martes, 15 de noviembre de 2011

La historia de Antonio Margado

Antonio Margado nació en 1946. Mientras el Sevilla se hacía con su primer título de liga en el campo de Les Corts de Barcelona, su madre le traía al mundo entre dolores y sufrimientos. Dolores y sufrimientos que fueron análogos a los que pasó el equipo para hacerse con el entorchado, aunque en ambos casos merecieron la pena por la alegría que produjo el resultado. Un triunfo histórico por un lado, una nueva vida en forma de precioso niño por otro. 

La infancia de Antonio fue feliz. Aunque España vivía angustiada por la posguerra, los Margado eran una familia pudiente y adinerada que regentaba un importante negocio, el cual les permitía llevar una vida desahogada y hasta lujosa. Todo lo contrario que la mayoría de la población. Algo parecido le ocurría al Sevilla de la época. Mientras la mayor parte de los equipos sobrevivían a las dificultades de aquellos penosos tiempos, el club de la capital de Andalucía era uno de los grandes junto a Real Madrid, Barcelona, Atlético Aviación, Atlético de Bilbao o Valencia. Se movía año tras año en las alturas de la clasificación, ganaba títulos, como aquel de liga, o el de Copa de 1948, y disfrutaba de algunos de los mejores jugadores del momento: Busto, Campanal II, Valero, Alconero, Guillamón, Antunez, Herrera, Domenech, Ramoní, Pepillo, Arza, Araujo... 

Sin embargo, las cosas para la familia Margado cambiaron a partir de 1958. Aquel año, el padre de Antonio invirtió una gran cantidad de dinero en una ampliación del negocio que debía multiplicar los ingresos de la familia a medio plazo. Pero, en el corto, lo que ocurrió fue que les sumió en serias dificultades económicas. Bien era cierto que el remanente ahorrado durante años les permitió aguantar el tirón durante un tiempo, pero la incertidumbre se instaló de forma permanente en el seno de aquella familia, que no veía el momento de empezar a ver el beneficio prometido para así volver a observar la vida con el optimismo de antaño. Por su parte, el Sevilla pasaba por un periodo también complicado. A pesar de que acababan de inaugurar su nuevo y flamante estadio, las cosas no iban tan bien como parecían, ya que la obra fue muy costosa y las arcas del club andaban bajo mínimos. Se suponía que pronto la cosa mejoraría. Afortunadamente, el nivel del equipo seguía siendo sobresaliente. Pero los que dirigían la nave no andaban demasiado convencidos, y mucho menos tras la reciente muerte del alma mater de aquel club, don Ramón Sánchez Pizjuán. 

Las cosas para los Margado no mejoraron en los años venideros, sino todo lo contrario. El lujo de otras épocas dejó paso a unos años de hasta penurias. Nunca faltó para comer ni para vestir con decencia, pero el negocio que se suponía que les haría muchísimo más ricos fracasó, y la deuda contraída ahogaba la economía familiar de un modo implacable. Tanto fue así, que Antonio se vio obligado a emigrar, como tantos y tantos otros hubieron de hacer en años anteriores. Nunca pudo imaginar que eso le pudiera ocurrir a él, pero las cosas eran como eran. Y cierto día de verano de 1968, a sus 22 años, cogió su maleta para poner rumbo a Alemania. Para colmo, tuvo que irse con la pena de que el Sevilla acababa de descender a Segunda División, tras 31 años de éxitos y grandeza en la primera categoría del fútbol español. Era algo que se veía venir desde hacía tiempo, sobre todo después de ver cómo el club se vio obligado a traspasar a sus mejores jugadores (Ruiz Sosa, Gallego, Agüero...) en un intento por paliar el desastre económico en el que se veía inmerso. Nada de eso pudo evitar la tragedia. Se avecinaban malos tiempos. 

Los años que siguieron no fueron precisamente agradables para Antonio. En Alemania tuvo que trabajar como un negro y compartir piso con otros emigrantes para así poder juntar dinero que mandar a su familia en España. Su novia española le acompañó una vez se casaron, y ella también se puso a trabajar. Durante los siete años que permanecieron allí consiguieron ahorrar bastante dinero, siempre con la mente puesta en volver algún día, lo antes posible. Porque por la cabeza de Antonio no pasaba la idea de quedarse allí. De hecho, era tan infeliz que le costaba un mundo soportarlo. Él, que venía de una familia tan buena y tan prestigiosa. Que siempre fueron la envidia de los demás, que vivieron con lujo cuando la inmensa mayoría de la gente lo hacía en la miseria. No es que repudiara a la gente sencilla, al contrario, las respetaba profundamente. Y mucho más cuando estaba viviendo como ellos y comprobando hasta qué punto era duro ese día a día. Pero él no era así. Aquello era temporal. Él era de clase alta, el señorío no se pierde. A veces hay que dejarlo apartado por circunstancias, pero nunca se pierde. Él era de clase alta y algún día recuperaría su sitio. 

Después de ascender, y volver a bajar de nuevo, en 1975 el Sevilla vuelve definitivamente a primera. Fue aquel año también cuando por fin Antonio Margado pudo volver a España. Lo hizo con el buen dinero que había hecho en Alemania. Dinero con el que refundó la empresa de su padre. Al principio, como era comprensible, en un tamaño muy inferior al que llegó a tener en su momento, pero con la confianza de que más pronto que tarde recuperarían el nivel. La ilusión de Antonio era infinita. Los malos tiempos parecían haber pasado. Y, para colmo, podía volver a ver a su Sevilla en Primera División.  El equipo prometía, con jugadores como Súper Paco, Blanco, Hita, Lora, Rubio, Biri Biri y, sobre todo, Paco Gallego, que aquel año volvió después de una exitosa carrera en el Barcelona. 

Sin embargo, los años siguientes no fueron como Antonio esperaba. No volvió a conocer las penurias, pero tampoco vio el lujo ni de lejos. Algo parecido a lo que le ocurría al Sevilla, que recuperó un sitio decente en Primera División, pero que nunca llegó a ser tan grande como lo era antes de la ruina económica en la que se vio inmerso tras la construcción del estadio. Durante los años ochenta, mientras el equipo deambulaba por mitad de tabla y celebraba como títulos unas escasas clasificaciones para la UEFA, Antonio Margado se mataba a trabajar a diario para llegar a fin de mes y gracias. Su frustración era evidente. La vida le negaba lo que le prometió en la infancia. No era capaz de llegar tan lejos como lo hizo su padre y eso afectó a su carácter, que se volvió huraño y malencarado. Siempre estaba de mal humor, solía tener respuestas impertinentes a preguntas bienintencionadas, se estaba convirtiendo en un gruñón cascarrabias. El único lugar donde se soltaba y dejaba salir al exterior sus frustraciones era la grada del estadio. La gente que ocupaba los asientos cercanos al suyo se asombraban al ver con qué vehemencia gritaba aquello de "otro año igual" de primeros de los noventa. Otro año igual para el Sevilla, y otro año igual para él, que no despegaba ni había indicios de poder hacerlo ni pronto ni tarde. 

Pero en 1995 la vida le dio un vuelco. Y no para bien, sino para peor aún. A su hijo pequeño, que contaba con apenas 20 años, le diagnosticaron una enfermedad que podía ser mortal. Aquello fue un varapalo de consideración, que hizo a Antonio replantearse muchas cosas. Tantos años luchando por cosas materiales, peleando por la gloria económica de otras épocas para su familia, sufriendo por no llegar ni a parecerse a lo que en otro tiempo fue, le habían cegado hasta el punto de no permitirle comprender que lo importante era otra cosa. Y aquel verano, mientras el sevillismo se echó a la calle para evitar que al equipo lo descendieran administrativamente a Segunda B, Antonio pasaba los días en el hospital, en compañía de su hijo, rogando a Dios por su recuperación. 

Ni el Sevilla bajó a Segunda B, ni el hijo de Antonio falleció. Sin embargo, el equipo bajó de nivel de un modo absoluto y el muchacho pasó unos años convalenciente, luchando contra su enfermedad. Y mientras el Sevilla volvía a bajar a Segunda y se convertía en un equipo ascensor, el hijo de Antonio peleó como un titán por su vida, llegando a casi perderla en alguna ocasión, pero saliendo siempre adelante gracias a su fuerza de voluntad. 

Finalmente, en 2001, mientras el Sevilla, de la mano de Alés, Monchi y Caparrós, volvía a Primera División tras arrasar en Segunda, el hijo de Antonio Margado se recuperó completamente de su mal. Un año antes había cambiado de médico, y el nuevo fue capaz de dar con la tecla necesaria para revertir la situación. Igual que aquellos tres hicieron con el Sevilla, el nuevo doctor ofreció al hijo de Antonio un futuro lleno de esperanza, una nueva vida cuyo libro estaba en blanco y presto para ser escrito. Una nueva oportunidad. 

Las cosas mejoraron ostensiblemente. El buen humor de Antonio se contagió a todos los demás e incluso el negocio floreció hasta extremos que hacía décadas que no se conocían. Y luego estaba el Sevilla, que, ya bajo el mando de Del Nido, no paraba de crecer, de mejorar. Todo parecía ir sobre ruedas, y el colmo fue en 2007, cuando a los Margado les tocó la Primitiva. El Sevilla ganaba su segunda UEFA, después de la del año anterior, de la Supercopa de España y la de Europa, así como la Copa del Rey, pero se quedaba a las puertas de lograr la liga. Aquello de la liga fue tan frustrante como lo de la lotería. Porque Antonio acertó 5 números más el complemetario, por lo que le tocaron 100.000 euros. Y eso estaba muy bien, qué duda cabía, pero si hubiese dado con el sexto número, el premio habría sido de 2 millones. Antonio llevaba demasiados años de frustraciones y su carácter era del todo negativista. No veía los 100.000 que había ganado, sino los 1.900.000 que había dejado de recibir por no acertar un número más. 

Lo cierto era que su familia volvía a tener algo parecido a aquel nivel económico de otra época, igual que el Sevilla se había vuelto a instalar en las alturas de la clasificación a pesar de Manolo Jiménez. Pero nada de eso satisfacía a Antonio. 

- Todo va bien - Le decía su hijo, el que salió airoso de aquella enfermedad, y que por eso afrontaba la vida con tanta alegría y optimismo. Cómo no hacerlo así, después de mirar a la muerte a los ojos - Todo va bien, papá. El negocio funciona, tenemos el dinero de la lotería y nuestro Sevilla está en la Champions. ¿Qué más se puede pedir?
- Pues que juegue mejor, que el equipo aburre hasta a las ovejas. Que echan ya a Jiménez y que traigan a un entrenador en condiciones. Que dejen de vender, ¿dónde están los millones? Los están tirando en fichajes de medio pelo que no valen para nada. Esto es un desastre y como sigamos así, pronto volveremos a la medianía. Te lo digo yo que sé de lo que hablo. Que lo he vivido, que fue lo mismo que nos pasó en otras épocas.

Y de esa manera, Antonio siguió quejándose por todo. Después de su jubilación en 2010, el fútbol se convirtió en su mayor ocupación. Desde el blog que se creó, no dejó de echar pestes sobre todo lo que ocurría en el Sevilla. Era así como desahogaba sus frustraciones acumuladas por una vida que no fue como él soñó. Y, por supuesto, en el campo, donde se convertía en un energúmeno insultando, gritando, metiéndose con todo y con todos. Su hijo pequeño, que en otra época le acompañaba a los partidos, dejó de hacerlo en cuanto fue padre y quiso llevar a su pequeño al estadio. Por nada del mundo estaba dispuesto a que el chaval viera en ese estado a su abuelo. 

- Nunca serás feliz, papá - Le decía a su padre a menudo - Nunca serás feliz porque no sabes ser feliz.

Y esta es la historia de Antonio Margado. A.Margado para los amigos. 

Seguro que muchos conocéis a alguien de este corte. 


6 comentarios:

Juan Angel de Tena dijo...

Pero Rafael, ¿y tu que quieres que te digamos despues de esta maravilla de post?

Por mi parte, solo me queda levantarme y aplaudirte hasta que me salgan callos en las manos.

¡¡ Chapooo !!

PD. ¿Que si conozco a alguien de ese corte...?

Unj fuerte abrazo amigo.

Triana1952 dijo...

Despues de tragar,pues me has hecho un nudo en la garganta con tu Post te dire solo una cosa.
Gracias por dedicarnos algo de tu tiempo.
Saludos Sevillistas

Kike Ríos dijo...

Muy buen post, cargado de metáforas, digno de novela en serio.

Es una de las mayores verdades del ser humano, no sabemos conformarnos y la avaricia nos puede... Hay que ser humildes.

Esperemos que este post sirva a más de uno para replantearse su forma de ser y actuar para con el Sevilla FC. Ojalá.

Un abrazo Rafa.

Marcu dijo...

Durante el siglo XVI Miguel de Cervantes con su obra "El Quijote" acabó con todos los libros de caballerías de la época. Su ironía acabó con ellos.

Hoy, el amigo Ravesen nos deleita con este extraordianario post sobre una historia entrelazada entre lo real y lo imaginario para dejar, con arte, estilo, ironia fina y bien hacer literario, a una pequeña pero ruidosa parte de la afición del Sevilla,(Amargados), con las vergüenzas al aire.

No sé si es "Un alpargatazo en la boca o un canto a la esperanza" pero sea lo que sea...

!!!Loores para Vd.!!!

EL PAPI MAGASE dijo...

Canalla y tu me preguntas a mi que para cuando mi libro,con la de chuminas que yo escribo a lo largo de los dias,yo me levanto y hago como Juan Angel,hasta que las manos no me echen humo no paro de aplaudirte,esto es de premio,no se que clase de premio,pero de premio de los grandes,un fuerte abrazo hermano Rafael,hoy le has dao en tol bebe a la cosa.

Ravesen dijo...

@Juan Angel Tena

Con lo que me has dicho me doy más que por satisfecho. Muchísimas gracias

@Triana 1952

Más gracias os doy yo a vosotros por dedicarme parte del vuestro

@Kike Ríos

No es tanto ser avaricioso o humilde, sino encontrar un equilibro entre ambas cosas para seguir creciendo sin necesidad de amargarnos

@Marcu

No me compares con Cervantes, que el pobre Cervantes no tiene culpa de nada.

Más que un alpargatazo, es una búsqueda de explicaciones al comportamiento de algunos.

@Papi Magase

Sinceramente, dado que nadie me paga por esto, el mejor premio es que haya gente a quien le guste lo que hago y lo reconozca.

Si hubiera dinero de por medio, hablaríamos de otra cosa :-)

Muchas gracias a todos. Un abrazo

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