lunes, 23 de mayo de 2011

El Deportivo, un espejo al que mirarse.

Para que no nos pase lo mismo, evidentemente. 

Después de los resultados que se dieron el sábado, el Sevilla ha terminado la Liga en un meritorio quinto puesto, lo cual a mí particularmente me hace estar orgulloso. El equipo se ha consolidado como un fijo en Europa, incluso cuando hace una mala temporada, y eso hasta hace muy poco era una verdadera quimera. Hasta hace muy poco, clasificarse para competición europea era el mayor logro al que aspirábamos, con lo que es evidente que el crecimiento de la entidad es un hecho incuestionable.

Dicho esto, creo que es el momento de analizar lo sucedido con el objetivo de no caer en la autocomplacencia. Como digo, el crecimiento de la entidad en los últimos seis o siete años es incuestionable, pero hay otro hecho que también es cierto y que no deberíamos obviar.

Hace dos años, el Sevilla terminó tercero en la tabla con 70 puntos. Nos clasificamos de forma directa para la fase de grupos de la Liga de Campeones, y lo hicimos con suficiencia, sin que apenas corriera riesgos dicha clasificación a lo largo de la temporada. 

El año pasado, el equipo quedó cuarto con 63 puntos (siete menos) y se clasificó para la Liga de Campeones en el último minuto, cuando otros ya tenían sobre el césped una botella de champán que se tuvieron que meter por donde mejor les pareció, ya que para ellos no hubo ocasión de celebrar nada. No se consiguió el pase directo a la fase grupos, el cual quedó a 8 puntos de distancia. 

Este año hemos terminado quintos con 58 puntos, la peor suma desde la 2003/2004 (sextos con 55). Sí, somos quintos, pero empatados a puntos con el séptimo, no lo olvidemos. Y ni siquiera hemos olido la opción de meternos en la máxima competición continental. El cuarto puesto quedó a 4 puntos y el tercero a 13.

De ser terceros pasamos a quedar a 8 puntos de ese puesto el año siguiente y a 13 puntos esta temporada. Y, para colmo, el descenso quedó a 15 puntos. Estamos casi a la misma distancia de la tercera posición que de bajar a segunda, cuando hace sólo dos años ocupamos dicha tercera posición. 

Igual que digo que el crecimiento de la entidad en los últimos seis o siete años es incuestionable, también es cierto que el Sevilla está ahora mismo en decadencia. Lo dice claramente la trayectoria del equipo en las últimas tres temporadas. De seguir en esta tónica, el año próximo nos quedaríamos fuera de Europa y nos encontraríamos en el mismo sitio de casi siempre, en esa medianía que nos amargó la vida durante décadas.

Y visto lo que ha ocurrido con el Deportivo, no puedo dejar de pensar que, si no ponemos freno a esto, eso nos puede pasar a nosotros en en un futuro a medio plazo. El hasta hace no mucho Súperdepor ha bajado a Segunda División. Y, como digo en el título, ese debe de ser el espejo al que nos deberíamos mirar para que no nos ocurra lo mismo.

No quiero ser catastrofista. Todo lo contrario. Lo bueno de todo esto es que estamos a tiempo de detener esta decadencia para instalarnos definitivamente en la élite. El fin de ciclo es evidente, pero ahora viene una etapa de lo más ilusionante. Tenemos en nuestras manos la posibilidad de crear un nuevo Sevilla que se quede en la alturas en las que nos encontramos. Estamos en Europa, tenemos la economía saneada, el filial está sacando una hornada de futbolistas excepcional, y en la plantilla que tenemos disponemos de la base para crear ese nuevo equipo que nos renueve las ilusiones y nos mantenga en nuestro lugar. Javi Varas, Fazio, Cáceres, Medel, Rakitic, Perotti, Navas y Negredo son razones suficientes para mantener la esperanza. Eso unido a los chavales de la cantera y a los aparentemente buenos fichajes que se están haciendo deben ser suficientes para cumplir con ese cometido.

Pero hay que hilar fino. La próxima temporada va a ser fundamental. Será la primera con ese nuevo equipo y será también la que certifique que esta decadencia de los dos últimos años es anecdótica y que el club ha conseguido mantenerse en la élite aprovechando el buen trabajo desarrollado en la primera década del siglo XXI.

No hablo de títulos ni de grandes gestas, que ojalá se sigan produciendo, sino de garantizar el futuro en la élite de un equipo cuya afición está más que harta de la mediocridad. Nuestra exigencia, a veces exagerada, tiene mucho que ver con el temor a volver a dicha mediocridad. No queremos volver a eso y tenemos en la manos no hacerlo. Sólo queremos eso. Que se aproveche la oportunidad. 

Yo tengo fundadas esperanzas. Que no se quede en eso.

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