miércoles, 28 de diciembre de 2011

Los hijos pródigos

Desde que el Betis retornó a la Primera División, hay un buen número de sevillistas que se vienen quejando de la escandalosa diferencia de trato que se dispensa a los dos equipos de la ciudad. Y no les falta ni pizca de razón. A los verdiblancos se les acepta cualquier cosa, se les pasa todo por alto, la exigencia que se tiene con ellos es mínima. Da igual que sumen un punto de treinta, que caigan eliminados de la Copa por un Segunda, que deban hasta de callarse, que la planificación deportiva sea un desastre..., da igual todo, siempre hay alguna excusa que poner para enterrar los defectos y las malas actuaciones. Por contra, al Sevilla no se le perdona nada, y más parece que se esté esperando la mínima circunstancia para apalear al club, a sus dirigentes, técnicos, futbolistas o a todo lo que huela a blanco y rojo. 

Sin embargo, no creo que los sevillistas debamos escandalizarnos tanto por esto. Pienso sinceramente que es caer bajo, que es ponernos a su altura. Que se trataría de darles la razón cuando intentan ponernos en un plano de igualdad cuando hace años (si no lustros) que tal cosa carece de ningún sentido. A mí personalmente me recuerda a la parábola del hijo pródigo: esa que habla de un hermano mayor responsable, trabajador y fiel y leal a su familia; y de de un hijo menor díscolo, despreocupado, libertino y vividor. Un día el hijo menor pide su parte de la herencia y se larga para despilfarrarla por ahí, mientras que el mayor se queda en casa trabajando duro en pro del beneficio familiar. Y cuando el hijo menor vuelve arruinado, pidiendo el perdón y el acogimiento por parte del mismo padre que tiempo atrás abandonó, este, lejos de echarle en cara nada, lo recibe con todos los honores, lo eleva a los altares y le ofrece todo lo que pueda necesitar y más. El hijo mayor, molesto y desagraviado, se queja de que él siempre ha estado al pie del cañón y nunca se le ha reconocido nada, mientras que su hermano, que jamás se preocupó lo más mínimo por ellos, es agasajado de una forma que él nunca disfrutó. 

Yo conozco un caso real muy semejante. Un hermano mayor que fue muy buen estudiante, centrado, responsable y respetuoso con sus mayores; y un hermano mayor que sólo se preocupaba por salir de fiesta y gastar sin medida, dejando de lado sus estudios, sus obligaciones y montando un cristo en el hogar cada vez que alguien no se plegaba a sus caprichos. Sin embargo, los padres de ambos alababan sin medida cualquier éxito obtenido por ese hijo menor (por ínfimo que pudiera parecer), cosa que no hacían en absoluto con el mayor, al que se le exigía muchísimo más. Este hermano  mayor aguantó la situación durante años, hasta que cierto día explotó. No podía soportar más una situación en la que él estudiaba, trabajaba, ayudaba en casa, obedecía y nunca se pasaba de la raya, mientras que su hermano menor hacía lo que le daba la gana, para que al final todas las prebendas fueran para este a nada que hiciera cualquier cosa, cuando dicha cosa era realizada por el otro continuamente sin el más mínimo reconocimiento. Y la madre de ambos tomó partido por el menor, lo cual soliviantó aún más al otro, que adoptó por una vez la actitud propia de su hermano, con la esperanza de que así le hicieran un poco más de caso. 

Fue entonces cuando intervino el padre y se sentó a hablar con su hijo mayor. Le explicó que no podía tratar a los dos hermanos por igual porque sería injusto. Le dijo que él era mucho más que su hermano, que valía muchísimo más y que de él se esperaba lo mejor. Por contra, del menor apenas se esperaba nada porque era más torpe en todo, estaba menos dotado, y posiblemente era ese complejo de inferioridad lo que le llevaba a intentar destacar de otros modos, por ejemplo, comportándose de esa forma tan irresponsable. 

- No le puedo echar de casa porque es mi hijo - Argumentaba el padre - Como padre, mi obligación es intentar sacar lo máximo de cada uno. Y es fundamental hacer ver a tu hermano que también tiene su valía, aunque sea muy inferior a la tuya. 

El hijo mayor comprendió lo que su padre le explicó, hasta el punto que esa conversación le elevó su auto estima. Hoy por hoy, el hijo mayor sigue estando por encima de los demás, lleva una vida mucho más ordenada, está casado, tiene ya su propia familia y, dentro de lo que cabe, está mejor posicionado. Por su parte, el hijo menor sigue siendo díscolo e irresponsable, aunque con medida. Tiene a su madre siempre detrás, tapando los agujeros que crea, pagando las facturas que deja pendientes y tratándolo de un modo mucho más condescendiente que al mayor. Pero ha conseguido que su vida esté más o menos encarrilada, al menos para el desastre que prometía ser cuando era adolescente. 

El hijo mayor acepta la situación, se sabe superior, pero maneja esa superioridad con inteligencia. No alardea de ella, simplemente la utiliza para el bien común familiar. Ya no hay disputas. Cada uno conoce su rol y su sitio, y las cosas van bien.

Del mismo modo, volviendo al principio, yo veo al Betis como al hijo pródigo de Sevilla. Llevan décadas gestionando mal, actuando de modo inconveniente, derrochando y despilfarrando, mientras el Sevilla se ha dedicado a hacer las cosas bien y a comportarse de un modo responsable. Y los resultados son los que son. Ahora que los de La Palmera han vuelto a la élite, se intenta volver a igualar a los dos clubes, del mismo modo que hacían los padres con los dos hermanos, a pesar de que los méritos de cada uno son muy distintos. Pero igual que ese padre le explica al hijo mayor que lo que se espera de él es mucho más que lo que de su hermano, lo mismo que ese hombre reconocía a su vástago que él era mucho más que el otro, ahora podemos decir que el Sevilla es mucho más que el Betis, que del Sevilla se espera mucho más que del Betis, y que, por tanto, la exigencia para con el Sevilla es mucho mayor que para con el Betis. Otra cosa es la mala leche con la que algunos se emplean, pero eso daría para otro post completamente diferente.

A los sevillistas se nos llena la boca con la palabra grandeza, pero a veces nos olvidamos de que esa grandeza lleva pareja aquella exigencia. El Sevilla es grande, el Betis no. El Sevilla tiene mucha exigencia, el Betis... al Betis se le pasa por alto cualquier cosa porque ¿qué más se puede esperar de ellos?

Por cierto, en familia de la que hablaba antes, la madre y el hermano menor son béticos. El padre y el hermano mayor, sevillistas. Y es que hasta en eso cuadra el ejemplo. 

2 comentarios:

Juan Angel de Tena dijo...

Siempre tan didactico Rafael.

Me quedo con esta ultima reflexion:
La grandeza lleva aparejada de la misma manera exigencia.

En todos los ordenes.

Un fuerte abrazo amigo.

@cesarvizcaino dijo...

Pues es una manera muy inteligente y respetuosa de llamar a las cosas por su nombre.

Enhorabuena Rafael una vez mas, ese don, insisto, está al alcance de muy pocos, y tu, eres uno de los elegidos.

Un abrazo fuerte

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