martes, 14 de junio de 2011

El fútbol es lo de menos

En estos días, mi hijo acaba de cumplir dos años. Es increíble como pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando  pasé los quince días más complicados de mi vida porque fueron esos días los que el crío tuvo que pasar en la UCI al nacer con los pulmones inmaduros. Aquello ya es cosa del pasado y hoy día es un niño sano, que está para comérselo (¿qué va a decir un padre?) y que mira a la vida con la inocencia propia de la edad que tiene. Pero de verdad que parece que fue ayer cuando pasó aquello que pasó.

Mi madre me dice siempre que aproveche este tiempo porque es cuando más simpáticos están los niños. Que luego crecen, y aunque todas las edades tienen sus cosas buenas, la que tiene ahora siempre se echa de menos. Sin embargo, yo  no veo el momento de que el crío tenga algo de uso de razón y así poder compartir con él la gran pasión que invade mi vida. El sevillismo, por supuesto. No tanto el fútbol, sino ese sentimiento que raya lo irracional y que tantas alegrías y disgustos me lleva dados. Últimamente, gracias a Dios, son muchas más las primeras que los segundos. Y pido al Cielo que cuando llegue ese momento, la situación económica en mi familia sea lo bastante buena como para permitirme comprar el carnet de socio para él y para mi e ir cada quince días al estadio los dos juntos. Es de las cosas que más ilusión me hacen en el mundo a día de hoy.

El otro día me preguntaba mi mujer que cómo me hice yo sevillista. Ella no es de Sevilla y no comprende del todo este tipo de cosas. Se las imagina, se acerca a su comprensión, pero no lo acaba de entender completamente. Ni creo que lo haga nunca, esto es algo que se mama desde pequeño, que no se aprende. Yo le contesté con la verdad. Lo hice gracias a mi abuelo, que murió hace veinticinco años, pero que está presente en mi vida como si lo hubiera visto ayer. 

Mi abuelo, claro está, era sevillista hasta el delirio. Sus dos últimos años de vida lo pasó postrado en un sillón porque una enfermedad le impedía hacerlo de otra manera.  Pero cuando veía un partido del Sevilla, sacaba fuerzas de donde no las tenía para pegarles unas tremendas patadas a la mesa cada vez que un jugador sevillista iba a rematar un balón a portería. Como si fuera él quien estuviera en el campo jugando el encuentro.  Y lloraba como un niño pequeño siempre que el Sevilla marcaba un gol. Esos años los pasó viviendo en casa de mi tía (su hija) con su mujer (mi abuela). Y recuerdo que, en esos casos, mi tía acudía para ver lo que le pasaba, no fuera que tuviera algún problema o necesitara cualquier cosa. Claro que, cuando llegaba al cuarto en el que mi abuelo se encontraba, miraba para la televisión y veía a los jugadores abrazándose, comprendía lo que ocurría y sonreía.

- Vaya susto me has dado - Le decía - Creí que te pasaba algo - Y a continuación le daba un beso, mientras a mi abuelo se le escapaban los lagrimones, y se marchaba feliz a seguir con lo suyo. Por supuesto, mi tía también es sevillista. ¿Cómo iba a ser de otra manera con un padre así?

Siempre que me acuerdo de ese tipo de escenas, como ocurre ahora, me empieza a picar la nariz, se me hace un nudo en la garganta y casi se me escapan a mi las lágrimas. Igual que mi tía, ¿cómo voy yo a ser de otro equipo con un abuelo así? Recuerdo que aquel hombre estaba casi todo el día riendo, era una persona de lo más simpática. Pero cuando el Sevilla perdía, se ponía serio. Muy serio. Entonces yo, cuando era muy niño y muy inocente, me extrañaba muchísimo.

- ¿Por qué no te ríes, abuelo? - Le preguntaba. Y el me miraba sin quitar ese gesto grave y me contestaba con cariño.
- No se puede estar todo el tiempo riendo.

No tardé mucho en comprender que tenía toda la razón del mundo. ¿Cómo te vas a reír cuando pierde el Sevilla? Es que es algo tan lógico. Pues así era mi abuelo. Y ahora soy yo quien no se ríe cuando pierde el Sevilla. Incluso, mi abuela, su mujer, que no era aficionada al fútbol en un principio, acabó por interesarse y hacerse sevillista acérrima. Ella vivió veinte años más que su marido, y sus últimos tiempos también los pasó postrada. Yo iba a verla todas las semanas al menos una vez, y siempre que aparecía por donde vivía me preguntaba.

- ¿Cómo ha quedado el Sevilla?
- Ha ganado, abuela.
- Bien - Mascullaba entonces. 

No preguntaba por cuanto, ni contra qué rival, ni quien había marcado los goles. Lo único que le importaba era que hubiese ganado. En todo caso, cuando empataba, decía.

- ¿En casa, o fuera?
- Fuera, abuela.
- Bien - Mascullaba también, porque ella sabía que un empate fuera se podía considerar un buen resultado. Al menos mejor que en casa. 

Para mi abuela, el ser sevillista se llegó a convertir en una cuestión de buen gusto. Ser del Sevilla era cosa de personas educadas y bien criadas. Ser de otro equipo era algo feo, de mal gusto, ya digo. No veáis el disgusto que tenía porque, de sus ocho nietos (cuatro por cada uno de sus dos hijos), dos acabaran siendo béticos, uno por cada parte. Les quería igual, qué remedio, pero no le gustaba en absoluto. 

Todo esto fue lo que le expliqué a mi mujer el otro día. Ya se lo había contado en otras muchas ocasiones, pero creo que a ella le gusta escuchar estas historias. Supongo que debe ser porque las cuento con toda la ilusión del mundo, y a todos nos gusta ver ilusionados a nuestros seres queridos. 

- Pues anda que si llega a ver al Sevilla ganando títulos uno tras otro como estos últimos años... - Me comentó, respecto a las lágrimas de mi abuelo
- Pues imagínate - Le dije, a pesar de que ni yo mismo alcanzo a hacerlo. Si el pobre hombre lloraba con un gol del Sevilla, ¿qué hubiera ocurrido de haber visto todo lo que hemos visto últimamente? ¿Cómo no iba a llorar yo al ver a nuestro capitán levantando una copa tras otra? Se trata de muchísimo más, pero sólo imaginarme la imagen de mi abuelo siendo testigo de todo eso hace que se me salten las lágrimas. 
- Eso es el sevillismo - Le aseguré - No se trata de fútbol. El fútbol es lo de menos. 

Volviendo al principio, ya digo que no veo el momento de que mi hijo crezca lo suficiente para poder enseñarle todo esto. Por mucho que mi madre pueda tener razón cuando dice que ya echaré de menos esta época. Pero yo quiero ver su cara la primera vez que acuda a nuestro templo y se le pongan los ojos como platos al ver el ambiente. Y deseo con toda mi alma observar su gesto de ilusión infinita cuando los Reyes le echen la equipación del Sevilla. La felicidad, muchas veces, reside en este tipo de pequeñas cosas y yo quiero ser así de feliz al lado de mi hijo. Para que él crezca acompañado de este sentimiento. Para que él sepa de donde viene y la importancia que tiene. Para que pueda ser tan enormemente feliz como le he sido yo viendo a mi equipo celebrar títulos. Para que comprenda que esto viene de largo, que hubo antepasados suyos que sintieron lo mismo. Y para que, cuando sea mayor y sea él quien tenga un hijo, sepa inculcárselo a él también. Ojalá la vida me deje estar en el mundo los años suficientes como para echarle una mano en ese empeño. Porque os aseguro que si mi hijo, o el hijo de este, mi nieto, acaba por decir sobre mí cosas como las que yo acabo de contar sobre mi abuelo, podré decir que mi vida ha merecido la pena. 

Porque esto es más que fútbol. Es mucho más. Son sentimientos, los que uno tiene porque también los tuvieron sus antepasados. Porque es la memoria de estos lo que hace que nos emocionemos, da igual quien sea el jugador que marque el gol o el que levante la copa. Esos jugadores pasarán, pero el sentimiento será el mismo, si no más fuerte. Por eso nos fastidia que los jugadores no suden la camiseta, que fuercen las cosas hasta el punto de negarse a jugar para poder marcharse por el dinero que les ofrecen en otros sitios, que nos dejan tirados, que no nos respeten. No es porque hagan ese tipo de cosas. Es porque, obrando así, están faltando al respeto a esos antepasados que lloraban cuando el Sevilla marcaba un gol mientras no podían levantarse de un sillón porque una enfermedad les impedía hacerlo. Esa es la explicación, no otra. No tiene nada que ver con el fútbol.

Las cosas son así, al menos así las siento yo. Es mi abuelo quien me hizo sevillista y es su recuerdo el que hace que me emocione. Tanto es así, que, aunque no tenga la más mínima intención de morirme, hasta la muerte me puede llegar a hacer un poco de ilusión si ella puede suponer que pueda volver a ver un partido del Sevilla al lado de mi abuelo. Aunque sea en el tercer anillo.

Porque en eso consiste el sevillismo.

¿O no?

2 comentarios:

Juan Angel de Tena dijo...

Genial amigo, genial.
Me he emocionado no sabes como.
Mi historia es muy similar, pero en este caso, no con mi abuelo, apenas tengo recuerdos de ellos, sino con mi padre, vecino seguro de tu abuelo de ese tercer anillo.

Di que si amigo, que en eso consiste el sevillismo, por eso a veces da mucha pena algunas de las cosas que pasan alrededor de él.

Yo prefiero quedarme con esto, no lo dudes.
Solo puedo terminar mi comentario tal como lo empece:
Genial amigo, genial.
Un fuerte abrazo.

tomas cotelo dijo...

no sabes como me identifico contigo,mis vivencias sevillistas,son tan similares pero con mi padre que solo puedo darte las gracias por el post y aplaudirte.

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