jueves, 25 de noviembre de 2010

A mí no me sorprendió la soledad de las gradas

Os voy a contar algo que viví hace años en mis propias carnes.

Cuando aún no había cumplido los veinte años, mi padre falleció, de repente, de una enfermedad congénita que se creía controlada pero que se revolvió de golpe para acabar en ese fatal desenlace. Tenía cuarenta y pico de años y aquello fue un bombazo en el pueblo del que era natural. La gente se volcó de una forma inusitada con nosotros, con la familia, y así fue durante bastante tiempo. Recuerdo que la iglesia del pueblo estaba a reventar el día del funeral. Y también cuando se le dijo una misa un mes después. Y dos, y tres.... La cosa decayó un poco, pero volvió por sus fueros cuando hizo un año. No se me olvidará el modo en que nos apoyaron un sinfín de personas y lo agradecido que me sentí. La gente parecía no saber qué hacer para ofrecerse, para ayudarnos en lo que fuera. Fue tan exagerado el asunto que me llegué a sentir agobiado, abrumado.

Pero una vez pasado el año, de repente, todo desapareció. Muchos de los mismos que lloraban como plañideras el día del entierro se pasaban a la otra acera antes de cruzarse conmigo por la calle para no pararse a saludar. Muchas de las ayudas que nos ofrecieron se demostraron falsas cuando quisimos hacer uso de las mismas. Muchas de las personas que llamaban a casa día sí día no desaparecieron por completo. Sólo quedaron los de siempre, los fieles, los mejores amigos y la familia más íntima. Solamente. Nada más.

De aquella experiencia aprendí mucho. Muchísimo. A no confiar en la gente a las primeras de cambio sino a exigir un poco antes de hacerlo. A no creerme las palabras porque las palabras son falsas si no se demuestran con hechos. A recelar de los que se golpean con fuerza el pecho porque con más fuerza aún huirán cuando de verdad hagan falta. A comprender el significado de ese refrán tan sabio que dice eso de: "dime de qué presumes y te diré de que careces". Cuanto más exagerado era el llanto en público de según qué personas, más lamentable fue el modo en que se quitaron de en medio en cuanto tuvieron ocasión.

Yo perdí a mi padre cuando aún era adolescente y nadie, nadie, nadie en el mundo me echó jamás una mano para salir adelante en los años venideros. Salvo la fámilia más íntimo y los tres o cuatro amigos de verdad, claro. Todas las puertas se cerraron, todas los saludos se retiraron y todas las palabras se fueron, se volatilizaron, volaron lejos.

Por eso no me sorprende lo de anoche. Por eso me esperaba algo así. Antonio Puerta murió y la gente se pegó fuertes golpes en el pecho. Y mientras más fuertes fueron, con más velocidad desaparecieron. Sólo quedaron los cuatro de siempre. Los de verdad, los que son, los que nunca faltan. La familia más íntima y los cuatro amigos de verdad que decía antes. La gente se olvida de las cosas muy rápidamente. La vida nos arrolla, nos pasa por encima, nos absorbe por completo. ¿Cuántos casos nos han conmocionado para desaparecer de nuestra memoria pasado un tiempo? El último, el de Marta del Castillo. ¿Quién se acuerda ya de lo que ocurrió con aquella chiquilla? Aún no hace los dos años, ¡eh! Y eso que la semana pasada la familia entregó al gobierno las firmas que recogieron para pedir un referéndum sobre la cadena perpetua y el cumplimiento íntegro de las penas para según qué delitos.

Antonio Puerta sigue en nuestra memoria y nunca desaparecerá. Pero la conmoción si que ha pasado a mejor vida. La gente es así. Somos así, no nos debería sorprender. Eso sí, en manos del club está el poner una solución a esto. El partido no se puede jugar un miércoles cualquiera de noviembre, con frío, con lluvia, en un día laborable, contra un rival tan flojo como generoso. Porque me quito el sombrero ante el Granada, que ellos también tendrán sus cosas en las que pensar, y las dejaron de lado para acudir aquí a honrar a uno de los nuestros.

En mi opinión, este partido se debería de jugar en verano. Tendría que ser la presentación oficial del equipo, el último encuentro antes de comenzar la temporada. Con la gente ávida de fútbol, con ganas de ver a los nuevos fichajes. Con la plantilla motivada por demostrar sus prestaciones al entrenador en cualquier pachanga para comenzar el curso entre los titulares. Y si hay que renunciar al Carranza, pues se renuncia. Y si hay que hacer lo propio con el Colombino, pues eso. Y convertir el Trofeo Antonio Puerta en algo parecido a lo que es el Santiago Bernabéu para los madridistas o el Joan Gamper para los barcelonistas. Eso es lo que habría que hacer.

Y, por supuesto, traer a un equipo con tirón suficiente. Eso también es honrar la memoria de Antonio. No se puede criticar el comportamiento de la gente porque todos somos esa gente, todos sabemos como somos y todos nos hemos comportado de este modo en algún momento. Muchos no acudieron anoche al partido, pero eso no quiere decir que no echen de menos a Puerta. Y pocos sí que estuvieron en las gradas, pero estoy convencido de que todos y cada uno de ellos han hecho lo mismo que esos otros en alguna ocasión, en diferentes circunstancias. Yo lo viví en mis propias carnes.

Insisto, la gente es así. Pero siempre se puede hacer algo para evitarlo. Yo ya di mi opinión al respecto.

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