por ciento

Dice el dicho que a menudo no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. O hasta que existe el riesgo de perderlo. O hasta que pasa algo que nos hace despertar del letargo. Hay ocasiones en las que surge una noticia que nos escandaliza, que nos abofetea la conciencia, pero pocas veces nos damos cuenta de que no es más que el resultado de muchas cosas que están pasando a nuestro alrededor y a las que no prestamos atención. Al menos, no la suficiente.

Este post va de fútbol, va del Sevilla FC, pero permítanme que introduzca el tema utilizando un asunto de muchísima más seriedad que esto del deporte rey. Claro que el fútbol es parte de la vida, y se ve afectado por las cosas que ocurren en ella. 

En estos días hemos conocido un informe de Intermon Oxfam que pone los pelos de punta. Lo pueden leer en multitud de lugares, por ejemplo en esta noticia. En él se dice que la mitad de la riqueza del planeta está en manos de un 1% de la población; lo cual, simple y llanamente, debe hacer que nos avergoncemos de nuestra condición de humanos. Y no porque haya gente rica, que si lo son, pues mira tú que suerte, sino porque eso quiere decir que mientras unos se mueren de hambre (se mueren), otros nadan en la opulencia más escandalosa. Que sí, que esto siempre ha sido así, pero cuando le ponen números al asunto y nos lo sueltan de este modo tan claro, ocurre lo que decía al principio: que nos abofetean la conciencia. Y eso que ninguno de nosotros estamos en ese 1% del que habla el informe. 

En verdad, esa relación entre riqueza acumulada y porcentaje de población se usa desde hace mucho. En la universidad, en cierta asignatura, nos enseñaban que es una forma de intuir el nivel de desarrollo de un país. Mientras más alto sea el porcentaje de personas que aglutinan la mayoría de la riqueza, mayor calidad de vida hay en ese lugar. Mejor repartida está la riqueza. En España, mientras Belén Esteban vende libros, mientras la telebasura es lo que más audiencia tiene; y mientras al fútbol absorbe nuestras mentes, resulta (y según el mismo informe) que las 20 personas más ricas aglutinan la misma riqueza que el 20% de la población más pobre. No es tanto como a nivel mundial, pero no deja de ser escandaloso. Y eso pasa, no en el Africa de los negritos que se mueren de hambre, sino en nuestro país, a nuestro alrededor. Y los temas que pincha Paquirrín el deejay se descargan a mogollón en Internet. Y Kiko Matamoros da lecciones de política. Y el debate está en quien cocina mejor en esos programas de TV o en las tonterías que hacen Bisbal, el otro o el de la moto mientras aspirantes a triunfitos cantan delante de una cámara las canciones de otros. 

Y luego está el fútbol, claro...

Podríamos extrapolar esa relación entre porcentaje de población y acumulación de riqueza al fútbol. En vez de población, colocamos a clubes, et voilá. Es sencillo de entender. Podríamos concluir que mientras mayor sea el número de clubes que aglutinan la mayor parte de la riqueza, mejor será la competición. Dicho de otra forma, mientras mejor esté repartida esa riqueza, mayor calidad de la liga de la que se trate. En España pasa lo mismo con el fútbol que con la riqueza en general. Muy pocos agutinan la mayor parte de la riqueza. Y el resultado es el que es. La competición española es peor que la inglesa o la alemana, por mucho que los vendeburras de siempre nos quieran vender. Y vamos a peor. 

En este sentido, clubes como el Sevilla pueden asociarse con familias de clase media que han visto menguados drásticamente sus ingresos en favor de los más ricos. Eso ha pasado en España con la crisis económica (y muchos de los que leen esto serán miembros del colectivo del que hablo). Dichas familias han tenido que reducir su nivel de vida para subsistir. Han tenido que hacer lo que sea para seguir adelante. En definitiva, se han visto obligadas a ajustar sus vidas a la nueva situación. Nunca han sido ricos, pero lo de ahora se acerca más a la pobreza que a otra cosa. 


Digo esto porque, últimamente, cada vez que se abre el mercado de fichajes, los sevillistas vivimos con las carnes abiertas mientras vemos cómo equipos más poderosos que el nuestro picotean a las estrellas de la plantilla. Llevamos semanas con el asunto de Rakitic, su renovación y el interés que (obviamente) tienen en él varios de los clubes más potentes del continente. Eso después de que este verano hayamos vendido a la mayoría de los mejores jugadores de nuestro equipo del año pasado. Y por si no fuera bastante, ahora nos llega la noticia de la oferta del Nápoles por Alberto Moreno. Que yo no creo que Alberto se vaya a ir al Nápoles. Ni ahora ni en verano. Sobre todo cuando se dice que Real Madrid o Chelsea lo siguen con mucha atención. Pero pensar que ese chico va a durar mucho en el Sevilla es una gilipollez tan grande como si yo digo ahora que en tres años tengo mi casa pagada. Sin exagerar, es una gilipollez de igual tamaño. A no ser que me toque la lotería (Dios lo quiera) o que a Alberto le ocurra alguna desgracia (Dios no lo quiera).
Esto siempre ha sido así. Si a algún equipo grande se le mete entre ceja y ceja que quiere fichar a un jugador del Sevilla (o de cualquier otro club de nivel igual o inferior), lo acaba fichando. De toda la vida de Dios. Pero ese hecho se ha acentuado en los últimos tiempos por el motivo del que vengo hablando. Los ricos son más ricos, los pobres son más pobres y la clase media está dejando de existir, de manera que ha de hacer lo que sea para seguir subsistiendo con un mínimo de dignidad. Esto es lo que nos está pasando y más vale que nos acostumbremos. O cambia el sistema por completo, o es lo que nos queda durante una pinza de años. 

En el fútbol y en la vida en general. 

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