lunes, 23 de septiembre de 2013

La locura de Doña Juana (III)

CAPITULO III

AÑOS DE MUERTES

1496 - 1500

Capítulos anteriores: (I) - (II)

El nacimiento como país de lo que hoy conocemos como España es motivo de mucha controversia. Hay quienes lo sitúan en 1469, fecha en la que contrajeron matrimonio Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos. Otros hablan de 1492, con la toma de Granada y el fin de la Reconquista. También podríamos decir que hasta que un solo rey no gobernó todos los territorios unidos, no hay un sólo país; y eso ocurrió a partir de 1519 con Carlos I (ya incluida también Navarra, anexionada en 1512). En verdad, España, como unidad administrativa, no existió hasta que el primer rey borbón, Felipe V, emitio los llamados Decretos de Nueva Planta en 1707. Hasta entonces, "España" no era más que una serie de reinos diferentes gobernados por un mismo rey. 

Por tanto, en 1496, fecha en la que nos encontramos en nuestro recorrido por la vida de doña Juana, España, simple y llanamente, no existía. Se trataba de dos reinos, Castilla y Aragón, cada uno con su monarca (aunque ambos estaban casados entre sí) y cada uno con sus intereses. Castilla, una vez tomado el reino de Granada, andaba absolutamente volcada con la recién descubierta América (aunque entonces no se llamaba de ninguna manera). Sin embargo, a nosotros nos va a interesar sobre todo Aragón,  cuyas miras se dirigían al Mediterráneo, donde, aparte de toda la costa catalana y valenciana, contaba con enclaves importantísimos como las Islas Baleares, Cerdeña y Sicilia. En esa zona, la gran disputa en aquella época se centraba en el Reino de Nápoles, que abarcaba la mitad sur de la Península de Italia y que era pretendido por Francia y Aragón. Y es en este marco en el que se entiende la alianza entre los Trastámara y los Habsburgo, por la cual, los Reyes Católicos pactan con Maximiliano I (Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) las bodas de sus hijos entre ellos. Juana con Felipe y Juan con Margarita respectivamente. Gracias a esa alianza, se hacen fuertes ante el empuje de los franceses.

Europa en 1496
De otro lado, Isabel y Fernando lograron atraerse el favor de Inglaterra, casando a su hija menor, Catalina, con el heredero al trono, Arturo, y a la muerte prematura de este, con el rey Enrique VIII. Y, antes, especialmente y sobre todo, el de Portugal, con diferentes bodas entre los príncipes de ambos reinos. Y todo ello con el propósito de aislar internacionalmente a Francia, cosa que, a la vista está, consiguieron.

Pero centrémonos en lo que nos interesa: en lo que ocurrió con aquella joven de carácter tan peculiar, que ni su propia madre era capaz de llevarla y comprenderla.

La princesa Juana fue prometida a Felipe de Habsburgo, el hijo mayor del Emperador Maximiliano I de Austria, y partió desde el puerto de Laredo, en Cantabria, el 21 de agosto de 1496, rumbo a los Países Bajos (ya que Felipe era Conde Flandes, uno de los territorios del Imperio). El traslado se hizo por mar, ya que por tierra era imposible, pues habría que atravesar Francia, país con el que, como ya hemos dicho, había enemistad. Y para ello se armó la mayor flota que vieron los castellanos en toda su historia. Era evidente que los Reyes Católicos deseaban mostrar al mundo (y especialmente a Francia) todo su esplendor y poderío, y para ello enviaron a una veintena de buques de guerra (con una tripulación total que superaba las 3.500 personas), acompañados de 60 navíos mercantes que transportaban lana para su exportación. Una flota que debía enviar a Flandes a la princesa Juana y traerse de vuelta a Margarita, la hermana de Felipe el Hermoso y prometida del Príncipe Juan de Castilla.

Escudo de armas de doña Juana
Pero la fortaleza del reino castellano demostrada en dicha exhibición naviera no tenía por qué corresponderse con la que sentía en su interior doña Juana. Lo que se le venía encima a la infanta era de órdago y creo que es imprescindible pararse en este punto por un momento. No es que se tratara sólo de una muchacha; es que prácticamente no era más que una niña, pues solo contaba 16 años. Una niña acostumbrada a vivir a cuerpo de princesa (nunca mejor dicho) en ese entorno familiar del que hemos hablado, en el que, a pesar de las frecuentes ausencias de los padres, contaba con la compañía permanente de sus hermanas pequeñas, María y Catalina. Una niña a la que embarcan hacia un destino incierto, hacia un país extranjero, cuya lengua no hablaba, y a someterse a la voluntad de alguien que no dejaba de ser otro niño (Felipe tenía sólo un año más que ella) y a quien no conocía absolutamente para nada. Para colmo, su padre no acudió a despedirla, ya que estaba ocupado con otros asuntos de estado. Sí que lo hicieron su madre y sus hermanos Juan, Catalina y María (Isabel, la mayor, ya vivía en la corte de Portugal como  reina, esposa del rey Manuel I). Y aquí meteré algo que es de cosecha propia y que me parece muy sintomático. Isabel la Católica, como ya hemos comentado, fue una mujer adelantada a su tiempo que, entre otras muchas cosas impropias para una mujer de aquella época, se empeñó (y consiguió) casarse con quien le dio la gana, no con quien decidieran sus mentores. Sin embargo, negó ese privilegio a sus propios hijos. Y muy cargada debió sentir su conciencia cuando, a pesar de no llevarse especialmente bien con Juana, decidió, no sólo acompañarla en su partida, sino incluso pasar junto a ella la última noche, en el interior del barco que, anclado en el puerto, esperaba la llegada de la mañana para zarpar y trasladarla a tierras flamencas. Isabel sabía lo difícil que iba a ser aquello para una persona con el controvertido carácter de su hija. Tanto lo sabía que ella misma se empeñó en evitarlo para si. No debió ser, en absoluto, una decisión fácil para la Reina.

Felipe y Juana
Tras un azaroso viaje, con parada obligada en el puerto de Portland (sur de Inglaterra) por adversidades climatológicas, la primera en la frente para doña Juana fue que su futuro esposo no fue a recibirla cuando desembarcó en Middleburg (en la actual Holanda). Un grupo de consejeros de Felipe no era partidario de la alianza del Imperio con Castilla, sino con Francia, y aún mantenían esperanzas de que el Emperador les hiciese caso, de modo que convencieron al joven príncipe para que esperase. Estamos a 8 de septiembre y Juana se vio obligada a viajar por aquellas tierras en busca del que iba a ser su marido, llegando incluso a caer enferma durante el trayecto. No empezaba bien la cosa, por tanto. El encuentro entre los prometidos tuvo lugar en Lierre (actual Bélgica) el 12 de octubre (más de un mes después de la llegada de la infanta a los Países Bajos), y, finalmente, la boda tuvo lugar el 20 de ese mismo mes. 

Lo que se encontró la princesa castellano - aragonesa en su nuevo hogar fue un contraste brutal con todo aquello a lo que estaba acostumbrada. Empezando por la lengua, ya que allí se hablaba flamenco y/o francés, y ella no dominaba ninguna de las dos. Siguiendo por la gran densidad de población en una región donde se sucedían una tras otra las grandes ciudades (Bruselas, Gante, Brujas, Amberes, Lieja, Malinas...). Apenas hay campo abierto, como en Castilla. Apenas hay pueblos o aldeas, todo es muy diferente. Y eso por no hablar del clima. Juana cambió un país luminoso, de sol radiante, de temperaturas agradables (al menos durante un buen número de meses al año) por otro oscuro, de días cortos, nublados, fríos, lluviosos... un país muy triste, al menos en ese senido. Y digo en ese sentido porque lo peor no fue nada de eso. Lo peor fue otra cosa muy diferente.

Erasmo de Rotterdam
Hoy día, países como Holanda y Bélgica son famosos por su tolerancia y respeto. Y no ya solo por topicazos como la legalidad de la marihuana o la prostitución, sino porque ellos son así. Es parte de su cultura como país, de su forma de ser como sociedad. Pues bien, eso era así también en los albores del siglo XVI. El estilo de vida propio de aquella zona era absolutamente distinto al castellano. Se trataba de una población con un alto nivel económico que gustaba de llevar una vida regalada en la que eran frecuentes la pompa, el boato, las grandes comidas, las fiestas.... Se trataba de personas que llevaban a gala una libertad y una tolerancia que llegaba a todos los órdenes, incluidas, por ejemplo, las relaciones amorosas. No imaginen algo estilo Sodoma y Gomorra, pero la diferencia con la austera y profundamente religiosa Castilla era brutal. Tanto era así que el propio Erasmo de Rotterdam (contemporáneo de Juana y Felipe, uno de los más importantes pensadores de la Historia y holandés él, como marca su apellido) defendía con vehemencia la idea de aunar los valores del cristianismo con la tolerancia, de modo que nadie fuera perseguido por su forma de pensar. Imaginen el contraste con Castilla, que había expulsado a los judíos apenas cuatro años antes de la llegada de Juana a Flandes.

Pues bien, este es el ambiente que rodeaba la vida de los flamencos, y este es el ambiente que se encontró doña Juana en la corte de Bruselas. Podemos imaginarnos, por tanto, lo perdida que se debía de sentir. Y el modo en el que necesitaba apoyarse en su marido para hacerse al lugar. Y tanto que se apoyó. La atracción entre ambos fue fulminante y Juana se entregó sexualmente a Felipe con tal frenesí, que pasado no demasiado tiempo, el propio príncipe tuvo que pararle los pies. Un Felipe al que llamaban "el Hermoso" por su belleza, evidentemente. Estamos, pues, ante alguien que, por su condición de príncipe, podía tener lo que le viniera en gana y al momento. Y por su belleza, tenía éxito con las féminas. Disfrutó de la entrega de Juana durante un tiempo y luego se hartó y se dedicó a hacer lo propio con cualquier otra que se le antojase. Y sin necesidad de pasarse tratando de ocultarlo, ya hemos descrito las costumbres del lugar.

Felipe el Hermoso
Es en este punto cuando los ataques de celos de Juana se comienzan a producir, lo cual no hace otra cosa que distanciar aún más a su marido. La conducta de la princesa se enrarece, no se cuida, no guarda las costumbres religiosas, su cohorte castellana no recibe la asignación puntualmente y eran tratados con animadversión por la corte flamenca. La noticias que llegan a los Reyes Católicos son alarmantes, pero tuvieron que pasar dos años antes de que mandasen a un enviado para saber de primera mano qué pasaba. Para entonces, doña Juana ya estaba sumida en una profunda depresión. Se sentía abandonada a su suerte, no recibía el cariño requerido por su marido, apenas sabía nada de sus padres, la corte le era hostil y ella, que en 1498, cuando dio a luz a Leonor, su primera hija, sólo tenía 18 años, se veía incapaz de sobrellevar aquella situación. Estaba obsesionada con los devaneos amorosos de su esposo, al que procuraba controlar en la medida de lo posible. Y tanto empeño ponía, que lo único que lograba era agobiarle y alejarle más. Porque la intensidad con la que lo hacía le llevaba a hacer locuras como desplazarse a Gante a una fiesta palaciega, para no dejar solo a Felipe, cuando estaba en avanzado estado de gestación. Tan avanzado que dió a luz allí mismo, en los lavabos del palacio, al que sería en el futuro Carlos I de España y V de Alemania. Su segundo hijo. Corría el mes de febrero de 1500. 

Doña Juana
Hasta en las pinturas podemos ver el deterioro
que estaba sufriendo. 
Mientras tanto, la señora Muerte se había quedado a vivir en la corte castellana durante una temporada y estaba haciendo auténticos estragos. En 1497 había muerto el Príncipe Juan, oficialmente de tuberculosis, aunque las malas lenguas hablan de una dedicación sexual desaforada y nada conveniente para su débil complexión. Al menos dejó embarazada a su esposa, Margarita de Austria, la hermana de Felipe el Hermoso como ya hemos comentado, pero ese hijo nació muerto unos meses después. Dos herederos al trono castellano-aragonés desaparecen de un golpe, y el título de Princesa de Asturias recae entonces sobre Isabel, la hija mayor de los Reyes Católicos, que ya era reina de Portugal al estar casada con el monarca luso Manuel I. Pero Isabel también muere, en 1498, en el parto de su hijo Miguel. La desgracia se ceba sobre una herencia tan apetitosa como la de los Reyes Católicos, la cual recae entonces en ese recién nacido, que, además, debería recibir con el tiempo la corona de Portugal también. Aquel Miguel debió ser la persona que unificase toda la península bajo un mismo reinado, pero también murió. Ocurrió el 20 julio de 1500, apenas unos meses después del nacimiento del futuro Carlos I de España y V de Alemania.

En tres años, Juana pasó de ser la cuarta en la línea de sucesión (tras su hermano Juan, el hijo de este, su hermana Isabel y el citado Miguel) a ser la heredera universal de todas las posesiones de sus padres. Una Juana que no fue educada para ello y que no estaba preparada de ninguna de las maneras para esa responsabilidad. Una Juana que, además de eso, estaba ya sumida en una profundísima depresión por los motivos ya comentados. Una Juana que es llamada por sus padres para presentarse en Castilla y jurar como heredera de todas aquellas tierras. Una Juana que no tenía nada que ver con la niña que zarpó desde Laredo apenas cuatro años atrás, tal y como su madre pudo comprobar en cuanto volvió a reunirse con ella.

Aunque de eso hablaremos largo y tendido en el siguiente capítulo... 


Capítulos siguientes: (IV) - (V) - (VI)

1 comentario:

juan antonio de la rosa dijo...

Vamos bien.

Me gusta la historia.

Saludos

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